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Por Mi Reina

Por Mi Reina

Status: Terminada
Genre:Yuri / Romance / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:773
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️

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Gana tiempo para mí

La medianoche había caído sobre Aethelgard, y con ella, el silencio que solo se rompía por el silbido del viento entre los cañones de niebla. En el tercer nivel de la ciudad, los jardines flotantes del palacio real parecían congelados bajo la luz de la luna. Las rosas de cristal, llamadas así porque sus pétalos brillaban con un destello translúcido y frío, reflejaban la luz plateada de la noche.

Kaelith caminaba despacio por el sendero de piedra blanca. Ya no llevaba su armadura pesada; la había cambiado por una túnica de tela oscura y una capa que la ayudaba a camuflarse entre las sombras de los arbustos. Se suponía que debía estar en los cuarteles del nivel bajo, descansando para la marcha del amanecer, pero un trozo de papel arrugado dentro de su bota la había hecho subir hasta allí.

El mensaje estaba escrito con una caligrafía elegante que conocía de memoria: Jardín de cristal. Medianoche.

Kaelith se detuvo cerca de un gran arco de piedra cubierto de enredaderas. Su mano derecha, por puro instinto militar, bajó hacia su cadera, pero esta vez no llevaba su espada. Suspiró, sintiéndose extrañamente desarmada.

—Viniste —dijo una voz suave a sus espaldas.

Kaelith dio la vuelta con rapidez.

Lysandra estaba allí, oculta bajo la sombra de un árbol de hojas plateadas. No vestía las ropas pesadas y rígidas de la corte, sino un vestido sencillo que se movía con la brisa nocturna. Su cabello plateado estaba suelto, cayendo en cascada sobre sus hombros. Sin la corona y sin los ministros alrededor, parecía más joven, pero también más cansada. Las ojeras bajo sus ojos verdes delataban que ella tampoco había dormido.

—No debería estar aquí, Princesa —dijo Kaelith, dando un paso atrás para mantener la distancia formal—. Si los guardias de la corte me ven en los jardines reales a estas horas, pensarán que soy una traidora. O algo peor.

—Yo controlo la guardia nocturna, Kaelith. Nadie vendrá —Lysandra avanzó un par de pasos. Sus pantuflas no hacían ruido contra el suelo—. Y deja de llamarme así. Estamos solas.

—Mañana viajo al sur, a una zona de guerra. En el salón del consejo dejaste claro lo que soy para ti: una general que debe obedecer órdenes. Creo que es mejor mantener los títulos.

Lysandra se detuvo. Una expresión de dolor cruzó su rostro, pero la borró de inmediato, recuperando su máscara de control.

—Lo que hice en el consejo fue para protegerte —explicó la princesa, bajando la voz—. Si los ministros sospechan por un segundo que mi decisión de casarme me duele por tu causa, buscarán la forma de apartarte de mi lado para siempre. Sabes cómo funciona la corte. Son como buitres esperando que cometamos un error.

—¿Protegerme? —Kaelith soltó una risa amarga, un sonido seco que no llegó a sus ojos—. Me envías de regreso al frente más peligroso del imperio. Las sombras de Umbralia están destruyendo todo a su paso. Voy a luchar en una guerra que no podemos ganar, solo para darte tiempo a que te cases con un príncipe que no conoces. No me estás protegiendo, Lysandra. Me estás alejando.

Lysandra no respondió de inmediato. Caminó hacia el borde de la terraza del jardín, desde donde se veía el vacío de la montaña. Apoyó sus manos sobre la barandilla de mármol y miró hacia la nada.

—No tengo otra opción —confesó la princesa en un susurro apenas audible—. Las arcas del imperio están vacías. Si Umbralia avanza, el pueblo morirá de hambre o bajo la magia oscura. El Reino de Zephyria ofrece comida, barcos y soldados. El precio de todo eso es mi mano. Es un trato justo para salvar a millones de personas.

Kaelith avanzó hacia ella, rompiendo la distancia que se había impuesto. Se colocó al lado de la princesa, sintiendo el aroma dulce y sutil de su piel, un olor que contrastaba con el aire de hierro al que la militar estaba acostumbrada.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó Kaelith, mirándola de perfil—. ¿Qué hay de lo que prometiste en la frontera hace dos años? Dijiste que buscarías otra forma. Dijiste que el imperio cambiaría.

Lysandra cerró los ojos con fuerza.

—Hace dos años era una ingenua que creía que el amor podía ganar batallas —dijo la princesa, girándose para enfrentar a la general. Ahora sus ojos verdes brillaban con lágrimas—. Pero la realidad es que el amor no detiene a las bestias de las sombras. El amor no alimenta a los niños de la terraza baja. Mi deber es ser la solución, aunque esa solución me rompa el corazón.

Kaelith sintió un impulso violento en el pecho. Quería enfadarse, quería gritarle que era una calculadora, pero ver la tristeza en el rostro de la princesa la desarmó por completo. Extendió una mano, dudando por un segundo, hasta que sus dedos rozaron la mejilla de Lysandra. Su piel estaba fría.

Al sentir el contacto de los dedos callosos de Kaelith, Lysandra soltó un leve suspiro y se inclinó hacia la caricia, cerrando los ojos. Por un momento, la princesa pareció perder toda su fuerza política, volviéndose vulnerable.

—Me duele saber que te vas —admitió Lysandra, abriendo los ojos para mirar directamente a los de la general—. Cada día que pases en el sur, estaré pensando si sigues con vida. No sé qué haré si te pierdo, Kaelith.

—Entonces no me dejes ir —susurró Kaelith, dando un paso más, reduciendo el espacio entre ambas hasta que sus pechos casi se tocaban. Podía sentir el ritmo acelerado del corazón de la princesa—. Cancela la boda. Encontraremos otra forma de luchar. Déjame quedarme a tu lado.

Lysandra alzó las manos y las colocó sobre los hombros de Kaelith. Sus dedos se apretaron contra la tela de la túnica, como si tuviera miedo de que la militar desapareciera si la soltaba.

—No puedo —dijo Lysandra, y su voz tembló—. Si cancelo la boda, el imperio caerá. Y si el imperio cae, tú morirás defendiéndolo de todos modos. Prefiero que me odies toda la vida por casarme con otro, a tener que ver tu cuerpo sin vida en el salón del trono.

Los rostros de ambas estaban tan cerca que Kaelith podía sentir el aliento de Lysandra en sus labios. Era el mismo magnetismo peligroso de siempre, el mismo lazo invisible que las unía desde el pasado. Kaelith bajó la mirada hacia los labios de la princesa, deseando desesperadamente besarla, borrar con un beso toda la política, los imperios y las guerras pendientes.

Lysandra pareció leer su mente. Se inclinó sutilmente hacia adelante, rompiendo los últimos milímetros de distancia. Sus respiraciones se mezclaron. Kaelith cerró los ojos, esperando el contacto, el calor que la mantendría viva en las frías noches del sur.

¡Clang!

El sonido metálico de una lanza chocando contra el suelo de piedra resonó a lo lejos, en la entrada del jardín.

Ambas se separaron de golpe, como si hubieran recibido una descarga. Kaelith se puso en guardia de inmediato, colocándose delante de Lysandra para cubrirla con su cuerpo.

—¿Quién anda ahí? —escucharon la voz de un guardia de la ronda nocturna que se acercaba por uno de los pasillos laterales.

Lysandra respiró hondo, recuperando la postura real en un segundo. Miró a Kaelith con una mezcla de urgencia y desesperación.

—Vete —le susurró con firmeza—. No dejes que te vean aquí. Usa el camino de la muralla oeste.

—Lysandra... —intentó decir Kaelith, pero la princesa la empujó suavemente hacia las sombras del árbol de hojas plateadas.

—Por favor, Kaelith. Vete y sobrevive en el sur. Gana tiempo para mí, y yo haré lo necesario aquí.

Kaelith la miró por última vez. El deseo frustrado todavía le quemaba en los labios, transformándose en una mezcla de rabia y resignación. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se deslizó entre los arbustos del jardín, desapareciendo en la oscuridad de la noche justo antes de que la antorcha del guardia iluminara la zona.

Desde las sombras de la muralla oeste, Kaelith miró hacia atrás una última vez. Lysandra estaba de pie frente al guardia, hablando con voz alta y autoritaria, justificando su presencia allí diciendo que no podía dormir. Parecía la reina perfecta: fuerte, distante e inalcanzable.

Kaelith apretó los puños y comenzó el descenso hacia los cuarteles del nivel bajo. La luna empezaba a ocultarse y el cielo del este mostraba los primeros tonos de un color gris pálido. El amanecer había llegado. Era hora de marchar a la guerra, sabiendo que el corazón se quedaba atrapado en las Torres de Marfil, y que el regreso sería más difícil de lo que jamás imaginó.

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