Después de perder a sus padres, Izack Vega cree que lo peor ya pasó… hasta que comienza a vivir bajo el mismo techo que su peor pesadilla.
Traicionado por su propia familia, termina en un orfanato donde conocerá a personas rotas como él… que poco a poco se convertirán en su verdadera familia.
Pero el pasado no lo dejará en paz. Secretos, acoso, mentiras y muertes lo rodean…
Y cuando la verdad salga a la luz, Izack tendrá que decidir:
¿seguir huyendo… o enfrentarse a la oscuridad?
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EPÍLOGO 2: ENTRE CUATRO PAREDES, SOLO NOSOTROS DOS
Arriba, en la habitación pequeña y fría que Izack llamaba suya desde que llegó al orfanato, la única luz venía de la luna llena que colgaba enorme y plateada en medio del cielo oscuro. Cerraron la puerta con seguro detrás de ellos, y en cuanto el cerrojo hizo ese pequeño clic seco, todo el ruido del mundo, todos los miedos, todas las revelaciones aterradoras y todas las sombras que los habían perseguido durante meses se quedaron al otro lado de la madera. Por primera vez en muchísimo tiempo, estaban completamente solos. Nadie más que ellos. Nada más que su respiración y el latido de sus corazones.
Axel no dijo nada al principio. Solo dio un paso corto hacia él, extendió los brazos y lo atrajo hacia sí con tanta fuerza y tanta ternura que Izack sintió que se deshacía. Se fundieron en un abrazo tan estrecho que no quedó ni un milímetro de espacio entre sus cuerpos: pecho contra pecho, pierna contra pierna, las cabezas juntas. Izack hundió el rostro en el hueco cálido de su cuello, aspirando ese olor que ya conocía de memoria: a madera limpia, a lluvia fresca, a hogar. Envolvió sus brazos alrededor del cuello de Axel con una desesperación tierna, como si temiera que si lo soltaba un segundo todo desapareciera. Sentía el calor que emanaba su ropa, el latido fuerte y rítmico bajo su oreja, la mano grande y cálida que le acariciaba la espalda despacio, muy despacio, subiendo y bajando, como si quisiera borrar cada miedo, cada herida, cada noche de llanto que había pasado solo.
—Pensé muchas veces que no podría más —susurró Izack con la voz quebrada, temblando levemente contra su piel—. Pensé que el dolor me ganaría, que me rompería en tantos pedazos que nadie podría volver a juntarme. Que cada paso que dábamos era el último que podía aguantar. Y siempre estabas tú. Siempre sosteniéndome la mano, siempre estando ahí aunque yo no te pidiera nada. No sé qué hice en otra vida para merecerte. De verdad no lo sé.
Axel se separó solo lo justo para mirarlo a los ojos, tomó su rostro entre ambas manos con una delicadeza infinita, como si sostuviera algo más valioso que todo el mundo, y le pasó los pulgares suavemente por las mejillas, borrando el rastro de las lágrimas viejas y las nuevas que empezaban a caer.
—No tienes que merecerme nada, mi vida —le respondió muy bajito, rozando sus labios con los suyos sin llegar a besarlos todavía, solo respirando el mismo aire—. Yo te vi llegar aquí, solo, con la cabeza baja y el corazón roto, y supe en ese mismo instante que tú eras mi lugar. Mi paz. Mi todo. Soy yo quien tiene suerte, suerte inmensa, de que me dejes estar a tu lado, de tocarte, de cuidarte, de amarte. Eres lo más hermoso que me ha pasado jamás.
Y entonces lo besó.
Fue un beso lento, profundo, lleno de todo lo que habían callado durante meses, de todo lo que habían temido perder, de un amor tan grande que dolía en el pecho. Sus labios se encontraron suavemente al principio, con miedo de romper algo tan perfecto, luego con más pasión, con más hambre de estar cerca, respondiendo el uno al otro con la misma entrega absoluta. Axel lo atrajo más contra sí, sus manos recorriendo su cintura con firmeza y ternura, subiendo despacio por su espalda, por su cuello, para entrelazar los dedos en su cabello oscuro y mantenerlo tan cerca como el cuerpo se lo permitía. Izack respondió con todo lo que tenía, abriéndose por completo a él, sintiendo cómo el calor le recorría todo el cuerpo, cómo se le aceleraba el corazón, cómo por fin, por primera vez en años, no se sentía solo. Se besaron largo rato, olvidando el tiempo, el peligro, la Red, el Consejo, todo lo que no fueran ellos dos: solo existían el sabor de su boca, el calor de su piel, la certeza absoluta de que nada ni nadie podría separarlos.
Poco a poco se fueron moviendo hacia la cama, sin soltarse ni un segundo, sin dejar de besarse ni de acariciarse. Se sentaron juntos, luego se recostaron, siempre pegados, siempre sintiéndose. Las manos de Axel descubrían cada rincón de su cuerpo con una devoción infinita, y las de Izack recorrían su espalda, sus hombros, su rostro, memorizando cada línea, cada marca, cada temblor que provocaban el uno en el otro. No hubo prisa, no hubo miedo, no hubo nada que ocultar. Se entregaron el uno al otro sin reservas, en cuerpo y alma, dejando que el amor los guiara por completo.
Pasaron horas así, entre besos cortos y largos, susurros al oído, abrazos que parecían no querer soltarse nunca más. Se dijeron todo lo que sentían, todo lo que soñaban, todo lo que temían, todo lo que querían vivir juntos. Se prometieron que pase lo que pase, vengan quien venga, cambie el mundo entero o se derrumbe el cielo, ellos seguirían caminando juntos. Se quedaron mirándose a los ojos en la penumbra, acariciándose las manos, las caras, el pelo, sabiendo que lo que tenían era único, verdadero y eterno.
La noche avanzó, la luna cambió de lugar en el cielo, y ellos siguieron ahí, fundidos en uno solo, descubriéndose, amándose, sintiéndose completos por fin. Cuando la luz gris pálida del alba empezó a filtrarse por la ventana, teñiendo todo de tonos suaves, todavía estaban abrazados, con Izack recostado sobre el pecho de Axel, escuchando su corazón latir al mismo ritmo que el suyo. Sus cuerpos seguían pegados, cálidos, cansados pero en paz, llenos de una calma que no habían sentido en toda su vida.
Axel le dio un beso muy suave en la coronilla, y pasó la mano por su espalda despacio.
—Te quiero —dijo con la voz ronca por la noche y el cariño—. Te quiero con todo lo que eres, con tus luces y tus sombras, con tu pasado y tu futuro. Te quiero por lo que fuiste, por lo que eres y por lo que seremos. Todo lo que pasó esta noche, todo lo que nos dimos, es para siempre.
Izack levantó la vista para mirarlo, con los ojos brillantes y una sonrisa tan dulce que iluminó la habitación entera.
—Y yo a ti —respondió en un susurro, acercándose para besarlo una vez más, lento y tierno—. Eres mi vida entera, Axel. Mi hogar. Mi todo. No importa qué nos espere afuera, mientras estés tú, todo estará bien.
Se quedaron así un rato más, mirando cómo el sol empezaba a asomar despacio, sabiendo que afuera la tormenta se preparaba, que las sombras seguían acechando, que la pelea más grande apenas comenzaba. Pero ahí, entre esas cuatro paredes pequeñas, abrazados, no había miedo ni dolor. Solo había amor. Un amor verdadero, puro, invencible, sellado para siempre en esa noche que sería solo suya.
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**FIN DEL EPÍLOGO 2**