Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 1: El final de una arqueóloga y un nuevo despertar
El sol abrasaba el desierto de Gansu, dejando el aire pesado y lleno de polvo. Roxana Wén —aunque en ese momento solo llevaba el apellido de su madre, una joven investigadora colombiana de ascendencia china que había dedicado su vida a la historia antigua— se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, sin dejar de mirar con fascinación lo que tenía frente a sus ojos. Llevaba tres semanas en la zona, trabajando en una excavación que, según los registros, había sido una antigua ruta comercial y centro de almacenamiento de documentos de la época Tang. Nadie había profundizado allí en décadas, y lo que estaban encontrando superaba todas las expectativas.
—¡Mira esto! —gritó su compañero, Marcos, desde unos metros más abajo, señalando una abertura estrecha entre dos muros de ladrillo—. Parece una cámara oculta.
Roxana se acercó con cuidado, ajustándose las gafas protectoras. Tenía veintiocho años, una mente inquieta y una curiosidad que a veces le jugaba malas pasadas; siempre decía que su lugar no estaba en las oficinas, sino entre las ruinas, donde el pasado todavía susurraba. Al asomarse, sus ojos se iluminaron: dentro, protegidos por capas de barro seco y madera desgastada, había rollos de seda con escritura antigua, intactos en gran parte. Eran registros administrativos, mapas, incluso tratados de agricultura y medicina. Cosas que podrían reescribir lo que se sabía sobre cómo vivían, pensaban y organizaban la sociedad en ese siglo VII que tanto le apasionaba.
—Voy a entrar —dijo sin dudar, apartando la tierra suelta con las manos.
—¡Espera, Roxana! No sabemos si la estructura es estable —advirtió Marcos, pero ella ya se había deslizado por el hueco, impulsada por esa necesidad casi urgente de tocar, de comprender, de estar lo más cerca posible de aquella época que tanto le fascinaba.
El interior era fresco, el aire denso y cargado de siglos de silencio. Se arrodilló junto a los rollos, acariciando con delicadeza la seda amarillenta. Las letras, trazadas con tinta oscura, eran claras, elegantes, la caligrafía característica de la Dinastía Tang. Leyó fragmentos en voz baja, susurrando como si temiera romper el hechizo: “…el agua que riega los campos es la vida del pueblo…”, “…la sabiduría no conoce género ni rango…”. Una sonrisa se le dibujó en los labios. Siempre había pensado que las mujeres de esa época habían sido mucho más que lo que los libros de historia solían contar: no solo esposas o hijas, sino personas con ideas, talentos y voz propia, aunque muchas veces ocultas por las normas estrictas de su tiempo.
—Ojalá hubiera podido verlo con mis propios ojos —murmuró, con un suspiro—. Ojalá hubiera podido vivirlo, entender realmente cómo era todo…
Fue entonces cuando escuchó el crujido. Un sonido sordo, profundo, que hizo que el suelo bajo sus rodillas vibrara levemente. Al levantar la cabeza, vio cómo las paredes de adobe empezaban a desmoronarse, grandes bloques de tierra y piedra cayendo desde arriba, arrastrados por el peso de siglos de abandono.
—¡Roxana! —gritó Marcos desde fuera, con pánico en la voz.
Ella intentó retroceder, pero el paso por el que había entrado se cerró de golpe, bloqueado por una masa de tierra y escombros. El techo se vino abajo en un estruendo ensordecedor. Lo último que sintió fue el impacto contra su espalda, el aire abandonando sus pulmones y una extraña sensación de calma en medio del caos. Lo último que pensó, antes de que la oscuridad se lo tragara todo, fue: “Al menos estoy aquí, entre lo que más amé… y mi deseo sigue siendo el mismo: conocer esa época, vivirla…”.
El primer sonido que llegó a sus oídos fue el canto de los pájaros, claro y alegre, muy distinto al silencio pesado del desierto o al ruido de las excavadoras. Luego, sintió el tacto de una tela suave, fresca, que cubría su cuerpo, y el aire, perfumado con olor a flores y a madera recién cortada.
Roxana abrió los ojos despacio, esperando ver el cielo gris del desierto o el techo de una tienda de campaña. Pero lo que vio la dejó paralizada.
Sobre ella, vigas de madera oscura, talladas con figuras de dragones y flores de loto, se extendían por todo el techo. Las paredes eran de papel de arroz, translúcido, dejando pasar la luz suave del sol. A su alrededor, muebles de madera pulida, cojines de seda de colores brillantes y, en una esquina, un jarrón de cerámica azul con ramas de flores blancas que ella reconoció de inmediato: flores de ciruelo, muy comunes en la antigua China.
—¿Dónde…? —susurró, y su voz sonó más aguda, más joven de lo que recordaba.
Se sentó de golpe, y el movimiento hizo que su cabeza diera vueltas. Se miró las manos: eran pequeñas, delgadas, de piel suave, sin las marcas de tierra ni las cicatrices de años de trabajo arqueológico. Se llevó una al rostro, tocando su propia cara: rasgos finos, piel tersa, una forma muy parecida a la suya, pero más joven, mucho más joven.
De repente, una avalancha de recuerdos invadió su mente. No solo los suyos, los de la arqueóloga del siglo XXI, sino otros nuevos, vívidos, propios: Soy Roxana Wén, tengo dieciséis años. Mi padre es Wén Chen, alto funcionario de la corte imperial. Mi madre es Lǐ Mèi, dulce y valiente. Tengo tres hermanos menores: Hào, de catorce años, Lín de doce, y Yǔ de nueve, que me siguen a todas partes y harían cualquier cosa por mí. Vivo en la capital, en una mansión grande, rodeada de jardines… Estamos en el año 638, Dinastía Tang.
Cayó de espaldas sobre las almohadas, con el corazón latiéndole con fuerza. No estaba soñando. Sabía distinguir un sueño de la realidad, y cada detalle, cada sensación, cada recuerdo nuevo era demasiado nítido, demasiado real. Había muerto aplastada en esa excavación, justo cuando deseaba con toda su alma poder ver y vivir esa época… y ahora, estaba aquí. Renacida. Con su mismo nombre, su misma esencia, pero en un cuerpo joven, en el tiempo que siempre había amado, conservando toda su memoria, todo lo que había aprendido, todo lo que sabía del futuro.
—¡Se ha despertado! —gritó una voz femenina, llena de alegría, desde la puerta.
Entraron dos mujeres jóvenes, vestidas con túnicas largas de colores claros, el cabello recogido en peinados sencillos. Eran sus sirvientas, según los recuerdos que fluían en su mente: Xiù y Huā, que la habían cuidado desde niña. Detrás de ellas, entraron dos personas que hicieron que a Roxana se le llenaran los ojos de lágrimas sin saber por qué: un hombre alto, de rostro amable y porte digno, con ropas de seda azul oscura bordadas con hilos finos, y una mujer hermosa, de sonrisa dulce, vestida con sedas rosadas y blancas, con peinetas de jade en el cabello.
—¡Hija mía! —exclamó la mujer, corriendo hacia la cama y sentándose a su lado, tomándole las manos entre las suyas, cálidas y suaves—. ¡Qué susto nos diste! Te desmayaste ayer en el jardín, y no despertabas…
El hombre, su padre, se acercó también, poniendo una mano grande y fuerte sobre su frente, con preocupación en la mirada:
—¿Cómo te sientes, Roxana? ¿Te duele algo? Los médicos dijeron que solo era un desmayo por el calor, pero tu madre y yo no hemos podido dormir de la preocupación.
Roxana los miró, sintiendo un amor inmenso brotar de su corazón, un amor que no venía solo de los recuerdos de esta nueva vida, sino de algo más profundo, como si el alma reconociera el cariño verdadero. En su vida anterior, sus padres habían muerto cuando era pequeña, y había crecido entre parientes y luego sola, dedicada al trabajo. Nunca había tenido algo así: un amor tan puro, tan protector, tan incondicional.
—Estoy bien, padre, madre —dijo con voz suave, intentando sonreír—. Solo… me siento un poco confundida, nada más.
—¡Pues descansa todo lo que quieras! —ordenó su madre, acomodándole las mantas—. Hoy no tienes que hacer nada, ni estudiar, ni salir. Lo que quieras, lo que necesites, solo tienes que pedirlo. Sabes que, para nosotros, eres lo más importante del mundo.
En ese momento, tres figuras pequeñas se asomaron tímidamente por la puerta: tres niños, de distintas edades, con rasgos parecidos a los suyos, los ojos brillantes de emoción y miedo a partes iguales.
—¡Hermana mayor! —gritó el mayor, Hào, corriendo hacia ella, seguido de los otros dos—. ¡Pensamos que te habías ido para siempre!
Lín y Yǔ se quedaron detrás, un poco más tímidos, pero con los ojos llenos de lágrimas. Roxana sintió que el corazón se le desbordaba. Estos eran sus hermanos, que la adoraban, que la seguían a todas partes, que siempre la defendían. Y sus padres, que la consentían, que le permitían hacer cosas que ninguna otra joven de la época hacía: leer cualquier libro que quisiera, montar a caballo, hablar con libertad, expresar sus opiniones sin miedo.
Se sentó de nuevo, abriendo los brazos, y los tres niños se lanzaron a abrazarla, cálidos, ruidosos, llenos de cariño.
—No me he ido a ninguna parte —les dijo, acariciando el cabello de cada uno—. Estoy aquí, y no me iré nunca.
Mientras sus padres hablaban con las sirvientas, organizando todo para que ella estuviera cómoda, Roxana miró por la ventana, hacia el jardín lleno de flores, árboles frutales y un estanque con peces de colores. Pensó en su vida anterior, en cómo había muerto y en cómo había llegado aquí. No entendía por qué, ni cómo, pero sabía una cosa con absoluta claridad: tenía una segunda oportunidad. Estaba en la época que más amaba, tenía una familia que la amaba incondicionalmente, tenía toda la inteligencia y los conocimientos de su tiempo, conocimientos que aquí, en el siglo VII, podían cambiar muchas cosas.
Y también sabía que, en algún lugar de esta gran capital, estaba el Emperador Li Longjun, el hombre que, según el destino que ella misma había creado en su historia, se convertiría en el dueño de su corazón, el Dragón Dorado que pasaría de la indiferencia a la obsesión absoluta.
—Bien —murmuró para sí misma, con esa sonrisa decidida y pícara que siempre la había caracterizado—. Si renací aquí, será para algo. Y mientras tanto… nadie va a decirme qué hacer, cómo hablar o cómo ser. Soy Roxana Wén, terca, inteligente y ahora… lista para cambiar el destino de esta época.
Por primera vez desde que había abierto los ojos, no sintió miedo, ni confusión. Solo emoción. Porque el pasado se había quedado atrás, sepultado bajo las ruinas de una excavación, y el futuro… estaba justo frente a ella, lleno de luz, de amor y de todas las aventuras que aún estaban por comenzar.