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Adicto a ti, Dulce

Adicto a ti, Dulce

Status: Terminada
Genre:Escuela / Romance / Amor platónico / Romance con atletas / Capitán deportivo / Colegial dulce amor / Pareja destinada / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.

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Capítulo 15

Cap 15: Amar es poseer y proteger

—…cuando se me declaró —siguió Dulce, con la vista clavada en un punto de la pantalla—. En la prepa. Nunca fuimos nada, ¿eh? Que quede claro. Ni un segundo. Nunca anduve con él, nunca le di entrada, nada. Él se me declaró un día, así de la nada, y yo le dije que no, con buen modo, como se le dice a un compañero. Y creí que ahí quedaba.

Emiliano no la interrumpió. Se había vuelto todo silencio y atención en la penumbra.

—Pero no quedó. —Dulce se abrazó de nuevo las rodillas—. Empezó a decir por ahí que ya andábamos. A todo el mundo. A los compañeros, a los maestros, a su mamá. Que yo era su novia. Que nada más lo estábamos manteniendo en secreto. Y por más que yo lo desmentía, él lo repetía, y la gente… la gente le creía más a él que a mí, porque él lo decía con una seguridad rarísima, como si de verdad lo creyera. Como si en su cabeza fuera cierto.

—¿Y nadie hizo nada?

—¿Quién? Era su palabra contra la mía. Y él no me pegaba, no me tocaba, nada que se pudiera… nada más me seguía. A la salida. A la tienda. Me mandaba mensajes toda la noche, cien, doscientos. "Buenos días, mi amor." "¿Ya comiste?" "Te vi con fulano, ¿quién es?" Me hablaba como si fuéramos pareja de años. —Se le tensó la voz—. Un verano se apareció afuera de mi casa. Sin avisar. Se sentó en la banqueta de enfrente a esperarme. Horas. Mi mamá casi le habla a la policía.

—¿Y por eso te viniste a estudiar aquí? —dijo Emiliano, con una calma peligrosa—. Cruzando el estado.

Dulce asintió, sin mirarlo.

—Pensé que si me iba lejos, se le pasaba. Que se buscaba a otra. Que maduraba. —Soltó una risa que no tenía nada de risa—. Y lleva un año llamándome de números nuevos cada vez que bloqueo el anterior. Está en San Bernabé, en el Tecnológico, a una ciudad de aquí. Pero para él como si viviéramos en la misma cuadra.

En ese momento, sobre la mesita, el teléfono de Dulce se iluminó.

Videollamada. Uriel.

Se apagó. Se volvió a encender. Llamada. Uriel. Se apagó. Se encendió. Videollamada otra vez. Uriel, Uriel, Uriel, una tras otra, en cadena, como si al otro lado hubiera alguien marcando sin parar, sin descanso, con una insistencia que ponía la piel de gallina nada más de verla parpadear en lo oscuro.

Dulce se encogió.

—Ya empezó —susurró—. Cuando le da por ahí puede estar horas. No importa cuántas veces cuelgue, él…

Emiliano tomó el teléfono.

—Emiliano, no…

—Yo contesto.

Puso el altavoz. Y antes de que la voz empalagosa del otro lado terminara el primer "¿Dulcita? ¿Por qué no me…?", Emiliano habló, y su voz salió tan fría, tan plana, tan sin una sola grieta, que hasta Dulce sintió un escalofrío.

—Óyeme bien —dijo Emiliano—. No vuelvas a molestar a Dulce. Ni una llamada más. Ni un mensaje. Ni te acerques. Ella no es tu novia, nunca lo fue, y a partir de hoy tampoco está sola. Se acabó.

Del otro lado se hizo un silencio. Un silencio raro, denso, que respiraba.

—¿Quién eres tú? —dijo la voz, y ya no era empalagosa. Se había vuelto filosa, hueca—. ¿Quién eres tú para contestar el teléfono de mi Dulce? ¿Eh? ¿Quién…?

Emiliano colgó.

Y bloqueó el número, y le regresó el teléfono a Dulce, y afuera —aunque ellos no lo vieran— en un cuarto rentado a una ciudad de distancia, un muchacho de lentes gruesos se quedaba mirando la pantalla de "llamada finalizada" con la respiración entrecortándose, apretando el aparato hasta que le crujió en la mano, empezando muy despacio a deshacerse.

*

En la sala, Dulce se había quebrado.

No lloraba fuerte. Lloraba de esa manera cansada, silenciosa, de quien lleva mucho tiempo aguantando y por fin puede soltarlo un poco: las lágrimas resbalando sin drama, los hombros temblando, la cara escondida entre las manos.

Emiliano se acercó. Pero no la arrinconó, ni la besó, ni nada de lo que había hecho toda la noche. Se sentó junto a ella y, con un cuidado enorme, con la torpeza de quien no está acostumbrado a consolar, le pasó un brazo por los hombros y la atrajo despacio contra su costado.

—Ya —dijo, con una suavidad nueva—. Ya. Ya no estás sola con esto.

Dulce lloró contra su hombro. Y Emiliano, que la tenía pegada, que la sentía temblar, que con las semanas anteriores habría aprovechado cualquier grieta para acercarse más, no hizo nada. Nada más la sostuvo. Porque entendió, ahí en lo oscuro, con ella llorando de un miedo que otro hombre le había sembrado, que su deseo de tenerla no valía nada si no la protegía primero. Que quererla no era arrinconarla contra las paredes. Que amar de verdad era poseer, sí —él era posesivo, no iba a mentirse—, pero era, sobre todo y por encima de todo, cuidar.

Cuando Dulce se calmó, cuando se limpió la cara con el dorso de la mano y respiró, Emiliano se separó, la miró, y le dijo:

—No es tu culpa —dijo, mirándola—. Nada de esto. Que quede clarísimo. Tú dijiste que no, y "no" es una frase completa. Lo demás lo hizo él solito, en su cabeza. Tú no le debes nada, ni una explicación, ni compasión, ni miedo. Nada.

—Es que llevo tanto tiempo… —A Dulce se le volvió a quebrar la voz—. Tanto tiempo pensando que a lo mejor si hubiera sido más clara, o menos amable, o si me hubiera cambiado de escuela antes…

—No. —Emiliano se lo dijo con una firmeza que no dejaba grieta—. El que te persigue es el que está mal. No la que camina por la calle. Métetelo en la cabeza y no lo sueltes.

Dulce lo miró. Nadie se lo había dicho así, tan sin rodeos, en un año entero. Y algo, muy adentro, empezó a descongelarse.

—Tengo una idea —siguió Emiliano, más suave—. Y no te va a gustar, pero óyeme completa.

—¿Qué?

—Ese tipo te persigue porque cree que puede. Porque estás sola, porque no hay nadie que le pare el alto. —Emiliano se pasó la mano por la nuca—. Pero si tuvieras novio de verdad, uno que le conteste el teléfono, que le tuerza el brazo si hace falta, que esté ahí… se le acaba el cuento. Ya no puede andar diciendo que eres suya. Hay otro.

—Emiliano, no voy a…

—Falso —dijo él, rápido—. Un novio falso. De mentiras. Nada más para quitártelo de encima. Yo pongo la cara, yo doy la lata, yo lo enfrento. Y tú no me debes nada. Ni un beso, ni nada. Es un trato. Un favor.

Dulce lo miró, insegura.

—¿Por qué harías eso?

Emiliano no contestó de inmediato. En vez de eso, sacó su teléfono, lo levantó, y prendió la cámara. Se apuntó a sí mismo, ahí en la penumbra azul de la sala, la cara medio iluminada por la pantalla, y empezó a grabar.

—Para que no digas que me lo invento después —dijo, mirando el lente—. Queda grabado. —Respiró—. Yo, Emiliano Montero, me comprometo a ayudar a Dulce Serrano a quitarse de encima al tal Uriel. Voy a hacerme pasar por su novio el tiempo que haga falta. Y cuando esto se acabe, no le voy a exigir nada. Nada. Ni que ande conmigo, ni que me quiera, ni un beso, ni una palabra. Es su decisión y solo suya. —Volteó la cámara hacia ella, enfocándola, con los ojos brillando de lágrimas todavía—. Esto es una promesa. Y lo dicho, dicho está.

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Yimaska🐺
Me encanto la novela pero siento que termino inconclusa me falto ver a Renata cederi gulamente felicidades
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