Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.
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Capítulo 17: La Celebración de la Vida
Con el escándalo financiero sofocado en el más absoluto hermetismo y la familia Vance enfrentando sus propias demandas en el extranjero —incapaz de frenar el colapso de sus empresas tras el retiro irrestricto de los capitales de la corporación Sterling—, una serenidad luminosa terminó de afianzarse sobre la mansión. Las viejas sombras que durante meses habían flotado sobre la bahía se disiparon como la niebla matutina bajo el sol de verano, dejando en su lugar un ambiente de renovación, paz e ilusión desbordante.
Para marcar el inicio de esta nueva era y dejar atrás definitivamente los rumores que en su momento rodearon la lectura del testamento del anciano Arthur Sterling, Ámbar y Alexander decidieron organizar un majestuoso baile de gala en la propia mansión. No se trataba de una simple recepción corporativa; era el evento social más esperado del año, la ocasión elegida para anunciar formalmente ante la élite empresarial, la aristocracia local y los círculos diplomáticos la bendición más grande de sus vidas: la llegada del futuro heredero de la dinastía Sterling.
Durante semanas, los preparativos transformaron la propiedad en un hervidero de elegancia refinada. La anciana Sra. Gable, junto al equipo de diseñadores de interiores más exclusivo de la ciudad, supervisó cada detalle bajo las directivas precisas de Ámbar. Los salones de techos altos y molduras de pan de oro se vistieron con miles de rosas blancas, orquídeas purísimas y peonías traídas especialmente para la ocasión. Centenares de velas de cera pura parpadeaban en candelabros de cristal de Baccarat, proyectando un resplandor dorado sobre los suelos de mármol pulido y las imponentes galerías de madera de roble.
Ámbar, ya en el cuarto mes de su embarazo, lució verdaderamente deslumbrante. Su figura curvilínea, naturalmente espléndida y llena de formas femeninas que en el pasado habían sido objeto de la frialdad de su esposo, se había acentuado ahora con la dulce, hermosa y evidente redondez de su estado de gestación.
Para esa noche tan especial, la joven eligió un vestido de alta costura confeccionado en seda azul noche. El diseño, pensado para rendir homenaje a la majestuosidad de su figura, presentaba un escote corazón sutilmente drapeado que resaltaba la blancura cálida y la luminosidad de su piel de porcelana. La tela fluida caía desde debajo del busto en pliegues de seda pesada que abrazaban la curva incipiente de su vientre maternal con una gracia soberana, extendiéndose por el suelo en una cola discreta pero imponente. Llevaba el cabello oscuro recogido en un peinado alto de inspiración clásica, dejando al descubierto la línea elegante de su cuello, adornado únicamente por una gargantilla de diamantes y un zafiro azul que perteneció a la madre de Alexander.
Frente al gran espejo del vestidor de la suite principal, Ámbar ajustaba los largos guantes de seda que le cubrían hasta los codos cuando sintió unos pasos firmes aproximarse a sus espaldas.
Alexander apareció reflejado en el cristal. El magnate vestía un esmoquin de etiqueta rigurosa en tono negro azabache, cortado a la perfección sobre su anatomía ancha, alta y muscular. La camisa blanca de pechera rígida y la pajarita de seda negra resaltaban la masculinidad marcada de su rostro y el matiz gris e intenso de sus ojos. Ya no había rastro de la mirada calculadora o distante que solía lucir ante la sociedad; en su rostro solo había una devoción pura, un orgullo sin reservas y una fascinación absoluta al contemplar a la mujer que tenía enfrente.
Alexander se acercó a ella en silencio, descalzo de sombras, hasta pegar su pecho contra la espalda de su esposa. Deslizó sus manos grandes y cálidas alrededor de la cintura de Ámbar, posando sus palmas con una extrema ternura sobre la dulce pronunciación de su vientre de cuatro meses.
—Estás tan hermosa que me dejas sin aliento, mi amor... —susurró él con su voz barítona, profunda y grave, pegando sus labios contra la curva de su hombro desnudo para depositar un beso lento y reverente.
Ámbar inclinó suavemente la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el pecho de su esposo, y sonrió al ver en el espejo la fusión perfecta de sus cuerpos. Posó sus manos enguantadas sobre las de Alexander, sintiendo el calor de sus dedos y el latido tranquilo de su propia felicidad.
—¿Estás listo para enfrentar a todos, Alexander? —preguntó ella con dulzura—. Sabes que esta noche la ciudad entera estará mirando.
Alexander la giró lentamente entre sus brazos hasta tenerla frente a frente. Le tomó la barbilla con suavidad, obligándola a sostenerle la mirada.
—Que miren todo lo que quieran —respondió el magnate con una firmeza absoluta—. Que miren al hombre más afortunado del planeta presumiendo a la única mujer que logró ponerlo de rodillas. Esta noche el mundo entero va a saber quién es la verdadera señora de esta casa.
A las ocho en punto de la noche, las puertas de la mansión se abrieron para recibir a los cientos de invitados que colmaron la gran escalinata de entrada. Los salones de la residencia Sterling se llenaron rápidamente con la élite social, empresarial y política más influyente. Los trajes de etiqueta, los vestidos de alta costura y las joyas de valor incalculable brillaban bajo las arañas de cristal, mientras una orquesta de cámara interpretaba melodías suaves desde el balcón del gran salón de baile.
Sin embargo, a diferencia de los eventos pasados donde la presencia de Ámbar solía ser objeto de murmullos maliciosos, especulaciones sobre el testamento y miradas de desprecio por parte de la alta sociedad, esta vez la atmósfera era completamente distinta.
La devoción indisimulable de Alexander hacia su esposa era evidente y abrumadora para todos los presentes. El frío, inaccesible y temido magnate de los astilleros, el hombre que jamás había permitido que nadie leyera sus emociones, no se apartó del lado de Ámbar ni un solo segundo. Caminaba junto a ella con una postura erguida y protectora, manteniendo en todo momento una mano firme, posesiva y cariñosa sobre su cintura o posándola con una ternura transparente sobre el vientre de la joven cada vez que se detenían a conversar con alguna personalidad.
Cada mirada que Alexander le dedicaba a Ámbar estaba impregnada de una adoración tan abierta que dejó petrificados a los antiguos escépticos. Quienes en algún momento creyeron que este matrimonio era un simple acuerdo transaccional para salvar las acciones de la empresa se encontraron con la realidad irrefutable de un hombre profundamente enamorado, rindido sin condiciones ante la dignidad, la belleza y la gracia de su esposa.
Ámbar se desenvolvió con una serenidad majestuosa. Respondió a las felicitaciones con la elegancia pulcra que la caracterizaba, escuchó las palabras de admiración de las matronas de la alta sociedad sin mostrar un solo rasgo de soberbia y aceptó el respeto que ahora se le brindaba con la tranquilidad de quien sabe que su lugar no se lo debía a un contrato, sino a la nobleza impecable de su alma.
A mitad de la velada, cuando la fiesta se encontraba en su punto culminante y los camareros circulaban con copas de cristal de champán helado, el mayordomo principal dio tres golpes secos con su bastón de ceremonia sobre la tarima del salón.
La música de la orquesta cesó suavemente. Un silencio respetuoso y expectante se apoderó gradualmente del salón principal. La multitud de invitados se replegó en un círculo amplio alrededor de la pista central, dirigiendo sus miradas hacia la cabecera del salón, donde Alexander se encontraba junto a su esposa.
Alexander tomó una copa de champán de una bandeja de plata, mientras Ámbar sostenía delicadamente una copa de cristal con agua de manantial. El magnate dio un paso al frente, manteniendo su mano izquierda entrelazada con la de ella, e hizo un gesto hacia los asistentes.
—Damas y caballeros, queridos amigos y socios —comenzó Alexander. Su voz firme, barítona y acostumbrada a dominar auditorios masivos resonó con una claridad cristalina en el gran espacio, pero esta vez no había la dureza de los negocios en su tono, sino un orgullo cálido y vibrante—. Les agradezco a todos su presencia en nuestra casa esta noche.
Hizo una breve pausa, paseando su mirada gris sobre los rostros de la multitud antes de fijar sus ojos con una intensidad desbordante sobre Ámbar, ignorando por completo al resto del mundo.
—Esta noche hemos decidido abrir las puertas de nuestro hogar para compartir con todos ustedes una noticia que llena nuestros corazones de una gratitud infinita —declaró Alexander, alzando ligeramente la copa—. Esta noche no solo celebramos el futuro de nuestra familia y la bendición inmensa de anunciar la próxima llegada de nuestro hijo, el heredero de todo lo que hemos construido...
Un murmullo de emoción y alegría recorrió a los invitados, pero Alexander no había terminado. Sostuvo la mano de Ámbar con mayor firmeza, atrayéndola un paso más hacia él para que la luz de las arañas de cristal iluminara por completo la figura de la joven.
—Por encima de todo —continuó el magnate, y su voz tembló ligeramente con una emoción cruda que silenció al salón por completo—, esta noche celebro a la mujer que devolvió la vida, la luz y el alma a esta casa. Celebro a mi esposa, Ámbar Sterling. La mujer que con su nobleza inquebrantable me enseñó el verdadero significado del honor, la única dueña de mi corazón y la fuerza indestructible detrás de todo lo que soy y de todo lo que seré. ¡Por mi esposa y por nuestro hijo!
—¡Por los Sterling! —retumbó la multitud al unísono.
Los aplausos ensordecedores y sinceros resonaron con fuerza bajo los techos altos de la mansión. Las copas de cristal chocaron en un brindis colectivo mientras las personalidades más destacadas de la ciudad rendían homenaje a la pareja.
Ámbar sintió que el corazón le daba un vuelco violento en el pecho, inundado por una marea de felicidad absoluta. Miró al hombre imponente que tenía a su lado; el hombre que en los primeros días de su matrimonio había sido su tormento, su juez y su mayor dolor, y que hoy, libre de orgullo y ceguera, se rendía por completo ante su amor ante el mundo entero.
Alexander dejó su copa sobre una mesa cercana, se giró hacia Ámbar y, sin importar la mirada de los cientos de invitados que los aclamaban, se inclinó para tomar su rostro entre sus manos grandes. La besó en los labios con una pasión profunda, lenta y romántica, sellando entre aplausos la victoria definitiva de su historia.
💯 recomendada 😉👌🏼
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/