Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.
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Capítulo 9
Capítulo 9: Solo ella
El sábado por la mañana, Valentina estaba en la sala de la residencia Montero con las piernas cruzadas sobre el sillón y el celular en la mano cuando Santiago bajó del tercer piso.
Llevaba una camiseta gris, pants oscuros y el cabello húmedo de la ducha. Sin chamarra, sin el aire de CEO que cargaba entre semana, parecía cinco años más joven y diez grados más accesible.
Se detuvo frente a ella.
—¿Le diste tu WhatsApp a Mateo?
Valentina levantó la vista del celular.
—Sí.
—¿En cinco segundos?
—¿Los contaste?
—No. —Pausa—. Sí.
Valentina se mordió el labio para no sonreír. Santiago se sentó en el sillón de enfrente con los codos sobre las rodillas.
—Llevas tres días sin aceptar mi solicitud.
—Mateo es simpático.
—Mateo es un desastre. Tiene tres celulares porque pierde uno cada mes.
—Pues su desastre me cae bien.
—Yo te lo pedí primero.
Valentina lo miró. Había algo en su voz — no un reclamo, no una orden, sino algo que se parecía peligrosamente a una queja genuina — que la desarmó.
—Tú me borraste primero —dijo, más suave de lo que pretendía.
Santiago se quedó callado. Luego sacó el celular del bolsillo, tocó la pantalla tres veces y se lo enseñó.
En la app del banco aparecía una transferencia completada: $50,000 MXN a "Valentina Reyes Flores." Concepto: "Demostración de sinceridad."
Valentina se quedó mirando la pantalla.
—¿Qué es esto?
—Lo que dice. Una demostración de sinceridad.
—¿Me estás pagando para que acepte tu WhatsApp?
—Te estoy demostrando que hablo en serio.
—¡Con cincuenta mil pesos!
—¿Es poco?
Valentina soltó una carcajada. No pudo evitarlo. Era tan absurdo — tan brutalmente, ridículamente absurdo — que la risa le salió antes que la indignación.
—Estás loco.
—Posiblemente.
—No puedo aceptar cincuenta mil pesos.
Santiago le quitó el celular de las manos, abrió la app de su propio banco y le mostró la pantalla. El saldo de la cuenta principal tenía ocho cifras. Ocho. Con un número que empezaba en tres.
Valentina se quedó muda.
—Limontech —dijo Santiago, guardando el celular—. La fundé en tercer semestre. Automatización logística para cadenas de suministro. Cerramos una ronda de inversión en febrero.
—¿Limontech?
—Sí.
—¿Tu empresa se llama Limontech?
—Sí.
Valentina lo miró. Limoneros en el jardín. Agua de limón con miel. Y ahora una empresa llamada Limontech. Había un patrón ahí que no sabía descifrar, como un acertijo escrito en un idioma que entendía a medias.
—¿Por qué limón?
Santiago se levantó del sillón.
—Acepta el WhatsApp y te cuento.
—Eso es chantaje.
—Es negociación.
Valentina lo miró irse hacia la cocina. Escuchó el sonido del refrigerador abriéndose, el golpe suave de un vaso sobre la barra, el burbujeo del agua.
Abrió el WhatsApp. La solicitud de Santiago seguía ahí, parpadeando como una pregunta que llevaba tres días esperando respuesta.
Tocó "Aceptar."
Le cambió el nombre de contacto a "Hermano Santi" y le añadió dos emojis: ❌🚫. Por principio.
Santiago volvió de la cocina con dos frascos de vidrio en las manos. Agua de limón con miel. Los dejó sobre la mesa de centro, se sentó, y revisó su celular. Vio la notificación. Vio el nombre de contacto. La comisura de su boca subió un milímetro.
—Los emojis son un toque elegante.
—Son una advertencia.
—Anotado.
Se quedaron en silencio un momento. Valentina tomó un frasco y bebió. El agua estaba perfecta, igual que la de medianoche. Fría, dulce, con ese punto ácido que le hacía cerrar los ojos.
Santiago sacó su chamarra del respaldo de la silla y se la puso sobre los hombros sin preguntar. Valentina no se la quitó. Olía a menta y a algo más — algo cálido, orgánico, que no era colonia sino piel.
—¿Tú la preparaste? —preguntó, levantando el frasco.
—Rosario la preparó.
—Rosario no sabe que me gusta con miel de abeja, no de agave. Tú sí.
Él no contestó. Valentina tomó otro trago y decidió que algunas batallas no valía la pena ganarlas.
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Esa noche, cuando Valentina subió a su cuarto después de cenar, Rosario estaba en el pasillo acomodando toallas en el closet de blancos. Era una mujer discreta, eficiente, con esa capacidad de los empleados domésticos de larga duración de saber todo sobre una familia sin participar en sus dramas.
—Buenas noches, Rosario.
—Buenas noches, señorita Valentina.
Valentina se detuvo. Algo en la voz de Rosario — un tono más bajo, más íntimo, como quien comparte un secreto que no le pidieron guardar — la hizo voltear.
—¿Puedo decirle algo, señorita?
—Claro.
Rosario dobló la última toalla con movimientos lentos.
—Llevo doce años trabajando en esta casa. Conozco al joven Santiago desde que tenía doce años. Lo vi crecer, lo vi estudiar, lo vi construir esa empresa suya sin pedirle ayuda a nadie. —Hizo una pausa—. En doce años, nunca lo he visto sonreír.
Valentina frunció el ceño.
—¿Nunca?
—Nunca. Ni en Navidad, ni en su cumpleaños, ni cuando su empresa salió en la revista Forbes. —Rosario la miró con una expresión que tenía la gravedad de una confesión—. Hasta que usted llegó.
Valentina no supo qué decir.
—El joven Santiago nunca sonríe —repitió Rosario, como si quisiera asegurarse de que las palabras aterrizaran—. Con nadie. Solo con usted.
Rosario le deseó buenas noches, tomó las toallas y se fue por el pasillo con pasos silenciosos.
Valentina se quedó de pie frente a su puerta. La chamarra de Santiago todavía estaba sobre sus hombros. El frasco de agua de limón, vacío, seguía en su mano.
Solo con usted.
Se metió al cuarto. Se sentó en la cama. Se quitó la chamarra y la dobló con un cuidado que no le dedicaba ni a su propia ropa.
Las palabras de Rosario le resonaban como un eco en una habitación vacía. Un hombre que no sonríe en doce años. Que no sonríe cuando su empresa sale en Forbes. Que no sonríe en Navidad.
Pero que sonríe cuando ella le dice "Hermano Santiago" con voz de vinagre frente a una universidad.
Valentina apagó la luz y se quedó mirando el techo en la oscuridad. La chamarra olía a menta. El frasco vacío estaba en el buró. Y algo en el pecho — algo que no era gratitud ni confusión ni la cosa sin nombre de la base del estómago, sino algo más preciso, más inquietante — le decía que Rosario no le había contado eso por casualidad.
Las personas como Rosario no hacían nada por casualidad.