Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 15
Capítulo 15
La foto
Valentina se despertó el sábado con dolor de cabeza y un mensaje de Mariana.
"¿Qué pasó anoche? Yasmín me escribió a las dos de la mañana diciéndome que Alejandro fue al club a recogerte como si fueras una adolescente. ¿Qué hiciste?"
Valentina se sentó en la cama del cuarto de servicio y tecleó despacio.
"Jugamos a un juego de preguntas. Me retaron a llamar a Alejandro. No contestó la primera vez. Me tomé unos mezcales. Lo llamé después y le dije que me sentía mal. Vino a buscarme."
La respuesta de Mariana tardó cuatro minutos. Cuatro minutos significaba que estaba midiendo cada palabra, que algo le preocupaba más de lo que iba a admitir.
"Eso es bueno. Que la gente los vea juntos. Que piensen que se preocupa por ti."
Valentina releyó el mensaje. No había regaño. No había "te dije que no bebieras" ni "qué estupidez." Mariana estaba contenta. Alejandro yendo al club a recoger a su esposa era la mejor publicidad posible para un matrimonio que necesitaba parecer real.
Lo que Mariana no sabía era que la publicidad no era lo que le había calentado el pecho a Valentina en el auto.
Se duchó, se vistió con ropa cómoda, y bajó a la cocina. Nana Carmela le tenía listo un café cargado y un plato de chilaquiles verdes con crema y queso. El olor a tomatillo y a cilantro le revolvió el estómago y le abrió el apetito al mismo tiempo.
—¿Mala noche, señora? —preguntó Nana, con una sonrisa que lo sabía todo.
—Tres mezcales de más.
—El señor le dejó esto antes de irse.
Nana le puso delante un vaso de vidrio con un líquido verde oscuro. Olía a apio, a jengibre, y a algo amargo que no pudo identificar.
—¿Qué es?
—Su remedio para la cruda. Dice que se lo tome antes del café.
Valentina se lo tomó de un trago. Sabía a tierra mojada con un toque de limón. Le bajó por el esófago como una mano fría que le acomodó las entrañas.
—¿A qué hora se fue?
—A las siete. Tenía una junta en la Torre. Dijo que hoy regresaba temprano.
Valentina asintió. Se sentó en la barra de la cocina y comió los chilaquiles con la concentración de quien reconstruye su cuerpo pieza por pieza. Nana se movía por la cocina tarareando una canción que Valentina no conocía pero que le recordaba a las mañanas de su infancia, cuando Aurora le cantaba mientras lavaba la ropa ajena.
A las once, Bruno la llevó a la Torre Quirós. Era sábado, pero Alejandro trabajaba los sábados hasta las dos, y Valentina había empezado a llevarle el almuerzo como parte del trato del arpa.
La oficina estaba vacía excepto por él y un hombre que Valentina no conocía, sentado frente al escritorio con una laptop abierta y una taza de café que ya se había enfriado.
—¡Cuñada! —El hombre se puso de pie con una sonrisa que ocupaba la mitad de la cara—. Por fin te conozco. Soy Fabián Torres. El mejor amigo de este señor que no sonríe.
Fabián era alto, moreno claro, con el pelo revuelto de alguien que no se peina por estilo y no por descuido. Vestía una camisa de lino desfajada y unos tenis que costaban más que el sueldo mensual de Valentina en su vida real. Tenía la energía de un labrador retriever metido en el cuerpo de un heredero farmacéutico.
—Mucho gusto, Fabián.
—Alejandro me habló de ti. Bueno, me dijo "me casé." Dos palabras. Tuve que enterarme del resto por su abuela. —Se giró hacia Alejandro—. Hermano, ¿de verdad le mandaste un jugo verde a las siete de la mañana a tu esposa con cruda? ¿Quién eres y qué hiciste con Alejandro Quirós?
Alejandro no levantó la vista del monitor.
—Siéntate, Torres.
—Contéstame primero. ¿El jugo verde tenía jengibre o no?
—Tenía.
—¡Lo sabía! —Fabián se dejó caer en la silla con un gesto teatral—. Jengibre. El detalle del jengibre. Llevo quince años conociéndote y nunca me has preparado un jugo con jengibre.
—Nunca te has emborrachado en un club un viernes por la noche.
—Me he emborrachado en sitios peores un martes a las tres de la tarde y tú jamás me has mandado ni un vaso de agua.
Valentina se sentó en la mesa pequeña junto a la pared, la misma de siempre, y abrió la laptop de Mariana. La conversación entre los dos hombres seguía a su espalda como un frontón donde Fabián lanzaba con todo el brazo y Alejandro devolvía sin moverse. Lo que le llamó la atención fue el tono: Fabián hablaba con la libertad de alguien que había ganado el derecho a burlarse de Alejandro Quirós, y Alejandro se lo permitía con la misma naturalidad con la que se permitía el silencio.
A la una, Valentina sacó el almuerzo de Nana: sopa de tortilla, pechugas con mole verde, arroz rojo, y agua de horchata en un termo. Le sirvió a Alejandro primero, después a Fabián, y se sentó con ellos en la mesa de juntas.
—Esto está increíble —dijo Fabián con la boca medio llena—. ¿Quién cocina?
—Nana Carmela. La cocinera de la casa.
—¿La misma Nana que hacía los tamales de Navidad? —Fabián miró a Alejandro—. Hermano, te casaste bien. Olvídate del amor, la comida es lo que sostiene un matrimonio.
Alejandro comió en silencio. Pero en algún momento, cuando Valentina se levantó a servir más agua de horchata, los ojos de él la siguieron hasta la jarra y de regreso. Fabián lo notó. Valentina también notó que Fabián lo notó.
Después del almuerzo, Fabián se despidió con un abrazo que Valentina no esperaba.
—Cuñada, un placer. La próxima vez que este hombre te haga enojar, me llamas a mí. Tengo fotos de él de los quince años que funcionan como arma nuclear.
—Fuera, Torres —dijo Alejandro.
Fabián salió riendo. Cuando la puerta se cerró, el silencio de la oficina se volvió denso.
Alejandro la miró.
—Fabián habla mucho. No le hagas caso.
—Me cae bien.
—A todo el mundo le cae bien. Ese es su problema.
Valentina volvió a su laptop. Trabajaron en silencio durante una hora. El sol de la tarde entraba por el ventanal y le pintaba la cara a Alejandro de oro mientras leía un documento. Ella lo miraba de reojo, atrapando fragmentos: el ángulo de la mandíbula, los dedos largos pasando páginas, la forma en que se aflojaba la corbata cuando se concentraba.
A las tres, él cerró la laptop.
—¿Tu tobillo?
—Mejor. La pomada ayuda.
—Deja de usar tacones hasta que se desinflame.
—Ayer usé tacones bajos.
—Deja de usar tacones.
Valentina sonrió. La orden le salía con la misma naturalidad que le salía respirar. Alejandro no pedía; disponía. Y lo peor era que a ella ya no le molestaba.
Recogieron las cosas. Bruno los esperaba abajo. En el elevador, Alejandro sacó el teléfono y le mostró la pantalla.
La foto de anoche. Ella recargada en el asiento del auto, con la chaqueta de él encima y esa sonrisa que no recordaba haberse puesto.
—Se la mandé a mi abuela —dijo—. Le gustó.
Valentina miró la foto. Se veía suave, desarmada, con los ojos entrecerrados y el brillo del mezcal en las mejillas. Parecía una mujer enamorada. Lo peligroso era que en esa foto no estaba actuando.
—¿También me vas a enseñar lo que te contestó tu abuela?
Alejandro guardó el teléfono.
—Me dijo que te cuidara el tobillo. Y que la próxima vez que salgas con amigas, te mande con chofer y guardaespaldas.
—Ya tengo chofer y guardaespaldas. Se llama Bruno.
—Bruno no estaba adentro del club.
La puerta del elevador se abrió. Alejandro salió primero. Valentina se quedó un segundo mirando su espalda, los hombros anchos bajo la camisa, y la mano derecha que todavía sostenía el teléfono con la foto que no había borrado.
Afuera, el sol de la Ciudad de México caía sobre Santa Fe con esa luz amarilla que hacía que todo pareciera más limpio de lo que era. Valentina subió al auto, se abrochó el cinturón, y sacó la libreta de la bolsa.
En la columna derecha escribió: "Jugo verde con jengibre, 7am." Y después, con letra más pequeña: "No borró la foto."
La columna ya tenía cinco páginas.