Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 24
La villa en la costa de Amalfi colgaba de un acantilado, rodeada de limones y el aroma salino del Mediterráneo. Sin embargo, para Viktor, el paraíso no existía sin control absoluto. Habían pasado tres días desde Venecia, tres días en los que no habían salido de la habitación principal, entregados a un deseo que parecía alimentarse de su propia oscuridad.
Esa tarde, el aire se volvió denso. Viktor entró en el estudio privado y encontró a Elena cerrando rápidamente su laptop. Sus ojos café brillaron con una chispa de nerviosismo que él detectó al instante.
— ¿Qué ocultas, pequeña? —la voz de Viktor fue un susurro peligroso.
Caminó hacia ella con la elegancia de un depredador. La tomó por la nuca, obligándola a levantarse y pegándola a su cuerpo. Su mano grande apretó con una firmeza que bordeaba el dolor, una advertencia de su posesividad.
— Solo estaba asegurando las rutas de transporte, Viktor —respondió ella, intentando mantener la calma.
— Mientes. Hueles a miedo y a secretos —él le arrebató la computadora y vio un nombre encriptado: Marcus. Un antiguo contacto, alguien que Elena conoció antes del secuestro—. ¿Quién es él? ¿Por qué hablas con otro hombre a mis espaldas?
— Era un amigo, un informante... —intentó explicar ella, pero Viktor no escuchó más.
La furia y los celos estallaron en él. Con un movimiento violento, barrió todo lo que había sobre el escritorio de mármol: lámparas, papeles y la laptop volaron por los aires. Agarró a Elena por la cintura y la lanzó sobre la superficie fría del mármol, inmovilizándola con su cuerpo masivo.
— Te dije que me perteneces —gruñó él, sus ojos de acero oscurecidos por una lujuria colérica—. Cada pensamiento tuyo tiene que ser mío. Voy a borrar el nombre de ese hombre de tu memoria de la única forma que sé.
Viktor no tuvo paciencia. Desgarró la fina bata de seda de Elena, dejando su piel blanca expuesta al aire frío y a su mirada devoradora. Se deshizo de sus pantalones con una mano mientras con la otra mantenía las muñecas de ella atrapadas sobre su cabeza.
La penetró con una embestida brutal, sin preámbulos, reclamándola con una ferocidad que hizo que Elena soltara un grito que se perdió en el eco del acantilado. El contraste del mármol helado contra su espalda y el calor abrasador de Viktor la hicieron arquearse, sus sentidos colapsando bajo la fuerza de él.
Él se movía con una cadencia salvaje, castigándola y amándola al mismo tiempo. Cada estocada era un reclamo, un sello de propiedad que vibraba en los huesos de ella. Viktor la besó con violencia, mordiendo su labio inferior hasta que el sabor del hierro inundó sus bocas.
— Di mi nombre —le exigió él, su voz quebrada por el esfuerzo y el deseo—. Dime quién es tu dueño.
— Eres tú... ¡Viktor! —gimió ella, sus uñas clavándose en los antebrazos tatuados de él, rindiéndose por completo a la tormenta de placer y dominación.
Viktor la levantó del mármol sin romper la unión, llevándola contra el ventanal que daba al mar. La sostuvo en el aire, sus músculos tensos brillando por el sudor, mientras la seguía poseyendo con una potencia que la hacía ver estrellas. Elena se aferró a su cuello, sus piernas rodeando su cintura, mientras el orgasmo la sacudía en oleadas violentas.
Cuando terminaron, Viktor no la soltó. La mantuvo apretada contra el cristal, su respiración agitada golpeando el oído de ella.
— Si vuelves a buscar a alguien que no sea yo, Elena —susurró él con una posesividad aterradora—, destruiré el mundo entero solo para asegurarme de que seas lo único que quede en pie.
(...)
El asedio comenzó a las tres de la mañana. Los últimos remanentes de los Lombardi, desesperados y sedientos de venganza, irrumpieron en la villa de Amalfi con granadas y fuego automático. La oscuridad fue reemplazada por destellos de pólvora y el estallido de los cristales.
Viktor fue un torbellino de muerte. Protegió a Elena con una ferocidad ciega, moviéndose entre las sombras como un demonio que defendía su tesoro más sagrado. Elena, sin embargo, no se quedó atrás; con la pistola que Viktor le había regalado, abatió a un mercenario que intentaba flanquear a su hombre. Su mirada café, antes temerosa, ahora reflejaba la dureza del acero.
Cuando el último de los asaltantes cayó y el silencio volvió a la villa, el aire estaba saturado de olor a azufre, sangre y humo. Viktor se giró hacia ella, con la cara manchada de hollín y los ojos inyectados en una furia animal. Pero antes de que él pudiera decir una sola palabra de reproche por exponerse al fuego, Elena tomó el mando.
Ella dejó caer el arma al suelo, produciendo un eco metálico sobre el mármol ensangrentado, y caminó hacia él. Sus ojos café ardían con una lujuria salvaje alimentada por la cercanía de la muerte. Se lanzó sobre él, atrapando sus labios en un beso que sabía a hierro y a vida, empujándolo contra una columna de mármol que todavía humeaba por un impacto de bala.
— Esta vez, yo elijo cómo termina esto, Viktor —susurró ella, su voz ronca, pegada a su oído.
Viktor, descolocado por el cambio de roles, soltó un gruñido profundo cuando sintió las manos pequeñas pero firmes de Elena desgarrando su camisa táctica, haciendo saltar los botones. Ella lo obligó a sentarse en un diván de cuero roto por la metralla, mientras se posicionaba sobre él, dominando el espacio y la situación.
Elena se deshizo de su propia ropa con una lentitud tortuosa, manteniendo el contacto visual, desafiándolo. Viktor intentó tomar el control, sus manos grandes buscando sus caderas para guiarla, pero ella le golpeó las manos hacia abajo, inmovilizándolo con una mirada cargada de una autoridad nueva y embriagadora.
— Quieto —ordenó ella.
Viktor obedeció, con el pecho subiendo y bajando en jadeos pesados. Ver a su "pequeña" asumiendo ese mando lo volvía loco de deseo. Ella se montó sobre él, guiándolo hacia su interior con un movimiento fluido y profundo que le arrancó a Viktor un gemido de dolor y placer.
Elena comenzó a moverse con una cadencia hipnótica, marcando un ritmo que lo llevaba al borde del colapso sensorial. No era sumisión; era una conquista. Se inclinó hacia adelante, dejando que su pelo castaño le rozara el rostro ensangrentado, sus pechos presionados contra el pecho desnudo y marcado de él.
— Tú crees que me posees, Viktor —jadeó ella, clavando sus uñas en sus hombros tatuados—, pero eres tú el que no puede respirar si yo no estoy cerca. Eres tú el que está encadenado a mí.
La posesividad de Viktor se transformó en una devoción febril. Sus manos se hundieron en los muslos de Elena, apretando con una fuerza que dejaría huellas por días, pero se mantuvo allí, permitiendo que ella dictara el final de la batalla. Ella lo besaba con una intensidad que le arrebataba el alma, sus cuerpos chocando en medio de la sala destruida, un oasis de placer carnal en un desierto de ceniza.
Cuando el orgasmo los alcanzó, fue violento y ensordecedor como las granadas de minutos antes. Elena se arqueó, gritando su nombre al techo de frescos, mientras Viktor la estrechaba contra su pecho con una fuerza casi dolorosa, rindiéndose por fin ante la mujer que no solo era su obsesión, sino su verdadera dueña.