Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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## Capítulo IX
### Carlos Torres
Las manos todavía me tiemblan de forma descontrolada. El rastro de sangre seca sigue adherido a mi piel, esas mismas manos que, de manera indirecta pero igual de fatal, había usado para empujarla al borde de la muerte hace tan solo unas horas. Cierro los ojos con fuerza, intentando inútilmente calmar el tamborileo frenético en mi pecho, pero es un tormento imposible de apagar.
Los médicos han salido con expresiones sombrías a darnos el veredicto: se golpeó la cabeza demasiado fuerte contra el suelo, había un charco espantoso de sangre... y las probabilidades de que despierte de ese coma son aterradoras.
El miedo visceral de no volver a verla abrir los ojos jamás se apodera de mí, ahogándome por dentro.
—¿Dónde está mi hija? ¡Exijo saber dónde está! —escucho un grito desesperado resonar al fondo del pasillo del hospital.
Levanto la vista de golpe y veo aparecer al asesino de mis padres. La rabia, un fuego familiar y salvaje, me inunda las venas trayendo de vuelta con más fuerza ese odio corrosivo que me consume cada maldito día.
Me pongo de pie de un salto y me acerco a él a pasos firmes y amenazantes.
—Está a punto de irse con su madre, maldito viejo —le respondo a espaldas suyas, con voz gélida y letal.
El hombre, visiblemente acabado por los años y la culpa, se gira y me mira fijamente, con el terror y la desesperación brillando en sus ojos. Se acerca a mí a toda prisa y, antes de que siquiera tenga tiempo de esquivarlo, me descarga un golpe seco en la mandíbula.
El impacto del puñetazo me hace retroceder un paso. Siento el sabor metálico a cobre en la boca, me limpio el labio con desdén y lo miro de vuelta con una rabia desatada.
—¡Eres un maldito psicópata de mierda! Si le llega a pasar algo a Lucía, te juro que te mato con mis propias manos —me grita el viejo, mirándome con un rencor tan oscuro como el mío.
—Por favor, guarden silencio, esto es un hospital... —interrumpe un médico, alarmado por el escándalo.
—Este hombre tiene la entrada prohibida, sáquenlo de aquí —exijo señalándolo, y el doctor, al ver la gravedad de la situación, llama de inmediato a los guardias de seguridad.
—¡A mí no me puedes sacar de aquí, es mi hija la que está allí adentro peleando por su vida! —grita el anciano fuera de sí, forcejeando con los guardias que ya se le van encima.
—Te recuerdo que en este preciso instante eres un prófugo de la justicia. Ve a la salida, mira a tu alrededor... ya te están esperando —le digo con una sonrisa cínica, cargada de una burla cruel.
El hombre se detiene de golpe, mirándome con una desesperación absoluta antes de que los guardias lo rodeen por completo.
—¿Qué más te falta para saciar tu maldita venganza, Carlos? Ya nos destruiste...
—Verte morir a ti. Solo así esta mierda de sufrimiento se va a acabar.
—¿Dejarás en paz a Lucía si eso se cumple? —pregunta el anciano, con un hilo de voz que apenas se sostiene.
—Nunca más volvería a buscarla. Te lo juro.
El hombre frente a mí se queda en completo silencio, con la mirada perdida y pensativa por un segundo interminable.
—Maldito sea el día... El maldito día en que la dejé regresar a este país. Si ella logra seguir con vida, lo único que espero es que tu maldito karma sea verla sonreír y ser feliz en otros brazos —masculla el anciano con amargura, antes de sacar con un movimiento fulminante una navaja afilada de su abrigo.
Sin dudarlo ni un solo segundo, antes de que nadie pueda reaccionar, se la clava con fuerza en el propio cuello, desplomándose de inmediato en un charco de sangre.
Quedo completamente en shock, paralizado ante la escena. Los guardias y los médicos se abalanzan para intentar salvarlo, pero el torrente de sangre que brota y se riega con rapidez por el suelo blanco del pasillo hace que cualquier esfuerzo sea completamente inútil.
Yo solo me quedo allí, estático, observándolo tendido en el suelo, viendo cómo la luz de la vida se apaga lentamente en sus ojos hasta quedar vacíos.
En ese preciso instante, Natalia, la prima de Lucía, aparece corriendo por el pasillo. Se detiene de golpe al ver la espantosa escena y el cuerpo sin vida de su tío.
Me mira con horror, y las piernas le fallan hasta caer de rodillas contra el piso.
—¡Tío...! —grita desgarradoramente, dejando escapar un par de lágrimas mientras se cubre la boca con las manos.
Los médicos y enfermeros comienzan a aparecer por todas partes, mientras los guardias de seguridad se encargan de mantener a la gente y a la prensa fuera del lugar del suceso.
Yo, por otro lado, sintiendo el peso del mundo sobre mis hombros, me alejo en silencio y regreso a la habitación de Lucía.
Me quedo allí, de pie en la penumbra, solo viéndola. Está conectada a esa fría máquina que marca su pulso, y mi propio corazón palpita con tanta violencia que parece estar decidiendo también entre la vida y la muerte.
Acabé con su vida tal como la conocía. Destruí por completo todo lo que ella más anhelaba y amaba. Le hice mierda la existencia. Yo, el mismo hombre que juró protegerla y cuidarla cuando más lo necesitara en este mundo.
Me dejo caer en un rincón de la habitación, oculto en las sombras, observándola fijamente a la espera de que sus pestañas parpadeen y despierte.
Ya murió.
Ya cumplí mi maldita venganza...
Pero ahora que todo terminó...
Una lágrima solitaria, pesada y ardiente, se escapa de mis ojos mientras la miro en silencio en medio de la fría habitación.
Ella me odia. Dios... ella me odiará con toda su alma.
Me cubro la cara con ambas manos, sintiendo que el pecho se me parte en mil pedazos.
Me odia... y no hay nada que pueda hacer para cambiarlo.
Lo merezco...