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Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Dejar escapar al amor / Hija rica en bancarrota / Romance oscuro / Completas
Popularitas:9.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

Pasaron varios días sin que volviera a hablar con Sebastián.

Seguí asistiendo con normalidad a la Universidad Metropolitana de Bellas Artes. Cuando no tenía clases, dividía mi tiempo entre el trabajo de medio turno y las visitas al hospital para cuidar a mi abuela.

Lo único distinto eran los mensajes anónimos que llegaban todos los días a mi teléfono. Cada uno contenía una fotografía de Sebastián besando a una mujer diferente.

Bloqueé los números y sacudí la cabeza con resignación. Seguramente alguna de sus amantes intentaba marcar territorio.

Qué pérdida de tiempo. A mí no me importaba en absoluto.

—¡Miren, miren! ¡Es Mateo Santillán!

—¡No manches! ¿Qué hace Mateo hoy en la universidad? Menos mal que no falté; me habría perdido al hombre de mis sueños.

—Mateo Santillán…

Guardé el teléfono al oír el alboroto a nuestro alrededor.

—¿Quién es?

Camila Rivera me miró como si acabara de decir la mayor barbaridad del mundo.

—¡Valeria, no puedo creer que no conozcas al hombre más guapo de toda la facultad!

Y, como cualquier amiga responsable, se apresuró a presentarme a su amor platónico.

—Es el heredero del Grupo Santillán. Podría conquistar la universidad solo con esa cara, pero además es rico y exageradamente talentoso.

Suspiró con auténtica devoción.

—Ha ganado varias veces el Concurso Nacional de Piano. También toca el violín, la guitarra y el bajo. Es el típico heredero elegante que solo existe en las novelas.

Su entusiasmo me hizo gracia, aunque aquellos hombres admirados por todo el mundo nunca me habían interesado demasiado. Para no desanimarla, pregunté:

—Si le gusta tanto la música, ¿por qué estudia en Bellas Artes?

—Nadie sabe. Tampoco viene muy seguido —respondió Camila—. Casi siempre aparece únicamente en las clases de la profesora Galván. Como ella es su madrastra, tal vez sea la única maestra a la que no se atreve a dejar plantada.

Asentí y seguí la dirección de sus miradas.

Mateo descansaba contra un Bugatti negro, con las piernas largas cruzadas. Se quitó los lentes oscuros y dejó al descubierto unos ojos seductores, ligeramente elevados en las comisuras. Un arete de plata brillaba en su oreja izquierda.

Sonrió y saludó sin reservas a las estudiantes que lo rodeaban.

Encantador, elegante y con fama de romper corazones.

Mateo Santillán.

Claro que lo conocía. Habíamos coincidido en la preparatoria de Estados Unidos, aunque entonces apenas habíamos cruzado palabra; lo recordaba, sobre todo, por ser amigo de Gael.

Otra vez Gael.

Una punzada amarga me atravesó el pecho. Aparté la vista, pero en ese instante otro hombre bajó del asiento del copiloto.

Los gritos a nuestro alrededor se multiplicaron.

—¡No inventes! ¿Quién es él?

—¡Cabello plateado y ojos azules! Amiga, tienes diez minutos para averiguarme su nombre, su signo y si está soltero.

—Creí que nadie podía ser más guapo que Mateo. Retiro lo dicho.

Camila se quedó mirándolo con la boca entreabierta.

—Valeria, olvida todo lo que acabo de decir. El dueño de esta universidad ya no es Mateo, sino ese desconocido.

No respondí.

Sabía que Gael jamás se quedaría allí.

Tenía un expediente brillante en Harvard y, pese a estar apenas en segundo año, ya había publicado dos artículos en revistas científicas internacionales. No abandonaría un futuro así para trasladarse a una universidad de arte en México.

Me temblaron las pestañas. Abrí los labios, pero al final no dije nada y me alejé.

A mi espalda, Gael permaneció junto al automóvil.

Llevaba una chaqueta negra con un logotipo apenas visible en el pecho. En el lado izquierdo del cuello destacaba un tatuaje vertical de letras negras cuyo significado nadie parecía conocer. Con las manos en los bolsillos y los rasgos duros, tenía esa arrogancia indomable que llenaba cualquier lugar en cuanto entraba.

Sus ojos, sin embargo, no se apartaron de la espalda de Valeria hasta verla desaparecer.

—Qué recibimiento tan conmovedor —se burló Mateo—. Tu primer amor te ve y sale huyendo.

Gael soltó una risa desdeñosa. No se molestó en contestar. Encendió un cigarro y, al exhalar el humo, un brillo calculador cruzó sus ojos.

*Huye mientras puedas, bebé. Sé perfectamente cómo hacer que regreses conmigo.*

***

Cuando terminó la clase de teoría del arte, Camila se estiró sobre su asiento.

—Hoy no había clase con la profesora Galván. Entonces, ¿por qué vino Mateo?

Daniela Ríos revisaba la cuenta anónima de chismes del campus en su teléfono.

—Tal vez acompañaba al chico que estaba con él.

Camila se inclinó de inmediato sobre su hombro.

—¿Ya averiguaron cómo contactarlo?

—Todavía no. Solo dicen que es el hijo menor de los Salvatierra, que tiene doble nacionalidad y estudia en Harvard. Dudo mucho que vaya a transferirse aquí.

—Otra oportunidad perdida —se lamentó Camila.

Escuché en silencio la conversación despreocupada de mis compañeras. A decir verdad, las envidiaba. Sus mayores preocupaciones eran las clases y los hombres guapos que aparecían en el campus.

Guardé los libros en una resistente bolsa de lona y me levanté.

—Hoy no podré comer con ustedes. Tengo que ir al hospital con mi abuela.

Camila me tomó de la muñeca y apretó con suavidad.

—No te exijas tanto, Vale. Si necesitas algo, prométenos que vas a decirlo.

—Eso —añadió Daniela enseguida—. Para eso estamos.

El calor de sus manos me ablandó el corazón.

—Lo prometo. Gracias, preciosas.

Me despedí y apenas había llegado a la puerta cuando el salón estalló en nuevos gritos.

—¡Es oficial! ¡El guapo sí va a transferirse!

—¡Harvard acaba de perder contra nuestra universidad! Esto hay que celebrarlo.

—¿Por qué haría algo así? ¿También viene por la herencia de los Salvatierra?

—Ojalá que no. El heredero tiene que casarse con Valeria Montes. Qué mala suerte para cualquiera que se acerque a ese pleito.

Mis pasos se detuvieron.

Gael iba a estudiar allí.

El corazón me dio un vuelco. No supe si la emoción que me recorrió era alegría o miedo.

Busqué el teléfono en la bolsa y abrí el grupo de WhatsApp de la residencia. Camila ya había enviado una avalancha de mensajes. El primero incluía el anuncio oficial de la universidad confirmando el traslado de Gael.

*Camila: No puedo creer que el genio de Harvard venga de verdad. Si Gael y Mateo se enamoran de mí al mismo tiempo, ¿con cuál debería quedarme?*

*Daniela: Con ninguno, soñadora. Nuestra Vale tendría muchas más posibilidades.*

*Camila: @Vale, amiga, seduce a Gael. Igual y terminas casándote con un multimillonario.*

Ignoré la novela que Camila acababa de inventar. Otra publicación reenviada al grupo llamó mi atención.

*El motivo del regreso de Gael Salvatierra: la división farmacéutica de su familia iniciará un ensayo para tratar una enfermedad poco común y busca pacientes voluntarios.*

La enfermedad de mi abuela.

¿Desde cuándo los Salvatierra invertían en investigación médica?

Leí una por una las credenciales de los especialistas mexicanos y extranjeros que se habían incorporado al equipo. Aunque pudiera tratarse de una trampa, no tenía derecho a ignorar una posibilidad para salvar a mi abuela.

Abrí el teclado del teléfono. Me temblaba todo el cuerpo mientras escribía aquel número que conocía de memoria y que no había marcado en tres años.

El tono sonó una vez.

Después, la llamada se conectó.

El ruido de la línea desapareció de golpe. Mi corazón pareció detenerse con él.

Apreté el teléfono contra la oreja. Los ojos comenzaron a arderme y, cuando abrí la boca, un nudo me cerró la garganta.

Gael aún conservaba aquel número.

—¿Bueno?

Su voz perezosa llegó desde el otro lado. Una sola palabra bastó para llenar el silencio de presión.

Respiré hondo y caminé hasta una zona vacía del corredor.

—Soy yo.

Hubo una pausa larga. Después, escuché una risa baja.

—Ya lo sé —respondió Gael. Parecía tener un cigarro entre los labios—. ¿Qué se le ofrece a mi princesa?

El apodo conocido y, al mismo tiempo, tan lejano me dejó aturdida.

Los Montes nunca habían sido una familia especialmente poderosa. En Estados Unidos, yo era una estudiante sin apellido importante ni conexiones.

Sin embargo, Gael, el muchacho que hacía lo que quería y al que nadie se atrevía a desafiar, siempre me había llamado *princesa*.

*¿Quién hizo enojar a mi princesa? Dime su nombre y yo me encargo de él.*

*¿Crees que este trofeo de Fórmula 2 bastará para hacerte sonreír?*

*¿Por qué siempre huyes de mí? ¿Tan terrible te parezco, princesa?*

Los recuerdos regresaron uno tras otro.

Gael fumaba, peleaba y vivía como si ninguna regla pudiera alcanzarlo. Había sido un piloto excepcional y nunca le faltaron admiradoras dispuestas a seguirlo.

Pero delante de la muchacha que fingía no prestarle atención, aquel heredero arrogante se convertía en otra persona. La seguía a todas partes, mendigando un elogio, un poco de cariño o un beso.

¿Cómo no enamorarse de un hombre acostumbrado a tener el mundo a sus pies cuando era él quien inclinaba la cabeza para pedir tu amor?

No importaban los años transcurridos. Jamás podría olvidar lo que habíamos vivido.

Me sequé la lágrima que escapó por el rabillo del ojo y me obligué a recuperar la calma.

—Leí que buscas pacientes voluntarios. Mi abuela tiene esa misma enfermedad…

Bajé la mirada mientras reunía el valor para terminar la frase.

Yo lo había abandonado sin darle una explicación. Y ahora también era yo quien regresaba a pedirle ayuda.

—Ah… Conque solo me llamaste por eso.

La decepción deliberadamente exagerada en su voz me hizo apretar los dedos.

Gael rio por lo bajo antes de añadir, con una provocación muy consciente:

—Y yo que pensé que mi cuñadita por fin iba a proponerme algo prohibido.

La insinuación me incomodó. No podía reprochársela. Me limité a escuchar, preparada para soportar la humillación y la venganza que creía merecer.

Pero no llegó ninguna de las dos.

Después de un silencio, su voz se volvió fría y clara.

—Ven a verme a Marea. Hablaremos en persona.

Marea era un bar, no un hotel ni su casa. Solté el aire que llevaba conteniendo.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—Está bien. Mi turno termina a las diez y media, así que…

Una risa fría me interrumpió.

—Bebé, eres tú quien necesita un favor. ¿Y todavía quieres ponerme condiciones?

Qué carácter.

Después de haber sido consentida durante tanto tiempo, casi había olvidado que Gael solía tratar al resto del mundo con indiferencia y muy poca paciencia.

Iba a disculparme cuando chasqueó la lengua. Al volver a hablar, su tono ya se había suavizado.

—Olvídalo. Te esperaré.

***

En el bar Marea, Gael se removió con irritación en el sofá y apartó el cabello que caía sobre su frente. Lanzó el teléfono sobre la mesa.

Había sido demasiado duro.

Podía imaginar a Valeria con los ojos enrojecidos, dolida por su tono. Ella jamás lloraría delante de un extraño. Se mordería el labio y quizá murmullaría la misma queja de antes:

*Hasta tú me tratas mal…*

El pensamiento solo consiguió irritarlo más.

Gael vació de un trago el whisky. El alcohol le quemó la garganta, pero no disipó la sombra de sus ojos.

Su exnovia lo había dejado de un día para otro. ¿Por qué demonios seguía preocupándole herir sus sentimientos?

Se insultó en silencio y dio una patada a la mesa de cristal.

—¡Oye! ¿Ahora qué te pasa?

Jimena Cárdenas se sobresaltó. La mano con la que se retocaba el labial se desvió y dejó una línea roja sobre su mejilla impecablemente maquillada.

Los Salvatierra, los Santillán y los Cárdenas ocupaban la cima de la élite capitalina. Los tres habían crecido juntos, y aquella amistad era la única razón por la que Jimena se atrevía a reclamarle al impredecible heredero.

Mateo soltó una risa y le ofreció una toallita húmeda.

—Habla bajito. Seguro que el señor Salvatierra está pensando cómo volver a arrastrarse detrás de su ex.

Jimena parpadeó.

—¿Gael convertido en perrito faldero por una mujer?

Lo miró como si acabara de descubrir una especie desconocida.

—Entonces, ¿los rumores son ciertos? ¿De verdad lo dejó sin decirle nada?

—Completamente ciertos —contestó Mateo, bajando la voz—. El pobre hasta había preparado un pastel con sus propias manos para una cita, pero cuando llegó…

Los dos comenzaron a comentar el escándalo frente al protagonista. Sus risas fueron subiendo de volumen hasta golpearle directamente los nervios.

Gael estrelló el vaso contra la mesa.

Su expresión se volvió tan sombría que nadie en el bar se atrevió a mirarlo más de un segundo.

Mateo tuvo el buen juicio de callarse.

Gael, en cambio, no pensaba dejarlo escapar. Buscó una fotografía en su teléfono y le mostró la pantalla.

—¿Crees que tú estás en condiciones de burlarte de mí?

La imagen principal mostraba a Sebastián besando a una desconocida. Sin embargo, en la esquina inferior izquierda, a través de la ventanilla de un automóvil de lujo, podían distinguirse otras dos figuras besándose.

Gael deslizó el dedo hacia la fotografía siguiente.

La pareja aparecía ampliada y sus rostros eran perfectamente reconocibles.

Mateo Santillán y Lucía Galván.

El investigador privado había estado reuniendo pruebas de las infidelidades de Sebastián y, por pura casualidad, también fotografió a Mateo besando por la fuerza a su propia madrastra.

—Yo…

Mateo no encontró ninguna defensa. Solo pudo maldecir su mala suerte y aceptar que Gael se preparaba para atacar de frente a Sebastián.

Gael tenía el respaldo de su familia estadounidense. La influencia de los Salvatierra en México no podía amenazarlo. Aunque rompiera con su medio hermano por una mujer, apenas sufriría consecuencias.

Mateo no gozaba de la misma libertad.

La salud de su padre era frágil y no faltaban hijos nacidos fuera del matrimonio dispuestos a disputar el Grupo Santillán. El menor error del único heredero reconocido podía desatarle una montaña de problemas.

Los dos amigos se habían atacado donde más dolía. Al final, ninguno consiguió imponerse.

Recostados en el sofá, guardaron silencio y bebieron con el rostro frío, tan hermosos e inaccesibles como dos esculturas.

Jimena ocultó la sonrisa detrás de su espejo de maquillaje.

Había llegado al bar y, sin esfuerzo, acababa de enterarse de los dos escándalos más explosivos de la élite. Aquellos herederos que parecían elegantes e inalcanzables no tenían nada de santos.

Uno llevaba años obsesionado con su madrastra.

El otro estaba a punto de reavivar una relación prohibida con su futura cuñada.

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