Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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Bajo la tormenta.
Pasaron los días, y la vida fue retomando un cauce de normalidad que a Diego le pareció casi milagroso. Alicia no volvió a mencionar a Martín, y aunque él intuyó que seguía en contacto con Clara, el tema de la madre no volvió a enturbiar sus conversaciones. Se habían instalado en una rutina hermosa y sencilla: paseos por el barrio, tardes de música y dibujo en el café de Laura, cenas improvisadas en casa de uno u otro, y largas noches de charla telefónica que a veces se prolongaban hasta que el sueño los vencía con el auricular aún en la mano.
El amor, descubrió Diego, se parecía mucho a una improvisación de jazz: era impredecible, requería escucha activa y, sobre todo, exigía entregarse al momento sin miedo a equivocarse. Y él, que llevaba años perfeccionando el arte de improvisar al piano, estaba aprendiendo a aplicar las mismas reglas a su relación con Alicia.
Una noche, mientras paseaban por el parque donde se habían dado su primer beso, Alicia se detuvo de repente.
—Tengo una idea —dijo, y su voz tenía ese tono entusiasta que Diego había aprendido a identificar como el preludio de alguna locura maravillosa.
—¿Qué tipo de idea?
—Quiero organizar una exposición. Una exposición conjunta. Mis ilustraciones y tu música.
Diego enarcó las cejas.
—¿Una exposición conjunta? No sé cómo podría funcionar eso.
—Es muy sencillo: yo preparo una serie de ilustraciones inspiradas en tus composiciones. Cada cuadro va acompañado de un código QR que, al escanearlo, reproduce la pieza que lo inspiró. Los visitantes pueden ver el cuadro mientras escuchan la música que lo creó. ¿No es genial?
—Es... —Diego se quedó pensando—. Es una idea increíble, Alicia. Pero, ¿dónde la haríamos? ¿Y cómo?
—Conozco una galería pequeña en el Born. La lleva una amiga de la facultad. Está especializada en artistas emergentes y le encantan los proyectos innovadores. Podríamos hablar con ella.
—Pero, ¿mis composiciones están a la altura? Son improvisaciones, en su mayoría. No son piezas acabadas.
—Son preciosas. Y aunque no lo estuvieran, el arte no es para ser perfecto. Es para ser sentido.
Diego meditó la propuesta. La idea le aterraba y le atraía a partes iguales. Era un paso enorme, una forma de exponerse al mundo no solo como pianista, sino como creador. Y hacerlo de la mano de Alicia, uniendo sus dos mundos, era tan bonito como intimidante.
—Hagámoslo —dijo, y la carcajada de alegría de Alicia resonó entre los árboles del parque.
Los preparativos de la exposición se convirtieron en su proyecto común, en el eje alrededor del cual giraban sus días. Alicia trabajaba sin descanso en su apartamento, llenando cuadernos de bocetos y lienzos de acuarelas. Diego, por su parte, se encerraba en casa con su teclado y sus auriculares, puliendo las composiciones que habían nacido en sus improvisaciones del café, dándoles forma, estructura, nombre.
Elena, que observaba el proceso con una mezcla de orgullo y asombro, no dudó en ofrecer su ayuda para la parte técnica: diseño de carteles, gestión de redes sociales, contacto con la prensa local. En pocas semanas, lo que había empezado como una idea descabellada se convirtió en un proyecto real y tangible, con fecha de inauguración y todo.
—Estáis locos —le dijo a Diego una noche, mientras le ayudaba a elegir las piezas definitivas—. Pero en el buen sentido. No sabía que pudieras ser tan lanzado.
—Yo tampoco —admitió él—. Pero Alicia saca algo de mí que no sabía que existía.
—Eso es el amor, enano. Te vuelve valiente.
Llegó el día de la inauguración. La galería, un espacio diáfano con paredes de ladrillo visto y suelos de cemento pulido, se llenó de gente. Amigos de Alicia, compañeros del conservatorio de Diego, clientes habituales del café de Laura, e incluso algunos curiosos que habían visto el cartel en la calle. Clara también acudió —Alicia la había invitado personalmente—, aunque se mantuvo en un discreto segundo plano, observando los cuadros con una expresión difícil de descifrar.
Diego, vestido con su mejor camisa y los nervios a flor de piel, se situó junto al piano de cola que la galería había alquilado para la ocasión. Max, a sus pies, movía la cola como saludando a cada nuevo visitante.
—Está lleno —le susurró Alicia, tomándole del brazo—. Ha venido muchísima gente. Y todos están alucinando con tus composiciones.
—Con nuestras composiciones —la corrigió él.
—Vale, con nuestras. Pero ahora cállate y toca, que es tu momento.
Diego se sentó al piano. El murmullo de la sala se fue apagando como por arte de magia, y él sintió el peso de docenas de miradas sobre su nuca. Pero no eran miradas hostiles. Eran miradas expectantes, curiosas, llenas de esa energía especial que solo se genera en los momentos previos al arte.
Comenzó con «Luz en tus manos», la primera pieza que había compuesto para Alicia. Sus dedos acariciaron las teclas con la familiaridad de quien recorre un camino conocido, y la melodía se elevó en el silencio de la galería como un pájaro liberado de su jaula. Mientras tocaba, imaginó los cuadros de Alicia colgados en las paredes: sus acuarelas llenas de color, sus carboncillos llenos de matices, todas esas imágenes que él nunca podría ver pero que, de algún modo, conocía íntimamente porque nacían de su música.
Al terminar, el aplauso fue atronador. Diego se levantó, hizo una leve reverencia y buscó a tientas la mano de Alicia, que acudió a su encuentro.
—Ha sido increíble —le susurró ella al oído—. Estoy llorando. Otra vez. Me vas a deshidratar un día de estos.
—No llores, que luego no puedes ver los cuadros.
—Los cuadros son tuyos tanto como míos. Y tú no puedes verlos, así que yo tampoco. Solidaridad.
Diego se rió y la abrazó, allí delante de todo el mundo, sin importarle las miradas. Porque en aquella galería, rodeado de arte y de música y de gente que le apreciaba, se sintió por primera vez completo. No a pesar de su ceguera. Sino con ella.
—Hay alguien que quiere saludarte —dijo Alicia, separándose un poco—. Está justo detrás de ti.
—¿Quién?
—Yo —respondió la voz de Clara.
Diego se tensó ligeramente. No esperaba que la madre de Alicia quisiera hablar con él después de lo ocurrido en la paella. Pero se giró hacia el origen de la voz con una sonrisa educada.
—Señora... Clara. Me alegra que haya venido.
—Diego. —La mujer carraspeó, como si lo que iba a decir le costara—. Quería pedirte disculpas. Lo del otro día, en mi casa... No estuve bien. Fui grosera y prejuiciosa, y te juzgué sin conocerte.
—No tiene importancia.
—Sí la tiene. He estado observándoos a Alicia y a ti, y... bueno, no recuerdo haber visto a mi hija tan feliz en mucho tiempo. Y luego está esto. —Hizo una pausa, y Diego intuyó que estaba señalando la galería—. Esta exposición. Esta música. Este arte. No sé mucho de estas cosas, pero sé reconocer cuando algo está hecho con el corazón. Y lo vuestro lo está.
Diego sintió que un nudo se le deshacía en la garganta.
—Gracias —dijo—. Sus palabras significan mucho para mí.
—Solo quiero que sepáis que... que podéis contar conmigo. Soy un poco bruta a veces, y me cuesta cambiar de opinión. Pero quiero intentarlo. Por Alicia. Y por ti también.
—Mamá... —Alicia la abrazó, y Diego oyó el sonido inconfundible de un llanto contenido.
—Venga, venga, que estamos en una exposición y esto no es un culebrón —protestó Clara, pero su voz también estaba algo temblorosa—. Id a atender a los invitados, que yo me quedo un rato más mirando los cuadros.
La noche continuó entre copas de vino, felicitaciones y promesas de futuras colaboraciones. La amiga de Alicia, la dueña de la galería, les propuso organizar una segunda exposición para la primavera. Un crítico de arte local que había acudido por casualidad escribió una reseña entusiasta en su blog. Y varias personas preguntaron si las ilustraciones y las piezas musicales estaban a la venta.
Cuando la galería cerró y los últimos invitados se fueron, Diego y Alicia se quedaron un rato más, sentados en el suelo junto al piano, con Max roncando plácidamente a su lado.
—Lo hemos hecho —dijo Alicia—. Hemos montado una exposición. Juntos.
—Ha sido idea tuya.
—Pero la música es tuya. Y sin tu música, mis ilustraciones no habrían tenido sentido. Así que es de los dos.
Diego sonrió. Estaba agotado, eufórico, abrumado por una felicidad tan intensa que casi dolía.
—Te quiero —dijo de repente, sin pensarlo.
Las palabras flotaron en el aire de la galería vacía como notas de un acorde suspendido. Y luego, Alicia respondió:
—Yo también te quiero. Muchísimo. Desde el día del chocolate, creo. O desde antes. Desde que te oí tocar y supe que había algo en ti que necesitaba conocer.
Se besaron, y esta vez no fue un beso tímido ni contenido. Fue un beso profundo, entregado, un beso de esos que no necesitan testigos ni luces ni imágenes. Un beso que era, en sí mismo, una declaración de intenciones.
Esa noche, Diego se acostó con la sensación de haber alcanzado una cima. La exposición había sido un éxito, Clara había dado su brazo a torcer, y Alicia le había dicho «te quiero» por primera vez. ¿Qué más se podía pedir?
Pero el destino, como bien sabía Diego, no era amigo de las felicidades completas. Y mientras él se dormía con una sonrisa, al otro lado de la ciudad, en un bar de copas del centro, Martín estaba bebiendo whisky solo y planeando la forma de recuperar lo que consideraba suyo.