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Escuchar Al Corazón

Escuchar Al Corazón

Status: Terminada
Genre:Niñero / CEO / Padre soltero / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Día 1

Al cruzar la puerta de la habitación del bebé, la puerta de madera pesada se cerró detrás de mí con un chasquido sordo. La recámara de Jonathan era enorme, pintada en tonos grises y blancos tan neutros que no parecía el cuarto de un niño pequeño. En el centro, dentro de una cuna de diseño exclusivo, el bebé se agitaba sin parar, con la cara roja como un tomate y las puñitos apretados contra el pecho.

En la esquina superior del techo, una pequeña luz roja parpadeaba de forma constante. La cámara de seguridad.

Puse los ojos en blanco hacia la cámara. Sabía perfectamente que, al otro lado de esa lente, Carlos Monterrey estaba sentado frente a su monitor en el estudio, cruzado de brazos y esperando pacientemente a que yo saliera corriendo de la casa a los diez minutos.

—Sigue mirando todo lo que quieras, señor perfeccionista —murmuré para mí misma, quitándome la chaqueta ligera y dejándola sobre una silla.

Me acerqué a la cuna despacio, hablando con un tono suave para no asustarlo más.

—Hola, pequeño Jonathan. Ya estoy aquí.

El bebé abrió los ojos, hinchados de tanto llorar, y soltó un chillido que rasgó el aire. Bajé la guardia de mi mente de inmediato y dejé que su señal entrara sin filtros.

El canal de Jonathan era un completo caos de sensaciones físicas muy dolorosas. En mi cabeza no había palabras, sino imágenes brillantes y punzantes. Un monstruo de fuego le apretaba el estómago desde adentro, retorciéndolo como si fuera un trapo mojado, mientras que en su encía inferior sentía miles de pequeñas agujas clavándose sin parar.

*«¡Me quema! ¡Me duele mucho la boca y la pancita!»*, proyectaba la mente del niño, llena de un color rojo oscuro y ruidoso. *«¡No quiero estar acostado! ¡Todo me da vueltas!»*.

Ahí estaba la respuesta. El misterio que el gran CEO no había podido resolver en dos días. No era un berrinche ni ganas de molestar; el pobre niño estaba sufriendo un cólico muy fuerte y, para colmo, le estaban brotando sus primeros dientes.

Cargué a Jonathan con cuidado y lo pegué a mi pecho. El contacto físico hizo que se calmara un poco, pero seguía quejándose con pequeños gimoteos cansados.

—Tranquilo, mi amor. Vamos a quitar a ese monstruo —le dije en un susurro cálido.

Caminé hacia el baño adjunto a la recámara y busqué entre las cosas del bebé. Encontré un mordedor de silicona en forma de osito, lo lavé bien y lo metí unos minutos en el pequeño congelador del minibar que Carlos tenía en el pasillo. Mientras tanto, tomé un frasco de aceite de almendras natural que siempre llevaba en mi bolso de trabajo.

Regresé a la habitación, me senté en el sillón mecedor y acomodé a Jonathan sobre mis piernas, boca arriba. Me froté las palmas de las manos para calentarlas y puse unas cuantas gotas de aceite en mis dedos.

—Vamos a empezar por la pancita, ¿de acuerdo?

Apoyé mis manos calientes sobre el estómago hinchado del bebé. Jonathan dio un brinco por la sorpresa y ahogó un llanto, mirándome fijamente con sus enormes ojos oscuros.

Comencé a hacer masajes en forma de círculo, siguiendo las agujas del reloj, ejerciendo una presión suave pero firme para liberar el aire atrapado en su intestino. Luego, doblé con cuidado sus piernas hacia su abdomen, haciendo el movimiento de un pedal de bicicleta.

En el primer minuto, Jonathan se puso tenso, pero conforme el calor de mis manos empezó a hacer efecto, la imagen mental del bebé cambió de color drásticamente. El rojo oscuro comenzó a desteñirse, dando paso a un azul claro y suave.

*«Manos calientes...»*, pensó Jonathan de repente. La sensación en su mente era como cuando una manta suave te envuelve en un día helado. *«El monstruo de la pancita se está yendo. El fuego ya no quema tanto...»*.

Jonathan soltó un gran suspiro y un par de burbujas de aire salieron de su estomaguito. El alivio en su rostro fue inmediato. Sus extremidades se relajaron por completo sobre mis piernas y su respiración se volvió más pausada.

*«Esta humana huele a flores y a calma»*, continuó proyectando la mente del niño, mostrando la imagen de una flor brillante y amarilla flotando en el agua. *«Me gusta su voz. Papá, esta humana es buena. No me deja caer»*.

Sonreí con ternura al escuchar cómo me llamaba en sus pensamientos. Me incliné un poco sobre él y empecé a tararear una melodía suave mientras con la yema de mi dedo limpio frotaba el mordedor helado sobre su encía inflamada. El frío adormeció el dolor del diente al instante.

Jonathan tomó el mordedor con sus dos manitas torpes y comenzó a masticarlo con ganas, cerrando los ojos por la paz que sentía. El cansancio de dos días sin dormir lo golpeó como una ola gigante. Sus pestañas largas comenzaron a aletear cada vez más despacio, hasta que se quedaron completamente pegadas.

A los quince minutos de haber entrado a la habitación, el pequeño Jonathan estaba profundamente dormido en mis brazos, respirando con una tranquilidad angelical.

Mientras tanto, en el piso de abajo, Carlos Monterrey estaba al borde de un ataque de nervios frente a la pantalla de su computadora.

Llevaba quince minutos frotándose la nuca, esperando ver el momento exacto en que Ariana saliera corriendo de la habitación para admitir que no podía con el trabajo. Sin embargo, en el monitor, solo veía a la chica sentada en el sillón mecedor, moviendo las manos sobre el vientre del niño con una paciencia absoluta.

Pero lo que más lo tenía desconcertado era el silencio.

Un silencio total y absoluto reinaba en la mansión. No había llantos, no había gritos, no había nada.

—Es imposible —murmuró Carlos para sí mismo, levantándose de la silla de golpe—. Seguro le dio alguna sustancia o la cámara se congeló.

Sin poder contener la curiosidad y la sospecha, Carlos salió de su estudio y subió las escaleras a pasos agigantados. Recorrió el pasillo sin hacer ruido y llegó hasta la puerta de la habitación. Abrió la puerta de golpe, preparado para presenciar una catástrofe.

—¿Qué le hiciste? —preguntó en un susurro alto y alterado, entrando a la habitación con el ceño fruncido.

Me giré lentamente desde el sillón mecedor y me llevé un dedo a los labios, haciéndole una señal de silencio.

Carlos se detuvo en seco en medio de la recámara. Sus ojos se abrieron de par en par al ver la escena. Su hijo, el mismo niño que no había dejado de gritar en cuarenta y ocho horas, estaba acurrucado plácidamente en mis brazos, durmiendo en un sueño tan profundo que soltaba pequeños ronquidos tiernos.

El rostro de Carlos era un poema. Toda su armadura de jefe frío y calculador se desmoronó por completo en un segundo, dejando al descubierto una expresión de pura incredulidad.

Caminé despacio hacia la cuna, acosté a Jonathan con extrema delicadeza, lo cobijé hasta el pecho y me aseguré de que tuviera su osito cerca. Luego, me di la vuelta y me acerqué a Carlos, indicándole con un gesto que saliéramos al pasillo para no despertarlo.

Cerramos la puerta con cuidado. Carlos me miró fijamente, respirando con dificultad, como si acabara de ver un fantasma.

—No... no lo entiendo —alcanzó a decir, pasando una mano por su cabello despeinado—. ¿Qué le diste? ¿Le pusiste algún tipo de gotero o medicamento? Te estuve viendo por las cámaras, pero no entiendo qué fue lo que hiciste.

Sonreí de lado, disfrutando cada segundo de su confusión.

—No le di absolutamente nada, señor Monterrey —respondí con calma—. Solo usé un poco de observación y sentido común. Su hijo no estaba de mal humor porque sí. Tenía un cólico fuerte por aire atrapado y además le están saliendo los dientes de abajo. Solo le hice un masaje digestivo y le enfrié la encía. Es todo.

Carlos se quedó en silencio, procesando mis palabras. Por primera vez desde que llegué a la casa, pude escuchar claramente un ráfaga de sus pensamientos sin ni siquiera intentarlo: *«¿Cólicos? ¿Dientes? ¿Cómo es posible que ella lo supiera en diez minutos y yo lleve dos días sin darme cuenta? Soy su padre y no pude ayudarlo»*.

La culpa en su mente era tan densa que por un segundo sentí pena por él.

—Bueno... parece que el primer día no empezó tan mal —dijo Carlos, recuperando su tono serio a la fuerza y arreglándose el cuello de la camisa para disimular su vergüenza—. Pero no te confíes, Montiel. Esto solo fue suerte de principiante. Todavía quedan muchas horas del primer día y dos días más por delante.

—Que tenga una buena tarde, señor Monterrey —contesté con una sonrisa burlona, volviendo a ponerme mis auriculares alrededor del cuello—. Estaré en la habitación por si el bebé me necesita.

Carlos no dijo nada más. Dio media vuelta y caminó por el pasillo hacia las escaleras, pero su caminata ya no era tan firme ni segura como antes. Había ganado la primera batalla, y la cara de sorpresa del gran CEO había valido cada segundo.

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Sandra Vielmas
serían 6 meses no un año. porque el niño tenía 6 meses cuando ella se hizo cargo de el...
Sandra Vielmas
muy bonita historia pero muchas inconsistencias con las fechas. Y no me gustó el final
Sandra Vielmas
pues gracias a ese don te salvó de la ruina. cucaracho
Sandra Vielmas
pero autora no ha pasado ni un mes y ya están enamorados🤔
Sandra Vielmas
como le va a explicar ella, como lo supo...
Sandra Vielmas
esta muy lastimado. además apenas son 6 meses...
Sandra Vielmas
Valeria. quien la contactó la amiga de el va a ponerse celosa y será la villana del cuento🤔
Sandra Vielmas
es difícil convivir con alguien que te gusta...
Daiana Martínez
hermosa novela
Luna del Mar
Buena historia
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