"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
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CAPÍTULO 1 El encuentro en los pasillos
Era mayo en Santiago, y en otoño ya había pintado las calles de La Reina con tonos dorados y marrones.
Las hojas de los árboles altos caían suavemente al suelo, el aire se volvía más fresco y húmedo, y la luz del sol llegaba más tenue, filtrándose entre las nubes bajas.
En esta zona residencial, las casas eran amplias, con jardines bien cuidados, rejas de hierro forjado y techos de teja roja; un barrio tranquilo, donde vivían familias con recursos, con comodidades y sin preocupaciones económicas.
El colegio al que asistían también reflejaba esa realidad: amplios pasillos de piso pulido, salas con buena iluminación, patios con áreas verdes cuidadas, biblioteca bien surtida y todo lo necesario para una educación de calidad.
No faltaba nada, y el ambiente era ordenado, sereno.
Eluney tenía catorce años.
Su cabello castaño, liso y brillante, le llegaba hasta la mitad de la espalda, y sus ojos azules claros destacaban en su rostro tranquilo.
Vivía en una gran casa de dos pisos, con jardín al frente y patio trasero, donde su familia tenía todo lo que necesitaba y más.
Sus padres tenían negocios consolidados, por lo que nunca le había faltado nada: ropa de buena calidad, útiles escolares de las mejores marcas, y la tranquilidad de saber que su futuro estaba asegurado.
Pero a pesar de tener comodidades, era una chica sencilla, callada, que prefería la discreción y no solía presumir de lo que tenía.
Iba al colegio en auto, pero muchas veces pedía que la dejaran unas cuadras antes para caminar un poco y disfrutar del aire fresco de mayo.
Esa mañana, como todas las demás, entró al colegio con su mochila lila y ordenada, vestida con el uniforme impecable, bien planchado.
Cuando sonó el timbre que marcaba el cambio de hora, salió de su sala de Segundo Medio para dirigirse al otro extremo del edificio, donde tenía la clase de literatura.
Caminaba con cuidado entre el flujo de alumnos, sosteniendo sus cuadernos encuadernados con elegancia, cuando sin querer, distraída mirando cómo caían las hojas por la ventana, chocó de hombro contra alguien que venía en sentido contrario.
Sus libros resbalaron y cayeron al suelo con un ruido suave.
—¡Ay, perdón!
—exclamó de inmediato, sonrojándose un poco por la sorpresa, y se agachó rápidamente para recogerlos.
Pero antes de que pudiera levantar el primero, la otra persona ya se había inclinado con movimientos tranquilos y amables.
—No te preocupes, no pasa nada —le dijo una voz cálida y educada.
Eluney levantó la vista y se encontró con él.
Se llamaba Cristian.
Tenía el cabello castaño claro , bien peinado, y unos ojos pardos profundos y serenos que miraban con calma y respeto.
Iba en primero Medio, un curso más avanzado, por lo que hasta ese momento solo se habían cruzado de lejos en el patio o en la entrada, sin haber hablado nunca.
También provenía de una familia con mucho dinero: su padre era un importante empresario de la ciudad, vivía en una de las casas más grandes del barrio, y contaba con todas las comodidades que se pudieran desear.
Sin embargo, al igual que Eluney, no mostraba arrogancia ni se creía mejor que nadie; vestía su uniforme con pulcritud, sus cuadernos eran de buena calidad, pero su actitud era sencilla y cercana.
Le entregó primero el libro que se había deslizado más lejos, con mucho cuidado para no dañar las tapas.
—Iba yo también distraído —agregó con una sonrisa sincera—, así que la culpa es de los dos.
Eluney se puso de pie, acomodó sus cosas y asintió, sintiendo que la vergüenza se le iba pasando.
—Gracias… y de verdad discúlpame otra vez —respondió con voz suave y educada.
—De nada —contestó él, y antes de seguir su camino, agregó con naturalidad—:
¿Eres de primero Medio, verdad?
Te he visto varias veces, aunque nunca habíamos tenido la oportunidad de hablar. Yo voy primero c
.
—Sí, así es —confirmó ella, un poco sorprendida de que se hubiera fijado en ella—. Vivo por aquí cerca, en la calle Las Hortensias.
—¡Qué coincidencia! —dijo él con interés—.
Yo vivo en la calle de los Robles, a solo tres cuadras de ahí.
Nos hemos cruzado varias veces en el camino, supongo, aunque no nos habíamos fijado.
Se quedaron un instante más en el pasillo, mientras otros alumnos pasaban a su lado.
El aire fresco de mayo entraba por las ventanas, y entre ellos dos no había tensión ni silencio incómodo.
Cristian hablaba con respeto, sin hacer preguntas indiscretas, y su presencia le transmitía a Eluney una sensación de calma y confianza.
Cuando sonó el timbre de advertencia, que avisaba que faltaban dos minutos para empezar la clase, Cristian señaló con la cabeza hacia el fondo del pasillo.
—Mejor nos apuramos o llegamos tarde.
Que te vaya muy bien en tus clases hoy.
—Igualmente —respondió Eluney, y le salió una sonrisa amplia y sincera—.
Hasta pronto.
Cristian asintió y siguió su camino, mientras ella hacía lo mismo hacia su sala.
Mientras se sentaba en su puesto, no podía dejar de pensar en ese encuentro breve, en esa voz tranquila y en esos ojos pardos que le habían causado una impresión agradable.
Todavía no sabía que ese choque casual era el inicio de algo que marcaría su vida.
Por ahora, solo sentía una alegría suave, la sensación de haber conocido a alguien que venía de un mundo igual al suyo, con la misma educación y sencillez.
Y así, en los días frescos de mayo, en las calles arboladas de La Reina, empezaba a nacer una relación que, en sus primeros pasos, sería inocente, tranquila y llena de la naturalidad propia de su edad.