Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 19
—Pasado mañana me llevo a Valeria a la capital, abuelo.
Las palabras de Sebastián hicieron que la cuchara de Don Alejandro se detuviera en el aire.
Esa mañana desayunaban juntos en la terraza trasera de la casona, con vistas a la plantación de té. Una neblina tenue aún flotaba sobre la ladera de la montaña, y el aroma del té caliente se mezclaba con el de un arroz frito preparado por Valeria.
Don Alejandro se volvió hacia su nieto y sonrió ampliamente. Asintió despacio.
—Ya era hora. Yo también estoy mejor. No quiero seguir siendo una carga para ustedes.
Valeria, sentada junto a Sebastián, también sonrió con alivio. Durante casi un mes, su rutina había girado en torno a acompañar a Don Alejandro a las sesiones de rehabilitación, prepararle las comidas y caminar con él por los alrededores de la finca. Ahora la salud del viejo había mejorado notablemente.
Don Alejandro dio un sorbo a su té antes de volver a hablar.
—Pero con una condición.
Sebastián alzó una ceja.
—¿Cuál, abuelo?
El viejo soltó una risita.
—Vengan seguido a visitarme.
Luego le lanzó a Valeria una mirada traviesa.
—Y no se tarden mucho en darme un bisnieto. Si puede ser el año que viene, mejor.
Valeria, que en ese momento bebía su té, se atragantó.
—¡Cof... cof!
Patricia se apresuró a darle unas palmaditas suaves en la espalda.
—Despacio, Valeria.
El rostro de Valeria se puso rojo como un tomate maduro. Ni siquiera se atrevió a levantar la cabeza. Lejos de tener hijos, ella y Sebastián ni siquiera se habían abrazado a propósito. Cada vez que coincidían en la misma habitación, la timidez se apoderaba de ambos.
Don Alejandro se echó a reír al ver la reacción de Valeria.
—¡Así me gusta! Si se pone roja es porque todavía es normal. Yo ya empezaba a creer que se comportaban como compañeros de cuarto.
—Abuelo, no les sigas tomando el pelo —lo reprendió Patricia entre risas.
Sebastián exhaló con calma.
—Abuelo.
—¿Qué?
—Llevamos apenas un mes casados.
—Justamente. —Don Alejandro volvió a sonreír con intención—. Si llevan diez años y todavía nada, ahí sí me preocupo.
Todos en la mesa rieron. Solo Valeria seguía con la cabeza gacha, jugueteando con el borde de su blusa, muerta de vergüenza.
Un momento después, Sebastián retomó la palabra.
—Aparte de eso, también voy a empezar a preparar todo para que Valeria entre a la universidad.
Don Alejandro asintió de inmediato.
—Eso es aún más importante.
Fijó en Valeria una mirada llena de orgullo.
—Estudia con empeño. Nunca dejes de aprender.
—Gracias, abuelo. Voy a dar lo mejor de mí. —La voz de Valeria sonó queda.
A la mañana siguiente, tras despedirse de todos en la casona, Sebastián y Valeria partieron rumbo a la capital.
Durante el trayecto, Valeria pasó la mayor parte del tiempo contemplando el paisaje a través de la ventanilla. A medida que avanzaban, el verde de la plantación fue cediendo su lugar a una autopista bulliciosa. Los edificios altos empezaron a recortarse contra el cielo. Los autos pasaban sin cesar. Semáforos, pasos elevados, hileras de centros comerciales: Valeria no dejaba de girar la cabeza de un lado a otro.
—La capital es enorme —murmuró.
Sebastián, al volante, le echó un vistazo.
—Esto todavía no es mucho tráfico.
Valeria abrió los ojos como platos.
—¿Esto no?
—En la tarde sí se pone peor.
Valeria solo atinó a asentir. En su fuero interno empezó a preguntarse cómo hacía la gente para vivir en una ciudad tan inmensa.
Cerca del mediodía, el auto negro de Sebastián ingresó en un fraccionamiento residencial exclusivo. Un portón alto se abrió de forma automática al detectar el vehículo.
Hileras de palmeras se alineaban a ambos lados de la calle. Las casas, amplias y señoriales, lucían jardines extensos primorosamente cuidados. Al poco rato, el auto se detuvo frente a una residencia de estilo moderno, de tres plantas.
Valeria abrió la puerta despacio. En cuanto sus pies tocaron el suelo, se quedó paralizada. Los ojos se le abrieron por completo.
—Dios mío, qué casa tan enorme —murmuró.
La casa superaba con creces todo lo que Valeria hubiera podido imaginar. El jardín estaba cubierto de flores bien cuidadas. Una fuente pequeña se erguía en el centro. Varios autos descansaban alineados en el garaje.
Valeria se volvió hacia Sebastián.
—Sebastián...
—¿Sí?
—¿Esta es nuestra casa?
—Sí.
Valeria volvió a contemplar la imponente construcción que tenía enfrente. Tragó saliva. Se rascó la mejilla con suavidad. Su expresión era de absoluta seriedad.
—Es enorme. ¿No me voy a perder adentro?
Sebastián no alcanzó a responder.
Desde atrás llegó una carcajada. Patricia, que acababa de bajar de su auto, se tapó la boca mientras reía.
—¡Ay, Valeria! Es la primera vez que oigo a alguien con miedo de perderse en su propia casa.
Valeria enrojeció al instante.
—Lo digo en serio, mamá. Es que es grandísima.
Patricia rio con más ganas.
—Tranquila. Los empleados que acaban de entrar a trabajar tampoco se han perdido nunca. ¿Cómo te vas a perder tú, que vives aquí?
Valeria sonrió apenada.
—Tiene razón.
Sebastián se limitó a negar con la cabeza mientras reprimía una sonrisa. No sabía por qué, pero la ingenuidad de su esposa siempre conseguía llenar de calidez cualquier momento.
Después de descansar un rato, Sebastián la condujo a la habitación que compartirían.
Al abrirse la puerta, Valeria volvió a quedarse boquiabierta. El dormitorio era casi tan grande como la casita entera de sus tíos en el pueblo.
Una cama tamaño king ocupaba el centro de la estancia. En un costado había un pequeño estudio, un sofá largo, un librero, un clóset que llegaba hasta el techo y un ventanal que daba al jardín trasero.
Pero lo que más la deslumbró fue el baño.
—Sebastián...
Él se volvió.
—¿Qué pasa?
Valeria señaló una tina grande, blanca y reluciente.
—¿Eso qué es?
—Un jacuzzi.
—¿Para bañarse?
—Sí.
Valeria se acercó y le dio la vuelta, observándolo con curiosidad.
—Dios mío. Hasta la tina tiene motor.
Sebastián terminó por soltar una risa breve.
—Si quieres probarlo, solo dime.
Valeria negó con la cabeza enseguida.
—No, no. Me da miedo descomponerlo.
—¿Acaso piensas desarmar el motor? —preguntó Sebastián.
Valeria rio y volvió a negar. La rigidez inicial se fue disipando hasta convertirse en un ambiente distendido.
Por la tarde, mientras Sebastián ordenaba unos documentos en el pequeño escritorio del dormitorio, Valeria recorrió la habitación con curiosidad.
Su atención recayó en un mueble de madera que albergaba álbumes de fotos familiares. Con cuidado, tomó uno de ellos.
Abrió la primera página. Una foto de Sebastián de bebé.
—Qué tierno era Sebastián de bebé.
Las siguientes páginas mostraban a un Sebastián pequeño aprendiendo a caminar. Fotos de cumpleaños. El primer día de escuela. Vacaciones con sus padres.
Valeria sonrió para sí al contemplar el rostro del Sebastián niño, serio en casi todas las imágenes.
—Así que desde chiquito casi nunca sonreía.
Sebastián, que revisaba unos papeles, solo exhaló quedamente. Siempre había sido un niño callado, y mucho más después del accidente que le costó la vida a su padre.
Valeria siguió pasando página tras página. Pero al llegar a una fotografía antigua, sus manos se detuvieron de golpe. Se quedó mirándola más tiempo del normal.
En la imagen aparecía un Sebastián adolescente con una camiseta blanca bajo una camisa azul de rayas, pantalón beige y una gorra blanca.
Por alguna razón, esa vestimenta le resultó tremendamente familiar.
Valeria frunció el ceño.
—Qué raro... Siento que ya he visto a esta persona antes —murmuró.
El comentario hizo que los dedos de Sebastián, que sostenían un documento, se inmovilizaran de pronto. Despacio, levantó la cabeza.
Su mirada se dirigió directo a la fotografía que Valeria tenía en las manos. El corazón le latió más deprisa. Conocía perfectamente esa ropa. Era la que llevaba puesta el día en que sufrió aquel accidente.
El mismo día en que una niña fue atropellada por un auto y su pierna quedó lesionada para siempre.
Sebastián observó a Valeria sin parpadear. Ella seguía contemplando la foto, esforzándose por rescatar un recuerdo que sentía muy cercano pero que aún no lograba atrapar.