James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 20. REFUGIO EN EL EGEO
El sonido rítmico y pausado de las olas del mar Egeo rompiendo contra las rocas fue lo primero que Estela escuchó al despertar. Abrió los ojos lentamente, desorientada por el cambio de escenario. La huida exprés en el jet privado en mitad de la noche había sido un borrón de nervios y prisas, pero ahora, la luz cegadora y limpia del amanecer griego inundaba el gran dormitorio.
James había alquilado una espectacular villa de muros blancos y piedra rústica en la costa de Atenas, un refugio privado rodeado de olivos y buganvillas que miraba directamente a la inmensidad azul del Mediterráneo. Aquí, el tío Cristof y sus amenazas se sentían como una pesadilla lejana. Estaban a salvo.
Estela se incorporó en la inmensa cama, colocándose una mano sobre su prominente vientre de ocho meses. Los trillizos parecían haberse calmado con el arrullo del mar; ya no daban aquellas patadas frenéticas que la habían asustado en Madrid tras el altercado en el callejón. Se puso un cómodo vestido playero de algodón blanco y salió lentamente al porche exterior.
Sentado en una de las tumbonas de madera, James miraba el horizonte marino mientras sostenía una taza de café humeante. Vestía unos pantalones cortos de lino y una camisa blanca desabrochada. Al escuchar los pasos de Estela, se giró de inmediato. La preocupación que había sombreado sus ojos claros durante todo el vuelo se disipó al verla sonreír.
—Buenos días —dijo James, levantándose de inmediato para acercarse a ella. Le tomó la mano de forma instintiva, ayudándola a sentarse en uno de los cómodos sillones de mimbre—. ¿Cómo estás? ¿Cómo se encuentran los pequeños? Ayer pasaste demasiadas emociones.
—Estamos bien, James. Todos estamos bien —respondió Estela con voz suave, entrelazando sus dedos con los de él de forma natural—. El aire del mar parece haberles sentado de maravilla. Estaba muy asustada por si el estrés adelantaba el parto, pero creo que a estos tres les gusta Grecia tanto como a su padre.
James dejó escapar un largo suspiro de alivio y se sentó en el borde de la mesa baja, quedando justo frente a ella.
—Valeria me ha llamado hace una hora —anunció James, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. El pago a Cristof se ha realizado a través de una cuenta puente. Tal y como sospechábamos, el muy idiota ha picado el anzuelo y ha firmado un documento de recepción de fondos que nuestros abogados van a usar para denunciarlo por extorsión en cuanto los bebés nazcan y estemos de vuelta. Además, Valeria ha conseguido las pruebas de que falsificó las escrituras de la casa de tu madre. Tu tío está acabado, Estela. No volverá a tocar a tu familia. Jamás.
A Estela se le llenaron los ojos de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de una gratitud infinita. El peso que llevaba arrastrando desde los dieciocho años, la sombra de la miseria y el miedo a quedarse en la calle con su madre enferma, acababa de desaparecer gracias al hombre que tenía delante.
—Me has salvado la vida, James… a mí y a los míos —susurró con la voz rota—. Viniste a ese callejón como un héroe. No tenías por qué hacerlo. El contrato solo decía que debías cuidar del embarazo, no que debías enfrentarte a mis monstruos del pasado.
James soltó una pequeña risa amarga y se inclinó hacia ella, reduciendo la distancia a escasos centímetros. Sus ojos claros brillaban con una intensidad protectora y posesiva que hizo que a Estela se le cortara la respiración.
—¿Todavía sigues pensando en ese maldito trozo de papel, Estela? —preguntó James con un hilo de voz profundo y ronco—. Olvídate del contrato. Olvídate del dinero. En el momento en que vi a ese miserable poniéndote la mano encima, entendí que no estaba defendiendo una inversión. Estaba defendiendo mi vida entera. Estaba defendiéndote a ti.
Estela tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza ensordecedora en el pecho. Nunca antes un hombre la había mirado así. Su pureza y su falta de experiencia la hacían temblar ante la arrolladora masculinidad de James, pero ya no había miedo en ella. Solo un deseo ardiente y profundo que llevaba meses cocinándose a fuego lento en la intimidad del ático.
—James… —alcanzó a susurrar.
—Llevo meses queriendo hacer esto, Estela —confesó él, acunando su rostro con ambas manos con una delicadeza infinita, como si estuviera tocando la porcelana más valiosa del mundo—. Desde la noche en que me cuidaste en el baño, desde el día en que me rapaste la cabeza y no me dejaste solo en la oscuridad. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
James no esperó más. Se inclinó por completo y unió sus labios con los de ella en un beso suave, pausado y cargado de una ternura que desarmó por completo a Estela. Fue un beso que supo a mar, a alivio, a la promesa de un futuro que ninguno de los dos había planeado pero que ya pertenecía por completo a ambos.
Para Estela, el mundo se detuvo. Era su primer beso, su entrega inicial al primer hombre que había conocido en su vida. Sostuvo la nuca de James con sus manos, respondiendo al contacto con una inocencia y una entrega tan puras que el millonario sintió un vuelco salvaje en el pecho. El beso se volvió más profundo, más intenso, sellando su amor en mitad del paraíso griego.
Cuando se separaron lentamente, con las respiraciones entrecortadas, James apoyó su frente contra la de ella, sonriendo con los ojos cerrados mientras mantenía una mano sobre la inmensa barriga donde latían sus tres hijos.
—Te amo, Estela —susurró James contra sus labios—. No me importa lo que diga ningún papel en Madrid. Eres mi mujer, y de aquí no nos vamos si no es como una familia de verdad.
Estela sonrió entre lágrimas, abrazándose a su cuello bajo el cielo azul del Mediterráneo. El idilio en Grecia acababa de empezar, y aunque la fecha del parto se acercaba y los dolores del octavo mes recordarían pronto la inminencia del nacimiento, sus corazones ya habían ganado la batalla más importante.