Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 2: La Noche de las Sombras y la Seda
La gran sala del altar privado del palacio olía a incienso de mirra y a la brisa fresca del desierto. Bajo una cúpula de cristal que dejaba al descubierto un cielo cuajado de estrellas brillantes, el enlace se celebró en el más estricto secreto. Sin invitados, sin cantos festivos, solo con la presencia de un anciano clérigo que leía las antiguas escrituras en un susurro tembloroso, aterrorizado por la imponente figura a su lado.
Zaira sentía las piernas de plomo. A su lado, Tariq no había vuelto a soltar su mano. Sus dedos largos, cálidos y firmes envolvían los suyos, transmitiéndole un calor constante que contrastaba con el frío helado de sus nervios. Cada vez que la mirada de él se posaba sobre ella, la intensidad de sus ojos ámbar le recorría el cuerpo como una llama lenta.
—Por el poder de la luna y la sangre que nos unió desde el origen de los tiempos —dijo la voz grave de Tariq, interrumpiendo las palabras del clérigo.
Tariq tomó una pequeña daga ceremonial con empuñadura de rubí y rozó la yema de su propio dedo pulgar. Un hilo de sangre oscura y brillante brotó al instante. Sin romper el contacto visual con Zaira, presionó suavemente su pulgar contra la comisura de los labios de ella, marcando su piel con la calidez de su esencia.
—Consumado está —declaró Tariq.
El anciano inclinó la cabeza y desapareció por los pasillos de mármol como una sombra fugaz. Quedaron solos en el templo.
—Ahora, mi esposa, es momento de retirarnos a nuestras dependencias —murmuró el Alfa, deslizando su brazo alrededor de la cintura de ella para guiarla.
El palacio de los Al-Rashid era un laberinto de lujo y misterio. Los suelos de mármol negro reflejaban la luz de los candelabros de bronce, mientras cortinajes de seda carmesí caían desde techos abovedados. Caminaron en silencio hasta llegar a las aposentos principales: una suite monumental que se abría hacia un terraza privada con vista a las dunas y a un estanque de agua cristalina iluminado por faroles flotantes.
Zaira caminó hacia el centro de la habitación, intentando recuperar el control de su respiración. El vestido de novia le resultaba sofocante.
—Sé lo que estás pensando, Zaira —dijo Tariq desde la puerta, habiéndose despojado ya de la capa ceremonial bordada en oro. Ahora vestía una camisa de lino negro ligeramente abierta en el cuello, dejando ver el firme relieve de su pecho—. Piensas que has caído en la guarida de un monstruo.
—Eres el líder de la mafia vampírica y el hombre más temido de estas tierras —respondió ella, girándose para enfrentarlo, sosteniéndole la mirada a pesar del temblor interno—. No pretendas que esto es un cuento de hadas.
Tariq se acercó con pasos pausados, sin prisa, disfrutando de la valentía con la que su joven esposa le respondía. Se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma a sándalo y especias que emanaba de su piel invadió por completo los sentidos de Zaira.
—No soy un monstruo contigo, pajarillo —susurró él, levantando una mano para rozar con el dorso de sus nudillos la mejilla de Zaira, descendiendo con extrema lentitud hasta la línea de su mandíbula—. Pero tampoco soy un hombre paciente cuando deseo algo. Y a ti te he deseado desde el momento en que pisaste este palacio.
El contacto de su piel hizo que a Zaira se le cortara el aliento. Un estremecimiento de puro fuego corrió por sus venas, directo hacia su vientre. Quería alejarse, pero sus pies permanecían clavados en el suelo; la mirada del Alfa ejercía una atracción magnética impossible de ignorar.
—Tengo frío —mintió ella en un hilo de voz, tratando de poner una barrera.
Tariq sonrió con una sutileza pecaminosa. Con un movimiento fluido, la tomó por la cintura y la elevó sin esfuerzo, llevándola hacia la enorme cama con dosel vestida de sábanas de seda dorada. La depositó sobre el colchón mullido con una delicadeza abrumadora, antes de inclinarse sobre ella, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de la joven.
—Yo me encargaré de que no vuelvas a tener frío en toda la noche —murmuró él contra sus labios.
Tariq descendió lentamente la cremallera del vestido de Zaira. La seda se abrió, dejando al descubierto la piel canela y tersa de sus hombros y su espalda. El Alfa contuvo el aliento; la belleza de su esposa era una tentación casi insoportable para sus instintos de depredador e inmortal. Rozó con sus labios el contorno de su clavícula, provocando un gemido ahogado en la garganta de ella.
Las manos de Zaira, buscando un punto de apoyo, se enredaron en el cabello oscuro y suave de Tariq, rindiéndose involuntariamente al placer sutil y envolvente que sus caricias le provocaban.
Sin embargo, justo cuando el ambiente se volvía incandescente y el roce de sus cuerpos amenazaba con consumirlos, un brillo extraño emergió del bargueño de madera antigua situado al fondo de la estancia. Un amuleto de bronce y lapislázuli que Zaira llevaba al cuello comenzó a pulsar con una luz azulada e intensa.
Tariq se detuvo al instante, alzando la cabeza. Sus ojos ámbar se fijaron en el dije con una mezcla de asombro y reconocimiento ancestral.
—Ese amuleto... —susurró Tariq, su voz cambiando de la pasión a una gravedad profunda—. ¿De dónde lo has sacado?
Zaira, intentando serenar su pecho agitado, tocó la joya que quemaba suavemente sobre su piel.
—Es una reliquia de mi familia. Se dice que perteneció a una de mis antepasadas en el antiguo imperio persa.
Tariq tomó la joya entre sus dedos sin rozar la piel de Zaira, y al hacerlo, una visión fugaz cruzó la mente de ambos: dunas cubiertas de oro bajo un sol de hace mil años, y una mujer idéntica a Zaira sonriendo en los brazos del propio Tariq.
El Alfa la miró con una intensidad renovada, comprendiendo que el destino no los había unido por casualidad en esa noche.