En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
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Capítulo 23
La votación fue ajustada, pero ganó. Cuando la reunión terminó y la gente empezó a salir, Esteban se acercó a Jimena.
—No te fíes —dijo en voz baja—. Aquí las cosas no son tan sencillas como parecen y él —señaló a Mateo con la cabeza— no es tan bueno como crees.
—No he dicho que sea bueno, solo que tenemos que unirnos.
—Pues recuerda esto: cuando llegue el momento, los buenos y los malos no importan. Solo los vivos y los muertos.
Se fue antes de que ella pudiera responder. Jimena se quedó mirándolo, con una mezcla de rabia y desconcierto.
Mateo se acercó a ella cuando la sala quedó vacía.
—No le hagas caso. Esteban es un buen hombre, pero tiene miedo.
—Todos tenemos miedo.
—Sí, pero él lo disfraza de rabia.
—¿Y tú? ¿Cómo lo disfrazas?
Mateo la miró largamente.
—No lo disfrazo, lo llevo conmigo, es parte de lo que soy.
Salieron juntos a la plaza. La tarde caía, y el cielo estaba despejado después de los días de lluvia. La gente se movía entre las chabolas, preparando la cena, recogiendo la ropa tendida, llamando a los niños para que entraran. Había algo en esa rutina, en esa normalidad reconstruida, que a Jimena le parecía casi milagrosa.
—Mateo —dijo—. ¿Crees que de verdad podremos vencer a los Cazadores?
—No lo sé, pero lo intentaremos.
—¿Y si no es suficiente?
—Entonces habremos luchado y eso es más de lo que muchos pueden decir.
—¿Y los niños? ¿Qué pasará con ellos si perdemos?
Mateo se detuvo y la miró. Había algo en sus ojos, una certeza que no era arrogancia sino convicción.
—No vamos a perder. Por ellos, por todos los que hemos perdido ya. No vamos a perder.
Esa noche, Jimena no pudo dormir. Daba vueltas en la cama, escuchando los ruidos del mercado: el viento, algún perro ladrando a lo lejos, el crujido de las maderas. Finalmente, se levantó, se puso la chaqueta y subió a la azotea.
Mateo ya estaba allí, sentado en el borde, mirando las estrellas. Cuando la oyó llegar, no se volvió.
—No podía dormir —dijo Jimena, sentándose a su lado.
—Yo tampoco.
—¿Piensas en la reunión?
—Pienso en Darío. En cómo empezó todo. En cómo un hombre que luchó a mi lado ahora está al otro lado.
—¿Crees que se puede volver?
—¿Al otro lado? Cualquiera puede volverse, si le empujan lo suficiente.
—¿Y tú? ¿Podrías volverte?
Mateo tardó en responder.
—No lo sé. He hecho cosas de las que no estoy orgulloso. Decisiones que me duelen cada vez que las recuerdo. Pero nunca he traicionado a los míos.
—Darío también creía que los suyos eras tú.
—Ya. Por eso me duele.
Se quedaron en silencio, mirando las estrellas. La noche estaba clara, y Sirio brillaba con esa intensidad que Jimena ya reconocía.
—¿Te he contado alguna vez cómo conocí a Carlos? —preguntó de repente.
—No.
—Estaba debajo de un lavabo. Con una llave inglesa en la mano, maldiciendo porque el grifo no funcionaba. Yo me acerqué para pedirle que arreglara también el de la sala de curas, y él asomó la cabeza con una sonrisa tan amplia que olvidé lo que iba a decir.
—¿Y qué pasó?
—Me dijo: “Tú eres la nueva. La que pone inyecciones sin que nadie se queje. Me han hablado de ti”. Y yo le dije: “Y tú eres el que arregla los grifos. También me han hablado de ti”. Y nos quedamos mirándonos, debajo de ese lavabo, como dos idiotas.
Mateo sonrió.
—¿Y luego?
—Luego se sentó en mi mesa en la cafetería. Y no se fue. Pasaron tres años hasta que se mudó a mi apartamento con una maleta y una colección de plantas que ocupaban la mitad del balcón.
—Plantas.
—Sí. Le gustaban. Decía que daban esperanza.
—¿Y tú creías en eso?
—Entonces sí. Ahora no sé.
—Yo creo que sí —dijo Mateo—. Mira a tu alrededor. Llevamos tres años en un mundo muerto, y la gente sigue plantando, sigue cultivando, sigue esperando que algo crezca. Eso es esperanza.
Jimena lo miró. En la penumbra, su rostro era una mezcla de sombras y luz, y por un momento pensó que era el hombre más hermoso que había visto.
—Mateo.
—Dime.
—¿Te vas a reunir con Ulises?
—Mañana. Quiero que vengas conmigo.
—¿Para qué?
—Para que veas cómo es. Para que sepas con quién nos estamos aliando. Y porque confío en ti.
—¿Confías en mí? Apenas me conoces.
—Te conozco lo suficiente. Eres la única que ha venido a ayudar sin pedir nada. Eso ya es más de lo que la mayoría haría.
—Ya me lo has dicho antes.
—Y sigo pensándolo.
Jimena apoyó la cabeza en su hombro. Sintió cómo él se tensaba un instante, luego se relajaba, cómo su brazo la rodeaba con cuidado.
—¿Y si sale mal? —preguntó—. La reunión con Ulises, quiero decir.
—Entonces buscaremos otra forma.
—¿Y si no hay otra forma?
—Siempre hay otra forma. A veces solo hay que buscarla.
—Eres terco.
—Lo sé.
—Y confiado.
—No. Solo he aprendido que si me rindo, los que dependen de mí también se rinden y no puedo permitirme eso.
Se quedaron abrazados en la azotea, mirando las estrellas, mientras el mercado dormía a sus pies y por primera vez en mucho tiempo, Jimena sintió que el miedo no era lo único que habitaba su pecho.
También había esperanza.