Renace en una época antigua, decidida a cambiar su destino, no será una villana en esta vida.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Mason 2
Los días pasaron con una calma que, al principio, a Rachel le resultó extraña.
No había tensiones.
No había discusiones.
No había decisiones apresuradas.
Solo… tranquilidad.
Pero dentro de esa tranquilidad, comenzó a notar algo.
Pequeños detalles.
Miradas.
Gestos.
Cosas que, si no hubiera estado atenta, habrían pasado desapercibidas.
Una tarde, mientras caminaba por el jardín, vio a su madre observándola desde la ventana.
Cuando Rachel levantó la mirada, la duquesa sonrió rápidamente… demasiado rápido.
Como si hubiera sido descubierta.
Rachel no dijo nada.
Pero lo notó.
Otro día, su padre la invitó a acompañarlo a dar un paseo por los terrenos. Algo poco habitual. Durante el recorrido, habló más de lo normal… incluso hizo un par de comentarios ligeros que claramente no eran su estilo.
Rachel lo miró de reojo.
[Está intentando distraerme.]
Y entonces lo entendió.
Sus padres estaban preocupados.
Pero no por el compromiso.
No por los Field.
Sino por ella.
Porque no la veían enojada.
No la veían quejarse.
No la veían reaccionar como siempre.
Y eso, en lugar de tranquilizarlos… los inquietaba más.
[Piensan que estoy guardándome todo.]
Una noche, durante la cena, la duquesa pidió que trajeran un postre especial.
—Es tu favorito —dijo con una sonrisa suave.
Rachel miró el plato.
No lo reconoció.
Pero asintió.
—Gracias, madre.
Probó un poco.
Dulce.
Delicado.
Y al levantar la vista, vio a ambos observándola.
Esperando.
Como si ese pequeño gesto pudiera decirles algo importante.
Rachel sintió algo apretarse en su pecho.
No era incomodidad.
Era… otra cosa.
Algo más cálido.
Más profundo.
Esa noche, al retirarse a su habitación, se sentó en el borde de la cama, en silencio.
Y por primera vez desde que llegó a ese mundo… no pensó en Eric. Ni en Valery. Ni en la historia.
Pensó en ellos.
En sus padres.
En cómo la miraban.
En cómo se preocupaban.
En cómo intentaban animarla… sin saber realmente qué hacer.
Rachel bajó la mirada, entrelazando suavemente sus manos.
[De verdad me quieren]
La idea se asentó con una claridad inesperada.
No era un afecto superficial.
No era una obligación.
Era genuino.
Real.
La estaban cuidando.
A su manera.
Incluso si no entendían completamente lo que sentía.
Incluso si creían que ella estaba triste… cuando en realidad no lo estaba.
Rachel sonrió levemente.
Sus ojos se suavizaron.
Sino con una calidez que no esperaba sentir.
En su vida anterior… todo había sido más difícil.
Más rápido.
Más solitario.
Pero aquí… tenía tiempo.
Tenía un hogar.
Tenía… una familia.
Se recostó lentamente, mirando el techo.
Y aunque sabía que su vida acababa de empezar realmente… había algo que ya tenía claro.
No quería perder eso.
No quería lastimarlos.
No quería convertirse en la persona que había sido la otra Rachel.
Cerró los ojos con suavidad.
Y por primera vez desde que abrió los ojos en ese nuevo mundo… se sintió completamente en paz.
Porque, más allá del destino, los errores o las historias que otros habían escrito… ella había encontrado algo inesperado.
Algo que no planeó.
Pero que ahora valoraba profundamente.
Amor.
Y cuidado.
De esos que no se dicen mucho… pero se demuestran en cada pequeño gesto.
Días despues, la luz entraba suavemente por los ventanales del salón principal, tiñendo todo de un dorado tranquilo.
Rachel se detuvo unos segundos antes de entrar.
Respiró hondo.
No estaba nerviosa… pero sí quería decir las cosas bien.
Con claridad.
Con sinceridad.
Al cruzar la puerta, encontró a sus padres sentados juntos, revisando algunos documentos. La escena era cotidiana, pero al verla, ambos levantaron la mirada casi al mismo tiempo.
—Rachel.. Buenos días, querida.
—Buenos días, padre… madre.
Rachel avanzó con calma, pero sin rodeos.
—¿Podemos hablar un momento?
El duque dejó los papeles a un lado de inmediato.
—Por supuesto.
Algo en su tono hizo que ambos se pusieran más atentos.
Rachel se sentó frente a ellos.
Sus manos descansaron sobre su regazo.
Su postura era elegante, como siempre… pero su expresión era distinta.
Más abierta.
Más sincera.
—He estado pensando estos días
La duquesa inclinó ligeramente la cabeza, escuchando con atención.
—Sobre todo lo que pasó con los Field.
Hubo un leve silencio.
Pero esta vez no era incómodo.
Era expectante.
Rachel continuó..
—Y creo… que toda esa experiencia me sirvió.
El duque frunció apenas el ceño, curioso.
—¿Servirte?
Rachel asintió.
—Sí.
Sus ojos se suavizaron un poco.
—Me hizo ver cosas que antes no veía. Entender mejor lo que quiero… y lo que no.
La duquesa la observaba sin parpadear.
Rachel bajó la mirada un segundo, y luego volvió a levantarla con una pequeña sonrisa.
—Creo que… maduré.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Simple.
Pero poderosa.
Sus padres intercambiaron una mirada breve.
Había emoción en sus ojos.
Rachel continuó, con un tono aún más suave..
—Pero también quería decirles algo más.
Se inclinó apenas hacia adelante.
—Sé que han estado preocupados por mí.
La duquesa apretó ligeramente los labios.
El duque guardó silencio.
Rachel sonrió, esta vez con calidez genuina.
—Y quiero que sepan que… me gusta.
Ambos parpadearon, sorprendidos.
—Me gusta que se preocupen.. Me hace sentir… cuidada.
El silencio que siguió fue distinto.
Más profundo.
Más emocional.
—Gracias —añadió Rachel, con sencillez.
La duquesa llevó una mano a su pecho.
Sus ojos brillaban.
—Rachel…
Su voz tembló apenas.
El duque carraspeó suavemente, como si necesitara recomponerse.
Y entonces habló..
—Para nosotros…
Hizo una pequeña pausa.
Miró a su hija con una mezcla de orgullo y ternura.
—Siempre serás nuestra pequeña.
Rachel sintió cómo algo cálido se expandía en su pecho.
La duquesa sonrió, acercándose un poco más.
—Nuestra niña consentida.
Rachel soltó una pequeña risa.
No de burla.
Sino de cariño.
—Aunque ya esté “madura” —añadió ella, con un brillo divertido en los ojos.
El duque sonrió apenas.
—Eso no cambia nada.
La duquesa asintió.
—Podrás crecer, cambiar, tomar decisiones…
Su mirada se suavizó aún más.
—Pero para nosotros…
extendió la mano y tomó la de Rachel.
—Siempre serás nuestra hija.
Rachel apretó suavemente su mano.
No necesitó decir nada más.
Porque en ese momento… todo estaba dicho.
Y por primera vez en mucho tiempo… no había miedo.
Ni incertidumbre. Solo una sensación clara.
Firme.
De pertenecer.
De ser querida.
De no estar sola.
Y eso… valía más que cualquier historia ya escrita.