A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capitulo 15
La tormenta se había estado gestando desde el crepúsculo, como un presagio oscuro que flotaba sobre los rascacielos de la ciudad. En el interior del ático, las horas se habían diluido entre planos de la constructora, informes financieros y carpetas legales que Thiago había dejado blindadas. Había sido una jornada intensa, una noche de trabajo donde la cercanía forzada sobre el escritorio de caoba ya mantenía el ambiente cargado de una electricidad estática mucho más peligrosa que la del cielo exterior.
Valery dio un último sorbo a su copa de vino, sintiendo el cansancio acumulado en los músculos. Vestía un minivestido de seda color perla, una prenda fluida y ligera que apenas rozaba sus muslos y dejaba sus hombros completamente expuestos. En su cuello, el dije de corazón de oro blanco atrapaba los sutiles reflejos de la lámpara de pie.
De pronto, un relámpago cegador rasgó la noche, iluminando los inmensos ventanales con una claridad espectral. Un milisegundo después, un trueno ensordecedor sacudió los cimientos del edificio, un estallido tan violento que pareció que el cielo se rompía en pedazos.
Al instante, el zumbido del aire acondicionado se apagó y las luces del ático se extinguieron por completo, sumiendo el lugar en una oscuridad absoluta y densa.
Valery soltó un grito ahogado. El miedo a los truenos y a la oscuridad total era una debilidad infantil que arrastraba desde siempre, un trauma secreto que nadie en la superficie de su vida perfecta conocía. El corazón le dio un vuelco desbocado en el pecho y, perdiendo el control de su habitual postura recta y segura, dejó caer la copa sobre la alfombra.
—¿Valery?
La voz de barítono de Marcos, profunda y rasposa, resonó a pocos metros.
Otro relámpago iluminó el salón y el subsiguiente estallido de un nuevo trueno hizo que Valery perdiera los estribos. Presa del pánico, se movió a ciegas por el espacio, tropezando con sus propios pasos hasta que chocó directamente contra un muro de calidez sólida.
Eran los brazos de Marcos.
Él la atrapó al instante. Sus manos grandes, cálidas y seguras se posaron en su cintura con una firmeza posesiva, atrayéndola contra su cuerpo. Valery se aferró a él con desesperación, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, inhalando el embriagador aroma a sándalo y lluvia que emanaba de su piel. Marcos vestía únicamente unos pantalones oscuros y una camisa negra desabrochada hasta la mitad del pecho; el contacto de las manos de Valery contra su piel desnuda hizo que el torso de él se tensara de inmediato.
—Tranquila, muñeca. Estoy aquí —murmuró Marcos cerca de su oído, su aliento caliente rozando la nuca de Valery y provocando un estremecimiento que ya no tenía nada que ver con el miedo.
En ese momento, las ráfagas de viento de la tormenta golpearon con violencia las puertas correderas de la terraza exterior, que se habían quedado entreabiertas. La lluvia torrencial comenzó a colarse en el ático, arrastrada por el vendaval, salpicando con fuerza el suelo y empapándolos en cuestión de segundos. El agua fría del exterior humedeció el cabello de Valery, haciendo que las hebras oscuras se pegaran a su cuello, y empapó la seda de su vestido perla, adhiriéndola a su cuerpo como una segunda piel que marcaba cada una de sus curvas con una precisión anatómica.
Marcos maldijo entre dientes y, sin soltarla, caminó bajo la penumbra y los destellos del cielo para cerrar los ventanales. El frío de la lluvia y el viento azotó sus cuerpos mojados, haciéndolos tiritar sutilmente, pero la fricción inmediata que se desató cuando él volvió a rodearla con sus brazos generó una corriente de calor abrasador que evaporó el frío al instante.
Aislados del mundo, sin cámaras, sin directores y sin contratos que simular, la farsa protectora dio paso al deseo definitivo.
Marcos la empujó con lentitud deliberada hacia la pared de mármol más cercana, acorralándola con su imponente físico. Sus cuerpos mojados se moldearon el uno contra el otro; la seda húmeda del vestido de Valery ofrecía una resistencia nula ante el calor que emanaba de la piel del mayor de los Sánchez.
—Tienes frío —dijo Marcos con la voz rota, sus ojos oscuros brillando bajo los destellos intermitentes de los relámpagos con un fuego salvaje, hambriento y desprovisto de cualquier freno.
—Ya no —susurró Valery, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas. Su espalda se apoyaba en el mármol, pero sus manos, guiadas por una atracción incontrolable que ya no podía contener, subieron por los hombros anchos de Marcos y se enredaron con fuerza en su cabello húmedo.
Marcos bajó la mirada hacia los labios de ella, que estaban entreabiertos e hinchados por la expectación. El pulgar de él subió por su barbilla, acariciando la comisura de su boca con una presión lenta que hizo que a Valery se le cortara la respiración por completo. El pulso en lo más profundo de su vientre latía con una fuerza ensordecedora, borrando cualquier rastro de miedo a la tormenta. Ahora, el verdadero peligro estaba dentro del ático.
—He intentado jugar bajo tus reglas, Valery —admitió Marcos en un susurro ronco, inclinándose hasta que sus labios rozaron la piel húmeda de su mejilla—. He respetado el maldito pacto, he soportado tocarte frente a los demás solo para tener que soltarte después. Pero tenerte así, empapada, buscándome... me está volviendo loco.
—Entonces deja de hablar, Marcos —replicó ella con una voz juguetona y ronca, rompiendo la última barrera del autocontrol.
Marcos acortó la distancia y la atrapó en un beso salvaje, húmedo y profundamente posesivo que pareció eclipsar el estruendo de los truenos exteriores. Ya no era una actuación para convencer a Estela, ni un despliegue de poder para humillar a Adrián; era la entrega absoluta de dos cuerpos que llevaban arrastrando una tensión innegable desde hacía meses. La boca de Marcos devoraba la de ella con una urgencia abrasadora, saboreando las gotas de agua y vino en sus labios, mientras sus manos bajaban con firmeza posesiva hacia sus caderas, levantándola ligeramente para pegarla aún más a su anatomía.
Valery emitió un gemido ahogado que se perdió en la boca de él, arqueando la espalda contra el frío mármol mientras el calor denso de Marcos la consumía viva. Deslizó sus manos bajo la camisa negra mojada de él, recorriendo los músculos firmes de su espalda, sintiendo la vibración de su fuerza a cada caricia.
La fricción de la seda mojada contra la piel de ambos desató una oleada de estimulación sensorial que nubló la mente de Valery por completo. Marcos separó sus labios por un segundo solo para bajar el beso por su barbilla, trazando un camino de fuego por su cuello hasta morder sutilmente la clavícula donde el collar de corazón descansaba, haciéndola temblar de la cabeza a los pies.
Bajo la luz intermitente de la tormenta, la mano de Marcos subió por la abertura lateral de su vestido, sus dedos largos enterrándose en la carne firme de su muslo, ejerciendo una presión ardiente que ascendió peligrosamente, reclamándola como suya en la oscuridad del ático. Valery se aferró a sus hombros, perdida en la neblina del placer, sabiendo que ya no había vuelta atrás. El contrato se había disuelto en el agua de la lluvia y lo que quedaba era la verdad más pura e incontrolable: pertenecían al mismo fuego, y esa noche se iban a quemar juntos.