El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
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LA LLUVIA
El cielo amaneció gris. De ese gris feo de julio en Quilmes que anuncia que va a caer agua todo el día.
Catalina lo vio desde la ventana rota de su casa y suspiró. El vidrio estaba tapado con un nylon. "Hoy va a llover".
Y en Quilmes, cuando llovía, el mercado se vaciaba. La gente se quedaba en su casa tomando mate. Nadie salía por un tamplin si podía mojarse y enfermarse.
Se puso el delantal negro. El de siempre. Y encima, el saco de Damián. Los dos sacos. Hacía 3 días que dormía con uno y usaba el otro para trabajar. Ya era su costumbre.
"Es ridículo" se dijo frente al espejo rajado. "Pareces un oso con tanto abrigo".
Pero calentita sí estaba. Por primera vez en años no le dolían los huesos del frío.
Llegó al mercado a las 6 pm. El viento ya traía olor a tierra mojada. Ese olor que anuncia tormenta.
Montó el puesto sola. Puso el nylon arriba por si acaso. Ató las esquinas con piolín. Las ollas las tapó con bolsas.
Las otras vendedoras ya estaban guardando. "Cata, vámonos que se viene feo" le gritó Doña Marta de las empanadas.
"Ya me voy" mintió Catalina. Pero no se fue.
A las 7 pm, el cielo se puso negro. Como tinta.
Las primeras gotas cayeron justo cuando estaba sirviendo el primer plato. Gordas. Frías.
"Se me va a arruinar todo" pensó. Tapó las ollas con más bolsas. El agua empezó a gotearle en la nuca.
A las 7:10 pm, la lluvia bajó con furia.
Como si el cielo se hubiera roto.
El mercado se vació en 2 minutos. Los vendedores corrieron a guardar, empapados, gritando. Catalina se quedó sola, debajo del nylon chiquito, abrazándose. El agua le llegaba a los tobillos.
"Hoy no vendí nada" pensó. "Mañana no como. Mañana mi mamá no tiene insulina."
Se le hizo un nudo en la garganta.
Y entonces la vio.
La camioneta negra frenó en la esquina. Frenó brusco. El agua le pegaba al parabrisas y los limpiaparabrisas no daban abasto.
La puerta se abrió.
Damián bajó. Sin paraguas. Traje negro empapado en 3 segundos. El agua le corría por el pelo, por la cara. El guardaespaldas atrás con un paraguas grande, pero Damián no se puso debajo. Caminó derecho hacia la lluvia.
Caminó directo hacia ella. Chorreando. Furioso.
"¿Qué haces aquí?" gritó por encima de la lluvia. El agua le ahogaba la voz. "¡Vete a tu casa! ¡Ahora!"
Catalina gritó de vuelta. Con la voz quebrada. "¡No vendí nada! ¡Si me voy ahora pierdo el día! ¡Mi mamá...!"
Damián se paró frente al puesto. El agua le corría por la cara. Estaba serio. Empapado. Y furioso. Pero no con ella. Con la situación.
"Entra" dijo. "Al auto. Ya."
"Pero mi puesto... las ollas..."
"¡Que entres!" Ordenó. Y le tendió la mano.
Catalina no discutió. Tenía frío y miedo. Agarró una bolsa con plata y corrió. Se subió a la camioneta.
Calorcito. Olor a cuero y a perfume de Damián. Cielo.
Él se subió después. Chorreando. Parecía que se había bañado con ropa. Se sacó el saco y lo tiró al asiento. El agua salpicó todo.
El guardaespaldas cerró la puerta y se fue a manejar sin decir nada.
Silencio. Solo se oía la lluvia golpeando el techo del auto. Fuerte.
Catalina temblaba. De frío. De nervios. "Perdón por hacerte venir... no quería..."
"¿Perdón?" Damián se giró. El pelo le goteaba en la cara. "¿Crees que vine por tamplin? Vine porque vi que estaba por llover y sabía que ibas a estar ahí como terca. Como siempre."
Catalina bajó la cabeza. El pelo mojado le tapaba la cara. "Necesito vender... no tengo otra..."
Damián suspiró. Fue un suspiro largo, cansado. Se quitó el otro saco que tenía debajo. Estaba mojado también. Lo escurrió con las manos y se lo puso a ella encima de los dos que ya tenía.
Ahora Catalina tenía 3 sacos. Pesaba.
"Ahora tienes 3" dijo. "¿Feliz?"
"No..." murmuró.
"Bien."
El auto arrancó. Damián miró por la ventana. La lluvia borraba todo. "¿Tienes hambre?"
"Un poco." Le mentía. Tenía mucha. No había comido.
"Entonces comemos. No vas a trabajar hoy."
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20 minutos después estaban en un restaurante. No era lujoso. Era un lugar de barrio, con mesas de fórmica y tele prendida. Pero limpio. Caliente. Olía a comida.
Damián pidió 2 tamplin y té caliente. Para los dos. Y pan.
Catalina lo miró mientras se sacaba los sacos mojados. "¿Vas a comer aquí? ¿Conmigo?"
"Llueve" dijo él, como si fuera obvio. Se arremangó la camisa. "No vas a vender. Yo como. Tú comes. Hablamos."
"Hablamos" Catalina repitió. Esa palabra la asustaba. ¿De qué hablaban los jefes mafiosos con las vendedoras?
Comieron. El té le calentó las manos heladas. El tamplin el estómago vacío.
El restaurante estaba casi vacío. Solo un señor viejo en una mesa.
A mitad de la cena, Damián dejó la cuchara. La miró fijo.
"¿Por qué no te fuiste cuando empezó a llover?"
"Porque... porque si no vendo hoy, mañana no tengo para la medicina de mi mamá. Y si ella no toma la insulina..."
Damián se quedó callado. La miró. Por primera vez sin esa máscara de serio. "¿Tu mamá está enferma?"
"Diabetes. Hace 5 años. Necesita insulina todos los meses. Es cara. 40 mil pesos. Yo junto de a poco."
Otra vez silencio. Solo se oía la lluvia afuera.
Damián sacó la billetera. De cuero negro. Sacó unos billetes y los dejó en la mesa. Muchos. "Para la medicina. De este mes y del otro."
Catalina se tapó la boca. Los ojos se le llenaron de agua. "No... no puedo... es mucho..."
"Puedes. Y lo harás." Su voz no admitía discusión. Era orden. "No quiero que vuelvas a mojarte por plata. No quiero que tu mamá se quede sin remedio por mi culpa."
"¿Por su culpa?"
"Porque vine a comprarte y te distraje." Se rascó la nuca. Incomodo.
Catalina tenía lágrimas en los ojos. Le corrían. "Gracias. Gracias Damián. De verdad. No sabe lo que..."
Él asintió. Se incomodó. Miró a otro lado. "Deja de llorar."
"No estoy llorando."
"Estás a punto. Te conozco la cara."
Catalina se rió. Una risa chiquita, nerviosa, entre lágrimas. "Perdón. Es que nadie... nadie me ayuda así. Desde que murió mi papá..."
"Acostúmbrate" dijo él. Corto. Y siguió comiendo. Pero le sirvió más té.
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Cuando salieron, la lluvia había bajado. Era una llovizna fina que mojaba igual.
Damián la acompañó al puesto. Estaba todo mojado. Las ollas llenas de agua. El nylon caído.
"Mañana no vengas si llueve" dijo. "Te aviso yo. No discutas."
"¿Cómo me vas a avisar? No tengo celular."
Damián la miró. Sacó un celular viejo de su bolsillo. Negro. Sencillo. De teclas. "Toma."
"¿Qué es esto?"
"Mi número. Si llueve, te mando mensaje. No sales. Si necesitas algo, me llamas."
Catalina agarró el celular con manos temblorosas. Olía a nuevo. "No puedo aceptar... es muy caro..."
"Ya lo aceptaste." Le quitó el saco mojado de encima y se lo puso él. "Vámonos. Te llevo. Antes de que te enfermes."
En el auto, Catalina miraba el celular. Lo prendió. Tenía solo un contacto guardado: "D".
Y la batería al 100%.
"¿Puedo... puedo guardarte como Damián?" preguntó chiquito. "O como prefiere..."
Damián la miró de reojo. Manejaba con una mano. "Guárdame como quieras. Me da igual."
Ella escribió con el dedo: "Damián ❤️"
Y se arrepintió al segundo. Le dio vergüenza. Borró el corazón. Puso solo "Damián".
Él lo vio por el espejo retrovisor. Y no dijo nada. Pero la comisura de su boca se movió. Casi imperceptible.
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La dejó en su casa. Un conventillo chiquito en Quilmes. Con el patio lleno de agua.
"Entra" dijo él desde el auto. "Y no salgas hasta que escampe. ¿Prometes?"
"Prometo."
"Gracias por... por todo. Por el té. Por la plata."
Damián asintió. Antes de cerrar la ventana dijo: "Mañana me mandas mensaje cuando llegues al mercado. A las 6. ¿Entendiste?"
"Entendí, Damián."
Se fue. Las luces rojas se perdieron en la lluvia.
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Catalina entró a su casa. Estaba helada. Temblaba.
Se quitó los 3 sacos y los colgó. Se metió en la cama con el de Damián. El que olía a él.
Agarró el celular nuevo. Le pesaba en la mano.
Tenía un mensaje.
**D: Llegaste bien?**
Catalina se quedó mirándolo 5 minutos. El corazón le latía raro.
Y contestó con dedos torpes:
**Cata: Sí. Gracias por el té. Y por todo. Por mi mamá.**
Pasaron 2 minutos. Eternos.
**D: Duerme. Mañana hablamos. Y guarda la plata bien.**
Catalina dejó el celular en el pecho. Encima del saco. Y sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo, la lluvia no le daba miedo.
Porque ahora tenía a alguien que se preocupaba si se mojaba. Si comía. Si su mamá estaba bien.
Y eso daba más miedo que la lluvia.
**FIN CAPÍTULO 6**