En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 21
El vuelo de regreso a Madrid fue un ejercicio de contención emocional. Mientras el jet privado surcaba las nubes, yo observaba el reflejo de Elena Valerius en la ventanilla. Ya no veía a la mujer asustada que salió de la prisión de mujeres, ni tampoco a la fría inversora suiza. Veía a alguien nuevo: una mujer que acababa de descubrir que su "enemigo", Federico, había intentado redimirse amando a la hija de una de las víctimas de su padre.
—¿Qué piensas hacer con Clara y el niño? —preguntó Julián, rompiendo el silencio del habitáculo.
—Mantenerlos en las sombras, Julián. Si Beatriz pone un pie en esa casa de Kensington, Sebastián dejará de ser un niño para convertirse en un bono del Tesoro. No voy a permitir que la historia de Marina se repita en él.
Al aterrizar, la realidad española me recibió con la agresividad de un enjambre de avispas. La prensa no hablaba de otra cosa: "La heredera secreta de los Santillán". Beatriz había filtrado la existencia de un "nieto varón" a los tabloides más sensacionalistas, creando una ola de opinión pública a su favor. La viuda afligida buscaba proteger el legado de su marido y el futuro de un niño huérfano frente a la "frialdad extranjera" de Elena Valerius.
Me dirigí directamente a la Torre De la Vega. Al llegar a la planta de presidencia, me encontré con un despliegue de abogados que no recordaba haber convocado. Beatriz estaba allí, sentada en mi despacho, bebiendo té con una calma que erizaba la piel.
—Elena... o debería decir, querida intrusa —dijo Beatriz, dejando la taza de porcelana sobre la mesa de caoba—. Mis abogados han presentado una demanda de medidas cautelares ante el Tribunal de lo Mercantil. Alegamos que tu toma de control es nula hasta que se resuelva la partición de la herencia que corresponde a Sebastián Santillán.
—Sebastián Santillán no es un De la Vega por sangre, Beatriz —respondí, caminando hacia el ventanal para no tener que mirar su rostro triunfante—. Es el hijo de Federico. Y el holding es una entidad jurídica que yo controlo mediante deuda convertible. El fideicomiso de Arturo tiene lagunas legales del tamaño de un océano.
—Quizás —sonrió ella con malicia—. Pero el escándalo público es real. Los bancos están congelando tus líneas de crédito hasta que se aclare la sucesión. Sin liquidez, Elena, no eres más que una mujer con papeles bonitos pero sin poder real. A menos... que aceptes un trato.
—No negocio con secuestradores de niños, Beatriz.
—No es un secuestro si soy su abuela legal. Solo quiero que retires los cargos contra Isabella. Firma la retractación de las pruebas del cemento, di que hubo un "error de interpretación" en los informes de Arturo, y yo haré que Sebastián desaparezca de nuevo en Londres. La empresa será tuya, limpia de sospechas.
El chantaje era absoluto. Beatriz estaba dispuesta a vender la justicia de Lucía Torres y la libertad de su propia nieta —la verdadera Marina— con tal de salvar a Isabella.
Me di la vuelta y apoyé las manos sobre el escritorio, inclinándome hacia ella hasta que pudo oler el perfume gélido que yo usaba como máscara.
—¿Sabes quién es Clara, la madre de ese niño? —pregunté en un susurro.
Beatriz vaciló.
—Una aventurera. Una mujer que Federico usó para desfogarse.
—No. Es Clara Jiménez. La hija del ingeniero jefe del puente de Alcorcón. El hombre que Arturo mandó a la cárcel hace diez años para no admitir que él mismo había robado el presupuesto del acero. Federico no la encontró por casualidad. La buscó para pedirle perdón, y terminó dándole un hijo.
El rostro de Beatriz se contrajo. La mención del puente de Alcorcón era tocar un nervio que Arturo había sepultado bajo millones de euros en sobornos.
—Si llevas a ese niño a un tribunal, Beatriz, yo llevaré a Clara. Y ella no hablará de herencias. Hablará de cómo los De la Vega destruyeron a su padre. Hablará de cómo Federico le confesó cada pecado de Arturo en la intimidad de su cama en Londres. ¿Crees que la junta directiva te apoyará cuando sepan que el "heredero" es el hijo de la mujer que tiene las pruebas para meter a todos los aquí presentes en una celda perpetua?
Beatriz se puso de pie, temblando de furia.
—¡Eres un demonio! ¡Arturo tenía razón sobre ti!
—Arturo no tenía razón sobre nada —sentencié—. Él creía que el miedo era el único cemento que mantenía unido un imperio. Yo he aprendido que la verdad es un ácido que lo deshace todo.
Salí del despacho dejando a Beatriz rodeada de sus abogados, que ya empezaban a susurrar entre ellos, oliendo la debilidad de su clienta. Pero el triunfo fue breve. Al llegar al ascensor, recibí un mensaje de texto de un número desconocido:
"Sé quién eres, Marina. El Dr. Vogel no es tan discreto cuando se le paga en diamantes. Nos vemos en el cementerio a medianoche. Trae la carpeta azul o el mundo sabrá que la nueva reina de la ciudad es una convicta con cara nueva".
A medianoche, el cementerio de la Almudena era un bosque de sombras blancas bajo la luna creciente. Caminé por el sendero principal, sintiendo el peso del arma en mi bolso. No le había dicho nada a Julián; esta era una deuda que debía cobrar sola.
Frente al mausoleo de los De la Vega, donde el nombre de Arturo ya estaba grabado en piedra fresca, una figura me esperaba. No era Beatriz. No era un matón de Federico.
Era Garrido, el director financiero. El hombre que había sido la sombra de mi padre durante cuarenta años.
—Llegas tarde, Marina —dijo él, fumando un cigarrillo cuya brasa era el único punto de luz en la oscuridad—. Te reconozco en la forma en que caminas. Tienes la misma arrogancia silenciosa que tu abuelo, no la de Arturo.
—¿Qué quieres, Garrido? —pregunté, manteniendo la mano cerca del bolso.
—Quiero mi jubilación, querida. Arturo me prometió que, tras su muerte, yo heredaría una parte de las cuentas en paraísos fiscales que solo él y yo conocíamos. Pero tú las has bloqueado todas con tu auditoría suiza.
—Ese dinero no te pertenece. Es el producto de décadas de robo.
—En este mundo, el dinero pertenece a quien sabe guardarlo —rio Garrido—. Vogel me vendió las fotos del "antes y después" por una suma razonable. Si las publico, tu presidencia cae en diez minutos. Nadie confiará en una mujer que ha mentido sobre su propia identidad para usurpar una empresa.
Me acerqué a él, ignorando el peligro.
—Hazlo. Publica las fotos. Dile al mundo que Marina De la Vega ha vuelto de la tumba para vengarse. ¿Crees que me importa el escándalo? He pasado cinco años en una celda donde el escándalo era que te dieran un trozo de carne limpia. Si me hundes, te hundiré conmigo. Tengo los registros de los pagos que tú mismo firmaste para el peritaje falso del coche de Isabella.
Garrido vaciló. No esperaba que yo aceptara el desafío de la autodestrucción.
—Estamos en el capítulo 20 de esta historia, Garrido —dije, usando una metáfora que solo yo entendía—. Es el momento en que los secretos dejan de ser armas y se convierten en anclas. O me das los códigos de acceso a las cuentas que faltan, o nos hundimos los dos aquí mismo, sobre la tumba del hombre que nos usó a ambos.
El silencio en el cementerio se prolongó durante lo que pareció una eternidad. Finalmente, Garrido tiró el cigarrillo y lo aplastó con el zapato.
—Eres igual que él —susurró con una mezcla de asco y admiración—. Tienes el mismo instinto para encontrar la yugular del adversario.
Sacó un pequeño pendrive de su bolsillo y lo dejó sobre la lápida de Arturo.
—Ahí tienes todo. Las cuentas, los nombres de los testaferros y las pruebas de que Beatriz sabía lo de los frenos desde el primer día. A cambio, quiero un pasaporte nuevo y diez millones en una cuenta en Singapur. Mañana me iré de este país y no volverás a saber de mí.
—Hecho. Pero si intentas un solo movimiento contra Sebastián o Clara, te encontraré. No importa en qué rincón del mundo te escondas.
Garrido asintió y se perdió entre las sombras de los cipreses. Me quedé sola frente a la tumba de mi padre, con el pendrive en la mano. . Marina De la Vega ya no era una sospecha; era una certeza protegida por el poder de Elena Valerius.
Al salir del cementerio, llamé a Julián.
—Prepara la junta extraordinaria para mañana a las ocho. Vamos a disolver el consejo de administración. Y Julián... avisa a la fiscalía. Tenemos a un nuevo testigo dispuesto a declarar contra Beatriz.