Laura lo tenía todo: un esposo millonario, una carrera exitosa, y el amor de sus hijos. Pero el pasado no perdona. Y el suyo está a punto de volver para cobrarse el precio.
Un viaje soñado a Colombia se convierte en la peor de las pesadillas. Los Zetas los secuestran. Andrés, su hijo de cuatro años, es arrancado de sus brazos. Y Valeria, la ex esposa de Alfred, ha vuelto de la cárcel con una sola misión: hacerle pagar cada minuto que pasó encerrada.
En medio de la selva, sin armas, sin aliados y sin esperanza, Laura deberá tomar el mando. No es una heroína. Nunca quiso serlo. Pero cuando se trata de proteger a los suyos, no hay línea que no esté dispuesta a cruzar.
"El precio de tu amor 2: El regreso" — una novela de acción, romance y supervivencia. La espera terminó. La venganza comenzó.
NovelToon tiene autorización de Baudilio Smith Burgos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: La Tormenta.
CAPÍTULO 2: "La Tormenta"
El avión llevaba tres horas en el aire cuando el capitán encendió el cartel de "abróchense los cinturones".
—Señores pasajeros, estamos entrando en una zona de turbulencia. Por favor, permanezcan sentados.
Laura sintió un vuelco en el estómago. No era miedo a volar. Era algo más. Algo que no sabía nombrar.
— ¿Todo bien? —preguntó Alfred, notando su gesto.
—Sí. Solo nervios.
—No tienes motivos.
—Lo sé.
Pero los tenía, y no era la turbulencia. Andrés seguía dormido, con la cabeza apoyada en el pecho de su padre. Sofía, sentada dos filas atrás con un libro en la mano, ni siquiera levantó la vista.
El avión tembló. Las luces parpadearon. Una azafata pasó rápido, con el rostro tenso.
—No es nada grave —dijo Alfred.
—Lo sé.
—Entonces relájate.
Laura intentó relajarse. Cerró los ojos y respiró hondo. Pero la sensación no se iba. El aterrizaje fue brusco pero seguro. Bajaron del avión en un aeropuerto pequeño, rodeado de montañas verdes. El aire olía a tierra mojada.
—Bienvenidos a Colombia —dijo Alfred, tomando su mano.
—Es hermoso.
—Y caliente. Vamos a buscar las maletas.
Andrés despertó cuando pasaron por la cinta de equipaje. Se restregó los ojos y miró a su alrededor con curiosidad.
— ¿Dónde estamos, mami?
—En Colombia, amor.
— ¿Y aquí hay monos?
—Tal vez. Pero primero tenemos que llegar al hotel.
Afuera, los esperaba un conductor con un cartel que decía "McCormick". Era un hombre moreno de unos cuarenta años y sonrisa fácil.
—Bienvenidos —dijo, tomando las maletas—. Soy Carlos. Los llevaré al resort.
— ¿Cuánto falta? —preguntó Laura.
—Dos horas. Pero el camino es lindo.
Subieron a una camioneta negra, de esas con vidrios polarizados. Laura se sentó al lado de la ventana. Alfred en el medio y Andrés en su regazo. Sofía se sentó atrás, con sus auriculares puestos.
— ¿Podemos poner música? —preguntó.
—Cuando lleguemos.
—Está bien.
La carretera serpenteaba entre montañas. El verde era tan intenso que parecía irreal. Laura miraba por la ventana maravillada.
—Es hermoso —dijo.
—El problema no es el paisaje —respondió Carlos, mirando por el espejo retrovisor—. Son los que se esconden en él.
Laura sintió un escalofrío.
— ¿A qué te refieres? —Preguntó Laura intrigada
—A nada. Hablo de las noticias.
— ¿Papi aquí hay animales que atacan a las personas?
—Siempre los hay. Pero el resort es seguro. No se preocupen.
Laura quiso decir algo, pero Alfred le apretó la mano.
—Vamos a estar bien —dijo.
—Lo sé.
— ¿Cómo lo sabes? —Preguntó Sofía.
—Porque no va a pasar nada.
Mentía porque no quería asustar a Andrés. El camino se volvió más angosto. La selva se cerraba sobre ellos. Las ramas de los árboles rozaban el techo de la camioneta.
— ¿Falta mucho? —preguntó Sofía, aburrida.
—Media hora —respondió Carlos.
Laura miró el reloj. Las seis de la tarde y el sol comenzaba a bajar.
— ¿Llegaremos de día?
—Vamos a llegar entre dos luces, pero no se preocupen porque yo hago este trayecto con frecuencia.
El conductor encendió las luces. La carretera se oscurecía rápido. Fue entonces cuando Laura la vio. Había una camioneta negra igual a la suya, estaba estacionada en medio del camino.
— ¿Qué hace ese auto ahí? —Preguntó Carlos, frenando.
—No sé —respondió Alfred.
— ¿Quién es?
—No lo sé.
Laura sintió que la sangre se le helaba.
—Demos la vuelta —dijo.
—No puedo. El camino es muy estrecho.
Además, es peligroso.
—Entonces, ¿Qué hacemos?
Alfred no respondió. Las puertas de la camioneta estacionada se abrieron, y varios hombres armados bajaron de ella. Y entonces todo fue caos. Los hombres armados rodearon la camioneta. Carlos levantó las manos. Alfred me tomó a Laura de la mano. Andrés se despertó asustado. Sofía gritó. Y Laura se percató en ese momento que el viaje que habían soñado, se había convertido en la peor de las pesadillas.