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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:174
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

NovelToon tiene autorización de Themole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cenizas de un Viejo Imperio.

Las notas de la trompeta de Sinatra se deslizaban con una elegancia grotesca por entre las columnas derruidas del salón del trono, flotando sobre el olor a pólvora quemada, humo de carbón y sangre fresca.

Leo se inclinó, pasó un brazo fuerte y firme por debajo de los hombros de Kassandra y la ayudó a enderezarse por completo. Ella soltó un suspiro áspero, apretando los dientes contra la punzada de dolor que le recorrió el brazo herido, pero supo mantenerse firme, apoyando gran parte de su peso contra el costado de Leo. Con la mano libre, él ajustó el arnés de su abrigo, mientras sus ojos oscuros se clavaban de nuevo en la patética figura del rey.

—Arriba, majestad —espetó Leo con una calma glacial—. El público espera.

Valerius intentó resistirse. Se aferró con las uñas ensangrentadas al borde de la tarima de caoba, negándose a dar el primer paso hacia su propia condena. Pero la humillación ya lo había despojado de toda fuerza real. Con un movimiento brusco, Leo lo agarró de la pechera de su pesada y oxidada armadura y lo levantó sin esfuerzo, sacándolo a empujones del estrado hasta arrojarlo a los pies de las escaleras de mármol. El monarca cayó de rodillas con un golpe sordo, tosiendo polvo y jadeando con desesperación.

—Vamos —dijo Kassandra, con una sonrisa fría y afilada dibujada en los labios, mientras apuntaba con el mango de su hacha hacia los inmensos portones de roble destrozados—. No hagamos esperar a tu gente.

Empujado por la fuerza implacable de Leo, el rey Valerius fue obligado a incorporarse, tambaleándose como un pelele de trapo viejo. A través de los portones reventados del palacio, la luz anaranjada y moribunda del atardecer iluminaba la vasta plaza central de Aethelgard. Y allí, congregados entre los cráteres de los explosivos, los escombros de las murallas y los estandartes pisoteados del águila imperial, cientos de supervivientes, exiliados, campesinos y prisioneros liberados alzaban la vista en completo silencio.

Las notas de My Way of Life resonaban a través de un viejo amplificador militar saqueado en el patio, envolviendo la escena en una atmósfera de irrepetible catarsis.

—Camina —ordenó Leo, dándole un suave pero firme empujón en la espalda con la culata de su arma guardada.

Con el mentón temblando, la mirada perdida en el suelo y el peso de una corona invisible hundiéndole los hombros, el otrora todopoderoso rey Valerius dio su primer paso hacia la larga, eterna e inescapable caminata fuera de su propio imperio en ruinas. A los lados, el pueblo abrió paso lentamente, sin arrojarle piedras ni gritar consignas; solo observándolo con la fría y devastadora claridad de quienes al fin veían a su verdugo reducido a nada.

Leo y Kassandra caminaban un par de pasos detrás de él, flanqueando su descenso al abismo, mientras la música seguía sonando en el ocaso de un mundo que al fin era libre.

El viento helado de la tarde soplaba a través de las brechas abiertas en las murallas de Aethelgard, arrastrando consigo volutas de ceniza y el eco amortiguado de los violines y metales de My Way of Life. La voz grave y profunda de Frank Sinatra parecía flotar sobre los escombros como un fantasma burlón, narrando el fin de una existencia construida sobre el ego y la ceniza, mientras las notas se fundían con el crujido de las botas de Valerius sobre el pavimento destrozado.

El otrora soberano avanzaba con paso torpe, arrastrando los pies bajo el peso inútil de su armadura de campaña, la misma que una vez lució en los desfiles de la victoria y que ahora no era más que la armadura de un prisionero de su propia historia. A cada metro que recorría por la gran avenida central, los rostros del pueblo se alzaban a su paso. No había gritos de venganza, ni insultos desgarradores, ni piedras arrojadas. Había algo infinitamente peor: un silencio absoluto, denso y cargado de un desprecio tan profundo que pesaba más que cualquier condena física.

Valerius tragaba saliva con dificultad, sintiendo el sudor frío mezclarse con el hollín en su frente arrugada. A sus espaldas, a apenas un par de pasos de distancia, el compás de las botas de Leo marcaba un ritmo implacable y medido, flanqueado por una Kassandra que, con el rostro pálido por la herida en el hombro pero con una sonrisa fría e indestructible, se apoyaba ligeramente en el costado de su compañero.

—Míralos, Valerius... —murmuró Leo con voz baja, lo suficientemente cerca para que solo el rey pudiera escucharla por encima de la música—. Cada rostro que ves a los lados es una tumba que cavaste. Cada mirada vacía es el eco de un pueblo al que le robaste el mañana. ¿Sientes el frío? Es la soledad del trono cuando ya no queda a quién mandar.

El rey apretó los dientes con tanta fuerza que las mandíbulas le dolieron. La humillación le quemaba la garganta como ácido, despojándolo de toda dignidad regia.

—Prefiero mil muertes... antes que esto... —graznó el monarca con la voz rota, apenas un susurro áspero que se ahogaba en el viento helado de la plaza.

—La muerte era una salida fácil, anciano —respondió Kassandra con una risa seca, escupiendo a un lado del camino antes de continuar—. Te prometimos que ibas a pagar cada gota de sangre. Esta caminata es tu verdadero juicio. Disfruta cada maldito paso, porque no hay corona ni ejército en el mundo que pueda comprarte el perdón de los que ves aquí.

Las notas de My Way of Life alcanzaron su punto más melancólico mientras el trío cruzaba finalmente los arcos derruidos de la entrada principal del palacio, dejando atrás los salones manchados de sangre y adentrándose en el páramo abierto que se extendía más allá de las fronteras del reino en ruinas. El imperio había muerto, y la justicia de su propia retribución se extendía hasta el horizonte, infinita, fría y definitiva.

El viento aullaba entre las columnas destrozadas de la gran avenida imperial, pero el silencio que había gobernado los primeros metros de la marcha se rompió de golpe. Un murmullo sordo, primero como el de un enjambre distante y luego como el rugir de una marea incontenible, comenzó a elevarse desde los costados del camino.

El pueblo de Aethelgard, liberado de las cadenas del miedo, rompió filas.

Una mujer con el rostro surcado de lágrimas y las manos callosas por el trabajo en los pozos dio un paso al frente de la multitud. Con un grito estrangulado de rabia contenida, se quitó un pesado zapato de cuero gastado y lo arrojó con todas sus fuerzas, impactando de lleno contra el casco oxidado del rey.

—¡Esto es por mis hijos, maldito monstruo! —bramó la mujer, su voz desgarrada por los años de dolor—. ¡Por los que murieron de hambre mientras tú celebrabas en tu palacio!

Esa chispa fue suficiente para encender la pradera. La multitud estalló en un coro ensordecedor de gritos, lamentos convertidos en furia y maldiciones acumuladas durante décadas.

—¡Asesino!

—¡Cobarde!

—¡Míralo ahora sin tus ejércitos!

Una lluvia de objetos comenzó a llover sobre el monarca abatido: pedazos de escombros, tierra, restos de comida podrida y piedras afiladas que golpeaban su armadura con un repiqueteo seco y constante. Un viejo tendero, con el brazo vendado por la represión de la guardia, se adelantó lo suficiente para escupirle directamente en la visera del casco. El gargajo espeso resbaló lentamente por el metal opaco.

Valerius tropezó, el peso de las piedras y la humillación hundiéndole las rodillas en el polvo. Intentó cubrirse la cabeza con los brazos temblorosos, tosiendo y soltando gemidos ahogados mientras el mundo que había tiranizado le devolvía cada golpe con intereses.

—¡Arriba, majestad! —bramó Kassandra por encima del bullicio de la turba, con una sonrisa salvaje iluminando su rostro pálido, mientras usaba la culata de su hacha para empujar al rey y obligarlo a ponerse de pie—. ¡No te detengas ahora que la fiesta apenas empieza! ¡Escucha lo mucho que te adora tu gente!

Leo caminaba justo a su lado, con las manos relajadas sobre las cartucheras, observando el espectáculo de la caída absoluta con una frialdad implacable. Su mirada recorría los rostros de los ciudadanos, viendo el reflejo de una década de infierno purgarse a través de cada insulto y cada objeto lanzado.

—¿Escuchas eso, Valerius? —dijo Leo con voz clara, cortando el aire por encima del alboroto. No hay guardias. No hay edictos reales que te salven. Eres solo tú y el eco de tus propias atrocidades.

Un mendigo, con la ropa hecha girones, se abalanzó peligrosamente cerca del rey, gritándole a pocos centímetros de la cara:

—¡Me quitaste todo! ¡Mi tierra, mi familia, mi nombre! ¿Dónde está tu oro ahora, rey de la miseria? ¡¿Dónde está tu poder?!

Valerius, con la sangre escurriendo por una ceja tras el impacto de una piedra y el aliento cortado, levantó la vista un segundo, con los ojos desorbitados por el pánico y la vergüenza. Intentó escupir una respuesta, una última orden, pero de sus labios secos solo salió un estertor patético, ahogado por el grito colectivo de una muchedumbre que se negaba a dejarlo avanzar en paz.

—Sigue caminando —susurró Leo, dándole otro empujón seco en la espalda con la bota—. El camino hacia el exilio es largo, y cada metro te recordará que tu imperio no valió absolutamente nada.

El murmullo de la multitud se intensificó hasta convertirse en un eco ensordecedor que rebotaba contra los muros derruidos de la gran avenida. Los vítores sarcásticos y los aplausos burlones comenzaron a multiplicarse a cada paso que daba el monarca destronado, convirtiendo su calvario en una macabra celebración popular.

—¡Miren al gran soberano! ¡Un aplauso para el salvador del imperio! —gritó un hombre desde lo alto de un carromato volcado, agitando los brazos con una ironía desbordante mientras le arrojaba un puñado de monedas de cobre inservibles que rebotaron contra la oxidada coraza de Valerius.

La turba estalló en carcajadas estridentes.

—¡Viva el rey! ¡Que viva el protector de los desamparados! —bramó otro aldeano con una sonrisa sádica, haciendo una reverencia exagerada y burlona justo cuando el monarca pasaba a su lado—. ¡Jamás habíamos visto a tanta gente reunida para despedir a su majestad! ¡Qué muestras de cariño tan inigualables!

Una lluvia de flores marchitas, mezcladas con barro y pequeños trozos de escombros, cayó sobre el monarca como si se tratara de una coronación inversa. Cada aplauso exagerado y cada vítores sarcástico resonaban como cuchillos clavados en el maltrecho orgullo del rey.

—¡Escucha cómo te adora tu pueblo, Valerius! —exclamó Kassandra con una risa cristalina y despiadada, apoyando el peso sobre su hombro herido mientras inclinaba la cabeza para disfrutar del espectáculo—. Jamás pensé que fueras tan popular. ¡Mira cuántos admiradores han venido a darte el último adiós!

Valerius tropezó de nuevo, incapaz de sostener el ritmo bajo el peso de la humillación y el cansancio, pero la marea humana a los costados no le permitía detenerse. Las manos se estiraban desde la multitud, no para golpearlo, sino para tocarlo, para empujarlo con desprecio y recordarle que ya no era más que un pelele a su merced.

—¡Qué gran líder! ¡Qué noble caminata! —seguía vociferando la muchedumbre entre risas y aplausos desatados, mientras las notas de My Way of Life continuaban—. ¡No te mueras de la emoción, majestad! ¡Todavía queda mucho camino por recorrer!.

El camino de espinas y escarnio llegó finalmente a su fin cuando la avenida principal se abrió paso hacia el exterior de la gran ciudadela. Delante de ellos se alzaba lo que una vez fue el orgullo arquitectónico de Aethelgard: la imponente entrada principal del reino. O, mejor dicho, lo que quedaba de ella.

Las gigantescas puertas de roble macizo y hierro forjado habían sido reducidas a astillas humeantes y metal retorcido por los explosivos que Leo había colocado al inicio del asalto. Los enormes pilares de piedra que sostenían el arco triunfal estaban agrietados, cubiertos de hollín y coronados por estandartes caídos que se arrastraban patéticamente por el suelo, pisoteados por la multitud que los seguía de cerca.

La muchedumbre se detuvo de golpe en los límites de la brecha, formando un muro humano expectante y silencioso. Ya no había gritos ni objetos volando; solo el crujir de las brasas lejanas, el viento helado soplando a través de los escombros y, flotando en el aire como un eco fantasmagórico, los últimos acordes de My Way of Life desvaneciéndose lentamente en el horizonte.

Leo dio un paso al frente y agarró a Valerius de la pesada hombrera de la armadura, deteniéndolo justo en el umbral de la puerta destruida. El rey, con el rostro sucio de sangre seca, barro y lágrimas contenidas, tambaleó y cayó pesadamente de rodillas sobre el polvo, justo donde el imperio terminaba y comenzaba el vasto y desolado páramo exterior.

—Se acabó la ruta, Valerius —dijo Leo con una voz fría y tajante, soltando el metal de la armadura y retrocediendo un paso para quedar flanqueado por Kassandra, quien se mantenía firme a pesar de la herida en el hombro—. De aquí en adelante, el reino se queda con sus ruinas, y tú te quedas con tu vacío.

Valerius levantó la vista lentamente. Más allá de los portones volados por los explosivos, el mundo se extendía infinito, gris y desprovisto de cualquier refugio, ley o corona. No quedaban tronos. No quedaban ejércitos. Solo la inmensidad de la nada y el peso de su propia insignificancia.

—Esta es tu frontera —añadió Kassandra con una sonrisa afilada, cruzando los brazos mientras observaba al monarca postrado en el suelo—. Ve a buscar el imperio que prometiste construir sobre los huesos de los demás. A ver si la nada te aplaude igual que tu pueblo.

El eco de las palabras de Kassandra se disipó en el viento helado que soplaba a través de los enormes pilares destrozados de la entrada principal. El imperio de Aethelgard ya no existía; solo quedaba un montón de escombros humeantes, el gentío observando en un silencio expectante y un monarca arrodillado en el polvo de su propia derrota.

Valerius, que hasta ese momento había intentado aferrarse a los jirones de un orgullo tan falso como patético, sintió que el último cimiento de su alma se derrumbaba por completo. Ya no quedaban coronas, ni ejércitos, ni oro en las arcas subterráneas que pudieran comprarle un gramo de influencia. Su esposa había muerto hacía muchos años, consumida por las fiebres y la tristeza de un palacio que ya era una cárcel de oro, y hacía apenas unos minutos, su propia hija había pagado con la vida la locura en la que él los había sumergido a todos.

Las rodillas del rey temblaron con violencia contra las piedras rotas. El peso de la oxidada armadura de campaña de repente se sintió como una tumba de hierro imposible de soportar.

Lentamente, el otrora temido soberano dejó caer el mentón hacia el suelo. Sus manos, antes acostumbradas a firmar decretos de muerte y a sostener cetros de oro, se cerraron en puños desesperados, aferrándose con fuerza patética a la tierra y al polvo.

Y entonces, el orgullo se rompió. De la garganta del monarca brotó un sollozo seco, un estertor de dolor puro que rápidamente se convirtió en un ruego desesperado, gutural y desgarrador.

—Mátame... Por favor... —balbuceó Valerius, con la voz quebrada, ahogada en lágrimas y sangre seca—. Te lo suplico... mátame aquí mismo.

Levantó el rostro, mostrando unos ojos inyectados en sangre, completamente desorbitados y anegados en un sufrimiento insoportable. Su mirada se clavó en Leo con una súplica que ya no guardaba dignidad alguna.

—Lo perdí todo... —gimió el rey, escupiendo sangre y moco mientras su cuerpo se encorvaba hacia adelante en el suelo—. No tengo nada. Mi esposa... se fue hace una eternidad, consumida por esta misma mierda... y ahora mi hija... mi única sangre... yació muerta en ese maldito estrado por mi culpa. Ya no hay reino, no hay oro, no hay legado... ¡No tengo nada, exiliado! ¡Por todo lo sagrado, ten piedad y regálame una maldita bala!

La multitud a sus espaldas guardó un silencio sepulcral. Nadie se burló. Nadie gritó. Solo se escuchaba el viento agitando los estandartes rotos y el gemido patético del hombre que había creído ser un dios en la tierra y que ahora suplicaba clemencia como un perro abandonado.

Kassandra dio un paso al frente, apoyando la mano en su hombro herido, y miró al rey con una fría y distante indiferencia.

—La piedad es para los que perdieron algo luchando por una causa justa, Valerius —le espetó Kassandra con voz cortante—. Tú no perdiste tu imperio. Te lo arrancamos porque nunca te perteneció.

Leo se mantuvo firme, con las manos apoyadas en las cartucheras, observando al hombre temblar a sus pies. Su rostro era una máscara de hielo.

—No vas a morir hoy, Valerius —respondió Leo con una calma implacable, inclinándose ligeramente hacia él—. Vas a cruzar esa puerta. Vas a caminar hacia el páramo, completamente solo, con el recuerdo de cada rostro que destruiste persiguiéndote en la oscuridad. Esa es tu condena. Vívela.

El viento del páramo sopló con fuerza, agitando los jirones de los estandartes caídos mientras el silencio se volvía más denso y pesado a las puertas de Aethelgard.

Leo se inclinó ligeramente, acortando la distancia entre su rostro y el del monarca postrado. La luz moribunda del atardecer perfilaba sus facciones duras, vacías de cualquier atisbo de empatía. No había satisfacción en su voz, ni rastro de placer sádico; solo la fría y absoluta indiferencia de un juez que ya ha dictado sentencia y no tiene la menor intención de debatir con el condenado.

—Ni siquiera debería darte explicaciones... —espetó Leo, con una voz baja, cortante y letal que penetró en los oídos del rey como una cuchilla de hielo—. Y mucho menos ser bueno contigo, Valerius. No después de cada vida que apagaste con una firma, no después del infierno que construiste para todos los demás.

Valerius, con las lágrimas abriéndose paso entre la suciedad y la sangre seca de sus mejillas, abrió la boca para balbucear una última justificación, un intento patético de apelar a una humanidad que ya nadie estaba dispuesto a concederle.

—Pero... pero merezco... —intentó decir el monarca, con la voz rota y ahogada en un sollozo.

—No mereces nada —lo cortó Leo de inmediato, enderezándose con brusquedad y dándole la espalda al rey con un desprecio absoluto—. No mereces compasión, ni una tumba, ni el consuelo de una muerte rápida.

Kassandra, ajustándose el torniquete en el hombro herido con una mueca de dolor pero con los ojos fijos en el horizonte desolado, escupió en el polvo cerca de las rodillas del exrey.

—El espectáculo terminó, majestad —añadió Kassandra con una sonrisa gélida y distante—. Es hora de que camines hacia tu propia oscuridad.

Leo dio media vuelta, alejándose unos pasos hacia el interior del umbral derruido, dejando que el rey quedara completamente solo ante la inmensidad del páramo vacío. A sus espaldas, la multitud observaba en silencio, comprendiendo que el verdadero castigo no era el filo de una espada, sino el peso interminable de la absoluta soledad.

Kassandra dio media vuelta con paso firme, haciendo una seña a Leo para que comenzaran a retroceder hacia los escombros de la plaza. Antes de alejarse por completo, detuvo la marcha por un segundo, girando apenas el rostro para mirar de reojo al monarca que seguía desplomado en el polvo.

—Corre, Valerius —espetó Kassandra con una voz cargada de veneno y desprecio absoluto, señalando con el mentón la densa y sombría línea de árboles que se extendía al otro lado del páramo—. Ve a morir al bosque como la maldita rata que eres.

El rey Valerius dejó escapar un gemido ahogado y patético, aferrándose a la tierra con las uñas mientras las sombras del crepúsculo empezaban a tragarse los linderos del camino.

Leo ni siquiera se dignó a mirarlo una vez más. Con las manos apoyadas en sus cartucheras y el frío metal de las Peacemaker guardado en las fundas, comenzó a caminar de regreso entre los restos de la ciudadela, flanqueado por su compañera. A sus espaldas, la multitud del pueblo de Aethelgard se dispersaba en completo silencio, absorbiendo la pesada atmósfera de un mundo que al fin exhalaba en libertad.

El imperio había quedado atrás, reducido a cenizas y recuerdos. En el umbral de la nada, el viejo tirano quedó completamente solo, obligado a arrastrar su vergüenza hacia la oscuridad del bosque, con el único eco de sus propios pasos como testigo de su total extinción.

El sonido de los pasos torpes y desesperados de Valerius resonó brevemente contra las piedras antes de apagarse en el crujir de la maleza. El otrora tirano se adentró a toda velocidad en la densa penumbra del bosque, tropezando con las raíces y arrastrando su oxidada armadura entre los matorrales, huyendo desesperadamente de la sombra de su propia ruina hasta desaparecer por completo entre las sombras de los árboles.

Leo ni siquiera se molestó en girar la cabeza para seguirlo con la mirada. Tan pronto como el crujido de las ramas se desvaneció en la distancia, su atención se volvio enteramente hacia el costado de Kassandra. Dando un paso rápido hacia ella, se arrodilló ligeramente para examinar de cerca el torniquete improvisado que le había colocado en el hombro. La sangre había dejado de manar con fuerza, pero la tela estaba empapada y el rostro de Kassandra delataba el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo para no venirse abajo.

Con una suavidad inusual en sus manos habituales a la violencia, Leo revisó la firmeza del nudo y la presión sobre la herida de la daga.

—¿Segura estás bien? —preguntó Leo, con la voz teñida de una genuina preocupación que intentaba ocultar bajo su habitual dureza, mientras sostenía con firmeza el brazo sano de su compañera para ayudarla a sostenerse—. Esa maldita hija de perra casi te arranca el brazo.

Kassandra soltó una exhalación temblorosa, intentando disimular el rictus de dolor que le contraía la mandíbula al menor movimiento. Dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola brevemente contra el pecho de Leo, mientras una sonrisa cansada pero genuina asomaba por fin en sus labios manchados de polvo y sudor.

—He sobrevivido a cosas peores, Leo... Esto es solo un rasguño comparado con lo que pasamos en los páramos del sur —murmuró ella con voz queda, apretando los dientes cuando una punzada aguda le recorrió el hombro al intentar moverse.

Antes de que pudiera dar un solo paso más por su cuenta, Leo deslizó un brazo con firmeza por debajo de sus rodillas y el otro sosteniendo con cuidado su espalda, levantándola del suelo en vilo con una facilidad que desafiaba el cansancio acumulado de la batalla. Kassandra ahogó una exclamación de sorpresa, apoyando su brazo sano alrededor del cuello de su compañero para estabilizarse, sintiendo la sólida y reconfortante seguridad de su abrazo.

Leo la acomodó contra su pecho, ignorando por completo el peso de sus propias armas y el agotamiento que le pesaba en los huesos, y comenzó a caminar con paso firme de regreso hacia las calles en ruinas de Aethelgard, alejándose de los límites del bosque donde el rey ya se había tragado su propia miseria.

—No digas estupideces —replicó Leo en un tono bajo, casi un susurro áspero que guardaba una profunda y silenciosa devoción—. Eres la madre de mi hija... ¿De verdad creíste por un solo segundo que te iba a dejar morir aquí?

Un destello de calidez inusual iluminó la mirada de Kassandra a pesar de la pálida fatiga que surcaba sus facciones. Apoyando el rostro contra el pecho firme de Leo, donde el latido constante y acompasado del corazón de su compañero era el único recordatorio de que habían sobrevivido al infierno, dejó escapar una risa suave, baja y genuina que se perdió entre el viento helado del atardecer.

—Es verdad... no llevamos su sangre en las venas, ni fuimos nosotros quienes la trajimos al mundo —murmuró Kassandra con voz pausada, sintiendo cómo el dolor del hombro se adormecía un poco ante la seguridad de sus brazos—. Pero Clara es más nuestra de lo que ese maldito rey y su estirpe fueron de algo en toda su vida.

Cerró los ojos por un instante, recordando el rostro de la pequeña, a quien habían prometido proteger de las ruinas de un mundo moribundo. El lazo que los unía ya no dependía de la carne o de títulos nobiliarios destrozados, sino de la sangre derramada en común y de las cicatrices compartidas en cada trinchera.

—Y más vale que no pienses en dejarme morir, Leo —añadió ella abriendo los ojos de nuevo, con un atisbo de esa chispa desafiante y burlona brillando en su mirada mientras lo miraba desde abajo—. ¿Quién más te aguantaría el humor y te salvaría el pellejo cuando te crees demasiado listo para los disparos? Además, Clara nos necesita enteros para enseñarle a este nuevo mundo cómo se sobrevive.

Leo exhaló un suspiro profundo, un sonido pesado que cargaba con el alivio de la tormenta ya pasada, y apretó un poco más su agarre alrededor de ella, asegurándose de no lastimar la herida mientras continuaba la marcha entre los escombros de la gran avenida.

—Nadie más podría hacerlo, Kass —respondió Leo con una media sonrisa apenas perceptible en los labios, mientras sus botas pisaban las últimas cenizas del imperio caído—. Y te prometo que a Clara no le va a faltar nada. Vamos a casa.

El peso del tirano se había esfumado entre la maleza y el imperio de Aethelgard quedaba atrás, reducido a un cementerio de columnas rotas y estandartes pisoteados. Con Kassandra firmemente asegurada en sus brazos, Leo cruzó las últimas brechas de la muralla destruida, abandonando para siempre los dominios de la casa real.

A sus espaldas, la tensión acumulada durante décadas se rompió por fin. Un grito unánime de liberación estalló entre los supervivientes que llenaban la gran plaza central; las familias se abrazaban entre lágrimas de incredulidad, las risas ahogaban los lamentos y las primeras hogueras de una noche sin miedo comenzaron a encenderse entre los escombros. El pueblo al que habían intentado enterrar en vida celebraba su propio renacimiento, contemplando cómo el humo de la tiranía se disipaba en el horizonte.

Bajo la luz dorada y moribunda de un atardecer que prometía un amanecer completamente distinto, Leo dio el último paso fuera de las fronteras de la capital, llevando a su compañera hacia el camino que los devolvería a los brazos de su pequeña. La tormenta había terminado, y el mundo, al fin, les pertenecía.

El perfil oscuro del asentamiento de Aezcoa comenzó a recortarse contra el horizonte nocturno, iluminado apenas por la cálida y acogedora luz de las hogueras que parpadeaban tras los muros de madera reforzada. Leo caminaba con paso firme y constante a través del sendero de tierra, sosteniendo a Kassandra con absoluta seguridad contra su pecho, con el cansancio de la batalla pesando en sus hombros pero con la urgencia latiéndole en las sienes.

Al llegar frente a la imponente entrada principal del refugio, Leo detuvo la marcha un instante, inspiró profundamente y dejó escapar un grito gutural y potente que desgarró el silencio de la noche:

—¡Garrik! ¡Abre las malditas puertas! ¡Necesito un médico para que no se infecte esta herida!

A los pocos segundos, el sonido de cerrojos metálicos corriendo con violencia y el pesado crujir de los maderos abriéndose rompieron el aire. En el claro iluminado por las antorchas apareció Garrik, con su imponente figura y el rostro marcado por la tensión, seguido de cerca por un par de vigías armados. Al ver a Leo cargando a Kassandra y la sangre empapando la tela de su hombro, la expresión de alivio del viejo compañero se transformó de inmediato en una de pura alarma.

—¡Mierda! ¡Abran paso ahora mismo! —bramó Garrik, girándose hacia el interior del campamento antes de correr hacia ellos para ayudar a sostener el flanco de Kassandra—. ¡Que preparen la enfermería y traigan agua limpia y los mejores desinfectantes! ¡Rápido!

Kassandra esbozó una mueca cansada, apoyando la cabeza contra el hombro de Leo mientras el bullicio de Aezcoa comenzaba a movilizarse a su al Rededor para recibirlos. La pesadilla de Aethelgard había quedado atrás; estaban en casa, rodeados de los suyos, listos para sanar las heridas y comenzar de verdad.

El sonido del trote apresurado de unas pequeñas botas contra el suelo de tierra golpeó los oídos de Leo antes de que pudiera dar otro paso hacia el interior del refugio. De entre las sombras del callejón principal de Aezcoa, con el cabello castaño revuelto y los ojos muy abiertos por el pánico y el alivio, una pequeña figura se precipitó hacia ellos a toda velocidad.

—¡Mamá! ¡Papá!

Clara se detuvo en seco frente a ellos, con el pecho agitado y las manos temblorosas aferradas al dobladillo de su suéter. Su mirada pasó rápidamente del rostro sudoroso y pálido de Kassandra a la sangre seca que manchaba su hombro, y un sollozo ahogado se le escapó de la garganta antes de que pudiera contenerlo.

Kassandra, a pesar de la debilidad y el dolor punzante en el brazo, intentó incorporarse un poco en los brazos de Leo, estirando su mano sana hacia la niña con una sonrisa temblorosa pero profundamente cálida.

—Ey... pequeña... mírame —dijo Kassandra con voz suave, conteniendo una mueca al moverse—. Estoy bien. Te lo prometo. Solo... digamos que me tropecé con un par de malos entendidos en el camino.

Clara corrió a su lado, sin atreverse a tocar el hombro lastimado, pero enterrando su rostro contra el costado sano de Kassandra y aferrándose con fuerza a la chaqueta de Leo mientras las lágrimas comenzaban a resbalarle por las mejillas.

—Tenía miedo de que no volvieran... —susurró la niña con la voz rota, apretándose contra ellos como si temiera que todo fuera un sueño.

Leo ajustó su agarre, rodeando a ambas con un brazo protector mientras seguía avanzando hacia la enfermería guiado por las luces de Garrik. Inclinó levemente la cabeza para rozar con los labios la coronilla de su hija, sintiendo que, a pesar de las cicatrices y el camino recorrido, el peso de todo el oro del mundo nunca se compararía con lo que sostenía en ese momento.

—Nadie nos va a arrancar de aquí, Clara —murmuró Leo con una firmeza absoluta, mientras la puerta de la enfermería se abría de par en par ante ellos—. Ya pasó lo peor. Estamos en casa.

Cinco semanas después, el gran salón del trono de la capital ya no olía a pólvora, miedo y ceniza fresca, sino a madera recién cortada, pan caliente y el trajín incesante de la reconstrucción. Las vidrieras rotas habían sido reemplazadas por paneles de lona gruesa que filtraban una cálida luz dorada, iluminando el bullicio de un nuevo comienzo.

En el estrado principal, donde antes se sentaba el tirano Valerius a dictar sentencias de muerte, ahora reposaba Leo. Estaba sentado con una pierna cruzada sobre el apoyabrazos, un trapo de algodón en una mano y una de sus Peacemaker desarmada en la otra, limpiando con paciencia metódica cada rastro de aceite y residuo de pólvora mientras escuchaba con atención al anciano herrero del distrito este, quien le gesticulaba con las manos manchadas de carbón pidiendo más suministros de hierro para forjar herramientas de labranza.

—Tendrás el doble de cargamentos del depósito norte antes del mediodía, viejo. Y dile a los muchachos que dejen de acaparar la madera de roble para las barricadas; las escuelas necesitan esos tablones primero —ordenó Leo con voz firme pero tranquila, sin dejar de pasar el paño por el mecanismo del tambor del arma, antes de hacerle una seña al siguiente ciudadano en la fila.

A sus espaldas, la enorme puerta principal del salón permanecía de par en par, dejando entrar el sonido del martilleo constante, las risas y las voces de los milicianos y vecinos que, bajo la dirección de Garrik, acarreaban escombros, levantaban muros de piedra y devolvían la vida a las calles que habían estado muertas durante demasiado tiempo.

Un estallido de risas infantiles resonó por todo el vestíbulo. Kassandra, con el brazo del hombro herido ya libre de vendajes rígidos aunque todavía moviéndose con cierta cautela, cruzó corriendo el salón a toda velocidad, persiguiendo a Clara, quien chillaba divertida mientras esquivaba las columnas con una manzana a medio morder en la mano.

—¡Si te alcanzo, te hago cosquillas hasta que te rinda la merienda! —gritó Kassandra fingiendo una mueca amenazante, aunque sus ojos brillaban con una alegría y una ligereza que jamás se le habrían visto en los oscuros años de guerra.

Clara dio una vuelta alrededor del estrado del trono, riendo a carcajadas y lanzándole una mirada cómplice a Leo al pasar, antes de perderse entre los estandartes caídos que ahora servían como alfombras improvisadas para los niños que jugaban en los rincones.

Leo detuvo el movimiento del arma por un segundo, levantó la vista para ver a Kassandra tropezar levemente y atrapar a la niña en un abrazo cálido que desató otra ronda de risas, y una sonrisa genuina, profunda y silenciosa se dibujó por fin en su rostro. Dejó el arma sobre el regazo, devolvió el saludo con la cabeza al siguiente peticionario que se acercaba al estrado y respiró hondo, sabiendo que, entre el polvo de las ruinas, finalmente habían construido un hogar.

El sonido de las risas resonaba con fuerza bajo las altas cúpulas del salón. Clara, vistiendo un sencillo pero limpio vestido de lino claro que realzaba lo mucho que había crecido y lo saludable que lucía tras semanas de cuidados y buena comida, esquivó a Kassandra con un rápido giro y soltó una carcajada cristalina.

Leo dejó caer el trapo sobre la mesa junto a su pistola ya reluciente, se levantó de un solo salto del trono de Valerius y se incorporó a la persecución con una zancada larga y divertida. En cuestión de segundos, interceptó a Clara en plena carrera, levantándola por los aires entre gritos de emoción antes de hacer amago de girar hacia Kassandra, quien se acercaba fingiendo reproche.

—¡Atrápala si puedes, capitana! —bramó Leo con una sonrisa abierta, acercando a Clara hacia él un segundo antes de tenderle el brazo libre a Kassandra para atraerla también hacia su costado.

Con un parpadeo de fingido fastidio infantil, Clara arrugó la nariz dramáticamente, cerró los ojos con fuerza y estiró los brazos hacia afuera como si quisiera espantar a un bicho molesto.

—¡Ugh, asco! ¡No delante de mí, guácala! —protestó la niña entre risitas ahogadas, intentando taparse la cara con las manos mientras Leo plantaba un beso sonoro y rápido en la mejilla de Kassandra.

Kassandra rió con ganas, apartando juguetonamente el mentón de Leo con una mano mientras le devolvía el gesto con una mirada cómplice y llena de vida, muy lejos de la pálida mujer que había estado al borde del abismo unas pocas semanas atrás.

—Venga, pequeña dramática, que el mundo no se va a salvar solo —dijo Kassandra guiñándole un ojo a Clara, antes de darle una palmada ligera en la espalda a Leo.

Ésta fue la señal para retomar el ritmo. Leo bajó a Clara al suelo con cuidado y, sacudiéndose el polvo de los pantalones, dejó atrás el estrado del trono. Con la energía renovada y el corazón en paz, salió a las bulliciosas calles de la capital reconstruida, directo a ponerse al hombro los tablones y las herramientas junto a Garrik y los milicianos, dispuesto a levantar, ladrillo a ladrillo, el futuro que al fin les pertenecía.

El sol de la tarde comenzó a descender, bañando las calles de Aethelgard con un tono dorado y cálido que parecía borrar los últimos vestigios de la penumbra. Desde el gran balcón del palacio y extendiéndose hacia el horizonte, la escena cobraba una nueva y vibrante dimensión.

La capital ya no era un cementerio de escombros; era un lienzo en constante movimiento. Donde antes solo había cráteres y cenizas, las hileras de andamios de madera se alzaban firmes bajo el esfuerzo coordinado de los milicianos. Garrik, con el hacha al cinto y el rostro surcado de sudor, coordinaba a cuadrillas enteras que levantaban muros de piedra sólida, asegurando que los cimientos de la nueva ciudad fueran indestructibles.

Y con las murallas levantándose, la vida comenzó a regresar en masa.

Por los caminos que antaño cruzaban los páramos desolados, las primeras caravanas de comerciantes hicieron su aparición. Carretas cargadas de telas, grano fresco, herramientas y libros avanzaban lentamente hacia la gran puerta principal, escoltadas por familias enteras de forasteros, refugiados y nómadas que habían oído hablar del nuevo refugio libre de tiranos. Los tenderos montaban sus puestos improvisados en la plaza central, donde el aroma a pan recién horneado y especias comenzaba a desplazar al viejo olor a pólvora y sangre.

Nuevos rostros, risas de niños desconocidos jugando entre los adoquines y el murmullo constante de una comunidad que volvía a latir llenaban cada rincón del reino. Aethelgard estaba sanando, transformándose ladrillo a ladrillo, vida a vida, en un hogar verdadero donde el futuro, por fin, les pertenecía a todos.

El martilleo constante de los carpinteros y el bullicio de los nuevos comerciantes resonaban en la plaza central cuando un grito potente y rasposo cortó el aire desde el fondo del sector este, cerca de los antiguos cimientos del palacio.

—¡Leo! ¡Kassandra! ¡Vengan rápido! —bramó Garrik, asomándose desde una fosa excavada entre los escombros con los brazos manchados de cal y la mirada totalmente desorbitada—. ¡Encontré algo! ¡Es grande... maldita sea, vengan a ver esto ahora mismo!

El eco de su voz resonó contra las murallas en reconstrucción, congelando por un instante el trajín de la plaza. Leo y Kassandra intercambiaron una rápida mirada, cruzándose una chispa de inmediata intriga en los ojos antes de echar a correr entre los andamios.

A pocos metros de allí, Clara dejó caer su juguete de madera y se apresuró a seguirlos a toda velocidad, mientras el resto de los milicianos y comerciantes contenían el aliento, agolpándose alrededor del borde del cráter.

Al llegar a la fosa, Leo se hincó en el borde de tierra removida, apartando los últimos trozos de roca calcinada con las manos para descubrir lo que se ocultaba bajo el viejo suelo del reino.

Lo que sea que yacía enterrado en las profundidades de Aethelgard —una enorme estructura de metal sellado con runas olvidadas, un secreto ancestral que el tirano había guardado celosamente, o la puerta hacia algo mucho más vasto y desconocido— brilló tenuemente bajo los últimos rayos del sol, dejando en el aire la promesa silenciosa de que la historia, en realidad, apenas comenzaba.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
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