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Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Amor-odio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Mateo.

Capítulo 8: Mateo

Un abrazo puede ser más peligroso que un beso. Porque un beso se da y se olvida. Un abrazo te envuelve, te atrapa, te hace sentir que perteneces a alguien aunque sepas que no es así.

La sentí caer en mis brazos como un pájaro herido que finalmente encuentra un lugar donde posarse. Su peso era ligero, pero su dolor pesaba más que el mundo entero. Y mientras la sostenía, mientras sus sollozos resonaban contra mi pecho, supe que no habría vuelta atrás.

Sus dedos se aferraron a mi camiseta como si yo fuera el único punto firme en un océano de caos. Su cabello rojo olía a mar y a lágrimas, y su cuerpo temblaba contra el mío con una intensidad que me partía el alma. Había esperado este momento durante diez años. Había soñado con tenerla de nuevo entre mis brazos, pero no así. No con el corazón roto por la traición de su amiga más querida.

Déjame, susurró contra mi pecho. Solo déjame llorar, por favor.

No dije nada. No había palabras que pudieran aliviar su dolor. Solo la sostuve, acariciando su espalda con movimientos lentos, circulares, como había hecho tantas veces cuando estábamos juntos, cuando el mundo era más sencillo y el futuro parecía un lugar seguro.

Pasaron minutos. O quizás horas. El tiempo se había detenido en ese abrazo, en el calor de su cuerpo contra el mío, en la forma en que su respiración se iba aquietando lentamente, sincronizándose con la mía.

Finalmente, levantó la cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos, hinchados por el llanto, pero había algo en ellos que no había visto en diez años. Algo que no era odio. Algo que era más frágil, más peligroso.

Vulnerabilidad.

¿Por qué no me lo dijiste antes? ,preguntó, y su voz era un hilo roto—. ¿Por qué cargaste con esta culpa durante tanto tiempo?

Porque te quería proteger ,respondí, y mi voz era grave, ronca. Sabía que si te enterabas, perderías a tu mejor amiga. Y ya habías perdido demasiado. Tus padres. Tu hogar. Tu estabilidad. No quería que perdieras también a la persona que te sostenía.

Pero me has hecho odiarte —dijo, y sus dedos se aferraron más fuerte a mi camiseta. Me has hecho vivir diez años envenenada por el rencor hacia ti. Diez años creyendo que eras un monstruo.

Prefiero que me odies a que te odies a ti misma por no haber visto las señales.

Ella cerró los ojos y apoyó la frente contra mi pecho. Sentí sus lágrimas calientes empapando la tela de mi camiseta, y mi corazón latía tan fuerte que seguro podía sentirlo.

Eres un idiota, susurró.

Lo sé.

Un idiota con complejo de salvador.

También lo sé.

Y... hizo una pausa, y su voz tembló—. Y te he querido. A pesar de todo. Te he querido todos estos años, y lo he odiado cada maldito día.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo. No porque fueran duras, sino porque eran sinceras. Porque en ellas había la verdad que ambos habíamos estado evitando durante una década.

Yo también te he querido, Elena hable, y mi voz se quebró. Nunca dejé de hacerlo. Ni un solo día. Ni una sola noche.

Levantó la cabeza y me miró. Sus ojos verdes, los mismos que había heredado Lucía, brillaban con una mezcla de dolor y deseo. Y en ese momento, el mundo se redujo a sus labios.

No supe quién se movió primero. Si fui yo o ella. Pero de repente, estábamos tan cerca que podía sentir su aliento en mi boca. Podía ver las diminutas pecas en su nariz, las que siempre me habían parecido una constelación. Podía contar sus pestañas, húmedas aún por las lágrimas.

Esto no debería pasar, susurró pero su mano se enredó en mi nuca.

Lo sé.

Es una locura.

Lo sé.

Pero... sus labios rozaron los míos. No puedo evitarlo.

Y entonces nos besamos.

No fue un beso suave. No fue un beso de reencuentro, de esos que se dan en las películas después de años de separación. Fue un beso de hambre, de deseo contenido, de todas las noches de insomnio y de todas las palabras no dichas. Fue un beso que sabía a lágrimas y a sal, a pasado y a promesa. Fue un beso que lo quemaba todo a su paso.

Sus dedos se enredaron en mi cabello, y yo la apreté contra mí con una desesperación que me sorprendió. La levanté sin separar nuestros labios, la llevé contra la pared del pasillo, y sentí su cuerpo presionando contra el mío. Su calor, su olor, su sabor. Todo era abrumador. Todo era perfecto.

Pero entonces, en algún lugar de mi mente, una voz de alarma se encendió.

No podía ser así. No podía aprovecharme de su vulnerabilidad. No podía tomar lo que ella me ofrecía cuando su mundo acababa de derrumbarse.

Me separé de ella con un esfuerzo sobrehumano. Nuestras frentes seguían juntas, nuestras respiraciones entrecortadas se mezclaban en el aire.

Elena... exprese, y mi voz era apenas un jadeo. No podemos.

¿Por qué no?, preguntó, y sus ojos estaban nublados por el deseo.

Porque estás herida. Porque acabas de descubrir que tu mejor amiga mató a tus padres. Porque no estás en tu sano juicio.

Sé lo que quiero, Mateo.

No, no lo sabes. Y no voy a permitir que te arrepientas de esto mañana.

Ella me miró con una mezcla de frustración y gratitud. Luego, lentamente, asintió.

Eres un idiota, repitió pero esta vez había una sonrisa temblorosa en sus labios.

Ya lo sé.

Se apartó de mí y se ajustó la camiseta, que se había subido ligeramente. Y en ese gesto, en esa pequeña muestra de pudor, vi a la Elena de hace diez años. La que se sonrojaba cuando la miraba. La que se mordía el labio cuando estaba nerviosa.

Gracias susurre, y su voz era suave. Por no aprovecharte.

Nunca lo haría. No de ti.

Ella asintió y se giró para subir las escaleras. Pero antes de desaparecer en el rellano, se detuvo.

Mateo.

Dime.

Esta noche... no duermas en el sofá.

Y se fue, dejándome allí, con el corazón latiendo tan fuerte que creí que iba a estallar.

No dormí en el sofá. Dormí en mi habitación, la de al lado de la suya, con la puerta entreabierta y el oído atento a cualquier sonido que viniera de su cuarto.

Pero no oí nada.

Solo el latido de mi propio corazón, que no dejaba de repetir su nombre.

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