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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2 — Las reglas

—Te estaba esperando.

Valentina sostuvo su mirada sin parpadear.

Por dentro, algo se le movió con una violencia tonta. No era alivio. No podía ser alivio. El alivio no dolía en la garganta ni hacía que una mujer adulta quisiera esconder las manos para que nadie viera cuánto temblaban.

—Vaya previsión tan conveniente —dijo.

Sebastián no respondió al sarcasmo. Señaló con la vista la silla frente al escritorio.

—Siéntate.

Valentina no se sentó.

—Prefiero escuchar de pie.

—Como quieras.

Sebastián tomó uno de los expedientes sobre el escritorio y lo abrió con dedos firmes. No necesitó buscar la página. Ya sabía dónde estaba todo.

—Lumina tiene tres problemas inmediatos —dijo—. Flujo de efectivo, deuda comercial vencida y pérdida de activos clave por la venta irregular de las patentes.

Valentina sintió que el piso se inclinaba.

—Diego no tenía autorización para venderlas.

—Lo sé.

—Entonces sabe que puedo demandarlo.

—Puedes. Vas a ganar, probablemente. En dieciocho meses, si el juez no alarga el proceso y si Diego no desaparece antes.

Ella apretó los dientes.

Dieciocho meses. Lumina tenía treinta días.

Sebastián pasó otra hoja.

—El segundo problema es que tres proveedores ya enviaron aviso de suspensión. El tercero llegará mañana. Tu nómina vence el viernes.

—No necesito que me lea mi propia desgracia.

—Necesitas verla completa.

Valentina soltó una risa breve, sin humor.

—¿Para que entienda lo mucho que debo agradecerle?

Por primera vez, Sebastián dejó el expediente sobre la mesa y la miró de frente.

—Para que no firmes una estupidez por desesperación.

La palabra desesperación le pegó justo donde más dolía. No porque fuera ofensiva, sino porque era cierta. Ella había pasado dos semanas contestando llamadas de bancos con voz profesional, vendiendo su departamento y sonriendo frente a Luna como si el barco no estuviera partido por la mitad.

Y aun así terminó ahí.

Frente a Sebastián Montero.

—Diga lo que quiere —pidió ella.

—Vas a quedarte en Las Lomas.

Valentina se quedó inmóvil.

—No.

—Sí.

—No vine a pedir techo.

—No te estoy ofreciendo techo.

—Entonces, ¿qué es? ¿Vigilancia?

El silencio que siguió fue fino, peligroso. Sebastián no levantó la voz. Nunca la levantaba cuando más quería ganar.

—Es logística. Si Lumina entra en reestructura, vas a necesitar reuniones a cualquier hora. Mi equipo no va a perseguirte por media ciudad ni vas a dormir en una oficina con amenazas de embargo encima.

—Mi oficina tiene puerta.

—Y una cerradura que Braulio podría abrir con un clip.

Valentina lo odió un poco por tener razón.

—No necesito a Braulio.

—No dije que lo necesitaras.

—Está decidiendo por mí.

—Estoy poniendo condiciones para usar mis recursos.

Ahí estaba. La palabra. Condiciones.

Valentina levantó el aviso de insolvencia como si fuera una prueba en un juicio.

—Muy bien. Hable claro. ¿Cuánto quiere? ¿Acciones? ¿Control de la junta? ¿Mi voto en el Consejo Empresarial cuando le convenga?

Sebastián apoyó los dedos sobre la pulsera de ébano. Un roce breve. Controlado.

—No quiero acciones.

—Nadie mueve dinero por nada.

—No voy a poner dinero.

Eso la descolocó.

—¿Entonces?

—Voy a poner estructura. Rodrigo revisará tus cuentas con un despacho externo. Un equipo de reestructuración negociará con proveedores. Un abogado iniciará medidas contra Diego Paredes para congelar lo que pueda congelarse. Y vas a preparar una ronda con inversionistas que no huelan sangre antes de entrar.

Valentina lo escuchó con el corazón golpeándole las costillas. Eso no era una limosna. Era un plan. Un plan frío, rápido, exacto. Justo lo que Lumina necesitaba y justo lo que ella no podía pagar.

—¿Y el precio?

—No hay precio.

Ella se rio, esta vez de verdad. Una risa seca, fea, que no combinaba con la madera pulida del despacho.

—No me insulte.

—No lo estoy haciendo.

—Usted no hace nada sin calcular el costo.

—Correcto.

—Entonces dígame cuál es.

Sebastián cerró el expediente.

—Que no te destruyas por orgullo.

La frase cayó entre los dos con un peso insoportable.

Valentina dio un paso hacia el escritorio.

—Mi orgullo es lo único que me queda.

—No. Te queda Lumina.

—Lumina es mía.

—Por eso estoy aquí.

—No, usted está aquí porque le gusta arreglar vidas ajenas sin pedir permiso.

Algo cambió en sus ojos. No fue enojo. Ojalá hubiera sido enojo; el enojo era más fácil de empujar. Aquello era cansancio, una sombra vieja que cruzó y desapareció.

—Si hubiera querido arreglarte la vida sin pedir permiso, no estarías recibiendo avisos de insolvencia. Ya estaría hecho.

Valentina se quedó sin respuesta.

La humillación le subió al rostro como calor. Sebastián podía haber comprado su deuda, demandado a Diego y puesto a Lumina de pie antes de que ella se enterara. No lo hizo. La dejó llegar hasta la puerta.

—Me quedo solo mientras dure la reestructura —dijo al fin—. Sin favores personales. Sin escoltas pegados a mí. Sin intervenir en mis decisiones como directora de Lumina.

—Acepto lo primero.

—Acepta todo o me voy.

Sebastián levantó una ceja.

—¿A dónde?

Valentina sintió ganas de arrojarle el papel a la cara.

—No vuelva a hacer eso.

—¿Qué cosa?

—Recordarme que no tengo a dónde ir.

La silla permaneció quieta. Sebastián bajó la mirada un segundo, apenas uno. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja.

—No era eso.

—Con usted nunca sé qué es.

Él no se defendió.

Ese silencio le dolió más que una discusión. Valentina apartó la mirada primero, furiosa consigo misma por haber esperado una explicación que no iba a llegar.

Sebastián pulsó un botón en el teléfono del escritorio.

—Doña Esperanza.

La respuesta llegó por el altavoz, suave.

—Sí, Don Sebastián.

—Acompañe a la señorita Reyes a su habitación.

Valentina se tensó.

—No necesito habitación. Puedo volver mañana con una maleta.

—Tu maleta ya está arriba.

Ahora sí, ella lo miró con rabia.

—¿Perdón?

—Braulio pasó por tu departamento mientras venías.

—¿Mandó a alguien a entrar a mi casa?

—Luna abrió.

La mención de Luna le cortó el impulso. Claro que Luna habría abierto si Sebastián llamó con una solución para Lumina. Claro que su amiga habría metido ropa en una maleta con las manos temblando y una esperanza que Valentina no quería permitirse.

—Voy a hablar con ella.

—Hazlo.

—Y si vuelven a mover una sola cosa mía sin preguntarme...

—No volverá a pasar.

Lo dijo tan rápido que Valentina no supo qué hacer con la amenaza que ya tenía en la boca.

Doña Esperanza apareció en la puerta.

—Señorita.

Valentina apretó el aviso contra el pecho y salió del despacho sin despedirse.

El pasillo le pareció más largo que antes. Doña Esperanza caminaba a su lado sin hablar, con esa prudencia que en otra época le había parecido cariño y ahora le parecía una forma más elegante de compasión.

—No se preocupe —dijo Valentina—. No voy a quedarme mucho.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Lo sé.

Esa respuesta tranquila la desarmó un poco.

Subieron la escalera. Cada escalón le devolvía una versión anterior de sí misma: la de diecinueve años que corría descalza para no llegar tarde al desayuno; la de veintiuno que escondía contratos bajo la almohada; la de veintitrés que esperó una palabra y recibió silencio.

Doña Esperanza se detuvo frente a una puerta del segundo piso.

Valentina conocía esa puerta.

—No.

—El señor pidió que fuera esta.

—Hay veinte habitaciones en esta casa.

—Veinticuatro, si contamos las de servicio y huéspedes.

Valentina la miró.

Doña Esperanza casi sonrió.

—Pero esta siempre fue la suya.

La mujer abrió.

El cuarto estaba intacto.

No limpio como una habitación cerrada que alguien preparó de prisa. Intacto como si ella hubiera salido esa mañana y fuera a volver en la noche. Las cortinas color marfil. El escritorio junto a la ventana. La lámpara pequeña que ella compró en un mercado de Coyoacán porque decía que la luz de techo le parecía de hospital. Una libreta nueva sobre la mesa. Flores frescas en un vaso bajo.

Valentina no entró de inmediato.

—¿Quién ordenó esto?

—Nadie ordenó que no cambiara.

Era una respuesta absurda. También era devastadora.

Valentina cruzó el umbral con cuidado, como si el piso pudiera abrirse. Sobre la cama estaba su maleta. Al lado, una bolsa de tela de Lumina con su computadora. Luna había puesto todo rápido, pero bien. Su amiga conocía la diferencia entre rescatar documentos y tocar cosas que dolían.

—Hay algo en el refrigerador pequeño —dijo Doña Esperanza.

Valentina giró la cabeza.

—¿En el refrigerador?

—Por si no ha cenado.

No quería verlo. Por eso fue directo.

El pequeño refrigerador estaba dentro del mueble bajo, donde siempre. Valentina abrió la puerta.

Una caja blanca, cuadrada, con el sello de la pastelería de Polanco donde Sebastián compraba el único pastel de queso que a ella le gustaba.

No había nota.

No hacía falta.

Valentina cerró el refrigerador con más fuerza de la necesaria.

—No tengo hambre.

—Entonces lo guardaré para mañana.

—No lo quiero.

Doña Esperanza no discutió.

—Como usted diga.

Valentina dejó el aviso de insolvencia sobre el escritorio. Necesitaba respirar, cambiarse, llamar a Luna, odiar a Sebastián en paz. Algo tan simple como colgar su saco podía darle un minuto de normalidad.

Abrió el clóset.

Y el aire se le fue de los pulmones.

Adentro estaban sus vestidos: los que dejó siete años atrás, los que creyó donados, tirados, borrados. El azul de la cena de la Fundación, el blanco de su cumpleaños veintiuno, el negro que nunca se atrevió a ponerse porque Sebastián una vez dijo, sin mirarla, que ese color la hacía ver demasiado lejos.

Todos seguían ahí, limpios y cubiertos, esperando que ella volviera.

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