Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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Escuchar al Corazón
Una lluvia torrencial caía sobre la ciudad la noche del jueves, reviviendo el eco de aquella tarde en que nos besamos por primera vez en el jardín.
En mi pequeño y modesto departamento, el silencio se sentía enorme. Estaba sentada junto a la ventana viendo las gotas de agua resbalar por el cristal, vistiendo una sudadera holgada y sosteniendo una taza de té entre las manos. Habían pasado dos semanas desde que me fui de la mansión, dos semanas en las que no había dejado de extrañar a Jonathan ni un solo segundo... y en las que mi corazón seguía dolido por el frío rechazo de Carlos.
De pronto, tres golpes firmes y apresurados resonaron en la puerta de madera.
Parpadeé sorprendida. Eran casi las diez de la noche. Me puse de pie con cautela, me acerqué a la puerta y miré por la mirilla.
El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas.
Era Carlos. Estaba parado en el pasillo, completamente empapado por la lluvia. Traía el cabello despeinado pegado a la frente, la camisa mojada y los ojos oscuros brillando con una intensidad desesperada.
Con las manos temblándome por los nervios, le quité el seguro a la puerta y la abrí despacio.
—Carlos... —murmuré, con el aliento atrapado en la garganta.
No me dio tiempo de decir nada más. Sin importarle la lluvia ni su traje arruinado, Carlos dio un paso hacia adentro y, dejando de lado todo su orgullo de gran ejecutivo, sus títulos y su armadura de hombre inalcanzable, se hincó de rodillas frente a mí sobre el suelo de mi sala.
Me llevé las manos a la boca, sofocando un jadeo de asombro.
—Carlos, ¿qué estás haciendo? Levántate, por favor... —supliqué con la voz cortada.
—No me voy a levantar hasta que me escuches, Ariana —dijo él con la voz quebrada por la emoción, levantando el rostro para mirarme a los ojos. Tenía las mejillas húmedas, mezclando las gotas de lluvia con lágrimas reales de arrepentimiento—. Fui un idiota. Un cobarde ciego de miedo. Me dejé envenenar por los fantasmas de mi pasado y castigué a la única mujer que nos ha amado de verdad a mi hijo y a mí.
—Carlos... —sentí que las lágrimas volvían a asomar en mis ojos.
De la bolsa interior de su saco mojado, Carlos sacó la pequeña libreta de flores que yo le había dejado a Jonathan. La sostuvo entre sus manos como si fuera el tesoro más valioso del planeta.
—Leí tu guía... leí cada palabra que dejaste para cuidar a Jonathan —confesó con un nudo en la garganta—. Ahí no había trucos, Ariana. No había lecturas de mente ni manipulación. Solo había un amor puro, dulce y gigante por mi hijo. Me di cuenta de que da igual si naciste con un don o si podías escuchar lo que pensaba la gente. Tu empatía jamás fue un truco. Tu corazón es lo más hermoso y real que me ha pasado en la vida.
Carlos tomó mis manos entre las suyas, apretándolas con fuerza y calidez.
—Me enseñaste a volver a sentir, Ariana. Me enseñaste a escuchar a mi propio corazón después de años de tenerlo congelado. No me importa si lees mentes, no me importa tu pasado, no me importa nada. Solo sé que te amo desesperadamente y que ni Jonathan ni yo podemos vivir sin ti. Perdóname... por favor, regresa a casa.
Me quedé mirándolo a los ojos en medio del pequeño recibidor.
De forma instintiva, busqué sintonizar el canal de su mente, como solía hacerlo antes. Pero al igual que aquella noche bajo la lluvia, en su cabeza no había estática ni ruidos. Su mente seguía estando en un silencio total para mí, impenetrable y sereno.
Pero ya no me dio miedo. No necesité ningún don de telepatía ni poderes mágicos para saber lo que había en el alma de ese hombre. Sus ojos cristalinos, el temblor de sus manos y sus lágrimas sinceras me dijeron todo lo que necesitaba saber. El amor verdadero no necesitaba ser leído; solo necesitaba ser sentido.
—Levántate, mi amor —le dije con una sonrisa dulce, rodeándole el cuello con los brazos mientras las lágrimas caían por mis mejillas.
Carlos se puso de pie de golpe, me tomó por la cintura y me levantó en el aire, pegándome a su pecho en un abrazo apretado y desesperado. Cuando sus labios buscaron los míos en un beso profundo, dulce y lleno de perdón, sentí que todo el dolor de las últimas dos semanas se evaporaba como humo en el aire.
—¿Eso significa que me perdonas? —preguntó él sobre mis labios, respirando con dificultad.
—Significa que jamás dejé de amarte, Carlos —respondí, acariciándole la mejilla mojada—. Vamos a casa.
### Epílogo: Un año después
El sol de la tarde iluminaba con todo su esplendor el gran jardín trasero de la mansión Monterrey. El lugar estaba decorado con guirnaldas de colores, globos amarillos y una mesa gigante llena de bocadillos deliciosos preparados por el Chef Gastón, quien caminaba de un lado a otro orgulloso luciendo su sombrero blanco.
Hoy era un día de fiesta nacional en la casa: el primer cumpleaños del pequeño Jonathan.
Ernesto paseaba entre los invitados sirviendo limonada fresca, mientras Valeria conversaba alegremente con mi madre cerca de la mesa de regalos. Ya no había sombras, ni caras tristes, ni secretos guardados en los cajones. La mansión era, por fin, un hogar lleno de vida y calor.
Yo llevaba puesto un vestido floreado muy cómodo y me encontraba sentada en la banca de madera bajo el gran árbol de jazmines. A mi lado, Carlos vestía unos pantalones casuales y una camisa blanca de mangas dobladas. Lucía más joven, radiante y relajado que nunca.
Carlos me rodeó la cintura con su brazo, pegándome a su costado, y me dio un beso tierno en los labios antes de entrelazar sus dedos con los míos.
En el centro del césped, sobre una manta gigante, el festejado del día gateaba a toda velocidad tras una pelota de colores. Jonathan ya no era el bebé pálido y asustadizo de antes; era un niño gordito, rozagante y lleno de una energía contagiosa, luciendo un pequeño moño azul en el cuello.
Al ver que lo estábamos observando, Jonathan se detuvo, se sentó sobre el pasto y nos regaló una enorme sonrisa mostrando sus cuatro dientecitos nuevos.
Aunque mi don con los adultos había desaparecido para siempre respecto a Carlos, el canal con Jonathan seguía siendo un pequeño hilo de magia transparente que nos unía. Me conecté un segundo a la cabecita del cumpleañero para escuchar la melodía de su mente.
El canal del niño era una fiesta de colores brillantes, luz dorada y chispas de felicidad absoluta.
*«¡Papá feliz!»*, pensaba Jonathan con alegría pura, enviándome la imagen de dos soles gigantes abrazándose en el cielo. *«Mamá Ariana feliz. El monstruo del dolor y los ruidos feos ya no existen. Ahora el pasto es suave y tenemos flores. Todo está bien... ¡Pero ahora quiero pastel de cumpleaños!»*.
El niño soltó una carcajada cristalina, levantó sus pequeños brazitos hacia nosotros y empezó a balbucear en voz alta:
—¡Ma-má! ¡Pa-pá! ¡A comer!
Carlos y yo nos miramos con los ojos iluminados por la emoción. Nos pusimos de pie al mismo tiempo y caminamos juntos hacia el pasto. Nos agachamos junto a él y lo cargamos entre los dos, llenándolo de besos y cosquillas que hicieron retumbar sus risas por todo el jardín.
—Te amo, Ariana —murmuró Carlos cerca de mi oído, abrazándonos a los dos con una fuerza protectora que me llenó el alma de paz.
—Te amo, Carlos —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro mientras mirábamos al pequeño Jonathan jugar con los listones de los globos.
El camino no había sido fácil. Habíamos atravesado tormentas de miedo, secretos del pasado y barreras que parecían imposibles de romper. Pero al final, aprendiendo a dejar de lado las lecturas de mente y confiando en la verdad de nuestros sentimientos, habíamos encontrado nuestra propia magia. Una magia que no requería de poderes especiales, sino del valor de amar a ciegas y escuchar, con absoluta fe, la voz del corazón.