**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 17
El portazo resonó en las paredes de mármol como un disparo. Zayd no esperó a que yo recuperara el equilibrio; me soltó el brazo con la misma brusquedad con la que me había arrastrado, y el súbito vacío de su agarre me obligó a dar un traspié. Mis tacones de aguja tambalearon sobre la superficie pulida, y tuve que apoyar la palma de la mano contra la madera tallada de la pared para no terminar en el suelo.
La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por los restos plateados de la luna que se filtraban por los arcos del balcón. Pero la oscuridad no suavizaba la atmósfera; al contrario, concentraba la energía violenta, pesada y cargada de hormonas que emanaba de la silueta masiva de Zayd.
—¿Qué demonios creías que estabas haciendo? —su voz no fue un grito. Fue un rugido bajo, rudo, una vibración gutural que pareció salir desde lo más profundo de su pecho hercúleo y que me caló hasta los huesos.
Me erguí, apartando el cabello oscuro de mi rostro con un movimiento rápido y desafiante de la cabeza. La adrenalina corría por mis venas a una velocidad vertiginosa, quemándome por dentro, borrando cualquier pizca de sensatez. Mi pecho se elevaba y descendía con fuerza bajo el crepé de seda roja, y mis pezones, endurecidos por la fricción de la tela y la pura agitación, se marcaban con una obscenidad que él no pasó por alto.
—Estaba asistiendo a la cena que tú mismo me exigiste, Jeque —respondí, escupiendo el título con todo el veneno que acumulaba en la garganta—. Dijiste que querías que todos vieran la belleza por la que habías pagado. Solo te di el gusto. Mostré exactamente el valor de tu preciada "adquisición".
Zayd dio un paso hacia mí, y la luz de la luna delineó sus facciones, transformándolas en una máscara de pura furia aristocrática. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello se dibujaban como cuerdas tensas bajo la túnica ceremonial negra.
—No te hagas la ingenua conmigo, Serena —siseó, acortando la distancia con la velocidad de un depredador que ya no tolera que su presa le enseñe los dientes—. Sabías perfectamente lo que significaba presentarte ante los hombres más poderosos y conservadores de mi consejo con ese retazo de tela. Sabías que estabas insultando sus normas, su cultura... y mi autoridad.
—¡Tú no tienes autoridad sobre mí! —le grité, perdiendo la poca compostura que me quedaba y dando un paso hacia él, plantándole cara a pesar de que su anatomía casi duplicaba la mía—. Me compraste el silencio del fiscal, compraste el bufete de Chloe, retuviste los fondos de mi padre... pero no has comprado mi voluntad, Zayd. Si querías una mujer que bajara la cabeza y vistiera pesados brocados para complacer a una panda de viejos moralistas, te equivocaste de suite en Nueva York.
La mención de aquella noche en el *The Peninsula* cayó entre nosotros como un fósforo encendido en un depósito de gasolina.
Zayd soltó una risa seca, peligrosa, y rompió los últimos centímetros de separación. Su cuerpo masivo impactó contra el mío, obligándome a retroceder de golpe hasta que mi espalda desnuda chocó contra el mármol frío de la pared lateral. Apoyó ambas manos a los lados de mi cabeza, hundiéndolas en la piedra, atrapándome por completo en una jaula hecha de sus brazos y de la arrolladora masculinidad que desprendía su piel.
—¿Crees que esto es un juego de orgullo neoyorquino? —su barítono descendió a una octava tan baja que me rozó los labios con la vibración—. ¿Crees que me divierte ver cómo esos hombres recorren con los ojos tu espalda desnuda? ¿Cómo devoran la línea de tu muslo cada vez que caminas? No te vestiste así por libertad, Serena. Lo hiciste por provocación. Querías ver hasta dónde podías estirar la cuerda antes de que te rompiera.
—¡Quería que vieras que no puedes controlarlo todo! —le espeté, mi respiración mezclándose con la suya, tan rápida y caliente que el aire entre nosotros parecía espesar—. Quería que entendieras que cada vez que intentes imponerme una cadena, voy a encontrar la forma de usarla para estrangular tu maldito ego.
—Mi ego no es lo que se está tensando ahora mismo, nena —replicó él, y sus ojos ámbar brillaron con una lascivia tan cruda, tan animal, que sentí un espasmo violento y líquido directamente en mi entrepierna.
Su mirada descendió de mis ojos a mis labios pintados de carmín, y de ahí al escote halter del vestido rojo. La proximidad era un castigo sutil. Sentía la dureza de su pecho contra mis pechos, la sutil aspereza de los bordados de oro de su túnica rozando la delicada seda de mi prenda, y más abajo... más abajo, la presión implacable de su virilidad, rígida, enorme y demandante, aplastando mi pelvis contra la pared. Mi cuerpo traidor se encendió en un segundo, respondiendo a la química salvaje que nos conectaba con una intensidad que me asustaba. Estábamos discutiendo sobre poder, pero nuestras anatomías solo hablaban el lenguaje del deseo más oscuro.
—Mírate —susurró Zayd, y una de sus manos se despegó de la pared para subir por mi costado, recorriendo la curva de mi cintura con una lentitud que me hizo jadear—. Estás temblando, Serena. Me gritas que me odias, me desafías ante mi corte, pero estás tan caliente por mí que puedo oler el jazmín de tu piel volviéndose dulce. Tu cuerpo recuerda quién es su dueño, aunque tu cabecita terca intente negarlo.
—No... no eres mi dueño —mentí, aunque mi voz se quebró, perdiendo la fuerza del grito, convirtiéndose en un gemido ahogado cuando sus dedos largos y cálidos encontraron la inmensa abertura lateral de mi vestido.
La palma de Zayd entró en contacto directo con la piel desnuda de mi muslo izquierdo. Su tacto, rudo y firme, ascendió por la suavidad de mi carne, apretándola con una posesividad que me arrancó un suspiro traicionero. Sus dedos subieron por mi cadera, descubriendo la ausencia de lencería convencional, deteniéndose justo en el borde del hilo invisible que me cubría. El contraste entre el frío del mármol en mi espalda y el fuego de su mano en mi piel me nubló el juicio por completo.
—¿Ah, no? —Zayd inclinó el rostro, rozando con su barba de tres días la marca rojiza de mi cuello, provocándome un escalofrío que me hizo arquear las caderas hacia su centro de forma involuntaria—. Entonces explícame por qué te humedeces con solo tocarte. Explícame por qué te vistes con el color del pecado si no es para que yo te desviste con los dientes, tal como lo hice la primera vez.
—Te odio —siseé, clavando mis uñas en los hombros de su túnica negra, intentando empujarlo, intentando recuperar el control de mi propia cordura—. Te odio por lo que le haces a mi familia, te odio por traerme a este desierto... y me odio a mí misma por...
—¿Por qué, Serena? Dilo.
—¡Por desearte! —el grito fue una confesión desgarradora que me vació los pulmones.
Zayd no esperó un segundo más. Mi declaración fue el detonante que hizo saltar por los aires el último dique de su contención.
Atrapó mi rostro con sus dos manos grandes, hundiéndose en mis mejillas con una fuerza implacable, y estrelló sus labios contra los míos en un beso cargado de furia, frustración y una posesividad salvaje.
El impacto me dejó sin aire. No fue un beso de seducción; fue una toma de posesión absoluta, un castigo carnal por cada minuto de rebeldía que le había hecho pasar. Sus labios carnosos se movieron contra los míos con una violencia exigente, obligándome a abrir la boca bajo la presión de su mandíbula. Su lengua entró como un conquistador, reclamando cada rincón de mi cavidad oral con un ritmo rudo, áspero, que me mareó de inmediato.
Mi primer instinto fue combatir. Golpeé su pecho con mis puños cerrados, retorciéndome contra la pared de mármol, intentando apartar la cabeza para escapar del fuego de su boca. El crepé de seda roja se arrugaba entre nuestros cuerpos, y el sonido de mis jadeos ahogados se mezclaba con el roce violento de nuestras ropas. Quería odiarlo, quería mantener la distancia, quería demostrarle que no podía dominarme.
Pero la traición de mis propios sentidos fue absoluta.
El sabor a cardamomo, tabaco dulce y la sal pura de su piel me invadieron los sentidos. La fricción de su cuerpo descalzo, el calor animal que desprendía su torso y la forma en que sus dedos se enredaban en mi cabello para inmovilizarme desataron una oleada de lujuria tan devastadora en mi interior que mis puños comenzaron a ablandarse. Las manos que antes lo golpeaban se abrieron, recorriendo la tela de sus hombros hasta enredarse en su nuca, tirando de él hacia mí con la misma desesperación que él demostraba.
Dejé de combatir. Empecé a responder.
Le devolví el beso con la misma furia, con la misma intensidad destructiva, mordiendo su labio inferior hasta saborear el hierro de su sangre, gimiendo en el interior de su boca mientras mi pierna izquierda se elevaba por pura inercia física, enroscándose alrededor de su cadera. La abertura del vestido se abrió por completo, dejando mi intimidad expuesta al roce directo de su túnica. Estaba perdida, entregada al éxtasis salvaje de una pasión que no entendía de razones, devorando sus labios como si mi vida dependiera de ello.
Zayd soltó un gruñido gutural al sentir mi rendición y mi contraataque. Su mano en mi muslo apretó la carne con una fuerza que me dejaría marcas, levantándome ligeramente de la pared, acomodándome para la penetración que ambos exigíamos a gritos en medio de la penumbra. El aire de la habitación se volvió irrespirable, consumido por el fuego de un deseo que amenazaba con devorarnos a ambos.
Y entonces, justo cuando el universo se reducía al latido de nuestras sangres y yo me preparaba para suplicarle que me tomara allí mismo, contra el mármol...
Zayd se apartó abruptamente.
El vacío fue tan violento que solté un grito ahogado. Mi pierna resbaló de su cadera, golpeando el suelo, y mis manos quedaron suspendidas en el aire, temblando por la interrupción súbita del contacto. Mi respiración era un silbido errático, mis labios estaban hinchados, heridos, desprovistos del carmín que ahora decoraba la comisura de la boca de Zayd.
Él dio dos pasos hacia atrás, saliendo de mi espacio vital, jadeando con la misma violencia que yo. Su túnica negra estaba desordenada, y sus ojos ámbar, fijos en mí, brillaban con una mezcla de triunfo oscuro y una autodisciplina de hierro que me pareció inhumana. Se limpió el labio herido con el dorso de la mano, observando el rastro de sangre con una sonrisa gélida y calculadora.
—El juego se juega bajo mis términos, Serena —dijo, y su voz, aunque rota por la excitación, recuperó esa gélida distancia dictatorial que me congeló el flujo de la sangre—. Querías ver el monstruo en público, pero en privado... en privado vas a aprender a esperar. La boda es en una semana. Y hasta que no lleves mi anillo, no volveré a tocarte de esta manera. Vas a pasar los próximos siete días deseando este beso, recordando el sabor de mi boca y sabiendo que cada vez que intentes rebelarte, el castigo será dejarte exactamente así... ardiendo y con las manos vacías.
Se giró con la elegancia de un monarca y caminó hacia la puerta de interconexión. La empujó, cruzando hacia sus estancias oscuras, y la cerró detrás de sí con un golpe seco, dejándome sola en la penumbra de la habitación, temblando de pura frustración, con el cuerpo empapado en un deseo insatisfecho y el eco de su gélido control destrozándome el orgullo.