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EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Viaje a un mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.

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capitulo 12

Cerré la puerta de la habitación con un clic casi imperceptible, el tipo de sonido que en el silencio de la madrugada suena como un disparo. Mis manos temblaban tanto que tuve que apretarlas contra mis muslos. Al otro lado de esa madera, Marcos dormía el sueño de los justos, rodeado de catálogos de muebles y promesas de una estabilidad que, en ese preciso instante, me asfixiaba.

Bajé por el ascensor del hotel sintiendo que cada piso que descendía era un año que restaba a mi vida anterior. El espejo del ascensor me devolvió una imagen que apenas reconocí: una mujer con el pelo revuelto, sin maquillaje, con los ojos inyectados en sangre y una urgencia animal en la mirada.

—Estás loca, Valeria. Vas a perderlo todo —me susurré.

Pero la "locura" se sentía más real que la "cordura" de mi cena de pasta italiana de hacía unas horas.

Al salir al vestíbulo, el aire acondicionado me golpeó, recordándome que el mundo seguía girando. El portero nocturno, el mismo que me había visto salir hacia el templo la noche anterior, arqueó una ceja pero no dijo nada. Salí a la calle. El frío de Seúl a las cuatro de la mañana es un cuchillo que no pide permiso.

Allí, estacionado en doble fila con las luces de posición encendidas, estaba el sedán negro.

Me acerqué a la ventanilla del copiloto. El cristal bajó lentamente, revelando el rostro de Min-ho. No llevaba las gafas de sol. Su mirada era una mezcla de derrota absoluta y un deseo tan crudo que me hizo retroceder un paso.

—Sube —dijo. Su voz era un rasguño en el silencio de la noche.

Entré en el coche. El interior olía a él, a ese aroma a madera y a cansancio que se me había metido en los poros. No dijo nada. Engranó la marcha y aceleró por las avenidas vacías de Gangnam. Las luces de los semáforos en ámbar parpadeaban como corazones moribundos.

—¿Por qué has venido? —pregunté cuando ya llevábamos diez minutos de silencio—. Me dijiste que lo de anoche fue un error. Me humillaste delante de tus asistentes. Me echaste de tu despacho.

Min-ho apretó el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

—Porque no puedo respirar, Valeria. Desde que te vi con él en esa pantalla, desde que supe que estaba aquí, en tu habitación, tocándote... he sentido que el aire de esta ciudad se convertía en veneno.

—Él es mi novio, Min-ho. Es el hombre con el que he planeado mi vida durante tres años. No puedes aparecer ahora y exigir que lo borre todo porque tú no sepas gestionar tus emociones.

—¡No son emociones! —gritó, frenando el coche bruscamente a la orilla del río Han—. Es algo físico. Es como si me hubieran arrancado una parte del pecho y la hubieras traído tú desde Madrid. Te veo en mis sueños, te veo en los informes, te veo en cada rincón de este maldito edificio. Y verlo a él... verlo a él es como ver a un ladrón en mi propia casa.

Se giró hacia mí. Estábamos bajo la luz de una farola que parpadeaba. La nieve empezaba a caer de nuevo, cubriendo el parabrisas con un velo blanco.

—Él no es un ladrón —dije con la voz rota—. Él es la seguridad. Él es la persona que me quiere de una forma que no duele. Tú... tú eres un incendio, Min-ho. Y yo no sé si quiero quemarme.

—Ya te estás quemando —respondió él, acercándose. Su aliento rozó mi mejilla—. Lo supe anoche en el templo. Lo supe cuando me sostuviste. Ninguna mujer me ha mirado nunca como tú, como si pudieras ver al niño que se escondía en la playa.

Sus manos buscaron las mías en la penumbra del coche. Estaban calientes, febriles. Me obligó a mirarlo.

—Dime que no sientes nada por mí. Dime que cuando él te besa hoy, no estás pensando en cómo olía el incienso anoche. Dímelo y te juro por la memoria de mi madre que te dejo en la puerta del hotel y no vuelvo a dirigirte la palabra fuera de una reunión de ventas.

Abrí la boca para mentir. Para salvar mi relación con Marcos, para salvar mi carrera, para salvar mi cordura. Pero las palabras se quedaron atascadas en mi garganta. El Min-ho del sueño, el del abrigo gris, parecía estar allí, observándonos desde el asiento trasero.

—No puedo —susurré—. No puedo decírtelo porque sería la mentira más grande de mi vida.

Min-ho soltó un suspiro que sonó como un sollozo contenido. Se inclinó y, esta vez, no hubo interrupciones. Sus labios encontraron los míos con una desesperación que me hizo perder el sentido de la realidad. Fue un beso amargo, dulce, hambriento. Sabía a soju, a nieve y a una soledad compartida durante años.

En ese momento, el mundo desapareció. No había oficinas, no había proyectos de marketing, no había novios en Madrid. Solo existía el roce de su lengua contra la mía y la forma en que sus manos se enredaban en mi pelo, como si tuviera miedo de que me evaporara si me soltaba.

—Valeria... —gimió contra mi boca—. No dejes que me pierda otra vez.

Mientras tanto, en la habitación del hotel, la realidad seguía su curso implacable.

Marcos se despertó. No fue un despertar brusco, sino esa transición lenta de quien se siente seguro. Estiró el brazo para buscar el calor de mi cuerpo, pero solo encontró sábanas frías. Frunció el ceño, todavía medio dormido.

—¿Val? —murmuró—. ¿Estás en el baño?

No hubo respuesta. Se incorporó, encendiendo la luz de la mesilla. El baño estaba vacío. Mi móvil no estaba. Mi abrigo no estaba. Sus ojos se abrieron de par en par al ver que la puerta de la habitación estaba cerrada pero sin el pestillo de seguridad que yo siempre ponía.

Marcos se levantó, sintiendo una punzada de ansiedad en el pecho. Miró el reloj: las 4:45 de la mañana. Intentó llamarme, pero mi teléfono daba señal y nadie contestaba (yo lo había dejado en silencio en el bolso, en el asiento del coche).

Se asomó al pasillo. Nada. Bajó al lobby en pijama y sudadera, con el corazón martilleando.

—Disculpe —le dijo al portero en un inglés rudimentario—. Mi novia... la chica de la 502... ¿la ha visto salir?

El portero lo miró con una mezcla de lástima y profesionalidad coreana.

—La señorita salió hace media hora —respondió—. Un coche negro la esperaba en la puerta.

—¿Un coche? ¿Qué coche? ¿Un taxi?

—No, señor. Un vehículo privado. El mismo que vino a buscarla la otra noche.

Marcos sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. "El mismo que vino a buscarla la otra noche". Valeria le había dicho que apenas salía, que estaba enterrada en trabajo. Le había dicho que el jefe era un borde.

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The Wolf 🥀🐺🍃
una historia que se parece a mi vida mi ....me pasó lo mismo con mi ahora esposo y dejé de soñarlo cuando xfin lo conocí y extrañaba a el chico de mi sueños 😭😭....veamos k pasa .
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