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Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Dejar escapar al amor / Hija rica en bancarrota / Romance oscuro / Completas
Popularitas:9.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15

—¿Renata Montes?

Daniela soltó un grito.

—¡No inventes! ¿La actriz regresó a México y además viene a nuestra universidad?

—Eso parece.

Camila compartió en el grupo todo lo que había averiguado.

—Terminó de filmar una película en Francia y volvió hace unos días. Dicen que tramitó el cambio a nuestra universidad en secreto y que anoche Gael la llevó a la residencia.

Daniela seguía sin creerlo.

Casi todo México conocía a Renata Montes. Debutó durante la adolescencia como la protagonista infantil de una serie de suspenso. Tenía un rostro dulce, recibía los mejores proyectos de la industria y, a los diecinueve años, ya había ganado un importante premio como mejor actriz.

Su carrera siempre estuvo respaldada por muchísimo dinero. Por eso también acumulaba críticas y mucha gente dudaba de su talento.

—A mí nunca me pareció una gran actriz —comentó Camila, que seguía a una de sus rivales—. Pero no puedo creer que vayamos a estudiar con una celebridad.

—Tal vez hasta se siente junto a nosotras —fantaseó Daniela.

Camila estaba mucho más interesada en otro rumor.

—Los Montes y los Salvatierra son familias ricas. Renata y Gael harían una pareja perfecta: una estrella de cine y el heredero rebelde. Parecen protagonistas de una serie.

Escuché sus exclamaciones sin participar.

Mis amigas no pertenecían a la alta sociedad. No conocían mi origen ni sabían que Renata y yo compartíamos el mismo apellido porque éramos hijas del mismo padre.

Era mi media hermana.

Sin embargo, nuestras vidas nunca se parecieron.

Renata deseaba fama y admiración, así que los Montes gastaron una fortuna en lanzarla como actriz y construir un equipo dedicado únicamente a ella. Mientras tanto, cuando yo estudiaba en Estados Unidos, tenía que trabajar para pagar mis gastos más básicos.

Ya había aceptado que mi padre no me quería. Recordar aquellas diferencias no debía afectarme.

Sonó la campana.

Camila y Daniela interrumpieron el chisme y recordaron la conferencia.

—Rápido. Podemos mezclarnos con la gente durante el cambio de clase.

Asentí.

Antes de entrar al edificio, una multitud bajó corriendo y bloqueó por completo el acceso.

—¿Qué ocurre? —preguntó Camila después de que la corriente de estudiantes nos empujara a un lado.

Un motor rugió detrás de nosotras.

Un automóvil deportivo blanco se detuvo frente al edificio. Una mujer bajó del asiento del copiloto.

Llevaba un vestido corto color vino, tacones altos y el cabello negro formando ondas sobre sus hombros. Unos lentes oscuros cubrían buena parte de su rostro pequeño. Sonrió al escuchar los gritos de bienvenida.

—¡Es Renata Montes!

—Retiro todo lo que dije sobre ella. Ojalá se cambie a nuestra carrera y se siente conmigo.

—Dicen que Gael estaba anoche frente a la residencia porque fue a dejarla.

—¿Y si dejó Harvard y volvió a México por ella?

—Una estrella premiada y el hijo de una de las familias más poderosas. Son la pareja perfecta.

Las voces me rodearon.

Contemplé en silencio a Renata, tan deslumbrante bajo la atención de todos.

Solo tenía un año menos que yo.

La prueba de la infidelidad de mi padre había nacido apenas doce meses después de mí. No era extraño que mi madre terminara enfermando.

El recuerdo de su muerte hizo que los ojos volvieran a arderme. Me marché sin decir nada.

A mi espalda, Renata se quitó los lentes y observó mi figura solitaria. Una sonrisa triunfal apareció en sus labios.

*Hermana, todo lo que te pertenece terminará siendo mío.*

***

No entré a la conferencia.

Inventé una enfermedad, dejé el teléfono junto al lavabo y comencé a frotarme las manos con demasiada fuerza.

Me sentía sucia por dentro.

Camila llamó preocupada.

—Vale, ¿te sientes muy mal? Podemos acompañarte al hospital.

—Solo estoy un poco mareada. Descansaré y se me pasará.

Salí del baño y caminé hacia el elevador con el teléfono en la mano.

—Está bien —respondió Camila—. Por cierto, Gael está en nuestro salón. Perdiste la oportunidad de sentarte junto al hombre de tus sueños.

Continuó hablando sin pausa.

—Daniela y yo llegamos tarde y creímos que tendríamos que ir hasta adelante, pero Mateo nos invitó a sentarnos con ellos. No puedo creer que los dos hombres más guapos de la universidad estuvieran a nuestro lado.

La cabeza me dolía demasiado para compartir su entusiasmo. Observé los números del elevador.

—¿Gael sigue allí?

—No. Acaba de salir.

La puerta se abrió.

Al reconocer a la mujer que estaba dentro, terminé la llamada por reflejo.

Fruncí el ceño. Por primera vez, la hostilidad apareció sin disimulo en mi rostro.

—Hermana…

Renata salió del elevador sobre sus tacones. La sonrisa de sus labios rojos era fría.

—Cuánto tiempo. ¿Por qué no viniste a saludarme?

El maquillaje intenso le daba una sensualidad calculada mientras avanzaba hacia mí.

—Ah, ya recordé. Te echaron de la casa de los Montes. Por más amable que seas conmigo, ya no conseguirás regresar.

Cada palabra pretendía provocarme.

No quise desperdiciar tiempo. Pasé junto a ella como si fuera invisible.

Renata se interpuso.

—¿Por qué huyes? ¿Crees que comprometerte con un Salvatierra te convierte en una gran señora y te da derecho a ignorarme?

Así que lo que realmente le importaba era el compromiso.

Me detuve y sonreí.

—Debe dolerte que los Salvatierra sigan reconociéndome a mí como la heredera de los Montes y no a ti.

Renata siempre había odiado ser identificada como la hija de la amante de mi padre.

Antes de la muerte de mi madre era una hija ilegítima. Después, por más esfuerzos que hizo para ocupar mi lugar, el compromiso entre familias nunca la reconoció como la verdadera señorita Montes.

En los círculos tradicionales seguía siendo la hija que no podía presentarse con orgullo.

La humillación la hizo apretar los dientes.

—Debes estar sufriendo mucho —replicó—. Sebastián tiene tantas mujeres… Quizá tú también termines muriendo de rabia como tu madre.

Escucharla mencionar a mi madre hizo que cerrara los puños.

Renata vio mi reacción y se acercó con una sonrisa satisfecha.

—Sigues siendo tan inútil como ella. Me pregunto si tu futura hija también acabará expulsada de los Salvatierra…

La abofeteé.

El golpe resonó en el corredor vacío.

Renata se tocó la mejilla hinchada, incapaz de creerlo.

—¿Te atreviste a pegarme?

Ahora ella se consideraba la heredera de los Montes y yo no tenía ninguna posición dentro de la familia.

—¿Por qué no iba a hacerlo?

La miré desde arriba.

—No tienes derecho a pronunciar el nombre de mi madre.

El elevador se detuvo en el cuarto piso. Quise marcharme sin prolongar la discusión.

Renata me sujetó del cabello.

—¡Ahora yo soy la señorita Montes! ¿Crees que puedes golpearme y marcharte?

Levantó la mano con toda su fuerza.

Antes de que pudiera tocarme, alguien atrapó su muñeca.

—Me duele…

La presión era tan fuerte que Renata creyó que los huesos iban a romperse. Se volvió, furiosa, para descubrir quién se atrevía a detenerla.

Al reconocer el rostro del hombre, quedó paralizada.

Gael Salvatierra.

Él la contempló desde arriba con una frialdad amenazante. Sus labios formaban una línea rígida y la violencia de su expresión volvía aterradora incluso aquella cara hermosa.

—Suéltame… —pidió Renata entre lágrimas—. Si no lo haces, iré a quejarme con tu familia.

¿Los Salvatierra?

Para Gael, aquella amenaza era ridícula. Soltó su muñeca con un gesto de desprecio.

—Señorita Montes, acabas de atacar a la futura esposa de Sebastián. ¿Y todavía piensas ir a presentar una queja?

Su voz era peligrosamente oscura.

Renata no respondió.

Sabía que a Sebastián apenas le importaba su prometida. No entendía por qué Gael defendía con tanta intensidad a la mujer que solo debía ser su cuñada.

También sabía que aquel joven hacía lo que quería y ni siquiera obedecía a los Salvatierra. No podía enfrentarlo.

Se marchó sosteniéndose la muñeca y jurando en silencio que no olvidaría la bofetada.

***

La parte apartada del edificio quedó en silencio. Solo se oía el viento frío del otoño.

Gael se limpió la mano con una toallita húmeda y me observó. Avanzó medio paso, sin saber cómo consolarme. No conocía todos los secretos de mi familia y temía decir algo equivocado.

Pero tampoco soportaba verme sufrir.

—Haré que alguien le dé una paliza —decidió.

Él no golpeaba mujeres. Jimena, en cambio, tenía recursos más que suficientes. Además, pocos días antes le había pedido que no lastimara a Nicolás.

Miré la palma enrojecida de mi mano y negué.

—No. No hagas eso.

No quería que Gael se metiera en problemas por mí.

Él interpretó mi negativa de otra manera.

—¿Crees que no tengo derecho a defenderte? —preguntó con frialdad—. ¿O temes que los demás hablen si nos relacionan?

Estaba celoso.

La identidad de amante secreto se había convertido en una espina clavada en su orgullo.

Respiró hondo y se obligó a contenerse.

—Eres mi cuñada y la prometida de mi hermano. Es natural que te defienda.

Aparentaba tranquilizarme, pero en realidad trataba de convencerse a sí mismo.

Había cedido muchísimo.

Tomé su mano con cuidado.

—Sí tienes un lugar en mi vida.

Bajé la cabeza.

—Solo no quiero que vuelvas a pelear ni que salgas herido por mi culpa.

Años atrás enfermé y no tenía dinero. Me vi obligada a vender el colgante de jade que mi madre me dejó. De algún modo, la pieza terminó convertida en el premio de una competencia de escalada.

Yo mencioné una sola vez que quería recuperarla.

Gael participó, ganó y me entregó el colgante. Pero se lesionó la muñeca y perdió para siempre la posibilidad de dar el salto a la Fórmula 1.

La culpa nunca me había abandonado.

—Sí tienes un lugar —repetí.

Gael bajó la mirada hacia nuestros dedos entrelazados. El borde de sus ojos enrojeció y pareció olvidar cómo respirar.

Su princesa acababa de consolarlo cuando era ella quien había sufrido.

Aquel gesto de ternura solo reforzó una certeza en su mente: la familia Montes tendría que pagar por todo el daño causado.

—Gael.

Levanté hacia él los ojos húmedos.

—¿Puedes besarme?

Necesitaba consuelo.

Los ojos de Gael se abrieron con sorpresa. Era la primera vez que yo pedía un beso de forma tan directa.

Asintió con la inseguridad de un muchacho que recibía la primera muestra de cariño de su vida.

—Sí.

Me rodeó la cintura y se inclinó. Sus labios tocaron los míos con una suavidad semejante al roce de una pluma.

Cerré los ojos. Las pestañas temblaron mientras intentaba entregarme a aquel beso lento.

Entonces su lengua abrió paso entre mis labios.

Un gemido suave escapó de mi garganta.

Respondí con dificultad al beso ardiente. Cada vez me costaba más respirar, pero Gael no parecía dispuesto a detenerse.

Su mano en mi cintura me sostuvo. Se apartó jadeando y regresó para besarme dos veces más.

Después sus labios rozaron la punta sensible de mi oreja, descendieron por el cuello y dejaron varias marcas rojas.

—No hagas eso…

La protesta llegó demasiado tarde.

Frente al espejo del baño, observé las marcas visibles sobre mi cuello y lo fulminé con la mirada.

—¡Y todavía te ríes! Mis compañeras van a descubrirlas.

Gael me abrazó por la espalda y adoptó una voz herida.

—Primero me pides un beso y después me regañas cuando te doy lo que quieres. Siempre te aprovechas de mí.

La sonrisa en sus ojos desmentía la queja.

—Cuñadita, voy a acusarte con mi hermano.

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