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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 5

Capítulo 5 — Sala equivocada

Ante la pregunta, hasta la propia Amelia dudó. Le quitó el acta de las manos a Dante, echó otro vistazo al nombre y recién entonces asintió.

—Sí. Adrián Guerrero.

—¿De los Guerrero de la capital? —insistió Dante.

Los Ríos, por supuesto, no llegaban a la altura de los Guerrero, pero también se movían en los círculos altos, y Dante había oído algún que otro rumor sobre esa familia. Decían que, de la generación más joven de los Guerrero, el más brillante era un tal Adrián. Pero casi nadie sabía qué cara tenía. En todos esos años, ningún medio había logrado una sola foto suya, ni siquiera de espaldas.

Unos decían que vivía en el extranjero, y que por eso era imposible fotografiarlo en el país. Otros, que de niño era enfermizo y nunca salía de casa. Y los Guerrero jamás desmentían nada.

Amelia no seguía de cerca los asuntos de esa familia, pero también había oído hablar de los Guerrero de la capital. Al escuchar a Dante, le dio risa.

—Dante, el borracho eres tú. ¿Cómo va un Guerrero a dejar que una desconocida lo recoja en un aeropuerto y se case con él? El Adrián con el que me casé es solo un soldado retirado. A lo mejor ni trabajo tiene.

Le resumió lo que había pasado en el aeropuerto y remató:

—Los Guerrero se casan con mujeres de su mismo nivel. Yo no soy partido para ellos. Y, además, tampoco quiero meterme en una familia así. Se vive agotada.

Dante lo pensó y le dio la razón. La capital era enorme; homónimos había a montones. Ese Adrián Guerrero no debía de ser el de la famosa familia. Ningún heredero de semejante linaje andaría suelto por un aeropuerto, en ropa de camuflaje, dejándose atrapar por una desconocida para firmar un acta de matrimonio el mismo día. La idea era, sencillamente, absurda.

No dudaba del atractivo de Amelia; con sus años en el mundo del espectáculo había visto a muchas actrices, y ella era más bonita que varias de ellas. Lo que le preocupaba era otra cosa: las viejas dinastías adineradas eran aguas profundas, y si Amelia se sumergía en ellas, no necesariamente sería feliz. Bastante había sufrido ya bajo el techo de los Cruz; lo último que él quería era verla caer en otro nido de intrigas y máscaras.

Descartada esa inquietud, se le ocurrió otra.

—Ame, dices que tu marido todavía no trabaja. ¿No será un vividor? Acuérdate: la mujer que mantiene a un hombre no acaba bien.

Amelia guardó el acta y le lanzó una mirada.

—¿Qué vividor ni qué nada? Solo está sin empleo por ahora.

—Vaya, apenas firmaste el papel y ya lo defiendes.

Dante enarcó una ceja.

—Ame, ¿no te habrás casado con él por su cara bonita?

En el fondo prefería que fuera por eso y no para darle celos a Bruno.

Amelia levantó la copa, bebió otro trago largo y, recordando el rostro de Adrián, sonrió.

—La verdad es que sí, es bastante guapo.

Dante también bebió.

—Amelia, un poco de recato. No te le entregues antes de conocerlo bien.

Ella soltó un hipido; se le notaba la borrachera.

—Dante, tú que cambias de novia cada mes, ¿me vienes a hablar de recato?

—Yo soy hombre.

—¿Y una mujer no puede querer a un galán? Eso es discriminación.

Amelia resopló.

—No discuto más contigo. Voy al baño.

Se alejó tambaleándose, y Dante frunció el ceño.

—¿Vas a poder? ¿Quieres que te acompañe?

Ella giró la cabeza.

—¿Vas a entrar al baño de mujeres?

Dante no supo qué responder.

...

En ese momento, la sala VIP 606, frente a la 608, también estaba animada. Como era la fiesta de bienvenida de Adrián, Hugo había pedido una mesa entera de bebidas con la idea de terminar todos borrachos esa noche. Para recibirlo, Nicolás Ríos había colgado con gran pompa una pancarta en la sala: «Felicitamos a Adrián por su honroso retiro; de ahora en adelante, libre y feliz».

A Adrián le molestó tanto la pancarta que la arrancó él mismo.

—Oye, no —protestó Nicolás, mirando con lástima la tela en el suelo—. La mandé hacer especialmente para ti. Me costó una fortuna.

Adrián le lanzó una mirada.

—¿Tan cara? ¿Te transfiero lo que valió?

Nicolás sonrió con picardía.

—No hace falta. Ahora que volviste, ¿qué nos importa esa miseria?

Hugo sirvió una copa a cada uno.

—Vamos, a celebrar que el jefe volvió sano y salvo.

Tres copas chocaron. Eran también el testimonio de más de diez años de amistad.

Nicolás se recostó perezoso en el sofá.

—¿Cuándo asumes oficialmente en el Grupo Guerrero?

Adrián se reclinó igual, haciendo girar despacio la copa.

—Uno de estos días.

—¿Tan pronto? Con lo que esperábamos jugar unos días contigo.

Hugo lo lamentó. Antes, mientras Adrián no se retiraba, por su posición especial, lo más que podían hacer era beber juntos en aquel club.

Nicolás sonrió con sorna.

—Hugo, ¿y qué pensabas hacer para entretener al jefe? En siete años en el ejército, lo más que hicimos por él fue mandarle mensajes que nunca contestaba a tiempo.

Hugo, con esa cara guapa y canalla, esbozó una sonrisita.

—Jefe, siete años metido en el ejército, y ya con treinta encima. ¿Quieres que te presentemos a unas chicas?

Adrián le dedicó una mirada de «no tienes nada mejor que hacer» y no se molestó en contestar. Pero de pronto se acordó de Amelia. De camino al club le había escrito para avisarle que estaría ocupado unos días y no pasaría a verla.

La mujer aún no le había respondido. Al parecer, se había olvidado de que él existía.

...

Mientras tanto, Amelia salía del baño y descubría que el vino le había pegado más de lo que creía. La cabeza le daba vueltas.

Caminó a tientas hasta la puerta de una sala. Leyó el número: VIP 606. La mente se le puso en blanco; no lograba recordar si era la suya. Volteó a mirar la de enfrente: VIP 608.

—¿606? ¿608? Debe de ser esta —murmuró, y ya había empujado la puerta—. Dante…

La voz se le cortó. Tres hombres la miraban desde adentro. Se había pasado de copas, sin duda: ¿desde cuándo Dante era tres?

Y esos tres… ¿qué clase de hombres eran? Todos guapísimos. Uno, además, le resultaba… algo familiar.

—Amelia, ¿qué haces aquí?

La voz gélida que sonó de repente la hizo estremecer. Recobró un poco la lucidez y comprendió que se había equivocado de sala. Pero, de haber podido, habría preferido no volver en sí.

Reconoció al hombre que le sonaba: era su flamante esposo, Adrián Guerrero. De todos los privados de aquel club, de todas las puertas que pudo empujar, había ido a caer justo en la suya. La vida, por lo visto, tenía un sentido del humor cruel.

Por primera vez desde que entró, deseó que el suelo se abriera bajo sus pies.

Amelia levantó la mano con torpeza.

—Ho… hola. Perdón, me equivoqué de puerta.

Iba a darse la vuelta como si nada, pero una mano grande la sujetó del brazo. Al girarse, se encontró con esos ojos negros e insondables de Adrián.

Se le heló la sangre. Tragó saliva y bajó la vista, mientras la cabeza le daba vueltas cada vez más fuerte.

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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