La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.
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CAPÍTULO 13 LA NOVIA DE LUTO
Durante las primeras horas, Lucía no lloró.
Eso fue lo que más preocupó a Teresa.
Desde que la policía confirmó la muerte de Mateo, Lucía parecía estar atrapada en un estado extraño. Caminaba por la casa, respondía cuando alguien le hablaba y hacía lo necesario para continuar con el día, pero sus ojos permanecían vacíos.
Como si algo dentro de ella se hubiera apagado.
Había personas que pensaban que el dolor siempre llegaba acompañado de lágrimas.
No era cierto.
A veces el dolor llegaba como silencio.
Como hambre que desaparecía.
Como sueño que nunca llegaba.
Como una persona sentada frente a una taza de café durante veinte minutos sin recordar por qué la había preparado.
Lucía estaba así.
Sentada.
Callada.
Mirando.
El vestido de novia seguía guardado en el armario.
La llave que Mateo había dejado estaba escondida dentro de la libreta.
Y la noticia de su muerte ya había comenzado a circular.
Mateo Salazar estaba muerto.
El hombre con quien Lucía debía casarse había sido asesinado horas antes de la ceremonia.
Y ahora ella era oficialmente la mujer que había quedado esperando frente a un altar vacío.
La novia de luto.
Aunque nunca hubiera sido esposa.
A las ocho de la mañana, Teresa entró en la habitación.
Lucía estaba sentada frente al espejo.
Se había puesto una blusa sencilla y un pantalón oscuro.
No llevaba maquillaje.
Su cabello estaba recogido de cualquier manera.
Teresa dejó una taza de café sobre la mesa.
—Toma.
Lucía la miró.
—No quiero.
—Aunque sea un poco.
—No tengo hambre.
—No es por hambre.
Lucía bajó la mirada.
Teresa se sentó a su lado.
—Dormiste dos horas.
—No tengo sueño.
—Tu cuerpo sí.
Lucía guardó silencio.
Teresa la miró durante unos segundos.
—Hoy tenemos que ir al velorio.
La palabra quedó flotando.
Velorio.
Lucía sintió un pequeño vacío en el estómago.
Había pasado tantas horas intentando comprender que Mateo estaba muerto que todavía no había conseguido asociar la palabra con el hombre que conocía.
—¿Ya está todo preparado?
—Sí.
—¿Su familia irá?
—Sí.
Lucía asintió.
Teresa tomó su mano.
—No tienes que acercarte si no quieres.
Lucía negó.
—Voy a ir.
—¿Estás segura?
—Sí.
Teresa suspiró.
—¿Por qué?
Lucía respondió después de unos segundos:
—Porque necesito verlo.
Teresa la miró con preocupación.
—Hija...
—Necesito asegurarme.
No explicó de qué.
Quizá de que era realmente él.
Quizá de que todo aquello no era una pesadilla.
Quizá de que el hombre que había amado durante seis años realmente había desaparecido.
O quizá necesitaba despedirse de la persona que había conocido antes de descubrir quién podía ser en realidad.
A las diez, la casa comenzó a llenarse de familiares.
Algunos llegaban en silencio.
Otros llevaban flores.
Alguien dejó una corona junto a la puerta.
Una vecina llevó comida.
Lucía agradeció sin saber qué decir.
La noticia había recorrido rápidamente el barrio.
Todos conocían a Mateo.
Había ido muchas veces a aquella casa.
Había comido en esa mesa.
Había acompañado a Lucía al trabajo.
Había saludado a los vecinos.
Para ellos no era el hombre que había engañado a Lucía.
Era el muchacho amable que siempre decía buenos días.
El novio que iba a casarse.
El hombre que había muerto justo antes de empezar una nueva vida.
Y eso hacía que Lucía se sintiera todavía más sola.
Porque ella conocía ahora una parte de Mateo que los demás no conocían.
La parte que mentía.
La parte que ocultaba.
La parte que utilizaba su nombre.
La parte que había estado vinculada a personas peligrosas.
Y, aun así, también conocía la parte que había amado.
La contradicción la estaba destruyendo.
Al mediodía, Roberto entró en la habitación.
—Nos vamos en media hora.
Lucía asintió.
Su padre se quedó en la puerta.
—¿Estás bien?
Ella sonrió.
—No.
Roberto bajó la cabeza.
—Yo tampoco.
Lucía lo miró.
Hacía mucho tiempo que no veía a su padre tan cansado.
Parecía haber envejecido de repente.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Tú crees que él merecía morir?
La pregunta lo sorprendió.
Roberto se quedó inmóvil.
—No.
—Aunque me haya engañado.
—No.
—Aunque haya mentido.
—No.
—Aunque haya hecho cosas malas.
Roberto suspiró.
—Nadie merece que lo maten.
Lucía bajó la mirada.
—Yo quería odiarlo.
Su voz se quebró.
—Pero no puedo.
Roberto se acercó y se sentó junto a ella.
—No tienes que decidir ahora qué sentir por él.
Lucía comenzó a llorar.
—Me hizo daño.
—Lo sé.
—Mucho.
—Lo sé.
—Pero también me hizo feliz.
Roberto la abrazó.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Lucía cerró los ojos.
Aquella frase era exactamente lo que necesitaba escuchar.
Porque había pensado que para estar de luto tenía que perdonarlo.
O que para reconocer su traición debía dejar de quererlo.
Pero las personas no funcionaban de una manera tan sencilla.
Podía extrañarlo.
Podía estar furiosa.
Podía amarlo.
Podía sentir decepción.
Podía desear no haberlo conocido.
Y aun así llorar su muerte.
Todo podía existir al mismo tiempo.
El velorio se realizó en una sala pequeña.
Había fotografías de Mateo.
Algunas recientes.
Otras de años atrás.
En una aparecía con su madre.
En otra con su hermano.
En otra con Lucía.
La fotografía de ambos fue colocada cerca del ataúd.
Lucía la vio desde la puerta.
Sintió que el aire desaparecía.
Era una imagen de un viaje.
Ellos aparecían sonriendo.
Mateo la abrazaba.
Lucía tenía la cabeza apoyada sobre su hombro.
Parecían felices.
La misma fotografía que había mirado tantas veces.
Ahora estaba al lado de un hombre muerto.
Lucía dio un paso.
Después otro.
Teresa la acompañó.
—No tienes que acercarte.
—Sí.
Lucía se detuvo frente al ataúd.
Durante unos segundos no quiso mirar.
Tenía miedo.
No del cuerpo.
De la realidad.
Finalmente levantó la mirada.
Era Mateo.
No había dudas.
Su rostro estaba pálido.
Sus ojos cerrados.
Parecía dormido.
Eso fue lo peor.
Porque una parte de Lucía esperaba que abriera los ojos.
Que sonriera.
Que dijera alguna de sus frases.
Que hiciera alguna broma absurda.
Que le dijera que todo estaba bien.
Pero no ocurrió.
Lucía sintió que las lágrimas comenzaron a caer.
—No quería que terminara así.
Nadie respondió.
Ella acercó una mano.
No llegó a tocarlo.
—Te odié —susurró.
Teresa la miró.
Lucía continuó:
—Por mentirme.
Su voz se quebró.
—Por engañarme.
Una lágrima cayó sobre su vestido oscuro.
—Por hacerme confiar en ti.
Silencio.
—Pero no quería que murieras.
Lucía cerró los ojos.
—Nunca quise eso.
La madre de Mateo, Elena, se acercó.
Tenía los ojos hinchados.
Se quedó frente a Lucía.
Durante unos segundos ninguna habló.
Finalmente Elena dijo:
—Perdóname.
Lucía la miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algo estaba mal.
Lucía sintió un pequeño golpe en el pecho.
—¿Qué sabía?
Elena bajó la mirada.
—Mateo estaba asustado.
—¿Desde cuándo?
—Hace meses.
—¿Por qué?
Elena respiró profundamente.
—Nunca me contó todo.
Lucía la observó.
—¿Conocías a Esteban?
Elena se quedó inmóvil.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No personalmente.
—Entonces ¿cómo conocías su nombre?
Elena miró alrededor.
—No aquí.
—Necesito saber.
—No es el momento.
Lucía sintió frustración.
—Todo el mundo me dice que no es el momento.
—Porque todavía estás de luto.
—Estoy de luto y al mismo tiempo estoy en peligro.
Elena palideció.
—¿Quién te dijo eso?
—Mateo.
Elena cerró los ojos.
—Entonces realmente estaba desesperado.
Lucía quiso preguntarle más.
Pero varias personas se acercaron.
La conversación terminó.
Durante las horas siguientes, Lucía escuchó comentarios.
Algunos hablaban de Mateo.
Otros de la boda.
Alguien dijo que había sido una tragedia.
Otro comentó que la policía sospechaba que se trataba de un crimen relacionado con negocios.
Una mujer preguntó si Lucía sabía algo.
No lo hizo con mala intención.
Pero la pregunta dolió.
—No —respondió.
—Qué terrible —dijo la mujer.
Lucía asintió.
Entonces escuchó una voz detrás.
—Ella fue la última persona que habló con él.
Lucía se giró.
Era un hombre que no conocía.
Estaba conversando con otro.
—Eso escuché.
—La policía la interrogó.
Lucía sintió que se le tensaba el cuerpo.
Roberto se acercó.
—Nos vamos.
—Todavía no.
—Sí.
—No.
—Lucía.
Ella respiró profundamente.
No quería hacer una escena.
No quería responder.
Pero entonces el hombre volvió a hablar.
—Quizá sabía más de lo que dice.
Lucía lo miró.
—¿Qué dijo?
El hombre pareció incómodo.
—Nada.
—No.
Ella se acercó.
—Repítalo.
Roberto la sostuvo del brazo.
—Hija.
—Quiero saber.
El hombre negó.
—No fue nada.
Lucía lo miró fijamente.
—No vuelva a hablar de mí si no sabe nada.
El hombre apartó la mirada.
Lucía sintió algo diferente.
No era seguridad.
Era cansancio.
Cansancio de ser juzgada por una historia que todavía no podía contar.
Al salir del velorio, un periodista esperaba afuera.
—¡Lucía! ¿Puede hablar con nosotros?
Ella continuó caminando.
—¿Cómo se siente?
No respondió.
—¿Qué sabe de la muerte de Mateo?
Teresa la tomó del brazo.
—No vamos a declarar.
Pero el periodista insistió.
—¿Es verdad que hubo problemas entre ustedes?
Lucía se detuvo.
Lo miró.
—Sí.
El hombre levantó el micrófono.
—¿Hubo una infidelidad?
Lucía respiró.
—Sí.
—¿La descubrió el día de la boda?
Lucía asintió.
Los periodistas comenzaron a hacer más preguntas.
—¿Conoce a Valentina Ríos?
—Sí.
—¿Cree que ella está implicada?
Lucía guardó silencio.
—¿Mateo tenía deudas?
Silencio.
—¿Sabía de las actividades de la empresa Ferrer?
Lucía sintió un golpe.
¿Cómo conocían ese nombre?
No respondió.
Roberto la sacó de allí.
Subieron al automóvil.
Durante el trayecto, Lucía permaneció mirando por la ventana.
—Ya saben demasiado —dijo finalmente.
Roberto respondió:
—Eso significa que debes hablar menos.
Lucía negó.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Significa que alguien está filtrando información.
Roberto la miró por el espejo.
—¿Por qué?
—Porque los periodistas ya conocen nombres que yo nunca mencioné públicamente.
Teresa volvió la cabeza.
—¿Crees que alguien les habla?
—Sí.
—¿Quién?
Lucía pensó.
—No lo sé.
Esa noche, el teléfono de Lucía no dejó de sonar.
Mensajes.
Llamadas.
Notificaciones.
Algunas eran de familiares.
Otras de periodistas.
Otras de números desconocidos.
Una decía:
“No hables con nadie.”
Otra:
“No menciones a Ferrer.”
Otra:
“Sabemos que tienes la llave.”
Lucía sintió un escalofrío.
La última no había sido enviada por alguien que conociera públicamente el asunto.
Nadie sabía de la llave.
Solo Mateo.
Quizá Irene.
Y, desde luego, las personas que estaban buscando la copia.
Lucía apagó el teléfono.
Pero diez minutos después volvió a encenderlo.
Había otro mensaje.
“Él murió por protegerte. No hagas que su muerte sea inútil.”
Lucía se quedó inmóvil.
Leyó la frase varias veces.
No sabía si quien la había enviado estaba amenazándola o advirtiéndola.
Quizá ambas cosas.
A la mañana siguiente, Lucía fue nuevamente a la comisaría.
El agente la recibió.
—¿Otra vez aquí?
—Sí.
—¿Qué pasó?
Lucía sacó el teléfono.
Le mostró los mensajes.
El agente cambió de expresión.
—¿Cuándo los recibió?
—Anoche.
—¿Respondió?
—No.
—Hizo bien.
—También hay algo más.
—¿Qué?
—Alguien sabe que tengo una llave.
El agente frunció el ceño.
—¿Qué llave?
Lucía dudó.
Entonces recordó que ya había mentido anteriormente.
Pero esta vez decidió mostrarla.
La sacó de su bolso.
El agente la observó.
—¿Dónde la encontró?
—Dentro de una caja de fotografías de Mateo.
—¿Cuándo?
—Después de su muerte.
El agente tomó nota.
—¿La había visto antes?
—No.
—¿Sabe qué abre?
—No.
—¿Mateo se la dio alguna vez?
—No.
El agente la observó.
—¿Qué piensa hacer?
Lucía respondió:
—Descubrir qué abre.
—Le recomiendo que no lo haga sola.
Lucía asintió.
—Lo entiendo.
Pero en su interior sabía que, aunque aceptara la recomendación, no podía depender completamente de la policía.
No porque no quisiera.
Sino porque no sabía en quién más podía confiar.
Habían pasado demasiado rápido de las sospechas a los secretos.
De los secretos a la muerte.
Y ahora cualquier información podía ser peligrosa.
A la salida, Lucía llamó a Irene.
Era la primera vez que hablaban directamente desde que había encontrado el cuaderno.
—Necesito verte.
Irene tardó unos segundos en responder.
—¿Por qué?
—Porque Mateo dejó algo.
—¿Qué?
—Una llave.
Silencio.
—¿Dónde?
—No sé qué abre.
—¿Dónde la encontraste?
—En una caja de fotografías.
Irene respiró profundamente.
—No uses esa llave todavía.
Lucía frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque si alguien sabe de ella, significa que también sabe que existe.
—Ya lo saben.
—Entonces estás en peligro.
—Ya lo sé.
Irene guardó silencio.
—Lucía, necesitas salir de tu casa.
El corazón de Lucía comenzó a latir más rápido.
—¿Por qué?
—Porque Esteban no ha perdido todo.
—¿Qué significa eso?
—Significa que algunas personas que trabajan para él siguen libres.
—¿Y me están buscando?
—Sí.
Lucía sintió un frío intenso.
—¿Cómo sabes?
—Porque alguien preguntó por ti.
—¿Quién?
—Darío.
Lucía recordó el nombre.
—¿Quién es?
—El hombre que se ocupa de encontrar personas.
Lucía permaneció callada.
—No vuelvas sola a tu casa —dijo Irene.
La llamada terminó.
Lucía regresó a casa con una sensación nueva.
No era miedo exactamente.
Era alerta.
Miró cada esquina.
Cada automóvil.
Cada persona.
Se preguntó si alguno de ellos la observaba.
Al llegar a su calle, vio un automóvil estacionado.
No pudo distinguir al conductor.
Pasó de largo.
No entró en casa.
Continuó caminando.
Dio una vuelta.
Regresó.
El automóvil seguía allí.
Lucía sintió un escalofrío.
Llamó a Roberto.
—Papá, salgan de la casa.
—¿Por qué?
—No hagas preguntas.
—Lucía.
—Por favor.
Colgó.
Esperó en una tienda cercana.
Quince minutos.
Veinte.
Finalmente vio a su padre salir de la casa con Teresa y Diego.
Los tres caminaron hacia ella.
—¿Qué pasa? —preguntó Roberto.
Lucía señaló discretamente el automóvil.
—Ese auto estaba cuando llegué.
Roberto miró.
—¿Estás segura?
—Sí.
Diego tomó aire.
—Podemos llamar a la policía.
Lucía asintió.
—Sí.
Lo hicieron.
Cuando los agentes llegaron, el automóvil ya no estaba.
Pero había una nota debajo del limpiaparabrisas.
Roberto la encontró.
La entregó a la policía.
La hoja tenía solo una frase.
“Una familia unida es más fácil de encontrar.”
Teresa palideció.
Lucía sintió que las piernas le temblaban.
Aquello ya no era solo sobre ella.
Ahora también estaban involucrados los que amaba.
Esa noche, la familia durmió en habitaciones diferentes y con las puertas cerradas.
Nadie quiso hablar demasiado.
Lucía permaneció despierta.
Pensó en Mateo.
En su muerte.
En la traición.
En la llave.
En la caja.
En el cuaderno.
Y en la frase que seguía dándole vueltas:
“Él murió por protegerte.”
No sabía si quería creerla.
Porque si era verdad, significaba que Mateo había sacrificado algo por ella.
Pero también significaba que la había dejado sola dentro de un peligro que él mismo había ayudado a crear.
No podía idealizarlo.
No podía convertirlo en héroe después de su muerte.
Él había cometido errores.
La había engañado.
Había usado su confianza.
Pero quizá, en el final, había intentado reparar una parte del daño.
Lucía comprendió entonces que su duelo no sería sencillo.
No habría una conclusión limpia.
No podría decir simplemente:
“Era un hombre malo y por eso murió.”
Tampoco podría decir:
“Era un buen hombre y yo lo perdono.”
La verdad era mucho más incómoda.
Mateo había sido un hombre capaz de hacer daño y de sentir amor.
Capaz de mentir y de arrepentirse.
Capaz de destruir y de intentar proteger.
Y Lucía tendría que convivir con todas esas versiones al mismo tiempo.
Pasaron dos semanas.
El funeral terminó.
Las flores desaparecieron.
La gente dejó de visitar.
Los periodistas comenzaron a perder interés.
Pero el miedo no desapareció.
La investigación seguía.
Y la familia de Lucía comenzó a recibir llamadas extrañas.
Una tarde, Diego encontró un sobre en su mochila.
Dentro había una fotografía de Lucía.
En la parte posterior:
“La próxima advertencia no será para ella.”
Diego se quedó paralizado.
No quiso decirle nada a su madre.
Fue directamente a Lucía.
Ella leyó.
Su rostro perdió color.
—¿Dónde estaba?
—En mi mochila.
—¿Quién tuvo acceso?
—No sé.
Lucía cerró los ojos.
Comprendió que no podía seguir como antes.
No podían esperar dentro de la casa.
No podían vivir mirando las ventanas.
No podían continuar fingiendo que la policía podía controlar cada movimiento.
Tenían que hacer algo.
Pero aún no sabía qué.
Esa noche, Lucía abrió el cuaderno por última vez.
En una página nueva escribió:
“Mateo murió.”
Luego:
“Yo sobreviví.”
Debajo añadió:
“Pero ellos esperan que tenga miedo suficiente para entregar lo que buscan.”
Lucía se quedó mirando la frase.
Después escribió:
“No voy a entregarlo.”
Fue la primera vez que apareció aquella determinación.
Todavía no sabía qué iba a hacer.
No sabía cómo defenderse.
No sabía investigar correctamente.
No sabía cómo escapar.
Solo sabía que no podía permitir que la muerte de Mateo decidiera el resto de su vida.
Y, aunque la idea de venganza todavía no existía plenamente en su cabeza, algo había comenzado.
Una decisión.
Pequeña.
Todavía frágil.
Pero definitiva.
Lucía ya no quería limitarse a sobrevivir esperando que alguien la salvara.
Quería entender.
Quería descubrir.
Quería saber quién había destruido su vida.
Una semana después, llegó el resultado inicial de la investigación.
La policía determinó que la muerte de Mateo había sido un homicidio.
Había evidencia suficiente para descartar un accidente.
También habían encontrado conexiones entre Mateo y varias operaciones de la empresa de Esteban Ferrer.
Lucía leyó el informe en silencio.
No todo estaba claro.
Pero una parte sí.
Mateo no había muerto por una pelea amorosa.
Había sido asesinado porque sabía algo.
Y probablemente había escondido algo.
Algo que todavía faltaba encontrar.
Esa noche, Lucía se quedó sola en la sala.
Miró una fotografía de la boda.
Una fotografía tomada horas antes de que todo se destruyera.
Ella vestida de novia.
Teresa a su lado.
Diego sonriendo.
Roberto intentando mantener la compostura.
Y el espacio vacío al fondo donde debía estar Mateo.
Lucía tocó la fotografía.
Durante unos segundos sintió una profunda tristeza.
Luego la guardó.
Ya no quería mirar hacia atrás todo el tiempo.
Se levantó.
Caminó hacia su habitación.
Abrió la caja de fotografías.
Tomó la pequeña llave.
La observó.
Y por primera vez no pensó en Mateo como el hombre que la había abandonado.
Pensó en él como un hombre que había dejado una última decisión en sus manos.
La llave podía abrir una puerta.
Pero también podía abrir una verdad.
Y Lucía sabía que, una vez descubriera qué había detrás, ya no podría fingir que nada había pasado.
Guardó la llave.
Apagó la luz.
Y se acostó.
No sabía que, al día siguiente, una llamada cambiaría nuevamente su vida.
No sabía que descubriría que su propia firma aparecía en un documento relacionado con una operación que nunca había realizado.
No sabía que alguien intentaría hacerla responsable de los delitos de Mateo.
Y todavía no sabía que la persecución no buscaba solamente recuperar una prueba.
Buscaba convertirla en culpable.
Porque si conseguían que Lucía pareciera responsable, podrían destruirla sin necesidad de matarla.
Y esa sería la siguiente etapa de la tragedia.