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En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21

El libro

El lunes, Alejandro le abrió el estudio.

Valentina estaba en la oficina traduciendo el informe financiero cuando Bruno tocó la puerta a las diez de la mañana.

—El señor dice que suba al estudio. Quiere que trabaje ahí hoy.

—¿En su estudio?

Bruno asintió sin agregar nada. Valentina cerró la laptop, recogió los folders, y subió las escaleras con el pulso un poco más rápido de lo que la situación justificaba. El estudio de Alejandro Quirós. El mismo estudio donde tres días antes había entrado a escondidas y había visto las fotos y olido su colonia en los sillones. El mismo estudio cuyo cajón superior derecho guardaba un secreto que ella no conocía.

La puerta estaba abierta. Alejandro estaba sentado en la silla de cuero detrás del escritorio de caoba, con la laptop encendida y una taza de café a medio terminar. Llevaba camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos y el pelo todavía húmedo de la ducha. Los antebrazos se le marcaban con cada tecleo.

—Siéntate —dijo, señalando una mesa auxiliar junto a la ventana que el viernes no estaba ahí—. Mandé a poner esa mesa para ti. Si vas a traducir para mí, necesitas estar cerca de los documentos.

La mesa era pequeña, de madera clara, con una lámpara de escritorio y un espacio justo para la laptop y los folders. Estaba a cuatro metros del escritorio de Alejandro. Valentina se sentó, abrió la laptop, y empezó a trabajar.

Durante dos horas, no se dijeron nada. El único sonido era el tecleo de las dos laptops, el roce de las páginas cuando Alejandro consultaba una carpeta, y la lluvia que seguía cayendo contra los ventanales. El café se enfrió dos veces. Nana Carmela subió una charola con café fresco y galletas de avena a las doce, y los miró a los dos trabajando en silencio con una expresión que Valentina prefirió no interpretar.

A la una, Alejandro se levantó y estiró los brazos. La camisa se le tensó sobre los hombros.

—Necesito un libro. Estante F, segunda repisa de arriba. Gutiérrez Cano, Análisis de Valores. Pasta azul.

Valentina se levantó. El estante F estaba en la pared izquierda, entre el librero de economía y el de derecho mercantil. La segunda repisa de arriba estaba fuera de su alcance. Se puso de puntitas y estiró el brazo. Los dedos le rozaron el lomo de un libro que podía ser el correcto, pero no lograba engancharlo.

—No llego.

—Espera.

Escuchó la silla girar, los pasos sobre la madera. La respiración de Alejandro se acercó por detrás hasta que el calor de su cuerpo le llegó a la espalda como una ola lenta.

Un brazo pasó por encima de su cabeza. La mano de Alejandro alcanzó la repisa sin esfuerzo, los dedos largos enganchando el lomo del libro y sacándolo en un movimiento limpio. Pero no se retiró. Se quedó ahí, con el brazo extendido sobre ella, la palma apoyada en el estante, y el cuerpo formando una jaula de calor y colonia que la rodeaba sin tocarla.

Se le cerró la garganta. Tenía la nariz a la altura de su garganta y podía ver el pulso latiéndole en el cuello, justo encima del segundo botón de la camisa. Olía a jabón, a café, y a esa base de madera y vetiver que ya formaba parte del vocabulario olfativo de su vida cotidiana.

—El libro —dijo él. Su voz le cayó desde arriba, grave, a centímetros de su pelo.

—¿Cuál libro? —La pregunta le salió con la mitad del aire.

Alejandro bajó el brazo. El libro quedó entre los dos, sostenido en su mano derecha, a la altura del pecho de Valentina. Ella lo tomó. Sus dedos se rozaron sobre la pasta azul y ninguno de los dos soltó el libro durante un segundo que duró tres latidos.

Valentina dio un paso atrás. La espalda le chocó contra el estante.

—Gracias.

Alejandro la miró desde arriba. Tenía los ojos más oscuros de lo normal, o quizás era la luz del estudio, o quizás era que Valentina ya no confiaba en su propia percepción cuando estaba a menos de un metro de este hombre.

—De nada —dijo, y volvió a su escritorio como si nada hubiera pasado.

Valentina se sentó en su mesa auxiliar con el libro en las manos y un zumbido leve detrás de las costillas. Lo abrió en una página cualquiera y miró las letras sin leerlas durante dos minutos. Afuera, la lluvia arreciaba. Adentro, el aire del estudio se había espesado con algo que no era humedad. Todavía le pulsaba la piel de la espalda donde el calor de él le había llegado sin contacto. Todavía sentía el roce de sus dedos sobre la pasta del libro.

A las dos, Alejandro cerró la laptop.

—Suficiente por hoy. Come algo.

—¿Tú no comes?

—Tengo una llamada a las dos y media. Come tú.

Valentina recogió sus cosas. En la puerta del estudio, se detuvo.

—Alejandro.

—Mmm.

—¿Por qué pusiste la mesa aquí?

Él no levantó la vista de la pantalla del teléfono que acababa de desbloquear.

—Porque traduces mejor cuando no te interrumpen. Y aquí nadie interrumpe.

Era una respuesta práctica. Valentina la aceptó como tal, bajó a la cocina, y se sentó frente a un plato de sopa de tortilla que Nana Carmela le puso delante sin preguntar. Comió despacio, pensando en lo que Alejandro había dicho: "Aquí nadie interrumpe." Su estudio era el único espacio de la residencia donde él tenía control absoluto. La puerta se cerraba con llave. Bruno no entraba sin permiso. Ni siquiera Nana subía sin avisar.

Le estaba dando acceso al único lugar que era suyo.

Esa tarde, mientras Valentina revisaba los resultados de la doctora Gutiérrez —todo normal, como esperaba, como Mariana no podía esperar— su teléfono vibró con un mensaje de un número que reconoció como el de Lucía Montero.

"Oye, no sé si debería decirte esto, pero el sábado vi a tu hermana en un bar de la Condesa. No estaba sola. Estaba con Joaquín Carrasco."

Valentina sabía quién era. Joaquín Carrasco: heredero de Laboratorios Carrasco, primo lejano de Alejandro, el hombre cuyo nombre Mariana guardaba en su teléfono con un emoji de fuego.

Escribió: "¿Estás segura?"

"Segura. Sofía también los vio. Estaban en un reservado del fondo. No parecían estar hablando de negocios."

Valentina borró la conversación, bloqueó el teléfono, y se quedó mirando la pared de la cocina.

Mariana le exigía que se preparara para concebir un hijo con Alejandro. Mariana le mandaba mensajes diciendo que todos los estudios debían estar a nombre de Mariana Solís Navarro. Y mientras tanto, Mariana se veía con Joaquín Carrasco en bares de la Condesa un sábado por la noche.

La rabia le subió por la garganta con un sabor a metal que le recordó la primera vez que Elena Navarro le pegó en la boca a los nueve años. Un sabor que ya conocía.

En la libreta, en la columna izquierda —la de los datos para Mariana—, no escribió nada.

En la columna derecha, escribió: "Lucía vio a Mariana con Joaquín Carrasco. Sábado. Bar en la Condesa. Sofía lo confirma."

Era la primera vez que anotaba algo sobre Mariana en la columna de Valentina. La primera vez que guardaba una munición que no pensaba entregar.

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Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
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