Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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Cercanía obligatoria
La llamada llegó un martes por la tarde, cuando Valeria estaba cerrando un proyecto menor y ya pensaba en irse temprano por primera vez en semanas.
—Necesito que prepares una presentación especial —le dijo su jefe desde el otro lado del escritorio—. El cliente viene de afuera. Es exigente. Y quiere ver avances in situ.
Valeria alzó la vista apenas.
—¿Cuándo?
—Mañana a primera hora. Fuera de la oficina.
El fastidio apareció, automático. No por el trabajo. Nunca por el trabajo. Sino por la logística, por el tiempo, por lo imprevisto.
—Bien —respondió—. Me encargo.
—No lo hagas sola —añadió él—. Quiero que vayas con tu asistente.
Valeria se tensó apenas un segundo. Lo suficiente como para notarlo… y ocultarlo de inmediato.
—Entendido.
Salió de la oficina sin perder la compostura. Caminó por el pasillo con paso firme, saludó a quien debía saludar, y recién al llegar a su espacio permitió que el aire le pesara un poco más en los pulmones.
Tomás levantó la vista en cuanto la vio acercarse.
—¿Necesita algo, arquitecta?
No había ironía. No había nada fuera de lugar. Esa corrección constante era, en sí misma, una provocación involuntaria.
—Tenemos una presentación mañana —dijo ella—. Cliente externo. Usted va a a venir conmigo.
Tomás asintió de inmediato.
—Perfecto. ¿Qué quiere que prepare?
Valeria le explicó el encargo, los puntos clave, los plazos ajustados. Él tomó notas rápidas, precisas, sin interrumpir. Cuando ella terminó, levantó la vista.
—Voy a armar una estructura base esta tarde. Se la mostraré antes de irnos.
—Bien.
Nada más.
Y sin embargo, mientras avanzaban cada uno en su trabajo, Valeria empezó a notar algo que no quería ver.
Tomás no solo cumplía.
Anticipaba.
Cuando ella estaba por pedir un ajuste, él ya lo había hecho. Cuando dudaba entre dos enfoques, él le mostraba una alternativa que encajaba perfectamente con su manera de pensar. No imponía ideas. Las ofrecía. Y sabía cuándo callar.
Eso era lo peligroso.
Porque Valeria siempre había separado las cosas con una claridad quirúrgica:
el deseo era físico, controlable, pasajero.
El respeto era otra liga.
Y Tomás estaba empezando a cruzar esa frontera.
Al día siguiente, viajaron juntos al lugar de la presentación. Un trayecto corto, pero con tiempo suficiente para que el silencio se volviera una presencia densa. No incómoda. Peor. Cómoda.
Demasiado.
Revisaron la presentación en una tablet compartida. Sus hombros casi se rozaban. Valeria sentía la cercanía como un pulso constante, contenido. Tomás mantenía la vista en la pantalla, concentrado, profesional.
—Si el cliente cuestiona este punto —dijo él en voz baja—, conviene mostrar primero la proyección económica y después volver al diseño.
Valeria lo miró.
—Eso iba a hacer.
Tomás giró apenas la cabeza. Sus miradas se cruzaron un segundo. Nada más.
—Entonces estamos alineados —respondió.
La palabra le quedó resonando.
La reunión fue un éxito. El cliente hizo preguntas difíciles, pidió justificaciones, tensó el ambiente. Valeria respondió con seguridad, firme, impecable. Y Tomás estuvo ahí, sosteniendo cada argumento, complementando cada idea, entrando justo cuando ella hacía una pausa mínima.
No se pisaron una sola vez.
Cuando salieron, el cliente sonreía satisfecho.
—Excelente equipo —comentó antes de despedirse—. Se nota el trabajo conjunto.
Valeria sonrió por inercia.
Tomás no dijo nada.
De regreso, el cansancio se le instaló en los hombros como un peso extraño. No era agotamiento físico. Era otra cosa. Una tensión que no se liberaba.
—Buen trabajo —dijo ella finalmente, sin mirarlo—. Estuviste… muy acertado.
Tomás la observó un segundo más de lo necesario.
—Tú también.
No agregó nada más.
Eso fue peor que cualquier halago exagerado.
Esa noche, Valeria llegó a casa con la cabeza llena. Samuel estaba en la cocina, canturreando mientras preparaba algo simple. La miró apenas entró y dejó de cantar.
—Uh —dijo—. Esa cara no es de “tuve un buen día”.
—Fue demasiado largo —respondió ella, dejando el bolso.
Samuel le sirvió una copa sin preguntar. Se la tendió.
—Escucho.
Valeria bebió un sorbo. Después otro.
—Es bueno —admitió al fin—. Profesionalmente. Muy bueno.
Samuel la miró por encima del borde de su copa.
—Ajá.
—No invade. No presiona. No cruza límites.
—Ajá.
—Y eso debería tranquilizarme… pero no lo hace.
Samuel apoyó la copa con cuidado.
—Valeria —dijo, directo—. El problema no es que te atraiga.
Ella cerró los ojos apenas.
—El problema —continuó él— es que te importa.
El silencio cayó como una verdad demasiado clara.
—Tú sabes muy bien que nunca mezclo las cosas —murmuró ella—. Nunca.
—Lo sé —respondió Samuel con suavidad—. Por eso estás así. Porque cuando alguien te importa, no puedes usarlo, descartarlo o encerrarlo en una noche.
Valeria apoyó la espalda contra la mesada.
—Y eso me quita el control.
Samuel sonrió, con una mezcla de tristeza y cómplicidad.
—Para nada, Val. Te lo comparte.
Ella negó con la cabeza.
—No estoy hecha para eso.
—Tal vez no —dijo él—. Pero tampoco eres la misma chica del orfanato que juró no necesitar a nadie.
Valeria lo miró.
Samuel levantó la copa en un brindis mínimo.
—Solo digo… cuidado. Porque cuando el respeto se mete en el medio, el deseo deja de ser un juego.
Esa noche, Valeria tardó en dormir.
Pensó en la forma en que Tomás la había leído en la reunión. En cómo había esperado sus silencios. En cómo no había intentado acercarse más de lo necesario.
Y por primera vez, el recuerdo de la noche de aquel sábado no fue lo que más la inquietó.
Fue la posibilidad de que esa noche no hubiera sido solo una más.
Y eso… era algo para lo que no tenía planos.