VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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EL PLAN; la noche del pecado
Karina:
El eco de los pasos de esa... sirvienta aún resonaba en mis oídos cuando sentí el primer pinchazo de una duda que me quemaba las entrañas como ácido.
¿Instrucciones sobre "necesidades personales"? ¿El nudo de la corbata? La perra se había atrevido a mirarme a los ojos con una arrogancia que no le pertenecía a alguien de su clase.
Me giré hacia Maximiliano. Él estaba allí, de pie, impecable en su esmoquin, pero con esa mirada perdida en la puerta por la que ella acababa de desaparecer. La furia me desbordó. No me importó que estuviéramos en medio del salón de los Messina, rodeados de la élite de la mafia.
—¡Ven conmigo. Ahora! —le siseé, clavando mis uñas en su antebrazo y arrastrándolo hacia el pasillo desierto de la biblioteca.
En cuanto cerré las puertas dobles, estallé. Le lancé mi copa de champán a los pies, el cristal estallando en mil pedazos sobre la alfombra.
—¿Quién carajo se cree que es esa muerta de hambre? —le grité, mi voz temblando de puro odio—. ¡Esa maldita gata de oficina me ha faltado al respeto en mi propia fiesta, Maximiliano! Me ha hablado de tus "necesidades" con una sonrisa de puta que no puedo borrar de mi cabeza.
Él no se inmutó. Se quedó allí, con las manos en los bolsillos, mirándome como si yo fuera un insecto ruidoso. Esa calma suya me volvió loca.
—¿Es eso lo que haces en tu despacho a las tres de la tarde? —me acerqué a él, golpeándole el pecho con el dedo—. ¿Te revuelcas con la hija de Marcos entre archivos? ¿Es por eso que la trajiste hoy? ¿Para restregarme en la cara que prefieres el sudor de una empleada barata al linaje de los Messina? ¡Eres un asqueroso, Maximiliano! ¡Un maldito depravado sin clase!
—Baja la voz, Karina. Estás haciendo el ridículo —respondió él, su voz tan fría que me dio escalofríos.
—¡No me da la gana! —rugí—. Esa zorra tiene que desaparecer. No la quiero cerca de ti, no la quiero en tu edificio, ¡la quiero de vuelta en el lodo de donde salió! Tiene los ojos de una loca que cree que puede robarme lo que es mío. Si vuelvo a ver que esa... esa basura te mira como si supiera el sabor de tu boca, le cortaré la lengua yo misma.
Me pegué a él, buscando una reacción, una negación, algo. Pero solo encontré ese mal humor gélido que lo caracterizaba.
—Dime que es mentira —le exigí, mi voz quebrándose por la paranoia—. Dime que esa estúpida solo está intentando provocarme porque sabe que nunca llegará a ser nada más que tu sombra. ¡Dímelo, Max! Porque juro que si me entero de que has puesto tus manos sobre esa niñera de mierda, quemaré el despacho contigo dentro.
Él me miró de arriba abajo, con un desprecio que me hizo sentir pequeña por primera vez en mi vida. No me abrazó, no me consoló. Solo se acomodó la solapa de su esmoquin, la misma que ella había insinuado que él traía desordenada.
—Has terminado de gritar? —preguntó él sin una gota de emoción—. Vuelve al salón y lávate la cara. Pareces una histérica de clase baja, no mi prometida.
Se dio la vuelta y me dejó allí, sola con mis gritos ahogados y una certeza aterradora: María no era un accesorio. Era el arma que Maximiliano estaba usando para destruirme, y lo peor es que la perra parecía disfrutarlo.
(A dia siguiente)
La duda es un parásito que se alimenta de la cordura. No pude dormir. Las palabras de esa muerta de hambre, esa María, se repetían en mi cabeza como una sentencia: "Sombras del escritorio a las tres de la tarde". Me miré al espejo y vi a una Messina, una mujer de linaje, pero me sentía como una idiota a la que estaban engañando en su propia cara.
No iba a esperar al informe de ningún detective. Iba a ver la verdad con mis propios ojos.
A las tres de la tarde en punto, entré en el edificio Veraldi. No me detuve en la recepción; los guardias se apartaron al ver mi expresión asesina. Subí por el ascensor privado, sintiendo cómo mi corazón martilleaba contra mis costillas. Al llegar a la planta alta, el pasillo estaba desierto. Me acerqué a la puerta de roble de Maximiliano. Estaba cerrada.
No llamé. Empujé las puertas dobles con toda mi fuerza, lista para gritar, para abofetear, para destruir.
—¡Maximiliano, tenemos que...!
Las palabras se me murieron en la garganta. El aire en el despacho era denso, caliente, impregnado de un olor a sexo y pecado que me golpeó como un puñetazo.
Maximiliano estaba sentado en su enorme silla de cuero, pero no estaba revisando informes. María estaba sobre él, de espaldas a la puerta, con las piernas abiertas de par en par y las rodillas apoyadas en los brazos de la silla. Su falda de tubo estaba subida hasta la cintura, revelando la palidez de sus muslos y el encaje negro que Maximiliano apretaba con sus manos grandes y brutales.
Él ni siquiera se inmutó al verme. Siguió embistiendo hacia arriba con una lentitud sádica, manteniendo sus ojos fijos en la puerta, en mí. Su rostro era una máscara de placer oscuro y mal humor.
—Llegas tarde, Karina —dijo él, su voz era un gruñido profundo, roto por el esfuerzo físico.
María soltó un gemido largo y sucio, echando la cabeza hacia atrás. Sus ojos estaban en blanco, perdidos en el éxtasis, ignorando por completo mi presencia. Su espalda se arqueaba mientras el cuerpo de Maximiliano la reclamaba una y otra vez sobre el cuero que crujía rítmicamente.
—¡Hijos de puta! —grité, el sonido de mi propia voz me resultaba ajeno—. ¡En tu propio despacho! ¡Con esta... esta basura!
—Te dije que ella conocía mis necesidades mejor que tú —respondió Maximiliano sin detenerse. Agarró a María por el cabello, obligándola a girar un poco la cabeza para que me viera.
Ella me miró de reojo, con los labios hinchados y una sonrisa de triunfo absoluto grabada en su rostro sudado. No había vergüenza en ella, solo una maldad radiante.
En ese momento, Maximiliano la tomó con más fuerza, llevándola al límite frente a mis propios ojos. El sonido de la carne chocando y los jadeos de María llenaron la habitación, convirtiendo mi humillación en un espectáculo erótico y violento.
—Mírala, Karina —susurró él, mientras María se sacudía en un orgasmo violento sobre su regazo—. Mira lo que es pertenecerle a un monstruo. Ahora lárgate de aquí antes de que decida que quiero que te quedes a mirar cómo termino de destrozarla.
Me di la vuelta y salí corriendo, con el sonido de la risa jadeante de María persiguiéndome por el pasillo. Había ido a buscar la verdad y la verdad me había prendido fuego.
El odio es el mejor arquitecto del mundo, y esa tarde, mientras huía del despacho de Maximiliano con el sonido de su placer todavía retumbando en mis oídos, construí los cimientos de una venganza que no dejaría cenizas. No fui a mi casa. No busqué a mi padre. Fui directamente a la guarida de la única mujer que odiaba a esa perra tanto como yo.
Encontré a Alessia en su solárium privado, bebiendo té con una calma que me resultaba insultante. Al verme entrar, desaliñada y con los ojos inyectados en sangre, dejó la taza con una elegancia letal.
—Lo has visto, ¿verdad? —dijo ella, sin necesidad de preguntas—. Has visto cómo mi hijastro se revuelca en el fango con esa insignificante.
—Quiero verla muerta, Alessia —solté, mi voz temblando de una furia gélida—.
Pero no quiero que sea rápido. Quiero que Maximiliano vea cómo se desintegra frente a sus ojos y que él no pueda mover un dedo para salvarla.
Alessia sonrió. Era la sonrisa de una mujer que había asesinado antes y que no tenía miedo de volver a hacerlo. Se levantó y caminó hacia un pequeño escritorio de ébano, sacando una carpeta que contenía fotos, rutas y horarios.
—Maximiliano cree que tiene el control porque descubrió mis... movimientos financieros —susurró ella, acariciando el papel—. Pero el amor, querida Karina, es una enfermedad que te vuelve descuidado. Y ellos están muy enfermos el uno del otro.
Alessia se acercó a mí, susurrando el plan con la precisión de un cirujano. No íbamos a contratar a un sicario cualquiera; íbamos a usar las leyes de la propia mafia para destruirlos.
Paso 1: El Cebo. Mañana es la cena de gala de la hermandad. Alessia se encargará de que Maximiliano sea llamado a una "reunión urgente" con los capos en el sótano, dejándome a solas con María en el salón principal.
Paso 2: La Trampa de Sangre. Inyectaremos una dosis paralizante en la bebida de María. No la matará, pero la dejará consciente y sin poder hablar ni moverse. La llevaremos a la habitación de invitados que da al jardín.
Paso 3: El Escándalo Definitivo. Aquí entra mi parte. Alessia ha descubierto que el padre de María, Marcos, está teniendo tratos secretos con la policía para "limpiar" el nombre de su hija y sacarla de este mundo. Vamos a dejar pruebas plantadas en el bolso de María que la vinculen directamente como la informante de su padre.
Paso 4: El Sacrificio. Cuando Maximiliano salga de su reunión, lo guiaremos hacia la habitación. Allí encontrará a María "confesando" a través de una grabación editada por Alessia que solo lo usó para obtener información. Pero no nos detendremos ahí.
—¿Y luego? —pregunté, sintiendo un escalofrío de placer oscuro.
—Luego —continuó Alessia con ojos brillantes—, le entregaremos a Maximiliano el arma. Le diremos que, según el código de la familia, él debe ejecutar a la informante para probar su lealtad a los Veraldi. Si la mata, vivirá el resto de su vida con el alma rota. Si se niega... mi marido, José, estará allí para ejecutarlos a ambos por traición.
Miré a Alessia y supe que este era un pacto directo con el diablo. María no solo perdería la vida; perdería el amor del hombre por el que lo arriesgó todo, muriendo bajo su mano o viendo cómo él moría por ella.
—Es perfecto —dije, ajustándome el abrigo—. Quiero estar presente. Quiero ver la cara de esa zorra cuando se dé cuenta de que su "protector" es quien le pondrá la bala en la frente.
—Oh, estarás allí, Karina. Serás la prometida abnegada que consuele al viudo después de que él limpie su honor —Alessia alzó su copa de vino—. Por la caída de los amantes.
Maximiliano:
El aire en el despacho todavía olía a ella, a ese rastro de sudor y perfume prohibido que me estaba nublando el juicio, cuando el reloj marcó las cuatro. Me ajusté la corbata frente al espejo, ignorando el rastro de un arañazo en mi cuello que el cuello de la camisa apenas lograba ocultar. Karina había salido de aquí como un alma que lleva el diablo, y aunque su humillación me había provocado un placer casi tan intenso como el sexo, sabía que una perra herida es más peligrosa que un lobo hambriento.
—Vístete, María —ordené, sin mirarla—. Tenemos que movernos. El encargo del árabe no espera, y prefiero que estés bajo mi ala antes de que mi padre o la histérica de mi prometida decidan que eres un blanco fácil.
Salimos del edificio por el garaje privado. El encargo era sencillo pero letal: un intercambio de diamantes de sangre con Al-Fayed, un traficante de armas que no aceptaba errores. Era un hombre que valoraba la lealtad por encima de la vida, y llevar a María conmigo era un riesgo calculado. Quería que el mundo viera que ella era mi mano derecha, mi sombra, mi propiedad.
Mientras conducía el deportivo negro a toda velocidad hacia los muelles privados, el silencio de María era diferente. Estaba tranquila, con esa frialdad que yo mismo le había inyectado.
—¿Crees que Karina se quedará quieta, Max? —preguntó ella, observando el paisaje industrial que pasaba a toda velocidad—. Sus ojos no gritaban derrota, gritaban venganza.
—Que grite lo que quiera. Mientras yo tenga la mano en el gatillo, ella no es más que un ruido de fondo —respondí, aunque una punzada de sospecha me recorrió la nuca. Alessia estaba demasiado silenciosa, y eso siempre precedía a una tormenta.
Llegamos al hangar. El árabe nos esperaba rodeado de hombres armados hasta los dientes. Al-Fayed me saludó con un abrazo gélido y luego clavó sus ojos de halcón en María.
—Maximiliano, siempre con buen gusto. Pero recuerda lo que dicen en mi tierra: una mujer hermosa en un negocio de hombres es como un diamante en un campo de minas. Brilla, pero puede hacerte saltar por los aires.
—Ella no es una mujer común, Al-Fayed. Es mi socia —mentí con naturalidad, sintiendo el peso del arma en mi espalda.
El intercambio comenzó. Maletines llenos de piedras preciosas por rutas de transporte seguras. Todo iba según lo previsto, pero mi instinto, ese que nunca me falla, empezó a gritar. Noté que uno de los hombres de Al-Fayed no quitaba la vista de su teléfono, y por un segundo, vi un brillo metálico en el balcón superior del hangar.
No era un hombre de Al-Fayed. Era un francotirador.
Agarré a María por la cintura y la tiré al suelo justo cuando el primer disparo rompió el cristal de un Mercedes cercano. El caos estalló. Al-Fayed gritó órdenes en árabe mientras sus hombres desenfundaban.
—¡Al coche, María! ¡Ahora! —rugí, disparando mi Beretta hacia las sombras de las vigas del techo.
Mientras cubría nuestra retirada, un pensamiento me golpeó con la fuerza de una bala: este ataque no era para Al-Fayed. El tirador había apuntado directamente a la cabeza de María.
Alguien quería sacarla del tablero antes de la cena de gala de esta noche. Alguien que no quería esperar al plan de Alessia.
Alessia:
Observaba desde el ventanal de la planta alta cómo el deportivo de Maximiliano se alejaba a toda velocidad hacia los muelles. Una sonrisa gélida curvó mis labios mientras sostenía una copa de cristal tallado. Pobre Max. Cree que por haberme descubierto unos desvíos de dinero ha ganado la partida. Cree que su "joya" está a salvo porque la lleva consigo a un nido de árabes y pólvora.
No entiende que, mientras él juega a los soldados en el puerto, yo juego a los dioses en su propia casa.
—Es hora —le dije a la sombra que esperaba en el marco de la puerta. Un hombre que no hace preguntas, un profesional de la limpieza emocional.
Entramos en el apartamento de María. Apestaba a ella: ese aroma a juventud, ambición y el rastro del perfume de Maximiliano que se le quedaba pegado en la piel después de cada revolcón. Me producía una náusea profunda. Revolví sus cajones con una elegancia metódica, disfrutando de la invasión.
—Ponlo ahí —ordené, señalando el doble fondo del armario—. Justo debajo de sus lencería barata.
Mi hombre deslizó una grabadora profesional y una serie de carpetas con el sello de la División de Narcóticos. Eran informes internos que yo misma había conseguido a través de viejos contactos, pero los habíamos manipulado. Ahora, cualquier que los leyera vería una cronología perfecta: cada vez que Maximiliano y ella estaban juntos, un cargamento de los Veraldi era interceptado. La narrativa era impecable: ella lo seducía para obtener coordenadas y luego se las vendía a la policía a través de su padre, Marcos.
Me senté en su cama, acariciando la seda de sus sábanas. —¿Crees que te ama, María? —susurré al aire vacío—. Maximiliano solo ama lo que puede poseer y destruir. Y cuando vea esto, cuando crea que tu boca, esa que tanto besa, es la misma que lo está entregando a las autoridades... él mismo te pondrá la soga al cuello.
El ataque en el hangar del árabe era solo la distracción necesaria. Sabía que los hombres que envié no lograrían matarlos —Maximiliano es demasiado animal para morir así—, pero los mantendría lo suficientemente ocupados para que mi equipo sembrara la prueba definitiva de su traición.
Dejé un último detalle: un teléfono encriptado con un mensaje de texto "enviado" hace diez minutos:
"Él confía en mí. El cargamento de esta noche está listo para la redada. No fallen".
Salí del apartamento cerrando la puerta con la delicadeza de quien acaba de enterrar a alguien vivo. El escenario estaba listo. La cena de gala de esta noche no sería un brindis por la hermandad, sino el funeral de una impostora. Karina cree que esto es por celos; yo sé que esto es cuestión de orden.
Si Maximiliano quiere jugar a ser el rey con una reina de barro, yo me encargaré de que el barro se convierta en sangre.
Maria:
(Al llegar a la Penthouse)
El corazón me latía en los oídos como un tambor de guerra mientras subía en el ascensor privado hacia el penthouse. El tiroteo en el hangar todavía me hacía temblar las manos, y el olor a pólvora se me había quedado pegado al pelo.
Maximiliano se había quedado abajo, dando órdenes a sus hombres con esa furia gélida suya, pero yo necesitaba un segundo de silencio. Necesitaba lavarme la cara y recordar quién era antes de que la noche se volviera aún más oscura.
Entré en mi habitación. Todo parecía estar en su sitio. El lujo silencioso que mi padre, Marcos, siempre había usado para comprar mi lealtad me rodeaba: los muebles de diseño, las alfombras de seda, el silencio absoluto de las alturas. Pero en cuanto di tres pasos, algo en el aire me hizo detenerme.
Huelo el miedo. Y huelo el peligro.
Me quedé inmóvil en el centro de la alfombra. Había un rastro casi imperceptible de un perfume que no era el mío. Un aroma floral, denso, a autoridad y a tumba. Alessia.
—Maldita víbora —susurré, sintiendo un escalofrío que me recorrió la columna.
Caminé hacia mi armario. A simple vista, nada había cambiado, pero yo soy la hija de un mafioso; me criaron para notar cuando alguien ha invadido mi territorio. La puerta del armario no estaba cerrada del todo, faltaba apenas un milímetro. Lo abrí de golpe.
Empecé a remover mi ropa con desesperación. Mis manos tropezaron con el doble fondo donde guardaba mis diarios y algo de dinero en efectivo. Al tirar de la madera, no encontré mis cosas. Encontré una carpeta de cuero negro con el sello de la Policía.
Se me cortó la respiración.
La abrí con dedos temblorosos. Informes, mapas de los muelles de los Veraldi, fotos mías y de Maximiliano entrando en hoteles... y una cronología de redadas policiales que coincidían exactamente con nuestras citas. Al fondo, una grabadora y un teléfono que no era el mío. Lo encendí. El último mensaje enviado decía:
"Él confía en mí. No fallen".
—No, no, no... —el pánico empezó a cerrarme la garganta—. Me han tendido una trampa.
Alessia no quería matarme en el hangar; quería que volviera aquí y fuera "descubierta". Escuché el sonido del motor de un coche deportivo rugiendo abajo. Maximiliano estaba subiendo. Mi mente empezó a trabajar a mil por hora. Si él encontraba esto, no habría preguntas. Él cree en la lealtad por encima de la vida, y esto me pintaba como la judas más grande de la historia de su familia.
Traté de meter los documentos en una bolsa de deporte para bajarlos al incinerador del edificio, pero escuché el sonido del código de seguridad de la puerta principal.
Bip. Bip. Bip.
Era él. Maximiliano ya estaba en el apartamento.
—¡María! —su voz retumbó desde el salón, cargada de ese mal humor posesivo—. ¡Tenemos que prepararnos para la gala! ¡Sal ahora mismo!
Miré la bolsa. Miré la puerta de mi habitación. No me daba tiempo a esconderme ni a destruir las pruebas. Si salía con la bolsa, sospecharía. Si me quedaba aquí, entraría y lo vería.
Tenía que decidir en segundos: ¿le contaba la verdad esperando que me creyera, o intentaba ocultar las pruebas de Alessia arriesgándome a que él me atrapara con "las manos en la masa" y me ejecutara allí mismo por traición?