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LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Apoyo mutuo / Amor de la infancia / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?

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CAPITULO 10. EL PESO DEL ORO Y LAS ALAS DE METAL

Los días previos a la partida de Alie hacia España se convirtieron en una cuenta atrás dolorosa y borrosa. Los trámites de adopción internacional se agilizaron gracias a la solvencia económica de Rodolfo y al estatus legal que poseía en su país. El papeleo visado por la embajada británica confirmó que Alesandra dejaría de ser una huérfana del condado de Kent para convertirse, de manera oficial, en la hija legal del matrimonio español. En el orfanato de Santa María, las maletas de la joven estaban listas: un par de vestidos modestos, sus inseparables cuadernos de notas y, oculto en el fondo de su equipaje, el viejo reloj de cuero que Tom le había regalado hacía seis meses.

La tarde anterior al vuelo con destino a Madrid, Sor Elena llamó a Alie a su despacho privado. La estancia, iluminada por los últimos rayos de un sol otoñal que se filtraba por el ventanal, conservaba el aroma a cera y papel antiguo. La Madre Superiora aguardaba sentada tras su escritorio de roble, con una expresión que bailaba entre la melancolía y la reverencia.

—Siéntate, Alesandra —pidió la religiosa con suavidad, señalando la silla de madera frente a ella.

La muchacha obedeció en silencio, entrelazando los dedos sobre el regazo. A sus catorce años y medio, Alie poseía una compostura que infundía un profundo respeto.

—Mañana iniciarás una nueva vida en un país hermoso —comenzó Sor Elena, mirándola fijamente a esos inmensos ojos azules—. Rodolfo y Lourdes son buenas personas, te darán el hogar y las oportunidades que este orfanato no puede ofrecerte. Pero antes de que cruces esa puerta, debo cumplir con una responsabilidad que he custodiado en secreto durante más de catorce años.

La monja introdujo la mano en el cajón inferior de su escritorio, accionó un doble fondo oculto y extrajo una pequeña caja de terciopelo azul, desgastada por el paso del tiempo. La depositó sobre la mesa, deslizándola con delicadeza hacia la joven.

—Esto venía contigo la noche en que te abandonaron en nuestro umbral —confesó Sor Elena en un susurro—. Eras una bebé de pocos meses. Alguien te dejó en una cesta, protegida del frío, pero con esto sujeto a tu muñeca. Decidí guardarlo en secreto porque una joya de este valor habría despertado sospechas y codicias peligrosas en un lugar como este. Pero ahora eres casi una mujer, y tu pasado te pertenece.

Con dedos temblorosos, Alie abrió la cajita. Sobre el terciopelo desgastado descansaba una pulsera de oro macizo, cuyo brillo noble permanecía intacto. Al levantarla, la muchacha sintió el peso real del Metal. En la placa delantera, grabado en una caligrafía inglesa impecable, leyó su propio nombre: Alesandra, junto a su fecha de nacimiento exacta. Al darle la vuelta a la medalla, descubrió el reverso: un sello profundo y complejo que representaba un lobo rodeado por una corona de espinas encadenadas.

—¿Sabe qué significa este símbolo, Madre? —preguntó Alie, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

—No —admitió la religiosa de forma honesta—. He revisado libros de heráldica británica durante años y jamás encontré nada parecido. No pertenece a ninguna familia de las islas. Sospecho que tus raíces se extienden mucho más allá de este país. Consérvala contigo, Alesandra. Quizá algún día, ese sello te devuelva la verdad sobre quién eres.

Alie cerró la caja y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, sintiendo que el peso del oro era también el peso de un enigma teñido de misterio. No sabía que sus padres biológicos eran italianos, que se habían fugado a Londres huyendo de las garras de la mafia de su país natal, ni que el vehículo en el que viajaban había sido embestido en una carretera británica por un asesino a sueldo que, en un último acto de piedad, la había dejado en ese mismo convento inglés.

Al día siguiente, el amanecer trajo una niebla densa sobre los campos de Kent. Rodolfo y Lourdes esperaban junto al coche de alquiler que los llevaría al aeropuerto de Heathrow. Alie se despidió de Sor Elena con un abrazo contenido y una mirada de agradecimiento eterno. Al subir al automóvil, la muchacha clavó sus ojos en las ventanas del viejo desván sobre las caballerizas. Una punzada de dolor absoluto le atravesó el alma: se marchaba a España, cruzando el mar, rompiendo la promesa geográfica de esperar a Tom cada domingo en el locutorio.

El trayecto hacia el aeropuerto y los trámites de embarque se sucedieron como una secuencia difusa en la mente de la joven. Horas más tarde, Alie se encontraba sentada junto a la ventanilla del imponente avión de pasajeros. Lourdes le tomó la mano con infinito cariño, ofreciéndole una sonrisa que pretendía transmitirle paz.

Cuando los motores rugieron y la nave tomó velocidad sobre la pista de aterrizaje, Alie cerró los ojos con fuerza. Sintió el impacto de la aceleración y cómo el metal se elevaba en el aire, despegando de la tierra británica. En su mente se repitieron las palabras del juramento de Tom: «Construiré esa empresa no por codicia, sino para tener un lugar seguro donde esperarte».

El avión ascendió entre las nubes, dejando atrás la campiña inglesa, el orfanato de Santa María y los pasillos donde una vez dos niños se prometieron amor eterno. Alie volaba hacia Madrid, hacia una juventud rodeada de tintas de periódico y una nueva familia, con el alma desgarrada por la distancia pero custodiando dos tesoros en su equipaje: el reloj de cuero de un especialista de los números y una pulsera de oro con un sello italiano maldito que estaba destinada a cambiar su vida para siempre.

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