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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

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CAPÍTULO 13: La Amenaza de la Corte

La atmósfera idílica y serena que había envuelto al Palacio de las Sombras tras la noche en el laberinto de rosas negras fue abruptamente rasgada al atardecer del día siguiente.

El sol apenas terminaba de ocultarse tras los picos afilados de la montaña cuando un murmullo de cascos de caballos y el rodar pesado de carruajes blindados comenzó a resonar en el patio de honor. No se trataba de visitas de cortesía ni de alianzas diplomáticas comunes: era la Corte de la Noche, el Gran Consejo de Inmortales formado por las casas nobles de vampiros de sangre pura más antiguas y tradicionales del continente.

La noticia de que Lord Alistair Vance —el monarca milenario que durante siglos había gobernado con una soberanía intocable y solitaria— había abierto las puertas de su fortaleza ancestral a una mujer mortal había corrido como pólvora en la penumbra aristocrática. Y lo que era aún más imperdonable para la rancia estirpe de los inmortales: la nueva acompañante del rey no poseía linaje antiguo, ni títulos de sangre, ni la fragilidad pálida de los estándares victorianos que la Corte exigía.

En la gran suite real, Elena terminaba de sujetarse los pliegues de un vestido monumental confeccionado para la ocasión.

Alistair no había escatimado en demostrar el rango de su mujer. El diseño era una túnica de corte imperial en terciopelo pesado de color azul noche, bordado en las mangas y en el dobladillo con hilos de plata fina que dibujaban constelaciones góticas. El corsé interno amoldaba la majestuosidad de sus formas, resaltando la curvatura generosa de sus caderas anchas y el escote que exponía con orgullo la garganta donde la marca suave de los colmillos de Alistair permanecía como un sello de propiedad real.

Alistair se encontraba de pie junto a la ventana ojival, vistiendo su traje formal de Gran Monarca: una casaca de terciopelo negro con botones de azabache, hombreras trenzadas en hilo de plata y una espada de empuñadura de rubí al cinto.

—No tienes que someterte a esto si no lo deseas, Elena —dijo el rey, girándose hacia ella con la mirada ennegrecida por una rabia contenida—. La Corte ha exigido una audiencia de emergencia bajo el antiguo código de la sangre. Puedo ejecutarlos a todos en el Gran Salón antes de que pronuncien una sola palabra que atente contra tu dignidad.

Elena caminó hacia él con paso firme, el peso del terciopelo azul noche fluyendo alrededor de sus piernas con la majestuosidad de una marea embravecida. Se detuvo a centímetros del pecho de Alistair y apoyó la mano en su mejilla.

—No, Alistair —respondió ella, su voz clara, dulce y carente de cualquier atisbo de temor—. Si voy a ocupar el lugar que me corresponde a tu lado, no será escondida tras tus espadas. Los historiadores sabemos que el poder no siempre se mide por la fuerza bruta, sino por la capacidad de sostener la mirada ante los viejos prejuicios.

Alistair contempló el fuego que ardía en los ojos avellana de la joven. Una sonrisa de orgullo salvaje se dibujó en sus labios.

—Eres más reina que cualquiera de las mujeres de sangre pura que han pisado este mundo, mi dulce Elena —susurró el monarca, besando la mano de la joven antes de ofrecerle su brazo flexionado—. Vamos. Enseñémosles cómo gobierna la belleza verdadera.

La entrada al Gran Salón del Consejo

Las puertas de bronce de seis metros de altura del Gran Salón del Consejo se abrieron de par en par con un estruendo pesado que congeló el murmullo de la estancia.

El salón era una cámara abovedada de proporciones gigantescas, iluminada por antorchas de fuego azulado que proyectaban sombras dramáticas sobre las paredes de granito. Alrededor de una mesa semicircular de piedra de obsidiana se encontraban sentados más de cuarenta nobles de la Corte Vampírica. Vestían túnicas de seda oscura, pieles caras y joyas de la era medieval; sus rostros, demacrados por la palidez de siglos de frialdad, exhibían miradas frías, altivas y profundamente despectivas.

A la cabeza del Consejo se encontraba Lord Malakor, el anciano patriarca de la casa de las Sombras del Norte, un vampiro de trescientos años con ojos de serpiente y una tez tan blanca y delgada que parecía papel estirado sobre un cráneo.

Cuando Alistair y Elena cruzaron el umbral, una ola de tensión sofocante inundó el aire.

Las miradas de los nobles nobles se clavaron de inmediato en Elena. Sus pupilas escudriñaron la opulencia de su vestido, la calidez sonrosada de su piel mortales y, sobre todo, la riqueza de sus curvas voluptuosas. Para una aristocracia acostumbrada a la delgadez extrema y a la escasez física como símbolo de estatus inmortal, la presencia viva, carnosa y majestuosa de Elena Rossi era un escándalo sin precedentes.

Elena no bajo la cabeza. Tampoco aceleró el paso.

Caminó con el torso erguido, los hombros hacia atrás y la barbilla elevada, haciendo resonar sus tacones contra el suelo de obsidiana con un ritmo pausado y dominador. La seda y el terciopelo azul noche abrazaban la plenitud de sus caderas y la firmeza de su pecho con una sensualidad regia que dejó a más de un noble sin aliento a pesar de su desprecio.

Alistair la guió directamente hacia el estrado principal, donde dos tronos de mármol negro aguardaban. El rey no tomó su lugar de inmediato; se mantuvo de pie al lado de Elena, con la mano posada sobre la empuñadura de su espada, irradiando un aura de muerte tan sofocante que varios de los miembros más jóvenes del Consejo tuvieron que bajar la mirada.

El juicio de los venenosos

Lord Malakor se puso de pie en el centro del semicírculo de obsidiana. Su voz, fina y rasposa como hojas secas al viento, resonó en la bóveda de granito.

—Lord Alistair Vance... Gran Monarca de la Noche —comenzó Malakor, inclinando la cabeza con una cortesía falsa y cargada de veneno—. El Consejo ha acudido a vuestro llamado con preocupación profunda. Durante siglos, este reino ha mantenido la pureza del linaje y la supremacía de la sangre antigua. Sin embargo, hoy vemos que habéis abierto el sanctasanctórum de vuestros ancestros a una... criatura efímera.

Malakor giró su rostro arrugado hacia Elena, recorriendo su silueta con una mueca de repugnancia mal disimulada.

—Una mujer mortal —continuó el anciano, elevando el tono para que todos en el salón escucharan—. Sin linaje noble, sin títulos en el mundo antiguo, y cuya anatomía desbordante carece por completo de la elegancia sutil que caracteriza a las damas de la alta estirpe de la noche. ¿Cómo pretendéis que la Corte reconozca a una humana común, llena de carne y sangre efímera, como la acompañante del trono?

Un murmullo de aprobación y risas ahogadas corrió entre los nobles sentados a la mesa de obsidiana.

Alistair dio un paso al frente, la mano apretando la espada con tal fuerza que la piedra del suelo comenzó a resquebrajarse bajo sus botas. Sus ojos ámbar se encendieron en un rojo rubí sangriento.

—Mide tus palabras, Malakor —sentenció el rey en un rugido grave que hizo temblar las lámparas de araña del techo—. Estás hablando de la mujer que sostiene mi alma. Un solo insulto más a su persona y la casa de las Sombras del Norte dejará de existir antes de que termine la noche.

La amenaza paralizó al Consejo. La presión de la energía de Alistair era tan abrumadora que varios nobles se pegaron a los respaldos de sus sillas, temiendo la ira del monarca.

Sin embargo, cuando la violencia parecía inevitable, Elena dio un paso al frente, colocándose suavemente al lado de Alistair y posando una mano serena sobre el brazo armado del rey.

La lección de la reina

Alistair la miró, sorprendido por la calma absoluta que emanaba de la joven.

Elena avanzó dos pasos hacia el borde del estrado, quedando a solo tres metros de Lord Malakor. La luz azulada de las antorchas iluminó la rotundidad de sus pómulos, el rubor carnoso de sus mejillas y la firmeza de su mirada avellana.

—Habláis de elegancia, Lord Malakor —dijo Elena. Su voz de historiadora, clara, firme y proyectada con una cadencia perfecta, resonó en el Gran Salón sin el menor temblor—. Y habláis de la pureza de la sangre como si la antigüedad fuera un mérito por sí misma.

El anciano vampiro frunció el ceño, desconcertado por el atrevimiento de la mortal.

—Como estudiosa de la historia del arte y de las grandes civilizaciones —continuó Elena, paseando la mirada por cada uno de los miembros del Consejo con una calma dominante—, he analizado los registros de los imperios que creyeron que la rigidez y la escasez los mantendrían inmortales. Grecia, Roma, las dinastías olvidadas... Todos cayeron por la misma enfermedad: la ceguera de creer que la belleza es una norma estrecha esculpida por mentes marchitas.

Elena dio un paso más, dejando que el terciopelo azul noche se abriera ligeramente, revelando la solidez de su pierna y la curvatura majestuosa de su cadera.

—Confundís la elegancia con la decadencia —sentenció Elena, mirando fijamente a Malakor—. Decís que mis formas desbordan los límites de vuestra tradición. Y tenéis razón. Mi cuerpo no ha sido diseñado para encajar en el molde de la escasez ni de la debilidad. Represento la vida en su máxima plenitud, el calor que vuestras venas frías olvidaron hace siglos y la fuerza de un amor que no necesita títulos de papel para doblegar la eternidad.

Un silencio sepulcral se apoderó del salón. Ningún noble se atrevió a interrumpirla. La seguridad aplastante con la que Elena hablaba, combinada con la majestuosidad de su presencia física, estaba desarmando el argumento de la Corte pieza por pieza.

—Lord Alistair no gobierna este reino para complacer las inseguridades de un Consejo que teme a la vida —prosiguió la joven, elevando la voz con una autoridad regia que hizo eco en el granito—. Gobierna porque es el único ser con la fuerza suficiente para sostener este poder. Y si yo estoy a su lado, no es por concesión ni por compasión: es porque soy la única mujer capaz de mirarlo a los ojos sin temblar.

El triunfo de la dignidad

Elena concluyó su discurso, manteniendo la postura erguida frente al patriarca.

Lord Malakor permaneció inmóvil, con la boca ligeramente abierta, incapaz de articular una respuesta lógica ante la elocuencia y la dignidad aplastante de la mortal. A su alrededor, los nobles más jóvenes de la Corte comenzaron a cruzarse miradas de auténtico asombro. La belleza de Elena —imponente, curvilínea, llena de fuego y fuerza— ya no parecía una afrenta, sino una revelación de majestad que ninguna de las pálidas damas de la aristocracia inmortal había logrado transmitir jamás.

Alistair caminó hacia ella. Sin quitarle los ojos de encima, el rey se colocó a su lado, envolvió la cintura de Elena con su brazo y la atrajo contra su torso con una devoción pública y rotunda.

—La audiencia ha terminado —declaró Alistair con una voz grave que no admitía réplica—. Elena Rossi es la reina de este palacio y la soberana de mi sangre. Quien no incline la cabeza ante ella, estará declarando la guerra a la casa Vance.

Alistair no esperó a que el Consejo se retirara. Giró a Elena en sus brazos y la guió hacia los tronos de mármol negro.

Se sentó en el trono principal y, ante la mirada atónita de los cuarenta nobles inmortales, acomodó a Elena directamente sobre su regazo. La seda y el terciopelo azul de la joven se desparramaron sobre el mármol y sobre las piernas del rey; Alistair apoyó su mano grande en la cadera de Elena, sosteniéndola con una posesividad feroz mientras le besaba el cuello al descubierto frente a toda la Corte.

Uno a uno, comenzando por los nobles más jóvenes y terminando por un humillado Lord Malakor, los miembros del Consejo inclinaron la cabeza en una reverencia profunda antes de abandonar el salón en silencio.

Elena reclinó la cabeza sobre el hombro de Alistair, sintiendo la firmeza del cuerpo del vampiro sosteniéndola con orgullo.

—Lo has hecho de forma brillante, mi reina —susurró Alistair contra su boca, sus ojos ámbar brillando con un amor absoluto—. Has conquistado a la Corte sin derramar una sola gota de sangre.

—Aún nos queda un reino entero por delante, Alistair —respondió Elena con una sonrisa seductora, besando los labios del rey—. Y no pienso dar un solo paso atrás.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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