El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 23
A las seis de la mañana, un helicóptero *AgustaWestland* de pintura negra mate aguardaba con las hélices girando en el helipuerto privado de la villa. El viento helado de la montaña agitaba la niebla matutina, pero dentro de la nave, el ambiente era tan cálido y sofocante como la noche que acababan de dejar atrás.
Fabiola vestía un conjunto de dos piezas en tono marfil, impecable, ajustado con la elegancia matemática de quien está a punto de librar la batalla de su vida. Llevaba gafas de sol oscuras ocultando cualquier rastro de cansancio, aunque en la comisura de sus labios permanecía la sombra sutil del mordisco de Alejandro.
A su lado, Alejandro leía un informe financiero en su tableta. Llevaba un traje azul marino perfectamente entallado, el abrigo de lana sobre las rodillas y el reloj de platino ajustado a la muñeca. A simple vista, volvían a ser los dos ejecutivos implacables que se disputaban el control de Galván Motores. Pero cada vez que el helicóptero viraba y sus hombros se rozaban en el asiento de piel, un chispazo de corriente eléctrica atravesaba la cabina.
—Los inversionistas alemanes ya llegaron al *Palais des Expositions* —dijo Alejandro sin apartar la vista de la pantalla, con esa voz grave que ahora a Fabiola le sonaba peligrosamente íntima—. Creen que la reunión de las diez es para ratificar la fusión.
Fabiola cruzó las piernas lentamente, apoyando la barbilla sobre la palma de su mano mientras miraba a través del ventanal las cumbres nevadas de los Alpes.
—Déjalos que lo crean —respondió ella—. La arrogancia es el mejor anestésico antes de un golpe de estado. ¿Qué vas a hacer con las acciones que eran de Dominic?
Alejandro apagó la pantalla de la tableta con un movimiento seco de su pulgar. Giró la cabeza hacia ella, mirándola por encima del borde de sus gafas.
—Dominic no tenía acciones, Fabiola. Tenía opciones de compra a mi nombre —dijo él, sosteniéndole la mirada con una serenidad aterradora—. Todo lo que era suyo ha vuelto a mi mano. Absolutamente todo.
Fabiola sonrió para sus adentros, saboreando el veneno de la conversación. Sabía perfectamente que "volver a su mano" significaba que el cadáver de Dominic yacía en el fondo de algún río o bajo el concreto del puerto. La capacidad de Alejandro para actuar como un ejecutivo respetable mientras borraba vidas del mapa la fascinaba tanto como la ponía en guardia.
—Eres un hombre eficiente, Santamaría —murmuró ella, inclinándose un par de centímetros hacia él—. Pero en Ginebra no habrá pistolas ni matones en la sombra. Habrá periodistas, cámaras y reguladores del mercado europeo. Si tu juego sucio salpica a la marca, no me va a temblar la mano para recortarte las alas.
Alejandro soltó una risa baja, casi inaudible por el zumbido de los motores del helicóptero. Estiró el brazo y aprisionó la mano de Fabiola sobre el apoyabrazos de piel. Sus dedos, aún firmes y cálidos, apretaron los de ella con un dominio que no dejaba espacio para la duda.
—Mis sombras nunca salpican la luz, Fabiola —susurró él, acercando su rostro al de ella hasta que su aliento a café y tabaco le rozó la mejilla—. Preocúpate por tu discurso. El resto del mundo ya es mío.
El helicóptero tomó tierra en la pista privada del aeropuerto de Ginebra-Cointrin media hora más tarde. Una comitiva de tres berlinas blindadas aguardaba en la pista para trasladarlos directamente al centro de exposiciones.
Al llegar al *Palais*, el caos mediático era ensordecedor. Decenas de fotógrafos y periodistas de finanzas internacionales se agolpaban tras los cordones de seguridad. La alianza entre el gigante automotriz Galván y el fondo de inversión de Santamaría era la noticia del año en la industria europea.
Los flashes estallaron en ráfagas enceguecedoras cuando la puerta del vehículo se abrió.
Alejandro bajó primero, ajustándose el botón de la chaqueta con la elegancia impecable del *Don*. Se giró y, ante las miradas de los medios, ofreció su mano a Fabiola para ayudarla a descender. Ella aceptó el gesto con una sonrisa deslumbrante y calculadora, colocando su mano sobre la de él con la firmeza de dos soberanos que acaban de sellar un pacto de sangre.
Caminaron juntos por la alfombra roja del vestíbulo principal, flanqueados por la seguridad privada del evento.
—Señorita Galván, ¿es cierto que el nuevo prototipo V12 utiliza patentes no reguladas? —gritó un reportero desde la multitud.
—Señor Santamaría, ¿cuál es la cuota real de participación que su fondo ha adquirido en la junta? —voceó otro.
Ninguno de los dos respondió. Mantuvieron el paso firme, hombro con hombro, hasta cruzar las puertas de cristal de la sala VIP de la junta directiva.
Al entrar en la majestuosa sala de conferencias del *Palais des Expositions*, la atmósfera se volvió densa y cargada de respeto. Frente a los enormes ventanales con vista al lago Lemán, seis de los hombres más influyentes del sector automotriz europeo aguardaban en torno a una mesa de nogal pulido. Eran los viejos socios del consejo, hombres acostumbrados a imponer sus reglas a base de capital y amenazas veladas.
Sin embargo, en cuanto Fabiola y Alejandro cruzaron la puerta, la dinámica del recinto cambió por completo.
Caminaban juntos, a la misma altura, con una sincronía casi aterradora. Ella, deslumbrante en su traje marfil, destilaba una autoridad heredada y refinada; él, a su lado, proyectaba la elegancia oscura y dominante del verdadero *Don*. Ya no eran dos rivales intentando sacarse los ojos en secreto; eran una alianza implacable dispuesta a devorar a cualquiera que se cruzara en su camino.
Giancarlo, que los esperaba junto al estrado con los documentos listos, se hizo a un lado de inmediato al ver la determinación en los rostros de ambos.
—Señores —dijo Fabiola, tomando la palabra con una voz firme y clara que resonó en la sala—. No los hicimos viajar hasta aquí para negociar las cláusulas que enviaron el mes pasado. Los hicimos venir para firmar los nuevos términos de Galván Motores.
Uno de los consejeros más veteranos, el señor Von Bismarck, entrecerró los ojos y ajustó sus gafas con molestia.
—Señorita Galván, el acuerdo original estipulaba que el grupo inversor del señor Santamaría tendría un rol consultivo mientras el consejo retendría el veto sobre la tecnología del V12 —reclamó el anciano con voz ronca—. No vamos a ceder el control de la empresa así como así.
Alejandro dio un paso al frente. No alzó la voz ni mostró la menor alteración, pero la frialdad en sus ojos oscuros hizo que el hombre de negocios tragara saliva.
—Las condiciones han cambiado, Von Bismarck —dijo Alejandro, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa de nogal e inclinándose ligeramente—. Mi fondo ha absorbido la totalidad de la deuda que ustedes pretendían usar para ahogar a la familia Galván. A partir de este momento, Fabiola y yo poseemos la mayoría absoluta del paquete accionario.
El silencio en la sala fue instantáneo y sofocante. Los miembros del consejo se miraron entre sí con evidente nerviosismo. Querían protestar, pero la presencia de Alejandro, respaldada por la mirada calculadora de Fabiola, desactivó cualquier intento de rebelión.
Fabiola caminó hacia la cabecera de la mesa, tomó la pluma estilográfica de oro y plasmó su firma en el documento principal con un trazo elegante y preciso. Luego, se giró hacia Alejandro y le ofreció la pluma con una sonrisa sutil, cómplice y cargada de veneno.
Alejandro tomó la pluma, manteniendo el contacto visual con ella durante un segundo eterno, y firmó a su lado, sellando la toma de control sobre la empresa.
—Ha sido un placer hacer negocios con ustedes, señores —sentenció Fabiola mirando a los ejecutivos congelados en sus asientos—. Giancarlo les mostrará la salida.
Cuando la sala se vació y las pesadas puertas de madera se cerraron, Fabiola y Alejandro quedaron solos frente al ventanal que daba al lago.
Alejandro se acercó a ella por la espalda, deslizándole una mano firme por la cintura y pegando su pecho a la espalda de la heredera, mientras observaban el paisaje suizo.
—El imperio es nuestro, Fabiola —murmuró Alejandro contra su oído, con la voz grave y rasposa de quien acaba de ganar una guerra.
Fabiola apoyó la cabeza contra su hombro, disfrutando del peso de la victoria y del peligro de tener al *Don* a sus pies.
—Nuestro, Alejandro... —corrigió ella, girándose en sus brazos para mirarlo de frente con una sonrisa de absoluta dominación—. Pero no olvides quién conduce este auto.