Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 2
Hay un momento exacto que separa el antes del después en cualquier historia.
Casi nunca lo reconocemos mientras está ocurriendo.
El mío llegó un martes por la tarde, con una llamada que Alan contestó de pie en medio de nuestra sala.
Por fin teníamos un inversionista.
Meridian quería invertir.
Recuerdo haber pensado que todo había valido la pena.
Las noches sin dormir. Las cuentas ajustadas. Las negativas. Las veces que Alan estuvo a punto de rendirse y aquellas en las que fui yo quien tuvo que recordarle por qué había empezado.
Aquella noche celebramos sentados en el suelo de nuestro pequeño departamento, como tantas otras veces, solo que el vino sabía mejor y el futuro parecía mucho más cerca.
Yo estaba orgullosa de él.
No importaba la etapa en la que se encontrara, siempre lo estaba.
No sabía que aquel también sería el comienzo de todo lo que terminaríamos perdiendo.
Después de Meridian, la empresa creció rápido.
Llegaron los primeros empleados, una oficina, reuniones importantes y personas que meses antes ni siquiera habrían respondido uno de los correos de Alan.
Nuestra situación también mejoró.
No al nivel de la vida en la que yo había crecido, pero dejamos de preocuparnos por cada gasto. Nos mudamos a un departamento mejor, Alan compró su primer auto y empezamos a permitirnos cosas que antes habrían parecido innecesarias.
Yo disfrutaba cada pequeño avance.
Alan parecía hacerlo cada vez menos.
Una meta apenas cumplida daba paso a la siguiente.
Primero quiso estabilidad.
Luego crecimiento.
Más tarde, mejores clientes.
Y cuando eso llegó, quiso reconocimiento.
Siempre había algo más.
Al principio eso me gustaba de él.
Había admirado su ambición desde que lo conocí. Era una de las razones por las que creí tanto en su empresa cuando nadie más lo hacía.
Por eso tardé en notar cuándo esa ambición empezó a ocupar demasiado espacio.
Alan comenzó a llegar tarde.
Luego empezó a cancelar planes.
Planes conmigo.
Hubo cenas que se enfriaron sobre la mesa y fines de semana que dejamos para otra ocasión porque había aparecido una reunión, un cliente o algún problema que solo él parecía capaz de resolver.
Yo encontraba una explicación para todo.
Estaba construyendo algo.
Tenía responsabilidades nuevas.
Habíamos esperado demasiado por aquella oportunidad como para pedirle que frenara justo entonces.
Eso me repetía.
Si olvidaba algo, estaba cansado.
Si apenas me escuchaba, tenía demasiadas cosas en la cabeza.
Si pasábamos días enteros casi sin vernos aunque siguiéramos durmiendo en la misma cama, me decía que era temporal.
Solo tenía que ser paciente.
Y fui muy buena siéndolo.
Demasiado, diría ahora.
Aprendí a cenar sola sin hacer preguntas.
A dormir aunque él todavía no hubiera llegado.
A guardar para otro momento las cosas que quería contarle.
A no enfadarme cuando un plan desaparecía porque había surgido algo más importante.
Sin darme cuenta, empecé a organizar mi vida alrededor de la suya.
Otra vez.
La diferencia era que antes lo hacíamos juntos.
Ahora yo simplemente intentaba no estorbar.
Hubo algo más que comenzó a dolerme.
Alan hablaba cada vez más de la empresa como si aquellos primeros meses hubieran sido exclusivamente suyos.
No necesitaba reconocimiento.
Nunca lo había necesitado.
Pero a veces lo escuchaba contar cómo había levantado todo desde cero y sentía una punzada extraña.
Yo también había estado allí.
Sentada en el suelo.
Corrigiendo presentaciones.
Revisando cifras.
Buscando soluciones cuando él ya no encontraba ninguna.
No quería que me agradeciera cada sacrificio.
Solo me habría gustado que no pareciera haberlos olvidado.
Aun así, seguí justificándolo.
Creo que eso fue lo que más daño nos hizo.
No sus ausencias.
No el trabajo.
Ni siquiera sus comentarios.
Sino mi capacidad para encontrar una razón que explicara por qué nada de aquello significaba realmente que algo estuviera mal.
Hasta que empezó a resultarme imposible ignorarlo.
Llevábamos semanas sin pasar una noche completa juntos.
Una noche estaba sentada sola frente a la mesa cuando me descubrí mirando la silla vacía de Alan.
La cena se había enfriado hacía rato.
Su último mensaje decía que llegaría tarde.
No decía cuánto.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Y por primera vez no pensé en el trabajo.
Ni en lo cansado que estaría.
Pensé en nosotros.
En cuándo había sido la última vez que habíamos hablado de algo que no fuera la empresa.
En cuándo había sido la última vez que Alan me había preguntado qué quería yo.
En qué momento habíamos dejado de hablar del futuro que alguna vez imaginamos juntos.
Y entonces pensé en los hijos.
En la familia que habíamos dicho que algún día tendríamos.
En ese futuro que siempre había parecido tan seguro.
Esa noche decidí que cuando Alan llegara a casa iba a preguntárselo.
No sabía que aquella conversación sería la primera vez que dejaría de justificarlo.