Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Lo que Santiago hizo en secreto
Todo empezó por un comentario de Isabel a la hora del desayuno.
Era sábado. Valentina había bajado temprano porque Diego iba a pasar por ella a las diez para el torneo de tenis. Se estaba sirviendo fruta en la cocina cuando Isabel entró con su bata de seda y una taza de té de manzanilla, todavía con la cara hinchada de almohada.
—Buenos días, bonita. ¿A dónde vas tan arreglada?
—A un torneo de tenis. Un amigo de la Ibero me invitó.
—¡Qué padre! ¿Tienes raqueta? Santi tiene como cuatro arriba.
—No voy a jugar, tía. Solo voy a ver.
Isabel se sentó en el banco de la isla de la cocina y sorbió su té. Valentina cortaba mango con un cuchillo que Rosario le había enseñado a usar correctamente ("así no, señorita Valentina, el cuchillo tiene que ir hacia afuera, no hacia la mano").
—Oye, Val —dijo Isabel, con ese tono casual que usaba cuando estaba a punto de decir algo que no era casual en absoluto—. ¿Ya te avisaron lo de la beca?
Valentina dejó de cortar.
—¿Qué de la beca?
—Que la renovaron para todo el programa. Cuatro años completos. Me lo contó la directora del fondo de becas la semana pasada. Son muy pocas las que cubren la carrera entera, ¿sabías? Fue un donativo específico al fondo de Comunicación.
Algo frío se le instaló a Valentina en la base del estómago. Un donativo específico.
—¿Quién donó? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Pues Santi, ¿no? ¿No lo sabías? Donó al fondo de becas de la Ibero hace como un año. Específicamente para tu carrera. Bueno, no dijo "para Valentina", pero pidió que fuera para Comunicación y que priorizaran a estudiantes foráneas de Guadalajara. No hacen falta muchas matemáticas para saber para quién era.
Valentina puso el cuchillo sobre la tabla. El mango a medio cortar goteaba jugo sobre la madera.
—¿Tía, por qué me cuentas esto?
Isabel levantó la vista de su té con la expresión genuinamente confundida de alguien que acaba de darse cuenta de que cometió una indiscreción.
—¿No lo sabías?
—No.
—Ay. Me la fui, ¿verdad? Santi me va a matar.
Valentina no contestó. Terminó de cortar la fruta con movimientos mecánicos, se sirvió un vaso de agua de limón del garrafón que Rosario llenaba cada mañana, y subió al tercer piso.
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Santiago no estaba en su recámara. Eran las ocho y media de un sábado — probablemente estaba en Limontech, donde pasaba los sábados desde las siete hasta las dos. La terraza estaba vacía, los limoneros inmóviles bajo un cielo nublado.
Valentina entró al estudio. Ya había estado ahí varias veces, pero siempre con Santiago presente, siempre con él controlando qué le mostraba y qué no. Esta vez estaba sola.
El estudio era ordenado con la pulcritud militar de alguien que necesita control para funcionar. Escritorio de madera oscura, dos monitores apagados, una silla ergonómica, estantes con libros de negocios y tecnología. Nada personal a la vista. Ninguna foto, ningún adorno, ningún objeto que revelara que un ser humano con emociones trabajaba ahí ocho horas al día. Excepto — y esto Valentina lo notó por primera vez — un limón de cerámica en la esquina del estante más alto. Pequeño, verde, con un punto amarillo. Idéntico al dije de su collar.
Fue al archivero. Tres cajones. El primero tenía papeles de Limontech: contratos, facturas, reportes. El segundo tenía documentos personales: acta de nacimiento, pasaporte, un título universitario del ITAM. El tercero estaba cerrado con llave.
Valentina miró la cerradura. Pensó en la llave de latón que Santiago le había dado — la de la casa de la infancia. No era la misma cerradura. Pero sobre el escritorio, en un vaso de cristal donde Santiago guardaba plumas, había un llavero con tres llaves pequeñas. Una de ellas entró.
El cajón se abrió.
Adentro no había contratos ni facturas. Había una carpeta gruesa, de cartón manila, con una etiqueta escrita a mano en la letra apretada y vertical de Santiago: "V.R."
Valentina Reyes.
La abrió.
La primera hoja era una boleta de calificaciones. Tercer grado de primaria. Escuela Benito Juárez, Guadalajara, Jalisco. Valentina Reyes Navarro. Promedio general: 9.2. Había una nota al margen, con la misma letra de Santiago: "Bajó en matemáticas. Era 9.5 el semestre pasado."
La segunda hoja era otra boleta. Cuarto grado. Escuela diferente — se habían mudado ese año, Valentina lo recordaba vagamente. Promedio: 9.4. Nota de Santiago: "Subió. Nueva escuela le sentó bien."
Valentina pasó las hojas con las manos temblando. Boleta tras boleta. Cada año, cada semestre, desde tercero de primaria hasta tercero de preparatoria. Diez años de calificaciones. Algunas eran copias oficiales — ¿cómo las consiguió? —, otras eran impresiones de portales escolares, otras eran fotos tomadas con celular y luego impresas.
Y no solo boletas. Había fotos de clase. Esas fotos grupales que toman al inicio de cada ciclo escolar, donde todos los niños están parados en filas frente a la pared del patio. En cada una, Valentina estaba marcada con un círculo diminuto de pluma azul. A veces estaba en la primera fila, a veces en la tercera. A veces sonreía, a veces no. Siempre con el uniforme de una escuela diferente porque Carmen y Roberto se mudaron seis veces en esos catorce años.
Santiago las tenía todas.
Valentina se dejó caer en la silla del escritorio. Las piernas le fallaron con la literalidad de algo que deja de funcionar — no una metáfora, no una exageración, sino el hecho fisiológico de que sus rodillas se negaron a sostenerla un segundo más.
Al fondo de la carpeta había un documento más largo: un plan de negocios de Limontech. No el actual — uno viejo, impreso en papel amarillento, con tipografía de Word y márgenes desparejos. La portada decía: "Limontech - Plan de Negocio. Santiago Montero Vega. Junio 2019." Santiago tenía diecisiete años cuando lo escribió.
Lo abrió en la primera página. Debajo del nombre de la empresa, donde normalmente va un eslogan corporativo, había una línea en cursivas:
"Porque alguien merece ser encontrada."
Valentina cerró la carpeta. La puso de vuelta en el cajón. Cerró el cajón con llave. Devolvió el llavero al vaso de cristal. Hizo todo esto con los movimientos automáticos de alguien que está operando en piloto automático mientras su interior se derrumba.
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Salió a la terraza. Se sentó en la silla de Santiago, entre los cuatro limoneros, y lloró.
No con la discreción controlada de un adulto sino con la misma intensidad que la niña del triciclo — los mismos sollozos de cuerpo entero, la misma cara roja, la misma incapacidad de modular el volumen o la duración. Lloró por el niño de diez años que dejó de hablar. Lloró por el adolescente de diecisiete que escribió un plan de negocios para encontrar a una niña que olía a limón. Lloró por las catorce boletas de calificaciones y las catorce fotos de clase con un círculo de pluma azul. Lloró por todo lo que Santiago hizo en silencio durante catorce años mientras ella vivía su vida en Guadalajara sin saber que alguien en la Ciudad de México estaba contando los días.
No escuchó la puerta de cristal abrirse. No escuchó los pasos sobre las baldosas de la terraza. No supo que Santiago estaba ahí hasta que su voz llegó desde arriba, seca y preocupada:
—¿Qué pasó?
Valentina levantó la cara. Él estaba parado frente a ella con la chamarra de cuero en la mano — acababa de llegar de Limontech, probablemente había visto su mochila en la cocina y subido directo. Tenía la mandíbula apretada y los ojos recorriendo la terraza como si buscara al responsable de hacerla llorar.
—¿Cuántas cosas más hiciste sin decirme? —dijo Valentina, y la voz le salió rota, irregular, como una señal de radio que va y viene.
Santiago se quedó quieto. Algo cambió en su expresión — el enojo protector se transformó en algo más parecido al reconocimiento, como si hubiera entendido exactamente qué cajón había abierto y qué había encontrado adentro.
—Las que hicieran falta —dijo.
No se disculpó. No se justificó. No dijo "no debiste buscar ahí" ni "puedo explicarlo" ni "no es lo que parece". Dijo la verdad con la misma economía de siempre — cinco palabras que contenían catorce años de vigilia.
Valentina se levantó de la silla. Cruzó los dos metros que los separaban. Y lo abrazó.
No como la vez del pasillo, cuando él la sostuvo y ella se dejó sostener. Esta vez fue diferente. Esta vez Valentina lo abrazó con los dos brazos alrededor de su cintura y la cara contra su pecho, y él tardó tres segundos — tres segundos que ella contó porque su oído estaba pegado al esternón de Santiago y pudo escuchar cómo su corazón se aceleraba — en bajar los brazos y rodearla.
La abrazó de vuelta. Con fuerza. Con las dos manos abiertas sobre su espalda, los dedos extendidos como si quisiera cubrir la mayor cantidad de superficie posible, como si el abrazo fuera una ecuación y la variable fuera el área de contacto.
Se quedaron así un rato largo. Los limoneros los rodeaban. El cielo nublado de CDMX amenazaba con lluvia. El celular de Valentina vibró en el bolsillo de su chamarra — probablemente Diego, preguntando si ya estaba lista para el torneo — y ella lo ignoró.
No dijo nada. Él no dijo nada. El primer abrazo mutuo no necesitaba narración.
Cuando se separaron, Valentina se limpió la cara con la manga. Santiago le extendió un pañuelo de tela que sacó del bolsillo de la chamarra — porque por supuesto que Santiago Montero usaba pañuelos de tela, porque por supuesto que era ese tipo de persona.
—Gracias —dijo ella.
—¿Vas a algún lado? —preguntó él, mirando su ropa.
—Un torneo de tenis. Diego me invitó.
Algo cruzó por la cara de Santiago — rápido, como un pez bajo la superficie del agua: lo ves moverse pero no puedes identificar la especie.
—Diviértete —dijo.
Valentina bajó al segundo piso. Se lavó la cara. Se retocó los ojos. Cuando Diego llegó a las diez en punto con una sonrisa fácil y un coche prestado, ella subió y se fue al torneo.
Pero durante todo el camino, mientras Diego hablaba del bracket y de sus posibilidades en dobles y de lo buenas que eran las garnachas del club, Valentina solo podía pensar en una cosa: la sensación de las manos de Santiago abiertas sobre su espalda, y el sonido de su corazón acelerándose debajo de la chamarra de cuero.
El muro ya no estaba. Lo que había detrás daba más miedo que el muro.