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Mechas Carmesí

Mechas Carmesí

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mujer poderosa
Popularitas:503
Nilai: 5
nombre de autor: AlexAugustus

Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.

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Capítulo 1: La Rutina del Velo

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La mañana en el Convento de la Sagrada Misericordia comenzaba siempre igual, como un reloj que nunca se atrevía a fallar. A las 5:45 a.m., el suave repique de las campanas se filtraba por los pasillos de hormigón reforzado y cristal blindado del antiguo edificio, ahora modernizado con paneles solares en el techo y sistemas de seguridad de última generación. Verónica ya estaba despierta. No necesitaba alarma. Su cuerpo se levantaba solo, impulsado por una disciplina que parecía grabada en sus huesos.

Se vistió con el hábito blanco y negro de la orden, ajustando cuidadosamente el velo para que solo permitiera ver algunas hebras de su cabello rubio dorado. Las mechas rojas carmesí, finas y vibrantes como hilos de sangre fresca, quedaban casi ocultas, pero no del todo. Sus superioras habían dejado de comentarlo hacía tiempo. “Un detalle peculiar de la creación divina”, decían. Verónica nunca respondía. Simplemente sonreía con esa serenidad que todos en el convento asociaban con la verdadera piedad.

Bajó al refectorio con pasos medidos. El olor a café recién hecho y pan horneado se mezclaba con el aroma persistente de incienso de la capilla contigua. Varias hermanas ya estaban allí, conversando en voz baja sobre las noticias de la noche anterior.

—Otro ataque en el Distrito Industrial —murmuraba sor Lucía, una mujer de unos cuarenta años con rostro bondadoso—. Dicen que fue un demonio de bajo rango, de los que se alimentan de miedo. Un tipo de “sombra susurrante”, de esos que entran en la mente de la gente y les hacen ver sus peores recuerdos.

Verónica se sentó frente a ella, tomando una taza de té negro sin azúcar. Escuchaba con atención genuina.

—Pobres almas —dijo con voz suave—. ¿Hubo heridos?

—Solo un guardia de seguridad. Un cazador independiente lo eliminó antes de que escalara. De esos que trabajan por dinero rápido —respondió sor Lucía con un leve tono de desaprobación.

Verónica asintió lentamente, sus ojos azules reflejando una calma profunda.

—Al menos alguien actuó. Aunque prefiero a los que lo hacen por verdadera vocación, como los hermanos de la Orden de San Miguel. Ellos arriesgan su vida por el prójimo, no por contratos millonarios.

Sor Elena, la más joven del grupo después de Verónica, intervino con entusiasmo:

—¿Sabes que hay tres tipos principales de cazadores ahora? Los afiliados a la Iglesia, como los que vienen aquí a reportar; los contratados por corporaciones y gente rica, que protegen torres y barrios exclusivos; y los independientes… esos que operan en el mercado negro, vendiendo reliquias y partes de demonios. Dicen que algunos hasta usan magia prohibida para potenciar sus armas.

Verónica escuchaba con interés educado, mordiendo un trozo de pan. En su mente, todo era más claro, pero mantenía sus pensamientos enterrados bajo capas de disciplina. No era momento de dejar que la otra parte de ella emergiera. Esa faceta solo despertaba cuando la oscuridad era verdaderamente amenazante.

Después del desayuno, se dirigió a la biblioteca del convento. Era una sala amplia, con estanterías que llegaban hasta el techo y terminales holográficas integradas para consultar archivos digitales de la Santa Sede. Su tarea principal era transcribir y digitalizar antiguos textos sobre demonología, actualizándolos con los reportes modernos.

Se sentó frente a uno de los escritorios. Sus dedos largos y firmes tecleaban con precisión mientras revisaba un documento:

> *Los demonios de bajo rango (Clase I) suelen manifestarse en zonas de alta densidad emocional negativa: hospitales, cárceles, barrios marginales. Se alimentan de miedo, culpa o ira. Los de Clase II son más físicos: bestias con forma animal distorsionada o humanoides con capacidades regenerativas. Los de Clase III y superiores son raros, pero capaces de alterar la realidad en áreas pequeñas. Estos últimos requieren intervención coordinada entre cazadores de élite. *

Verónica copió la información con pulcritud, añadiendo notas marginales sobre patrones de aparición en la ciudad durante el último año. Mientras trabajaba, el hermano Mateo, un cazador afiliado a la Iglesia de unos treinta años, entró en la biblioteca. Era uno de los que respetaba. Siempre llegaba con heridas frescas y un cansancio honesto en los ojos.

—Sor Verónica —saludó con una inclinación respetuosa—. Vengo a entregar el informe de anoche. ¿Está el Padre Superior disponible?

—Está en la capilla principal, hermano Mateo. ¿Fue difícil?

El hombre se frotó el hombro, donde una venda asomaba bajo su chaqueta táctica.

—Un susurrante. De los que juegan con la mente. Logré exorcizarlo con la ayuda de un talismán, pero… a veces siento que estos seres están aprendiendo. Adaptándose a nuestra tecnología. Drones, sensores, todo. Y aun así encuentran grietas.

Verónica lo miró con genuina admiración. No era fingida.

—Su labor es noble, hermano. Usted no lo hace por fama ni por créditos. Lo hace porque cree en proteger a los débiles. Eso es lo que distingue a un verdadero siervo del Señor.

Mateo sonrió con timidez, visiblemente reconfortado por sus palabras. Muchos en el convento lo respetaban por su gentileza y su dedicación.

—Ojalá todos los cazadores pensaran igual —murmuró él—. Ayer vi a un equipo de los contratados por la Corporación Helix. Iban con armaduras de última generación, rifles de plasma bendito y todo el lujo… pero cuando uno de los civiles salió herido, ni siquiera se detuvieron. Solo cumplían el contrato.

Los ojos de Verónica se endurecieron por una fracción de segundo. Una frialdad interna pasó como una sombra, pero desapareció tan rápido como llegó. Su voz permaneció dulce:

—Que Dios juzgue sus corazones. Nosotros solo podemos hacer nuestra parte con integridad.

Pasó el resto de la mañana ayudando en la enfermería del convento. Aunque era joven, las hermanas mayores confiaban en ella para curar heridas menores y escuchar las preocupaciones de las novicias. Su presencia transmitía paz. Hablaba con cada persona con atención plena, ofreciendo palabras de consuelo que parecían salir de un alma verdaderamente devota.

A mediodía, mientras caminaba por el claustro interior —un jardín zen con plantas genéticamente modificadas para resistir la contaminación de la ciudad—, se permitió un momento de quietud. El cielo estaba cubierto por nubes grises, y a lo lejos se veían los rascacielos del centro financiero, donde los cazadores contratados por millonarios patrullaban en helicópteros discretos. Más abajo, en los niveles subterráneos, se rumoreaba que operaban los independientes, vendiendo información sobre portales demoníacos en el mercado negro.

Verónica tocó una de las mechas rojas que se escapaban de su velo. Era su marca. Nadie más en la orden tenía ese detalle tan vivo, tan visceral. Para ella era un recordatorio silencioso de que, debajo de la tranquilidad, existía algo más. Algo que esperaba.

Pero no hoy.

Hoy era un día normal. Un día de oración, de trabajo, de observar.

Por la tarde, dirigió una clase de catequesis para jóvenes del barrio cercano. La sala estaba equipada con pantallas interactivas, pero ella prefería usar el pizarrón antiguo. Hablaba con pasión contenida sobre la importancia de la compasión en un mundo donde los demonios se alimentaban precisamente de la falta de ella.

—Los demonios no solo atacan con garras y fuego —decía con voz clara—. Algunos atacan el alma. Por eso debemos ser firmes en nuestra fe y en nuestros valores. Respetar a quien trabaja con nobleza, y orar por quienes se han perdido en el camino del egoísmo.

Una de las chicas levantó la mano.

—¿Y qué hay de los cazadores que cobran fortunas por matar demonios? Mi papá dice que son necesarios.

Verónica sonrió con gentileza.

—Son una herramienta, hija. Pero una herramienta no tiene alma. Los verdaderos guardianes son aquellos que lo harían aunque nadie les pagara.

Al atardecer, regresó a su celda. Era una habitación sencilla: cama estrecha, escritorio, un crucifijo y una pequeña ventana con vistas a la ciudad. Se arrodilló frente al crucifijo, entrelazando las manos con fuerza, tal como en el prólogo.

Su respiración era calmada. Sus pensamientos, discretos.

Afuera, la ciudad bullía con vida y peligro. Los demonios acechaban en las sombras de los callejones, en los sueños de los desesperados, en las grietas entre la realidad y el abismo. Los cazadores, de todos los tipos, seguían su danza eterna. Y ella, Verónica, seguía siendo solo la monja tranquila, la que transcribía archivos, la que consolaba a los heridos y respetaba a los justos.

Pero en el fondo, muy en el fondo, las mechas carmesíes parecían palpitar levemente bajo el velo.

El momento aún no había llegado.

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