El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 11
A las ocho de la mañana del día siguiente, el sol de Turín apenas lograba atravesar los ventanales de la sede central de Galván Motores. El aire en la planta ejecutiva olía a café recién colado, cera para muebles y esa tensión eléctrica previa a una batalla sin tregua.
Fabiola caminaba por el pasillo principal con paso firme. Lucía un traje sastre blanco de corte impecable, el cabello recogido en un moño bajo y perfecto, y una carpeta de cuero bajo el brazo. Al llegar a la puerta de la sala de juntas, se detuvo en seco.
Sentado al fondo de la mesa, con una taza de café en la mano y una tableta encendida frente a él, estaba Alejandro. Vestía una camisa azul marino sin corbata, con las mangas dobladas a la altura de los antebrazos, exhibiendo una postura relajada pero dominante.
—Llegas temprano, Santamaría —dijo Fabiola, entrando y dejando caer la carpeta sobre la mesa con un golpe seco—. Las reuniones del comité operativo son a las nueve.
Alejandro alzó la vista despacio. Sus ojos oscuros la recorrieron sin prisa, deteniéndose un segundo en la firmeza de su mirada antes de recuperar la distancia profesional.
—Como nuevo socio supervisor, prefiero revisar los estados de inventario antes de que tus directivos maquillen las cifras —respondió él con una sonrisa leve, devolviendo la taza a su plato—. Me gusta saber exactamente con qué material estamos trabajando.
Fabiola bordeó la mesa y se colocó en la cabecera, cruzando los brazos sobre el pecho.
—En esta empresa no se maquilla nada. Todo lo que ves se ha construido con precisión matemática —declaró ella, inclinándose un poco hacia él—. Si viniste a buscar irregularidades para usar en mi contra, vas a perder el tiempo.
—No busco irregularidades financieras, Fabiola —dijo Alejandro, bajando la voz mientras se reclinaba en su silla—. Busco entender cómo una mujer tan joven maneja este imperio con una frialdad tan absoluta. Tu padre era un hombre impulsivo, vehemente... pero tú eres un témpano. Me pregunto qué tuvo que pasar en esta casa para que nada te conmueva.
Fabiola soltó una risa breve, afilada como un cristal rotos.
—¿Ahora juegas a ser psicólogo, Alejandro? Si quieres compasión o dramas familiares, habla con mi madre. Yo no tengo tiempo para nostalgia. El sentimentalismo es un lujo que solo los débiles pueden permitirse en este negocio.
Alejandro la observó en silencio. La respuesta de Fabiola no tenía una sola grieta; era una coraza perfecta. Pero detrás de esa frialdad calculada, Alejandro intuyó que esa desconexión emocional no era simple ambición: era un mecanismo de supervivencia pulido durante años en el seno de una familia podrida por los secretos.
La puerta de la sala de juntas se abrió de par en par y Dominic entró sosteniendo una pila de expedientes impresos. Al ver la cercanía entre Alejandro y Fabiola, el escolta no hizo un solo gesto, pero su postura se volvió rígida como el acero.
—Señor Santamaría —dijo Dominic con voz neutra y profesional—, los informes de auditoría interna de la planta de ensamblaje están listos. El equipo legal requiere su firma para validar la inspección conjunta.
—Déjalos sobre la mesa, Dominic —ordenó Alejandro sin apartar los ojos de Fabiola—. La señorita Galván y yo estamos ajustando la agenda del día.
Dominic avanzó tres pasos, dejó las carpetas con precisión militar y miró a Fabiola de reojo.
—Señorita Galván, los ingenieros de la planta tres solicitan su presencia a las diez —añadió Dominic, dirigiéndose a ella con marcada distancia—. Hay una discrepancia en los registros de entrega del aluminio aeronáutico.
—Me encargaré personalmente —respondió Fabiola con frialdad, tomando una de las carpetas—. Con su permiso, Santamaría. Tengo una empresa que dirigir.
Fabiola dio media vuelta y salió de la estancia, dejando tras de sí el eco de sus tacones en el mármol.
En cuanto la puerta se cerró, Dominic se acercó a la mesa, bajando el tono de voz al mínimo.
—Señor, los abogados de la firma están esperando su señal —dijo Dominic, buscando la mirada de su jefe—. Si revisamos a fondo las discrepancias del aluminio, podemos forzar una auditoría externa en menos de cuarenta y ocho horas. Eso bloquearía a Fabiola antes de Ginebra.
Alejandro se puso de pie, abotonándose la chaqueta del saco con parsimonia. Su rostro se volvió impenetrable, la máscara perfecta del líder mafioso que no revelaba una sola emoción a sus subordinados.
—No habrá auditoría externa, Dominic —sentenció Alejandro con voz seca y categórica—. Si congelamos la planta ahora, el valor de las acciones caerá antes de que podamos tomar el control operativo.
—Entendido, señor —respondió Dominic, aunque sus ojos reflejaban una duda persistente—. Pero estar tan cerca de ella en el día a día... nos expone. Fabiola no es tonta. Si percibe que estamos frenando los ataques legales, empezará a sospechar.
Alejandro caminó hacia la salida, deteniéndose justo al lado de Dominic y dándole una palmadita firme en el hombro.
—Fabiola está demasiado ocupada intentando demostrarme que es invulnerable como para sospechar de mi estrategia, Dominic —dijo Alejandro con una frialdad impecable—. Mantén la vigilancia en los libros contables y no te desvíes del plan. Yo sé exactamente lo que estoy haciendo.
Dominic asintió en silencio, acatando la orden.
Alejandro salió al pasillo, sintiendo la presión en el pecho. Ante Dominic era el heredero implacable de los Santamaría, pero por dentro la incógnita lo carcomía: necesitaba descubrir qué herida se escondía detrás de la mirada helada de Fabiola antes de que la guerra entre sus familias los destruyera a ambos.