El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 1
La mansión de los Galván, en las afueras de Turín, no se sentía como un hogar; se sentía como un mausoleo de mármol y recuerdos silenciados.
Fabiola cruzó el gran vestíbulo plateado dejando que el eco de sus tacones rompiera el sepulcral silencio de la casa. Se despojó del saco de su traje sastre con un gesto cansado pero firme, entregándoselo a la ama de llaves sin dejar de caminar hacia el salón principal. Era casi medianoche, pero sabía que la familia la estaría esperando. En esa casa, la sombra de su padre, Don Héctor Galván, aún exigía presencia a la mesa.
En la gran sala de estar, frente a la chimenea encendida, el contraste de tres generaciones se hacía evidente.
Su abuela, Doña Renata, permanecía erguida en un sillón de terciopelo alto, sosteniendo un rosario entre sus manos arrugadas pero impolutas. A su lado, la madre de Fabiola, Beatriz, servía una copa de vino con manos temblorosas, atrapada en esa melancolía permanente que la consumía desde la tragedia.
Y cerca de la ventana, silueteado contra la noche, estaba él: Arturo. Su tío. El hermano menor de su padre, postrado en una silla de ruedas con una manta sobre las piernas inmóviles.
—Llegas tarde, Fabiola —habló Doña Renata, sin levantar la vista del rosario. Su voz era una fina lámina de cristal, fría y cortante.
—Las pruebas en la planta se extendieron, abuela. El *Galván-V12* tiene un problema en la suspensión y no voy a permitir que salga con fallas al mercado —respondió Fabiola, sirviéndose un vaso de agua mineral con absoluta calma.
—Tu padre jamás habría dejado que los ingenieros tardaran tanto —suspiró Beatriz desde el sofá, dando un sorbo largo a su copa—. Héctor tenía una autoridad que hacía que las cosas simplemente funcionaran. Si él estuviera aquí…
—Pero no está, mamá —interrumpió Fabiola, volviéndose hacia ella con una mirada de acero—. No está. Y lamentablemente para todos, soy yo la que tiene que limpiar los desastres y dar la cara por esta familia.
Un carraspeo rasposo rompió la tensión momentánea. Arturo giró lentamente las ruedas de su silla para quedar de frente a su sobrina. Su rostro, marcado por cicatrices profundas, reflejaba el dolor de quien lo ha perdido todo en un instante.
—Tu madre solo intenta decir que no tienes que cargarlo todo sola, Fabiola —dijo Arturo con un hilo de voz áspera—. Tu padre dejó procesos estructurados. Si me permitieses revisar los informes de la planta de ensamblaje desde aquí, podría ayudarte con los costos de…
—¿Tú? ¿Ayudarme a mí?
La risa de Fabiola fue un látigo. Se acercó a la silla de ruedas a pasos lentos, clavando una mirada llena de veneno e impotencia en los ojos de su tío. El aire de la habitación se volvió pesado de inmediato.
—Fabiola, por favor… —murmuró Beatriz, pero su hija la ignoró por completo.
—Dime una cosa, tío Arturo —se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz a un susurro lleno de desprecio—. ¿Con qué autoridad pretendes darme consejos sobre la empresa? ¿Desde esa silla?
—Fabiola Galván, respeta a tu tío —sentenció la abuela Renata, golpeando su bastón contra el suelo—. Él sobrevivió al mismo infierno que se llevó a mi hijo.
—¡Ese es el problema, abuela! —estalló Fabiola, girándose hacia la anciana con los ojos encendidos de rabia contenida—. ¡Que él sobrevivió y mi padre no!
Las palabras cayeron como piedras sobre el salón. Beatriz ahogó un sollozo y se llevó las manos a la boca. Arturo, por su parte, no pestañeó; solo bajó la mirada, recibiendo el impacto directo en el pecho.
—Aquel día en la carretera... —continuó Fabiola, avanzando de nuevo hacia Arturo, rodeando su silla como un depredador—. Mi padre era el cerebro, el genio, la visión de esta familia. Él tenía todo por delante. Tú solo eras su copiloto, el que lo distrajo, el que iba a su lado cuando el auto cayó por ese barranco.
—Fue un fallo en los frenos, Fabiola… yo intenté tomar el volante, yo traté de sacarlo… —dijo Arturo con la voz quebrada, levantando los ojos llenos de culpa.
—Intentaste —escupió ella la palabra—. Y aquí estás. Vivo. Mientras el hombre que construyó todo lo que nos da de comer está bajo tres metros de tierra. ¿Sabes lo que pienso cada vez que te veo cruzar estos pasillos, Arturo? Pienso que la vida se equivocó de persona. Pienso que el destino intercambió los lugares.
—¡Suficiente! —gritó Doña Renata poniéndose de pie con la ayuda de su bastón, temblando de indignación—. ¡No voy a tolerar que le hables así al hermano de tu padre en esta casa!
—Esta casa, abuela, se mantiene con el dinero de la empresa que *yo* estoy dirigiendo —respondió Fabiola sin dar un solo paso atrás, manteniendo la frente en alto—. Y si tengo que matarme trabajando dieciséis horas al día para que el apellido Galván siga en la cima, lo haré. Pero no me pida que sonría y le tenga compasión al hombre que regresó solo de aquel maldito accidente.
Fabiola miró a su tío una última vez. La mirada de Arturo no tenía ira, solo una tristeza profunda y devastadora, la mirada de un hombre que también se consideraba un fantasma.
—Buenas noches —dijo Fabiola con una frialdad absoluta.
Dio media vuelta y subió las escaleras a paso firme, sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio espeso, roto únicamente por los sollozos en sordina de su madre y el sonido del viento chocando contra los ventanales de la mansión.