Clara es una joven valiente que, tras la muerte de su padre y frente a las dificultades económicas de su familia, ve en un trabajo como niñera la oportunidad de cambiar la vida de todos. Es contratada para cuidar de Pedro, un niño pequeño y frágil, en la lujosa e imponente mansión de Enrico, un hombre rico, autoritario y enigmático.
Al principio, Enrico impresiona a Clara con su mirada intensa, sus reglas estrictas y su actitud distante, transmitiendo poder y control en cada gesto. Pero, a medida que Clara se acerca a Pedro, ganándose su confianza y demostrando dedicación y cariño, surge una tensión silenciosa entre ella y Enrico. Entre enfrentamientos y momentos de vulnerabilidad, nace la semilla de un sentimiento inesperado, delicado y peligroso, pues Enrico es tan intenso como misterioso.
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Capítulo 14
Me despierto temprano y mamá ya estaba levantada y había preparado una hermosa mesa de desayuno. Con panes frescos, fiambres, jugo, chocolate caliente, café, huevos y frutas.
- Preparé esta mesa para los niños. Dice animada.
- Les va a encantar.
Nunca tuvimos una mesa tan abundante. A veces un pan y fiambres cuando Papá estaba vivo. Una mesa así, solo la conocí en la casa del Sr. Enrico.
Ella se acerca y me abraza.
- Gracias hija. Nada de esto sería posible sin ti.
"Bi Bi"
- Necesito irme. Dale un beso a los niños por mí. Digo y la abrazo nuevamente. Sus ojos se llenan de lágrimas.
- Que Dios te acompañe hija. Mi princesa. Dice acariciando mi rostro.
- Te amo mamá.
- También te amo.
Ella me acompaña hasta el portón.
- Buenos días Srta y Sra?
- Buenos días Fred.
- Buenos días. Mamá responde.
Fred estaba sosteniendo una bolsa negra enorme.
- Srta el patrón mandó traer esto. Dijo que era para su familia. Dice y me entrega la bolsa enorme y pesada.
- ¿Qué hay aquí Fred?
- No tengo idea. Dice.
La llevo dentro de la casa para que mamá no levante peso. Le doy un beso en su rostro y voy entrando al carro.
- Abre y después me cuentas. ¡¡Chauuuuu...te amooooo!! Grito desde la ventana con el carro alejándose.
Cierro la ventana y mis lágrimas se deslizan. Estaba otra vez alejándome de quien amo, incluso sabiendo que es por un motivo noble.
- ¿Srta? ¿Srta? Fred me despierta de mis pensamientos.
- ¡Sí!
- ¿Logró matar la añoranza?
- Un poco Sr. Fred. Bien poco. Digo en tono más bajo.
Miro la ciudad por la ventana, carros, personas yendo y viniendo. Y antes de que me dé cuenta estamos parando frente a la puerta de entrada de la mansión.
Y para mi sorpresa el Sr. Enrico nos aguardaba en la puerta de entrada.
Bajo del carro y voy hasta la puerta. Pero soy impedida de pasar, pues él estaba en frente.
- Buenos días Srta.
- Buenos días Sr. Respondo fríamente.
- ¿Cómo fue su día de descanso?
- ¡Bien! Me da permiso. Digo y él da un paso hacia el lado.
Voy hasta mi cuarto para cambiarme y vestir el uniforme. Así que salgo él está en la puerta esperándome.
- Srta...
- ¿Qué desea el Sr? Digo interrumpiéndolo y sin la menor paciencia.
- Pedro...el Pedro...
- ¿Él está bien? Pregunto preocupada.
- ¡Sí! Es que...él no interactúa conmigo. Es como si yo fuera...fuera invisible.
Yo pongo los ojos en blanco.
- ¿Qué fue? Él pregunta impaciente, al percibir mi insatisfacción.
- Usted trata al niño como...como...
- ¿Cómo qué?
- Como un ratoncito de laboratorio, con reglas y esa...esa rutina loca.
- Ahí viene usted de nuevo. ¿Y quiere que él viva cómo?
- Como un niño de 2 años. Concuerdo que él necesite de rutina Sr. Pero de reglas que no pueden ser cambiadas. Deje que él crezca, explore el mundo a su alrededor, se desarrolle.
- Usted no sabe...
- Bla Bla Bla. Permiso voy a ver a Pedrinho.
- PEDRO, EL NOMBRE DE ÉL ES PEDRO. Él grita mientras me alejo, ignorándolo.
Pedro estaba sentado en la alfombra de la sala, asistiendo al dibujo como siempre. Así que yo entro él corre hasta mí. Yo me arrodillo y él me abraza apretado. Beso su cabeza, su cabellito.
- Hola mi niño.
- ¡Clala!
Él habló mi nombre, yo lo alejo emocionada y sin creer...miro en sus ojos, con una sonrisa de oreja a oreja.
- ¡¡¡Pedroooo!!! ¡¡Hablaste mi nombre!! Mis ojos se ponen llorosos de tanta emoción.
- ¡¡¡Uuuuhuuuu!!! Qué maravilla. Bien hecho muchacho. Yo grito animada. El niño sonríe.
Cuando miro hacia atrás, el Sr Enrico está parado viendo todo y sonriendo de oreja a oreja. Pero así que nota que yo estaba mirando para él, se pone serio y vuelve a su posición inquebrantable.
- Srta Clara, tendrá una semana para testar esa su...posible rutina. Y veremos lo que va a dar.
- ¿En serio? Pregunto incrédula.
- ¡Sí! Él responde arqueando una de las cejas, en desconfianza.
- Mas...
- ¿Mas qué? Yo pregunto con ansiedad, interrumpiéndolo.
- Yo voy a acompañar de cerca. Y a la menor señal negativa o de retroceso...vamos a volver a la rutina.
Yo lo encaro pensativa, intentando analizar la propuesta. La tentación de libertad es mucho mayor que la de tener él vigilándome aún más de cerca. Entonces decidí arriesgar.
- ¡Está bien! Digo sonriendo.
- Yo ya imaginaba que usted sería un desafío. Él suelta pensando alto.
- Es...vamos a ver cómo Pedro reacciona a los cambios. Él dice y se aleja rápidamente antes que yo intente decir otra cosa.
Yo miro para Pedro que me miraba curioso.
- ¡¡Pedro!! Vamos a explorar el jardín. Digo con emoción.
El sol de la mañana atraviesa los árboles enormes en el fondo de la mansión, diseñando manchas doradas en el césped. Extiendo una toalla a cuadros en el suelo y arreglo la cesta con frutas, galletas y jugo. Pedro corre de un lado para el otro, tropezando en los propios pies, pero levantándose siempre con aquella risita sabrosa que solo él tiene. Mirándolo tan animado parece otro niño.
Soplo burbujas de jabón, y los ojos de él brillan.
- ¡Aaaaaa! Él grita, corriendo atrás de ellas.
Me siento en el césped y lo llamo. Él se aproxima y, de repente, veo una mariquita caminando por una hoja. Sostengo delicadamente y le muestro a él.
- ¿Mira, Pedro? Una mariquita. Ellas traen suerte.
Él abre la boca en un “ohhh” tan puro que me siento derretir por dentro. Entonces apunta para arriba y yo sigo el gesto: un nido de pajaritos, bien bajo, escondido en la higuera. Nos quedamos quietos, lado a lado, asistiendo a los filhotes pidiendo comida. Siento mi pecho llenarse de ternura.
De reojo, percibo a Enrico parado a nuestro lado. Brazos cruzados, mirada seria, como siempre. Pero no consigo dejar de pensar que, si él se permitiese ver lo que veo ahora, tal vez entendiese que felicidad no necesita de tantas reglas.
Resuelvo arriesgar.
- Sr. Enrico...digo, manteniendo la voz calma
- ¿El Señor ya pensó en montar un parquecito aquí en el jardín? El espacio es enorme, y Pedro se divertiría mucho.
Él no vacila:
- Parquecitos causan accidentes. Caídas, fracturas… no creo seguro.
Respiro hondo. Él siempre tiene esa manía de controlar todo.
- Con todo respeto, accidentes acontecen en cualquier lugar. Pero sabe o que también lastima, y mucho? Mantener a un niño aislado. ¿El señor sabía que estudios en neurociencia muestran que el jugar al aire libre es esencial para el desarrollo del cerebro? Niños que no exploran, que no tienen contacto con la naturaleza, acaban más ansiosos, con dificultades de aprendizaje y hasta de socialización.
Él me encara con aquella mirada dura, arqueando la ceja.
- ¿Estudios?
- Sí, puede buscar. Insisto.
- Yo leí la publicación de la investigación realizada por la Academia Americana de Pediatría mostrando que jugar al aire libre activa conexiones neurales que no acontecen dentro de cuatro paredes. El cerebro del niño necesita de estímulos variados, y el aire libre ofrece todo eso naturalmente.
Antes que él responda, Pedro surge corriendo con las manitas llenas de flores.
- ¡Clalaaa! Dice, orgulloso, entregando el buqué más torcido y más lindo que ya recibí.
Arrodillo y beso su frente.
- Gracias, mi ángel.
Siento los ojos de Enrico sobre nosotros. Hay algo diferente en él, aunque él intente esconder. Por un instante, parece menos de hierro y más… humano.
Él respira hondo, como si estuviese trabando una batalla interna, y suelta apenas:
- Voy a pensar sobre eso.
No insisto. Apenas sonrío y vuelvo a jugar con Pedro, que ahora bate los bracitos imitando los pajaritos del nido. Su risada llena el jardín, y yo tengo certeza: ese niño nació para correr, explorar, ensuciarse y encantarse con el mundo.
Si Enrico dejar, está claro.