La esclava del conquistador
Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.
Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.
Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.
En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.
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Entre el miedo y la certeza
Mila quedó sola.
El silencio allí era distinto al de cualquier otro rincón del palacio: más pesado, como si las mismas paredes contuvieran el aliento. Más íntimo también, envolviéndola como una capa de terciopelo que ocultaba secretos mejor guardados. Cada esquina parecía guardar historias que no debía conocer; cada sombra escondía algo capaz de destruirla si se atrevía a mirar con demasiada atención.
Recorrió con los dedos las sábanas que tenía debajo: suaves como la seda, demasiado finas para alguien como ella. Todo en esa estancia respiraba poder. Dominio. Un mundo al que nunca perteneció… y del que ya jamás podría marcharse.
Khadir ya no era solo el hombre que encontró en medio del campo de batalla, cubierto de sangre y con los ojos encendidos por el triunfo. Ni tampoco solo el calor que la abrigó en la oscuridad de una tienda, un instante breve de calma en un mundo derrumbándose. Era un príncipe: uno de los hombres más influyentes del reino, capaz de decidir la vida o la muerte con tan solo una palabra, un gesto, una mirada.
Mila cerró los ojos un instante y recostó la cabeza sobre las almohadas. El miedo llegó primero, claro y helado: por fin comprendía lo que había evitado reconocer desde que puso un pie allí. Si él así lo quería… podía borrarla sin dejar rastro alguno. Nadie sabría nada más de ella. Desaparecería tragada por estas paredes.
Respiró despacio, controlando cada movimiento. No podía permitirse temblar. Ni siquiera cuando creía que nadie la veía: ya había aprendido bien que aquí todo se observa siempre. Pero entonces otro recuerdo abrió paso entre el temor, cálido y firme como una verdad innegable: las noches compartidas en el campamento, sus brazos sosteniéndola cuando todo lo demás se venía abajo. Cómo la acompañó en su mayor quebranto, sin promesas vacías, solo estando ahí, convertido en su único refugio.
Apretó los labios con fuerza. Ese hombre también existía, en algún lugar bajo la armadura de príncipe y conquistador. No sabía cuál era el verdadero, ni si algún día podría descubrirlo… pero no podía olvidarlo: fue lo único que la mantuvo entera.
La puerta se abrió sin aviso. Al instante llenó el espacio con su presencia, cambiando el aire mismo, cargándolo antes de que dijera una sola palabra. Era él. Mila se puso de pie al instante, bajando la mirada hacia el suelo como había aprendido: respeto, sumisión, nunca mostrar lo que pasa por dentro.
El silencio duró apenas un segundo, pero pesó como horas.
—Desvístete —dijo él.
Sin dureza, sin gritos… pero tampoco había espacio para negarse. Una orden clara y absoluta. Mila tragó saliva y obedeció sin dudar: ya sabía bien que la vacilación aquí se paga cara. Sus manos actuaron con calma medida, deshaciendo lazos y botones hasta que la tela cayó a sus pies como agua oscura. El corazón le golpeaba con fuerza desmedida, pero no apartó la vista del suelo hasta que él volvió a hablar.
—A la cama.
Caminó descalza sobre la alfombra y se tendió entre sábanas que fueron tomando su calor poco a poco. Quedó inmóvil, tensa y a la espera. Él se sentó a su lado y todo cambió: el espacio se redujo hasta que solo quedó su cercanía, su calor constante. Esto ya no se parecía a lo de antes: entonces todo era urgencia, necesidad, el instinto de vivir el momento mientras se podía. Ahora aquí había poder. Había consecuencias. Había una verdad inevitable: ella estaba totalmente en sus manos.
Cerró los ojos un instante, aferrándose a esa certeza para no quedar paralizada por el temor. No podía vivir así. Si quería sobrevivir de verdad, tenía que aprender a avanzar aunque no supiera hacia dónde va. Cuando él la tocó, su cuerpo respondió como ya sabía hacerlo: se relajó a su contacto, estremeció… pero ahora cada sensación traía consigo algo más intenso, más arriesgado. Porque esta vez sabía perfectamente todo lo que estaba en juego.
Sus dedos se aferraron levemente a su ropa: un gesto pequeño, su única decisión posible en medio de todo lo demás. Él lo observó todo: su contención, su fuerza para no huir a pesar de todo… y que seguía ahí, enfrentándolo. Entonces Mila levantó la vista y lo miró directamente: no al rango, no al guerrero temido, sino al hombre que tenía enfrente. Y movida por un impulso que no llegó a explicar del todo… lo besó.
Breve, inseguro, una apuesta arriesgada que podría salir muy mal. Casi al instante quiso separarse, preparada para cualquier reacción. Khadir se detuvo un segundo, sorprendido no tanto por el beso sino por el atrevimiento… y enseguida tomó el mando: la sostuvo con firmeza y profundizó el beso a su propio ritmo, lento, consciente, dejando muy claro quién ponía las reglas.
Al separarse apenas, sus palabras llegaron bajas pero inconfundibles:
—Mientras seas mía… nadie más te tocará.
Protección sí, pero nacida primero de pertenencia absoluta. Mila no supo si creerle: confiar aquí también era peligroso. Sin embargo, por primera vez desde que entró al palacio, dejó de sentirse completamente sola. Pero él recuperó al instante esa frialdad que no engaña:
—Y no confundas esto con debilidad.
Palabras tajantes, tan afiladas como cualquier cuchillo. Y eso… resultaba mucho más peligroso que cualquier miedo.