Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 21: El veneno de la noche
^^^(Narrado por Camila)^^^
Los años que siguieron al fin de la secundaria pasaron como un suspiro pesado, abriendo paso a una nueva etapa en la universidad donde la vida parecía seguir su curso entre pasillos de facultades distintas, apuntes y una rutina vacía que no lograba borrar los fantasmas del pasado. Sin embargo, el destino tenía sus propias formas de cobrarse las cuentas, y todo dio un vuelco definitivo durante una noche de su tercer año de carrera.
La música estridente retumbaba en las paredes del departamento universitario, haciendo que el piso vibrara bajo los zapatos y que el aire se volviera denso, pesado, impregnado de alcohol, sudor y el humo espeso que flotaba en cada rincón. Las fiestas universitarias de la facultad siempre se movían en los límites del exceso, un submundo donde circular sustancias y drogas recreativas era tan común como respirar. Yo estaba parada cerca de la barra improvisada en la esquina, observando el caos a través de los cristales ahumados de mi vaso, cuando lo vi.
Entre la marea de rostros borrosos y desconocidos, ahí estaba él. Máximiliano. Los años de esfuerzo y las desveladas en la universidad pública lo habían transformado por completo; su postura era firme, su mandíbula marcada y esa mirada intensa que me persiguió durante toda la secundaria seguía intacta. Verlo ahí, luchando contra su propio destino y abriéndose paso en un mundo que siempre le había cerrado las puertas, removió algo violento y profundo dentro de mí. Comprendí, con una mezcla de vértigo y terror, que después de tanto tiempo y de tanto daño, el resentimiento se había convertido en otra cosa: estaba irremediablemente enamorada de él.
—Toma, pruébale algo de esto a ver si te diviertes de una vez, Camila —me interrumpió Sofía, una de mis compañeras de carrera, acercándose con una sonrisa cómplice mientras me extendía un pequeño sobrecito de papel doblado—. Es una droga sintética, un estimulante para bajar las defensas y pasar una noche inolvidable. Ponle esto en la bebida a cualquier chico que te guste y vas a ver cómo se te rinde a los pies.
Miré el sobrecito en su mano y luego volví la vista hacia donde estaba Máximiliano, que hablaba con un par de compañeros cerca de la puerta. Una idea descabellada, impulsiva y desesperada me atravesó la cabeza. Sin pensarlo demasiado, le arrebaté el sobre a Sofía, abrí una botella nueva de cerveza que estaba sobre la mesa y, con los dedos temblando de forma incontrolable, vertí el polvo blanco en el líquido espumoso, disolviéndolo con un movimiento rápido.
Con el corazón latiéndome en la garganta y la cerveza en la mano, comencé a caminar hacia donde él estaba. Cada paso se sentía como si caminara sobre cristales rotos. Pero a pocos metros de distancia, el miedo me paralizó; la culpa y la cobardía me golpearon de golpe. No tuve el valor suficiente para mirarlo a los ojos y hacerle esto, así que di media vuelta y regresé corriendo hacia donde estaba Sofía.
—¿Qué pasa, cobarde? ¿Te dio frío? —bromeó ella al verme regresar con el frasco intacto.
Sofía vio la intención en mis ojos, me quitó la cerveza de las manos con una sonrisa divertida y decidió resolverlo por mí.
—Déjamelo a mí, yo te hago el favor —dijo antes de abrirse paso entre la gente.
La vi acercarse directamente a Máximiliano con una seguridad pasmosa. Lo saludó con una sonrisa coqueta, intercambiaron un par de palabras rápidas en medio del bullicio y le entregó la botella de cerveza como si fuera una cortesía de la fiesta. Máximiliano, confiado por el ambiente relajado de la noche y sin sospechar absolutamente nada de lo que ocurría a su alrededor, aceptó el envase y se lo bebió sin dudar, ignorando por completo que estaba ingiriendo una trampa.
Desde ese preciso instante, mis ojos no se apartaron de él ni un solo segundo. Me quedé oculta tras una columna, sintiendo cómo los minutos pasaban con una lentitud insoportable, hasta que lo vi detenerse de golpe, apoyarse contra la pared y llevarse una mano a la frente con expresión de desconcierto. El efecto comenzó rápido: su respiración se volvió pesada, sus movimientos torpes y el sudor frío empezó a cubrirle las sienes mientras intentaba mantenerse en pie.
En cuanto vi que ya no podía sostenerse por sí misma, me abrí paso entre la multitud a empujones, llegué hasta él antes de que alguien más pudiera intervenir y lo sostuve del brazo con fuerza.
—Vámonos de aquí, Máx, te voy a ayudar —le susurré al oído, sintiendo su cuerpo ardiendo en fiebre.
Lo saqué de la fiesta a rastras, logrando meterlo a mi auto y conduciendo de prisa hasta mi departamento privado, el único refugio donde estaríamos a solas. Esa noche, consumida por una mezcla de deseo febril, culpa y la obsesión de tenerlo por fin mío, me entregué a él en la penumbra de la habitación, mientras Máximiliano, completamente bajo los efectos de la sustancia, apenas lograba distinguir la realidad. Cada toque suyo era desesperado, perdido, ajeno a todo.
Cuando los primeros rayos del alba comenzaron a colarse por las persianas, la resaca de la culpa me aplastó el pecho. Él seguía profundamente dormido sobre las sábanas revueltas, completamente ajeno a lo que había pasado y sin saber con quién había compartido la cama. Aterrorizada de que despertara y me reconociera, me vestí en silencio, dejé un sobre con billetes y una nota fría sobre la mesa de noche simulando un pago por sus servicios —un escudo patético para proteger mi cobardía—, y salí del departamento antes de que abriera los ojos.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto