Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4 — El funeral
La capilla estaba en penumbras, llena de velas que ardían con llama temblorosa y de un silencio pesado, hecho de susurros contenidos y miradas bajas. Yo permanecía de pie frente al ataúd de caoba, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudos se me habían vuelto blancos. El traje negro que llevaba puesto me parecía demasiado ajustado, como si el propio dolor me estuviera apretando el pecho.
Habían pasado apenas veinticuatro horas desde que recibí la llamada del hospital. Veinticuatro horas desde que mi mundo se rompió en mil pedazos. Y sin embargo, ahí estaba todo: Cedric, con un traje oscuro y una expresión de fingida compasión que me dio asco. Julieta, de pie al otro lado del féretro, con los ojos rojos, aunque no supe distinguir si por verdadera tristeza o por el peso de la culpa que cargaba desde la noche anterior. Y Cristóbal, en la última fila, apartado de todos, pero con la mirada fija en mí, como si estuviera pendiente de que no me desmoronara en cualquier instante.
—Jessica… —la voz de Julieta sonó a mi lado, suave, casi dulce—. Si mamá pudiera verte, sabría cuánto la amaste.
Me giré hacia ella lentamente. No había rastro de la hermana que conocía. Solo una extraña que usaba el luto como una máscara.
—No te atrevas a hablar de ella —susurré, sin levantar la voz, pero con una firmeza que la hizo retroceder—. No después de lo que hiciste.
Julieta bajó la mirada, avergonzada, y se alejó hacia donde estaba Cedric. Él me miró, intentó acercarse, pero yo le clavé una mirada tan gélida que se detuvo en seco. No quería nada de ellos. Ni sus disculpas, ni su presencia, ni su falsedad.
Fue entonces cuando noté que no todos los rostros eran conocidos. Al fondo, junto a una columna de piedra, había un grupo de personas que nunca había visto: hombres y mujeres de mirada seria, vestidos con ropas caras y antiguas, que observaban todo con una atención inquietante. No hablaban con nadie. No se acercaron a darme el pésame. Solo miraban, como si estuvieran esperando algo.
—¿Quiénes son? —pregunté en voz baja, sin saber si alguien me escuchaba.
—Familia lejana, supongo —respondió una tía lejana que pasaba por mi lado, encogiéndose de hombros—. Tu madre tenía parientes que nunca se dejaban ver. Siempre fue muy reservada con su pasado, ¿no te diste cuenta?
Sus palabras me dejaron helada. ¿Reservada? Mi madre siempre me había contado todo… o eso creía. Nunca me habló de parientes así, de personas que parecían salidas de otra época, de otra vida.
Poco después, un hombre de avanzada edad, con cabello completamente blanco y porte distinguido, se acercó a mí. Sus ojos eran oscuros, profundos, y me recorrieron con una mezcla de tristeza y curiosidad.
—Eres igual a ella —dijo, sin previo aviso, con voz suave—. María Elena tenía esa misma mirada.
—¿La conocía? —pregunté, con el corazón latiéndome de prisa—. ¿Quién es usted?
El hombre dudó un instante, miró a su alrededor, como si temiera ser escuchado, y luego dijo, bajando la voz:
—La conocí hace muchos años. Lamento mucho su pérdida. Y lamento también que te hayas quedado sin saber la verdad sobre su pasado.
—¿Qué verdad? —insistí, acercándome un paso—. ¿Qué quiere decirme?
Pero él negó con la cabeza, con una expresión de pesar.
—No es el momento ni el lugar. Pronto lo sabrás, Jessica. Todo saldrá a la luz. Ten cuidado. Hay quienes no quieren que se sepa la verdad sobre cómo murió.
Antes de que pudiera preguntarle nada más, se giró y se marchó, desapareciendo entre la multitud como si nunca hubiera estado ahí. Me quedé sola, con sus palabras resonando en mi cabeza como un eco: la verdad sobre cómo murió. ¿Acaso no fue un infarto? ¿Acaso no fue lo que me dijeron en el hospital?
Sentí un escalofrío y me abracé a mí misma. Alguien se acercó por detrás y, antes de que pudiera reaccionar, sentí una mano cálida sobre mi hombro. Me giré bruscamente, dispuesta a enfrentarme a quien fuera, pero me encontré con los ojos verdes y serenos de Cristóbal.
—No deberías estar sola en este momento —dijo, con voz baja, solo para mí—. Ese hombre que hablaba contigo… lo conozco. Se llama Ricardo. Era socio de mi padre hace décadas. ¿Qué te dijo?
Me quedé sin aliento. ¿Conocía a ese hombre? Las piezas empezaban a moverse solas, aunque no lograba armar el rompecabezas.
—Me dijo que mi madre tenía un pasado oculto —respondí, con la voz temblorosa—. Y que la forma en que murió… no fue como me contaron.
Cristóbal frunció el ceño, y su expresión se tornó grave. Miró hacia la salida, donde Ricardo acababa de desaparecer, y luego volvió a mirarme a mí.
—Entonces debemos averiguarlo —dijo, con firmeza—. Pero no aquí, no ahora. Cuando termine todo, iremos a tu casa. Revisaremos sus cosas. Si hay algo que debes saber, lo encontraremos. Lo prometo.
Asentí, sintiendo que por primera vez en horas, no estaba perdida. Él estaba ahí, firme, como un faro en medio de la tormenta. Y mientras el funeral continuaba, mientras las personas hablaban y lloraban y se despedían, yo no podía dejar de pensar en las palabras de aquel desconocido, y en la certeza aterradora de que la muerte de mi madre no era un accidente. Era el comienzo de algo mucho más oscuro.
Alguien me observaba desde la sombra. Alguien que no quería que yo descubriera la verdad. Y estaba más cerca de lo que imaginaba.