Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 2: Una nueva identidad
El viento helado golpeaba el rostro de Nica mientras corría por las calles vacías. Sus zapatos de fiesta hacían cada vez más difícil avanzar, pero no podía detenerse. Tenía la sensación de que, si miraba hacia atrás, encontraría a los guardias de su padre siguiéndola.
Después de varias cuadras, se escondió en un callejón y apoyó las manos sobre sus rodillas para recuperar el aliento.
Su corazón latía con tanta fuerza que parecía querer escapar de su pecho.
Por primera vez en veintidós años, estaba completamente sola.
Sacó su teléfono celular del bolso.
En la pantalla aparecían más de cincuenta llamadas perdidas.
"Mamá".
"Papá".
"Alexander".
"Gabriel".
"Lucas".
Los nombres seguían apareciendo uno tras otro.
Nica cerró los ojos unos segundos.
Sabía que Lucas estaba preocupado de verdad.
Pero si contestaba una sola llamada, todo habría terminado.
Respiró hondo.
Apagó el teléfono.
Lo observó unos segundos.
Aquel aparato no era solo un celular.
Era un rastreador.
Era el puente que todavía la unía con la familia Beaumont.
Sin pensarlo dos veces, abrió la tapa de un contenedor de basura y lo dejó caer.
—Gracias por todo... —susurró.
Después siguió caminando.
Mientras tanto...
La Mansión Beaumont era un caos.
—¡Encuéntrenla! —gritó Richard Beaumont golpeando la mesa con tanta fuerza que varias copas cayeron al suelo—. ¡Cierren los aeropuertos, las terminales y cada salida de la ciudad!
Los guardias comenzaron a moverse de inmediato.
Eleanor intentaba contener las lágrimas.
—Richard... por favor...
—¡No!
Su voz hizo que todos guardaran silencio.
—Nica no sabe lo peligroso que es estar sola.
Alexander observaba las cámaras de seguridad desde una computadora.
—La perdimos hace quince minutos.
Gabriel apretó los puños.
—¿Cómo pudo hacer algo así?
Lucas permanecía callado.
Era el único que sabía que su hermana llevaba tiempo planeando escapar.
Pero jamás diría una palabra.
Nica caminó durante más de una hora hasta llegar a la estación central de autobuses.
Se quitó los tacones y los dejó junto a un banco.
Luego entró al baño.
Cuando se miró al espejo, casi no se reconoció.
El maquillaje perfecto.
El vestido elegante.
Las joyas.
Todo aquello pertenecía a otra persona.
Abrió la mochila.
Sacó un pantalón de jean, una remera negra, zapatillas y una campera.
Minutos después, la heredera del imperio Beaumont había desaparecido.
Frente al espejo solo quedaba una joven común.
Se recogió el cabello en una cola alta y guardó las joyas en el fondo de la mochila.
—Mucho mejor.
Al salir del baño se acercó a la boletería.
—Buenas noches.
—¿Destino? —preguntó el empleado sin levantar la vista.
Nica dudó.
Jamás había comprado un pasaje sola.
Siempre había alguien haciéndolo por ella.
Miró el enorme cartel con los destinos.
Uno llamó su atención.
Puerto Azul.
No conocía ese lugar.
Perfecto.
—Uno para Puerto Azul.
El hombre imprimió el boleto.
—Sale en veinte minutos.
Ella entregó el dinero en efectivo.
Mientras esperaba, compró un café y un sándwich.
Hacía años que no hacía algo tan simple como sentarse sola en una terminal.
Sonrió.
Aquella sensación era extraña...
Pero también hermosa.
Horas más tarde...
El autobús comenzó a alejarse de la ciudad.
Nica observó por la ventana cómo las luces desaparecían lentamente.
No sabía qué encontraría en Puerto Azul.
No tenía trabajo.
No tenía casa.
No conocía absolutamente a nadie.
Solo tenía una mochila y un deseo inmenso de empezar de nuevo.
Sin darse cuenta, terminó quedándose dormida.
A la mañana siguiente...
El autobús se detuvo frente a una pequeña terminal.
Puerto Azul era completamente distinto a la ciudad donde había crecido.
No había rascacielos.
No había limusinas.
Solo calles tranquilas, cafeterías familiares y el aroma del mar mezclado con el aire fresco.
Nica bajó del autobús con una sonrisa.
—Bienvenida a tu nueva vida... —se dijo a sí misma.
Pero lo que ella no sabía...
Era que, a miles de kilómetros de allí, alguien acababa de recibir una fotografía tomada por una cámara de seguridad de la terminal.
Solo se veía una joven de espaldas, con una mochila al hombro.
El hombre dejó la fotografía sobre su escritorio.
No dijo una sola palabra.
Solo sonrió levemente.
—Al menos sé que estás viva...
Y, por primera vez en años, sintió un poco de tranquilidad.
Sin imaginar que el destino volvería a cruzar sus caminos... cuando menos lo esperaran.