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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Cap 10: La nota recortada

Rogelio no tenía fuerza para apartar a Ulises. Tenía una bicicleta atravesada en la calle y suficiente escándalo para que el vigilante de la esquina volteara.

—¡Le está pegando! —gritó.

Ulises, que acababa de cumplir dieciséis, miró al hombre y luego el uniforme de Rogelio. Lo reconoció. Recogió su propia mochila, agarró a Elisa del brazo y se fue insultándonos.

Rogelio se agachó a juntar mis libros. Intentó borrar con la manga la huella que había quedado en una portada.

—¿Te hace esto seguido?

Le quité el libro. Recordaba otras manos suyas, muchos años después, revisando cuánto dinero le había llevado del trabajo. Me resultaba insoportable verlo cuidar algo mío.

—Ya me puedo ir sola.

—No te estoy diciendo que no puedas.

Me devolvió la mochila. Esperó un agradecimiento que yo no fui capaz de darle.

Esa noche seguí pensando en Elisa. Había reconocido el miedo con que le pidió a Ulises que se fueran. También recordaba, a medias, el rumor de una novia embarazada. No sabía si era ella, pero tenía suficientes piezas para empezar a buscar.

Oí a Ulises hablar por teléfono. Le decía que dejara de insistir, que a su madre no le iba a pedir más dinero. Cuando dijo su nombre, me quedé junto a la puerta hasta que terminó.

No me acerqué a preguntarle a Elisa. No quería ayudarla a esconderse con él. Quería que alguien de su casa se enterara y que Ulises tuviera que responder.

Recorté letras de una revista y de un periódico. Me llevó una tarde entera hacer que cupieran en la tarjeta. Cuando terminé, leí la frase sin tocarla:

"La novia de Ulises Molina está embarazada. Pregúntenle a él de quién."

La dejé en el buzón de Elisa. No en la escuela, donde la convertirían en espectáculo antes de que su familia pudiera hablar con ella.

Durante los días siguientes escuché cada vez que Ulises llegaba a casa. No ocurrió nada. Empecé a preguntarme si habían tirado la tarjeta o si yo había entendido mal.

Diez días después, Elisa se desmayó en una clase de deportes del turno de la tarde. Yo no estaba allí. Me enteré por el paso de la ambulancia y por los mensajes que empezaron a circular antes de que terminaran las clases.

Al principio dijeron muchas cosas. Después se supo que la habían operado por un embarazo ectópico. Había sufrido una hemorragia grave. Estaba viva.

Me quedé repitiendo esa última parte. En mi recuerdo todo era un chisme lejano; ahora tenía delante la cara de la muchacha que me había visto recoger los libros.

Su madre había recibido la nota. Lo oí cuando fui a dejar unos cuadernos a la oficina y la encontré exigiendo hablar con la dirección. Decía que Elisa lo había negado y que ella quiso creerle. Ahora repetía el nombre de Ulises y exigía que alguien le dijera dónde estaba.

Yo quería verlo señalado. No había pensado lo suficiente en cómo se vería Elisa cuando todos empezaran a hablar por ella.

Alguien pegó fotos de los dos en el tablón del patio. Se besaban junto a una pared. Un prefecto las arrancó en cuanto las vio, pero varios ya las habían fotografiado con el teléfono.

Me aparté de los que se reían. No había puesto esas fotos. Sin embargo, cuando uno preguntó quién habría mandado la nota, bajé la vista como si también estuviera esperando una respuesta.

Mateo Landa empezó a preguntar por su cuenta. Era de los mayores del Monteverde y llevaba una libreta para todo. Lo vi hablar con alumnos del turno de Ulises, luego con la gente de la papelería. Su padre trabajaba en la Fiscalía; quizá por eso todos creían que sabía más de lo que decía.

Rocío me sacó del corrillo una tarde.

—No te conviene quedarte escuchando. Te van a preguntar a ti.

—¿Por qué?

—Porque vives con él.

Me acompañó hasta el otro patio y cambió de tema. Quise preguntarle si alguien la había mandado a buscarme, pero me dio miedo que contestara que sí.

Dos días después, Santiago me esperaba en el salón de la sociedad de alumnos. Había pedido mis cuadernos de inglés como pretexto.

Puso una memoria USB sobre la mesa.

—Hay cámaras en la papelería. Y en el negocio de enfrente de la casa de Elisa. Saliste en las dos.

Miré la memoria. Había tenido tanto cuidado con mi letra que no pensé en la calle por la que caminaba.

—La nota la dejé yo.

Santiago retiró la mano de la mesa.

—¿Sabías lo que le estaba pasando a ella?

—No lo del hospital.

—Pero usaste lo del embarazo para llegar a Ulises.

No podía contestarle otra cosa.

—Sí.

Me preguntó por qué no le había dicho. Le recordé la noche del callejón, aunque él no necesitaba que se la contara. Lo que no sabía era lo de Puente Negro, lo que había oído en la cocina y lo difícil que me resultaba volver cada tarde a dormir allí.

—Quería que tuviera algo que perder —le dije—. Algo que le importara más que pegarme.

Santiago estuvo callado un rato.

—Elisa no es Ulises.

Me dolió que lo dijera. No porque fuera injusto, sino porque yo había preferido dejar esa parte sin pensar.

Él tomó la memoria. Rompió la carcasa contra el borde del escritorio y terminó de inutilizar la pieza que llevaba dentro.

—Esta copia no la va a ver nadie.

—¿Y las cámaras?

—No puedo borrar lo que existe en otros lados, Daniela. Ni sé quién más lo pidió. La próxima vez piensa más allá del papel que traes en la mano.

Dejó los restos junto a mí. No me absolvió ni me entregó a Mateo. Me hizo cargar con la diferencia.

En casa, Herminia pasó de negar todo a buscar a alguien que pudiera evitar que echaran a Ulises de su escuela. Se vistió para ir a casa de Fabián Fuentes y nos llevó a Bianca y a mí.

—Tú vas con su hijo —me dijo—. Si preguntan, venimos contigo.

La madre de Elisa estaba en la sala. Don Fabián había aceptado escuchar a las familias por su relación con la fábrica y el colegio. Nos dejaron en el zaguán, donde oíamos las voces por la puerta abierta.

Herminia empezó pidiendo comprensión. Luego dijo que eran cosas de jóvenes. La madre de Elisa le respondió que su hija había estado a punto de morir.

Mi madrastra se arrodilló.

La vi agarrarse de las piernas de aquella mujer, suplicarle que no arruinara a su hijo. La madre de Elisa intentó apartarla. Herminia sacó un cuchillo de su bolsa y amenazó con hacerse daño si le quitaban a Ulises.

Todos se movieron a la vez. Fabián apartó a la otra mujer y un empleado sujetó a Herminia antes de que pudiera seguir. Bianca empezó a llorar junto a mí.

Yo no sabía si mi madrastra había planeado llegar hasta ahí. Me daba miedo el cuchillo y, al mismo tiempo, no podía dejar de mirarla: era la mujer que en casa nunca tenía que pedir permiso ni ayuda.

Cuando le quitaron el cuchillo, siguió llorando, pero ya desde una silla.

Fabián salió al zaguán. Me reconoció.

—Daniela. La compañera de Rogelio.

Asentí.

Miró la sala y después nuestros uniformes.

—Estas conversaciones no son para ustedes. Que las lleven a casa. Tú sigue estudiando, muchacha. Lo que hagas allá te va a servir más que quedarte aquí oyendo esto.

No le dije que en la casa seguiría oyéndolo. Tampoco que recordaba a ese mismo hombre mucho menos dispuesto a hablarme con cuidado. Le agradecí que nos dejara salir.

A Ulises lo cambiaron a una escuela lejos, al otro extremo de la ciudad. También arreglaron que entre semana se quedara por allá con un conocido. Fabián intervino en el traslado; las conversaciones con la familia de Elisa siguieron por su cuenta.

Yo había querido un castigo que él sintiera como castigo. Lo que recibí fue distancia.

Santiago me preguntó días después si Ulises todavía me esperaba a la salida. Al decirle que no, asintió como si esa hubiera sido la parte que le importaba desde el principio.

No le pregunté cuánto había movido para conseguirlo. Guardé mis libros y salí por la calle de atrás. Por primera vez en semanas pude cruzarla sin detenerme antes de la esquina.

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