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Capítulo 19
Capítulo 19 — Los tratamientos anteriores sí habían funcionado
La llamada llegó a las tres de la madrugada desde un número extranjero.
—¡Valeria Montes, tienes que ayudarme! —La voz de Laura Campos chillaba al otro lado, deshecha—. En cuanto anunciaron la auditoría salí del país con una agencia de personal sanitario. Estoy en una clínica de campaña y el profesor Ferrer va a rastrear el banco criogénico completo. Cuando encuentre lo del embrión, estamos las dos acabadas, ¿me oyes? ¡Las dos! Consígueme dinero para llegar a Europa o cuento de quién es de verdad ese niño que llevas dentro.
Valeria Montes se sentó despacio en la cama a oscuras. El corazón le latía, pero la voz le salió serena, casi aburrida.
—No voy a ayudarte a borrar tus huellas. Si quieres negociar, dime qué tienes y entrégame pruebas verificables.
—No aguanto aquí —lloriqueó Laura Campos, con el calor, el polvo y la fiebre de fondo—. Esto es un infierno. Necesito llegar a Europa, a un hospital de verdad. Te lo suplico.
—No tienes nada con que negociar —respondió Valeria Montes, fría—. Te fuiste con la vida a salvo. Es más de lo que mereces.
—Sí tengo algo. —La voz de Laura Campos cambió, se volvió astuta, desesperada—. Tengo un secreto. Uno que ni te imaginas. Y si me llevas a Europa, es tuyo. Con pruebas.
Valeria Montes apretó el teléfono.
—Habla.
—Tus tratamientos anteriores —dijo Laura Campos—. Los de fertilidad. Los tres que fracasaron, uno tras otro. Los que te dejaron el cuerpo hecho pedazos y creyendo que eras tú la del problema. —Una risa amarga crepitó en la línea—. No fracasaron, Valeria Montes. Ninguno. Tus óvulos siempre fueron buenos. Al principio, incluso el semen de Adrián Del Valle servía. Las fecundaciones se lograron. Todas.
—Entonces por qué…
—Porque los detuvimos. —Laura Campos lo soltó de golpe, como quien vomita un peso que llevaba años cargando—. Mónica Salazar. Ella me pagaba para interrumpir el proceso cada vez. En cuanto la fecundación era viable, yo tenía que hacerla fracasar. Descartar los embriones. Decirte que tu cuerpo no respondía. Año tras año. Ella no quería que tuvieras a ese hijo, Valeria Montes. Nunca.
El mundo se detuvo alrededor de Valeria Montes. Se llevó la mano libre a la boca. Tres años. Tres años de inyecciones, de esperanzas rotas, de médicos que le decían que su cuerpo era el culpable, de Adrián Del Valle mirándola como a una máquina defectuosa. Tres años de creerse rota. Y todo había sido una mano ajena apagando la vela cada vez que prendía.
—Hay más —siguió Laura Campos, y su voz se hizo casi cruel de tan indiferente—. ¿Quieres saber por qué Adrián Del Valle nunca protestó? Porque él lo sabía. Estaba de acuerdo.
—Mientes.
—Ojalá. Él no quería un hijo contigo en aquel momento. Lo que Adrián Del Valle quería era otra cosa. Quería que fecundáramos los óvulos de Sofía Mendoza con su semen. Y que tú… —Laura Campos dejó la frase suspendida un segundo, saboreando el golpe— que tú solo pusieras el vientre. Que gestaras al hijo de él y de su amante. Un vientre de alquiler bajo tu propio techo, sin que tú lo supieras.
Valeria Montes no podía respirar.
—Lo intentamos —continuó Laura Campos, imparable—. Pero los óvulos de Sofía Mendoza no servían. Malísima calidad. Lo probamos varias veces y nada. Y para entonces el semen de Adrián Del Valle ya se había deteriorado tanto que casi ninguna muestra era viable. Al final no tuvieron más remedio. Usaron tus óvulos. Los tuyos, que siempre habían sido perfectos. Porque no les quedaba otra opción.
Para ellos, Valeria nunca había sido una esposa ni una futura madre. La habían tratado como un cuerpo disponible: anulaban sus embarazos cuando estorbaban y volvían a intentarlo cuando necesitaban un heredero.
Valeria Montes se quedó sentada en la oscuridad, temblando, no de dolor sino de una furia tan pura y tan fría que le limpió la mente de golpe. El dolor lo conocía. El dolor lo había llorado ya. Esto era otra cosa. Esto era el momento en que una mujer decide, con calma absoluta, que va a devolver hasta el último gramo de lo que le hicieron.
—Quiero las pruebas —dijo al fin, y su propia voz le sonó extraña, metálica—. Todo. Audios. Capturas. Registros de pago. Todo lo que tengas de Mónica Salazar y de Adrián Del Valle dándote esas órdenes.
—¿Y Europa?
—Pagaré un abogado y un traslado regular cuando reciba las pruebas y las verifique. Ni un minuto antes. Y no impediré que la auditoría siga su curso.
—Trato hecho.
Los archivos llegaron encriptados a lo largo de esa semana. Valeria Montes los revisó uno por uno, a solas, de madrugada, en la habitación que ahora era solo suya. Grabaciones donde la voz de Mónica Salazar ordenaba con toda claridad «descártalo otra vez, que no prenda». Mensajes de Adrián Del Valle preguntando por los óvulos de «ella», refiriéndose a Sofía Mendoza. Transferencias, fechas, cantidades. Todo encajaba. Todo era real.
Cumplió su palabra: pagó a un abogado para que regularizara el traslado laboral que Laura ya había iniciado. La médica terminó en una clínica europea, pero siguió a disposición de la auditoría. Valeria no la había salvado de las consecuencias; solo había impedido que el miedo enterrara las pruebas.
Cuando cerró el ordenador, ya amanecía. Valeria Montes se acercó a la ventana y contempló la luz gris subiendo sobre la ciudad. Tenía en sus manos suficiente material para destruir a Mónica Salazar. Para hundir a Adrián Del Valle. Para hacer arder a la familia Del Valle entera si se lo proponía.
Pero no iba a repartir esa munición a ciegas. Iba a usarla con la precisión de un bisturí.
Se llevó la mano al vientre. Aunque todavía no tuviera una confirmación genética de la identidad del padre, ese niño era suyo. El único ser en el mundo que nadie le había regalado ni prestado. El único que había conseguido seguir adelante a pesar de todos.
—A todos los que me hicieron daño en esta casa —murmuró a la ventana— los voy a cobrar uno por uno. Con mis propias manos.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió sin fingir.