Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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18. Capítulo 18
La invasión de la "Espía" y una declaración bajo la lluvia
El video de Regina cayendo en la cesta de papas en el supermercado se había vuelto viral en las redes locales. Sin embargo, Regina, en su afán de no aceptar la derrota, decidió jugar su última carta.
A las tres de la tarde, sonó el timbre de la mansión Mercier. Al abrir la puerta la empleada, entró una mujer con una peluca negra gigante, gafas de sol que le tapaban media cara, un abrigo de trincheras beige y un bigote falso pegado con cinta.
—Buenos días... Vengo de la "Inspección de Impuestos Internacionales" y necesito hablar con el señor Mateo Mercier de urgencia —dijo Regina intentando cambiar la voz a un tono grave.
En ese momento, Don Arturo salió de la cocina con una escoba en la mano y una taza de café en la otra. Se detuvo en seco, miró a la extraña figura de arriba abajo y soltó un bufido que casi hace que se ahogue con el café.
—¡Ayyy no, me muero! —créame Arturo tirando la escoba al piso y poniéndose las manos en la cabeza con drama puro—. ¡Llegó la Pantera Rosa! ¡Atención todos, tenemos un agente secreto en la casa!
Doña Helena bajó corriendo las escaleras con un plumero para sacudir en la mano y, al ver a Regina disfrazada, se agarró del barandal muerta de la risa.
—¡Por el amor de Dios, Arturo! —grito Helena entre risas—. ¿Esa es Regina o es un disfraz barato de Halloween fuera de temporada? ¡Mírale el bigote, se le está despegando del lado izquierdo!
Regina, al verse descubierta, se acomodó el bigote aterrada.
—¡No soy Regina! ¡Soy la inspectora... la inspectora Ramona! —protestó intentando mantener la compostura.
—¡Inspectora Ramona de las Papas! —se burló Arturo acercándose con un atomizador de agua para las plantas—. A ver, Ramona, déjame desinfectarte el bigote a ver si se te quita lo mentirosa.
¡FLIT, FLIT! Arturo empezó a rociarle agua en la cara a Regina con el atomizador.
—¡AAAAAAAH! ¡Mi maquillaje de mil dólares! ¡Mis pestañas! —chilló Regina despegándose el bigote de un jalón y quitándose la peluca que le quedó chueca.
—¡Ajá! ¡Sabía que eras tú, la arpía del supermercado! —gritó Helena amenazándola con el plumero—. ¡Arturo, suéltale a los perros... o mejor pásame la manguera del jardín!
—¡No me toquen, viejos locos! ¡Ustedes son una familia de dementes! —gritó Regina dando brincos en la entrada mientras se limpiaba el agua de la cara.
—¡Locos pero felices, mi amor! ¡Y sin harina en la cabeza! —respondió Arturo haciendo un bailecito victorioso—. ¡Si vuelves a poner un pie en esta casa disfrazada de espía de descuento, te recibimos con la manguera de los bomberos! ¡Lárgate!
Regina salió corriendo por la puerta principal tropiezos tras tropiezos, con la peluca en la mano y el abrigo abierto, mientras Arturo y Helena le gritaban desde el pórtico: "¡Regresa pronto, Ramona! ¡Te guardamos unas papas!".
Mientras el escándalo ocurría en la entrada, en la parte trasera de la casa el ambiente era completamente diferente.
Una lluvia suave comenzaba a caer sobre el invernadero del jardín. Mateo e Isabela estaban dentro, rodeados de flores y el dulce sonido de las gotas de agua chocando contra el cristal.
Mateo escuchó los gritos lejanos de su padre, pero solo pudo sonreír y negar con la cabeza. Isabela, sentada en una banca de madera, se reía bajito.
—Tus padres van a volver loco a cualquiera que intente hacer algo en esta casa —dijo Isabela con los ojos brillándole de felicidad.
Mateo se acercó a ella, se agachó y tomó sus manos entre las suyas.
—Mis padres están locos, sí... pero gracias a ellos y a ti, esta casa por fin se siente como un hogar —susurró Mateo, mirándola con una devoción absoluta—. Isabela, Regina o cualquier otra persona pueden intentar lo que sea, pero nada ni nadie en este mundo va a cambiar lo que siento por ti.
Isabela sintió que el corazón se le llenaba de una calidez hermosa. Acarició la mejilla de Mateo con ternura, recordando cómo habían pasado de la distancia helada al verdadero amor.
—Lo sé, Mateo... Yo también lo siento —confesó ella con dulzura.
Mateo se puso de pie, la tomó suavemente de la cintura y la atrajo hacia él. Bajo el sonido de la lluvia y con la paz de haber dejado el pasado atrás de una vez por todas, la besó con una pasión y una ternura que dejaron en claro que su historia recién comenzaba.